Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 39. Acker #2
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Capítulo 39. Acker #2

—¿Recuerdas nuestro primer beso? —le pregunto.

Desconfía de mis intenciones, pero asiente.

—Sí.

Muy despacio, levanto la mano y le aparto los mechones rebeldes cogiéndolos uno a uno entre los dedos.

La piel expuesta se le eriza. Su mirada se mueve entre mis ojos; en ella brillan la vacilación y la expectativa.

Es comprensible, después del beso en la taberna, cuando me expuse por completo ante ella.

Y del día en el palomar, cuando intenté obligarla a admitir que me quería.

Nunca he sabido pensar con claridad cuando se trata de ella.

Pero cuando extiende las manos y las apoya en mi pecho para sostenerse, pienso que... quizá ella tampoco piensa con claridad cuando se trata de mí.

Deslizo la yema de los dedos hasta el borde de su mandíbula y bajo hasta la punta de su barbilla.

—Fue como si pudiera sentir tu luz como si fuera mía.

Se humedece los labios.

—Yo podía sentir el metal bajo tierra a kilómetros —dice.

Atraigo su rostro hacia el mío, desesperado por probar sus labios.

Pero esta vez no quiero presionarla. Quiero que sea ella quien venga.

Y cuando su mirada se detiene en mi boca, se inclina hacia mí y se queda a apenas un centímetro antes de detenerse.

Ninguno de los dos se mueve durante un largo instante, nuestros alientos se encuentran en una expectación que se rompe cuando acepto que no habrá beso. No hasta que esté preparada.

—Si Kai no acepta la alianza —aventuro mientras le paso el pulgar por el labio inferior—, ¿qué harás?

Mi pregunta parece sacarla de una niebla; sus ojos recuperan poco a poco la claridad.

—¿Te refieres a quién elegiré? —dice, endureciendo el tono—. Ni que te debiera una lealtad ciega después de haberme secuestrado y retenido contra mi voluntad.

Entonces, en un movimiento para el que no estoy preparado, me agarra la camisa por delante y tira de mí con todas sus fuerzas.

Para evitar que acabemos rodando escalera abajo, me aferro a la barandilla.

Funciona, pero tropiezo hacia atrás un paso y no hay manera de salvar el cuenco, que cae escalera abajo y esparce su contenido por el suelo.

Apenas me he recuperado cuando me doy cuenta de que Jovie ha sorteado la espada y ya está a mitad de la escalera.

Me giro y me lanzo hacia delante para agarrarla del tobillo; cae hacia delante y se apoya en las manos.

Da una patada con la otra pierna y yo tiro de ella hacia mí, de modo que su pie pasa silbando, a un palmo escaso de mi cabeza.

—Alto —le digo, arrastrándome sobre ella y cubriéndola con mi peso, de forma que la presiono firmemente contra los escalones.

No me hace caso y gruñe mientras intenta derribarme. Lo que resulta inútil, debido a su nivel de agotamiento. Y, tras un largo momento, parece llegar a la misma conclusión, y su cuerpo se relaja bajo el mío.

Me apoyo con las manos en los peldaños a ambos lados de su cabeza, con el pecho apretado por el esfuerzo.

—No puedes decirme en serio que ese desgraciado merece tu lealtad más que yo. —La incredulidad en mi voz es imposible de disimular, la ira burbujea dentro de mí ante tal idea.

—No lo entiendes —dice, con la voz quebrada.

La emoción cruda me deja atónito y me atraviesa el pecho como una flecha de madera desde el vínculo. Me apresuro a levantar mi peso de su cuerpo, pero ella no intenta escapar.

Se me corta la respiración.

—Jovie...

Después de un momento, se vuelve para quedar boca arriba y me alivia ver que en su mirada hay enfado y no lágrimas.

—Creo que supe que me enamoraría de ti antes siquiera de que dejáramos Alaha, Acker —dice y la frustración ha dado paso a la determinación—. Siempre te he elegido a ti.

Sus palabras me suponen tanto un dolor como un consuelo.

Son dolorosas y sanadoras a la vez. Hay un alivio mezclado con la adrenalina de nuestro forcejeo.

Mi ritmo cardiaco se acelera; la sangre en mis venas se calienta ante la mirada indómita en sus ojos, como si admitir finalmente la verdad hubiera permitido que el deseo que ha estado reprimiendo aflorara.

El calor de mis venas se convierte en un fuego abrasador.

Lentamente, bajo mi cuerpo otra vez y, cuando mi peso cae por completo sobre ella, nuestras inhalaciones sincronizadas suenan agudas en la escalera vacía.

Lo tomo como una invitación para colocar mi rodilla entre sus muslos y ella los abre voluntariamente, dejándome ocupar el espacio.

Hundo el rostro en la curva de su cuello y recorro con la boca su piel húmeda.

—Dioses, te he echado de menos.

Arrastro mi boca hacia arriba para cerrar la última distancia, cubriéndola con mis labios.

Gimo cuando acepta mi contacto de inmediato, con la boca blanda y flexible, su lengua ansiosa por encontrarse con la mía.

Todo, desde su forma de arquear la espalda sobre los escalones, con su pecho contra el mío, hasta el ángulo de sus caderas al sentir la dureza entre sus piernas, me dice que ella también ha extrañado esto tanto como yo.

