Capítulo 44. Jo
Jo
Estamos en una carrera contra la tormenta que avanza desde el oeste.
Unos cuantos centímetros de lluvia helada cubren ya el suelo y los cascos de los caballos crujen a cada paso mientras el hielo se aferra a sus hocicos.
Llevamos días cabalgando, pero el valle al oeste de la capital no debería estar a más de medio día de distancia.
Miro a Irina, que cabalga cerca, con la cabeza baja.
Va tan abrigada que la capucha le oculta casi todo el rostro y el cabello; solo se le ven los ojos.
Por mucho que me cueste admitirlo, he sido injusta con ella.
Me ha dado más comprensión y amabilidad de las que merezco.
Ojalá ayudarla a regresar a casa sirva para expiar mis errores.
Agradezco el calor de Acker a mi espalda. Mantiene una mano plana contra mi vientre, bajo la piel, y apoya el rostro en el hueco de mi cuello para cederme todo el calor corporal que puede. Los besos que deja sobre mi piel son completamente egoístas, pero aun así consiguen hacerme entrar en calor.
La voz de Irina se eleva por encima del viento.
—Mirad —dice, señalando al cielo.
Como una mancha negra contra la manta gris que tenemos sobre nuestras cabezas, la criatura alada lucha contra el viento feroz mientras vuela hacia nosotros.
Reducimos el paso preparándonos para su aterrizaje.
En pleno aire, Messer cambia de forma y aterriza sobre pies humanos mientras algunas plumas sueltas caen al suelo.
Su cuerpo tiembla violentamente mientras se enfrenta al viento helado.
Lo enviamos a explorar al amanecer y debería haber regresado hace horas.
—Gracias a los dioses —murmuro, desmontando.
Pero al acercarme, la expresión de Messer me revuelve el estómago.
—Han rodeado el valle por todos los flancos —dice, tiritando.
Acker aparece con unas pieles y se las echa sobre los hombros.
—¿Quiénes? —pregunta—. ¿Los soldados de mi padre?
Messer asiente.
—Están desplegados a lo largo de varios kilómetros. Hasta el río Yanka, las murallas de la ciudad y el golfo, al norte. No lo bastante cerca como para provocar un conflicto, pero sí como para marcar un límite sólido en caso de que Evelyn decida invadirlos.
Acker suelta una maldición y se pasa una mano por la boca.
—No creía que nos quedaran hombres suficientes para ocupar esa extensión.
—¿Pudiste acercarte lo suficiente como para ver a Drake? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—No quise arriesgarme. Hay demasiados arqueros. Será mejor esperar a que caiga la noche.
Fredrich se acerca con fuertes zancadas, sujetando las riendas de los caballos.
—Si nos quedamos aquí, estamos regalados —dice—. Nos encontramos demasiado cerca de la capital.
Messer vuelve a estremecerse.
—Aunque no fuera así, no podemos adelantar a esta tormenta. Es brutal.
Acker lleva un rato mirando a lo lejos, pero cuando por fin cruza la mirada conmigo ya está negando con la cabeza.
—No —dice, tajante—. Daremos media vuelta y buscaremos refugio en alguna de las granjas cercanas.
—Sabes que eso solo es una solución temporal —replico, luchando por hablar entre el castañeteo de mis dientes—. Cuando pase la tormenta, seguiremos atrapados en el mismo sitio.
—Retrocederemos hasta el puerto más cercano y, desde allí, iremos a casa de los padres de Wells.
—No hay tiempo, Acker, y lo sabes.
Su expresión se cierra; su mandíbula se tensa mientras me sostiene la mirada.
—No voy a llevarte dentro de las murallas del palacio con ese...
—Se interrumpe a mitad de frase, cerrando la boca de golpe mientras trata de controlar la rabia—.
Aunque el juramento lo permitiera, no puedo controlar a mi padre, y tu don es demasiado valioso.
Es imposible saber lo que podrían llegar a hacer por conseguirlo.
—Tendrían que saber dónde reside mi magia y tu padre no me tocará sabiendo que estás ligado a protegerme por el juramento.
No hace falta añadir nada más. Él sabe perfectamente que el precio sería su vida... y la mía. Me acerco y lo agarro por la parte delantera del abrigo.
—No me va a pasar nada —le digo mientras enfrento la preocupación de sus ojos con la seguridad de los míos—. Tu padre no es infalible. Ya lo hemos visto. Y si algo se tuerce, lo afrontaremos. Juntos.
Todos se remueven inquietos, aguardando la decisión final de Acker.
Él me observa durante largos segundos y su mirada me recorre el rostro y el cuello antes de volver a mis ojos. Entonces coge aire, como si lo hubiera estado conteniendo todo ese tiempo, y lo suelta despacio.
—Messer —llama, apartando la vista por encima de mi hombro—. ¿Puedes adoptar la forma de cualquiera?
Me vuelvo justo cuando Messer intenta entender por qué Acker le hace esa pregunta.
—Depende. ¿Quién necesitas que sea?
—Mi padre quería que recuperara a mi hermana —dice Acker, pero Messer ya está negando con la cabeza.
—No. Beau no. Puedo ser casi cualquiera, pero Beau no.
Su negativa me desconcierta un poco, hasta que lo pienso mejor. Beau es amiga suya y además, mujer. Que Messer adopte su forma resulta... invasivo.
Acker asiente, comprensivo.
Pero es la voz de Irina la que capta nuestra atención.
—Creo que yo podría —dice, apartándose las pieles de la boca para que la oigamos mejor desde lo alto del caballo—. Proyectar una ilusión suficiente para parecer Beau, quiero decir.
