Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 43. Acker
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Capítulo 43. Acker

Acker

El estómago se me hace un nudo mientras observo a Jovie vistiéndose. No me arrepiento de nada de lo que acaba de pasar, en absoluto, pero va a hacer que nuestra separación sea aún más complicada y es como si el vínculo ya lo supiera, el lazo se tensa entre nosotros.

Jovie se pone la camisa por la cabeza y se aparta el pelo de la cara, su piel todavía está sonrojada, con un brillo rosado.

—Me estás mirando —dice, dirigiendo la vista hacia mí antes de alcanzar los pantalones que había dejado a un lado.

Sonrío, pero dura poco.

—Eres impresionante —le digo y las palabras me salen en medio de un suspiro.

Su sonrisa de respuesta solo consigue acentuarle más el rubor y hace que la sensación dolorosa de mi estómago se apriete hasta provocarme náuseas.

Se oyen pasos al otro lado de la puerta cerrada de su habitación y, como si la realidad de la situación la golpeara, la mirada de Jovie se abre de par en par y se dirige hacia mí.

—No nos habrán oído, ¿verdad?

Meto la cabeza por mi propia camisa, me muerdo la mejilla y la suelto mientras me planteo mentirle.

—A estas alturas, Fredrich lo ha oído todo —digo, riéndome del tono rojizo que están adquiriendo sus mejillas—. Y he tenido que buscar cama alternativa en muchas ocasiones cuando Irina se traía a su amante a la nuestra, así que piensa en esto como un poquito de justicia poética.

Hace una mueca, pero no dice nada. Rápidamente, un gesto de determinación pinta su rostro y sé que viene otra discusión.

—En el momento en el que pongas un pie en el palacio sin Beau y sin Irina, tu padre sabrá que no has hecho aquello para lo que intentó influenciarte. Os matará a ti y a Fredrich en el acto.

Suspiro y me siento junto a ella en la cama desordenada, le paso un brazo por la cintura atrayéndola a mi pecho mientras me recuesto.

—Me subestimas.

Se apoya en un codo y me mira desde arriba.

—Creo que tu arrogancia será tu mayor perjuicio.

Le aparto el pelo hacia la espalda para dejar a la vista su hombro descubierto a través de la apertura de la camisa, y paso los dedos por las marcas de un mordisco en su piel sensible.

—Te advertí que no cambiaría de opinión.

Me lanza una mirada desafiante.

—Si hay algo que tu padre entiende, es que nunca irías a Maile y volverías sin tu vínculo.

Eso... es una afirmación cierta.

Me encanta la idea de mantenerla a mi lado. Por eso fui a por ella en primer lugar, aparte del intento de buscar una alianza. Aunque sabía que Fredrich la cuidaba, protegiéndola cuando podía, eso no calmaba mi ansiedad de no poder verla con mis propios ojos.

Es tentador, pero no podría llevarla al palacio, ahora que sé la depravación que mi padre oculta tras sus muros.

Niego con la cabeza.

—Es demasiado arriesgado.

Antes de que su temperamento se dispare de nuevo, la beso y mis labios rozan los suyos mientras suplico:

—Por favor, no lo hagas más difícil de lo que ya es.

Tras un largo instante, siento lentamente cómo la tensión se derrite en su cuerpo mientras su peso se asienta sobre mí.

—El mensaje que le envié a mi madre —dice, apoyando la barbilla en mi pecho—. Después de asegurarle que estaba viva y bien, le di órdenes de enviar al ejército por el río Yanka para establecer un campamento en el valle al oeste de la capital.

Chasqueo la lengua mientras busco una respuesta apropiada, pero solo sale:

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —pregunta, dudosa.

—La pluma tenía un plumín metálico en su interior —explico.

Su boca se abre asombrada.

—¿Fuiste capaz de descifrar lo que escribí solo por la pequeña lámina de metal dentro del eje de la pluma?

—Tuve que concentrarme mucho, pero logré captar la esencia.

Su asombro no dura demasiado.

—Entonces creo que estarás de acuerdo en que es mejor que yo me encuentre con las fuerzas de Maile en el valle, para asegurarme de que no invadan y compliquen aún más tu golpe de estado.

Abro la boca, pero no puedo formular un argumento sólido en contra. Probablemente estará más segura con su propia milicia y puede comandarla lejos del palacio y de mi padre. Toma mi vacilación como una confirmación, se levanta y se dirige a la puerta antes de que pueda detenerla.

—Espera —grito y cojo el morral que se había caído al suelo antes de seguirla. Ella ya está en la escalera de servicio cuando salgo—. No he dicho que sí.

Ni siquiera mira por encima del hombro mientras descendemos la estrecha escalera.

—La palabra que buscas, Acker, es compromiso.

Fredrich es el primero en hablar al entrar al salón.

—Nunca ha oído ese concepto —comenta, sentado de espaldas a la barra.

Le señalo.

—Ocúpate de tus cosas.

—Reducirá nuestro tiempo de viaje a la mitad —dice, ignorando mi advertencia—. Y tiene más sentido que Jovie lidere la ofensiva desde el oeste en lugar de arriesgarnos a la ira de Evelyn. —Levanta una ceja en mi dirección—. Eso tenlo muy claro.

Jovie vuelve a coger la espada de mi padre de la repisa de la chimenea mientras me lanza una mirada orgullosa.