Su calor se vuelve abrumador. Mientras nos besamos, sus manos recorren la piel expuesta por el cuello abierto de mi camisa y la sensación resuena a través del vínculo.

Su don irradia desde dentro y cuando, de alguna manera, encuentro fuerzas para separarme de sus labios, estoy tan maravillado como ansioso por sentir el resplandor etéreo de su piel iluminada contra la mía.

Al instante, los dedos de Jovie buscan los botones de mi camisa para arrancar la tela con tirones apresurados y me doy cuenta de que debe de haber visto el pensamiento en mi mente a través del vínculo.

Nuestro beso se vuelve urgente, nuestras manos trabajan al unísono para despojarnos de la ropa y solo separamos las bocas el tiempo suficiente para quitarnos la camisa.

Enredo un brazo alrededor de su cintura y un gemido de satisfacción se escapa de su boca cuando acerco su cuerpo al mío.

La sensación de su cuerpo contra mi pecho desnudo parece ser su perdición final.

La mía, cuando sus manos empujan insistentemente la cintura de mis pantalones.

Me inclino hacia abajo para liberarme, deseando poner fin al sufrimiento prolongado y agonizante que hemos soportado, cuando una voz llega desde abajo.

—Bueno, ¿qué tenemos aquí?

Jovie y yo nos quedamos paralizados, con los ojos abiertos de par en par al darnos cuenta de que no estamos solos, que Messer está aquí, tras haber regresado de su segunda visita a Kai.

—Esto es un desarrollo interesante —dice, con un tono de arrogancia evidente.

Me siento sobre los talones y miro por encima del hombro al cambiante que está en el rellano.

—Has regresado temprano.

Messer se apoya con la cadera en la barandilla inferior; una sonrisa firme se le dibuja en el rostro.

—Puedo volver más tarde. ¿Cuánto necesitas, Ace? ¿Tres minutos? ¿Cuatro, como mucho?

Aprieto los dientes y vuelvo mi mirada hacia Jovie, que se cierra la camisa sobre el pecho mientras la luz desaparece de sus ojos..., literalmente.

—Messer —advierte ella, exasperada.

Su risa de respuesta me pone los nervios de punta; pienso en la multitud de formas en las que podría asesinar a su amigo.

Ella niega con la cabeza ante mis pensamientos internos mientras comienza a abrocharse la camisa.

O mejor dicho, los botones que aún quedan.

Maldigo mi situación mientras me acomodo. Maldito Messer.

Pero es el repentino aumento de emoción a través del vínculo lo que hace que mis ojos se centren en Jovie mientras intento meterme la polla de nuevo en los pantalones.

Su mirada se alza para encontrarse con la mía, con las mejillas enrojecidas por haber sido pillada mirándome mientras lo hacía.

Intenta cubrirlo frunciendo el ceño, pero solo consigue sacarme una sonrisa.

—No hay necesidad de ocultarte de mí, Jovie. Puedo sentir el deseo, caliente en tus venas —le digo, colocándole de nuevo una mano junto a la cabeza—. Déjame mostrártelo.

No le había transmitido mis emociones antes, pues sé que la última vez que expuse mi yo interior fue demasiado abrumador.

Pero, al inclinarle la barbilla con un dedo para volver a juntar nuestros labios, mantengo su mirada y silenciosamente le pido permiso.

Al principio es escéptica, pero asiente y dejo que la avalancha de necesidad intensa fluya por el vínculo hacia ella.

Su jadeo de respuesta solo aviva más el fuego y cierro los ojos ante la potente sensación de su lujuria mezclándose con la mía.

Se derrite debajo de mí. Es vulnerable, ya que nos reduce a nuestro nivel más básico, y es casi demasiado, sin que importe nada más que nosotros dos. Ineludiblemente honestos en nuestra forma más pura.

Inclino su rostro hacia un lado e intento devorar sus gemidos.

El deseo de estar dentro de ella lo consume todo de forma peligrosa, mientras ella una vez más alcanza la parte frontal de mis pantalones y su mano se desliza sobre mi miembro guardado apresuradamente, y estoy a punto de sacármelo de nuevo cuando la voz de Messer nos interrumpe. Otra vez.

No comprendo completamente lo que dice y mi voz es más bien un gruñido cuando gruño:

—¿Qué?

—Escucha, puedes continuar con... todo esto... tan pronto como te transmita un mensaje. —Su tono es juguetón, pero hay una nota seria que me hace prestar atención—. He vuelto temprano para advertirte de que Kai también llegará antes.

—¿Cómo de pronto? —pregunto, mientras mis ojos absorben el bello rubor en las mejillas de Jovie al mezclarse con el suave resplandor de su magia.

—Mañana —dice.

«Hijo de puta».

Sus palabras me enfrían enseguida la sangre y apagan la luz de Jovie, su rostro se descompone al darse cuenta de que no tenemos días antes de la llegada de Kai, sino apenas unas horas. No quiero leer demasiado en su aprensión, pero es inconfundible a través del vínculo.

La voz de Messer resuena mientras se aleja por el pasillo.

—¿Por qué hay estofado por todas partes?