Acker niega con la cabeza.
—Aunque sospecho que mi padre planea utilizar a Beau y su don para fines que desconozco, no sé qué haría si descubriera el engaño. No puedo pedirte algo así, Irina.
Ella acerca su caballo al grupo, desmonta y le entrega las riendas a Fredrich.
Se quita la capucha y todos contenemos el aliento al ver a Beau mirándonos de vuelta.
Cabello oscuro, ojos oscuros, la estructura del rostro; todo lo contrario de los delicados rasgos de Irina.
Es más baja que Beau, pero podría pasar.
Esboza una sonrisa ladeada y el parecido es sobrecogedor.
—Bueno —dice, inclinando la cabeza—. ¿Resulto convincente?
Messer es el primero en hablar.
—Eso es una locura.
Fredrich hace una mueca y mira a Messer de reojo.
—No tanto como tu grotesca mascarada de mi querido amigo.
Intervengo antes de que empiecen a discutir.
—¿Acker?
—No puedo negar que es buena —admite, ladeando la cabeza mientras la observa—. Casi demasiado.
—¿Y cómo explicarías la ausencia de tu esposa? —pregunta Fredrich.
—Que me dio un ataque al descubrir que Acker pensaba traer de vuelta a su vínculo y me marché —responde Irina. Cuando Acker la mira con expresión plana, ella le devuelve la misma mirada; resulta extraño verla en el rostro habitualmente expresivo de Beau—. ¿No es creíble?
Él no rebate la pregunta.
Tras un largo silencio, se vuelve hacia Fredrich.
—Trae la cuerda.
Fredrich no pierde tiempo y se inclina sobre las alforjas de su caballo, mientras Acker se baja la capucha y revisa su propio equipaje. Me siento tan aliviada como nerviosa. A Irina le ocurre lo mismo; se le escapa un aliento tembloroso.
Extiendo la mano con cautela y le toco el hombro.
—Finge que todo hombre que veas está por debajo de ti.
Messer tirita, obviamente lo está pasando mal envuelto solo en pieles, pero aun así le dedica a Irina una sonrisa alentadora.
—Y que, en general, son bastante estúpidos —añade.
Pongo los ojos en blanco cuando Acker se acerca a mí.
—Quítate la capa.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto, aferrándome a la piel con los puños tensos.
—No me preocuparía por la comodidad de una prisionera, ni siquiera por la tuya —explica.
Me mira con expectación y entonces reparo en los grilletes que sostiene.
No son para Irina. Son para mí. Cuando cruzo su mirada, solo arquea una ceja, impaciente.
Valoro discutirlo, pero pienso en cómo vería la situación su padre: yo, entrando en el palacio sin medidas de seguridad.
Rechinando los dientes, me quito la capa de mala gana y la lanzo sobre la silla del caballo.
Extiendo las manos para que vuelva a colocarme los grilletes; los cierres encajan de nuevo con un seco tintineo de metal.
—¿No vas a atarme las manos esta vez? —pregunto.
No le hace ninguna gracia.
—Si surge una situación en la que necesites defenderte, quiero que puedas llamar a tu arma.
Fredrich se acerca a Irina con un tramo de cuerda.
—Aún puedes echarte atrás —le dice.
Ella le dedica una sonrisa temblorosa.
—Ahora mismo, mi única preocupación es lograr imitar la seguridad de Beau.
—Déjame hablar a mí —dice Acker, acercándose mientras Fredrich le ata las muñecas con firmeza—. Pero lo más probable es que te meta en los calabozos.
Irina asiente, tragando saliva.
—Puedo con ello —dice, aunque la voz le tiembla un poco.
Su falta de convicción no augura nada bueno, pero nadie lo señala.
Fredrich la conduce hasta una de las yeguas, inclina la cabeza hacia ella y le susurra algo.
Irina escucha con gesto estoico, asimila lo que sea que le esté diciendo y finalmente asiente.
Entonces él la alza hasta la silla y le entrega las riendas.
Acker vuelve con él.
—Ve deprisa. Entra en la ciudad por la puerta norte.
Es por donde entra y sale la mayor parte del tráfico.
Si te preguntan, di que vas a reunirte con la parte de tu familia que ya ha buscado refugio tras las murallas.
Hasselback es un apellido común entre los granjeros de la zona.
Luego resguárdate en la herrería de Wells hasta que mande a alguien a buscarte.
Fredrich asiente y atrae a Acker a un abrazo.
—No hagas nada temerario sin mí.
—Lo mismo digo —responde Acker, dándole una palmada en la espalda.
Luego, para mi sorpresa, y no desagradable, Fredrich se acerca y me abraza.
No decimos nada; sabemos que no hay palabras que encajen.
Dudo que exista un tópico capaz de abarcar la complejidad de nuestra amistad.
Me dedica una sonrisa antes de montar a caballo, mientras el peso de la mirada de Acker se clava en un lado de mi rostro.
La voz de Messer rompe el momento.
—Tengo que cambiar de forma o me voy a quedar sin dedos de los pies —dice, con los dientes castañeteando.
Acker asiente.
—Guía a Fredrich desde el aire y luego ven a buscarme.
Messer no necesita que se lo repitan. Se quita las pieles y me las entrega guiñándome un ojo.
—Nos vemos pronto.
Al instante siguiente salta al aire; su cuerpo se pliega sobre sí mismo y se encoge hasta adoptar la forma de un búho nival. Ulula, batiendo las alas contra el viento hasta encontrar el equilibrio. Y entonces solo quedamos Acker, Irina y yo, observándolo desaparecer en el cielo nocturno.