—¿No confías en mí?

Niego con la cabeza.

—Ni lo más mínimo.

Su sonrisa desafiante es de pura arrogancia y no puedo evitar que una mueca se dibuje en mis labios mientras cruzo el salón para cogerla por el cuello y besarla.

He aprendido la lección de no subestimarla nunca más y rezo a los dioses para que siga de mi lado a partir de ahora, o que la Madre me ayude.

Si Jovie me tiende una trampa en el futuro, estoy dispuesto a caer en ella como un tonto.

Un ruido de esfuerzo llama nuestra atención hacia la entrada, donde Irina arrastra lo que parece ser un montón de pieles sobre el respaldo de un sofá. Se aparta los mechones de pelo de la cara y se endereza.

—Las he encontrado en el armario de los abrigos. Deberían ser suficientes para todos, siempre y cuando Messer no necesite una.

Jovie se separa de mí, mis manos resbalan de ella mientras se acerca a la mujer que he llamado mi esposa los últimos cuatro años; la chica que una vez cortejé esperando una unión exitosa.

Algo ha cambiado en Irina desde que dejamos Kenta.

Está menos volátil. Más feliz, casi. Y al mirar a mi pareja con una pequeña sonrisa de aceptación, me pregunto si he subestimado lo miserable que fue como esposa forzada, a pesar de que traté de complacerla.

Recorre las diferentes pieles antes de detenerse en un abrigo blanco moteado, y lo levanta para que Jovie lo vea.

—Creo que este te puede servir —dice.

Jovie coge el abrigo, pasa la mano por la suave piel y su mirada muestra agradecimiento cuando la alza hacia Irina.

—Mi ejército probablemente está anclado en la desembocadura del río Yanka. Cuando lleguemos al campamento del valle, puedo organizar un barco que te lleve por el golfo hasta Strou —le dice con voz suave—. Si aún quieres regresar a casa, claro.

La sonrisa de Irina es pequeña cuando asiente.

—Me encantaría.

El momento emotivo se interrumpe cuando la puerta principal se abre de golpe y entra un Messer desnudo y azotado por el viento, que trae consigo un ráfaga de frío helado.

Se detiene en la entrada del salón, con la mirada oscilando entre los cuatro.

El hombre se siente demasiado cómodo con su polla al aire en cualquier momento.

Irina se toma la libertad de lanzarle una de las pieles y él, agradecido, se envuelve con ella.

Su mirada se detiene en Jovie con un saludable grado de aprensión.

Con razón, considerando que fue a escondidas para asegurar la alianza con Kai porque yo se lo ordené.

No puedo verle el rostro, ya que está de espaldas a mí, pero lo que sea que Messer vea lo hace desplegar todo el efecto de sus ojos de cachorro.

—¿Supondría alguna diferencia si dijera que tu pareja me amenazó con arrancarme las plumas si no cumplía?

Lo fulmino con la mirada.

—Maldito soplón.

Jovie levanta la mano para detener lo que Messer iba a soltar.

—¿Te pareció que Kai se quedaba satisfecho con los términos del acuerdo?

Inclina la cabeza en señal de asentimiento.

—Sí.

La mirada de Jovie se dirige hacia Fredrich, que intenta sin éxito escabullirse de la conversación, sabiendo que él también estaba al tanto de la decisión tomada a sus espaldas.

—Preparad los caballos —dice, dejándolo pasar.

Asiente.

—De acuerdo.

Irina, incómoda con el giro de la conversación, se disculpa, se pone un abrigo de piel y sigue a Fredrich fuera de la puerta.

La atención de Jovie vuelve a Messer y tengo la sensación de que su traición le duele tanto como la de Fredrich y la mía juntas.

—Solo di que lo sientes para que podamos seguir adelante —dice, cortante.

Si el pobre desgraciado no me hubiera delatado, quizá hasta sentiría algo de lástima por él cuando suelta la disculpa rápidamente.

—Lo siento, B.

Aunque exigió la disculpa, no la acepta de inmediato. Hay una tensión entre sus omóplatos que no ha desaparecido. La emoción en su extremo del vínculo es intensa. Me acerco, le coloco una mano en la espalda y masajeo esa tensión.

El gesto desvía su atención de Messer y una sonrisa va apoderándose lentamente de su rostro.

—Esto —dice él mientras nos señala—, esto es adorable.

Jovie lo fulmina con la mirada.

—Esto es una conversación seria, Messer.

—Claro —responde con un encogimiento de hombros a medias—. Después de ceder por fin a la tensión sexual que llevabais semanas acumulando, en realidad es bastante adorable.

Entrecierro los ojos al mirarlo.

—¿Y cómo puedes discernir eso?

—La verdad es que he estado pensándolo —dice mientras su expresión se vuelve pensativa, como si mi pregunta mereciera de verdad una respuesta meditada—. Creo que es un instinto animal. Como un sentido adicional que tengo más afinado por mi capacidad de cambiar de forma.

Las divagaciones de Messer son suficientes para provocar un bufido en Jovie.

—¿Qué voy a hacer contigo?

La sonrisa que le devuelve Messer es amplia, feliz de que Jovie haya dejado atrás, claramente, el enfado surgido a raíz de su decisión.

A mí no me importaría lo más mínimo apagársela un poco.

—Podrías asarlo en una hoguera —propongo.