Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 39. Acker
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Capítulo 39. Acker

Acker

Dirige el haz de luz desde las manos hacia las olas que rompen sobre sus pies y transforma el agua turquesa en oro líquido. Las ondulaciones que se curvan y se quiebran en la superficie devuelven fragmentos refractados de luz hacia Jovie, iluminándola con el mismo resplandor giratorio.

Está impresionante mientras se adentra en el océano, dejando que su don caliente el agua lo suficiente como para poder nadar, algo que, está claro, echaba muchísimo de menos. Siento su alegría a través del vínculo, una felicidad que duele un poco. La misma que siento yo cada vez que la miro.

Cuando se zambulle bajo una ola que avanza y emerge al otro lado, es como un sol en miniatura surcando las aguas turbulentas.

La preocupación me mantiene clavado en el sitio mientras la observo con atención, nadando entre las olas embravecidas hasta alcanzar corrientes más tranquilas, antes de darse la vuelta y quedarse flotando boca arriba, con los brazos extendidos a los lados.

Pero, mientras flota, no necesito el vínculo para saber que sus preocupaciones se alivian a medida que su cuerpo se relaja, mecido por el agua. Sigue brillando, como un espíritu.

El hierro en la sangre de Fredrich me anuncia su presencia antes de que oiga sus pasos por el sendero a mi espalda.

—He enviado al personal a casa con una paga extra —dice al colocarse a mi lado.

—¿Suficiente para que mantengan la boca cerrada? —pregunto—. Lo último que necesitamos es que algún sirviente intente ganarse el favor de mi padre revelando que estamos aquí.

—De sobra —responde—. Además, puede que haya dejado caer que sabemos dónde viven sus familias.

—Bien —le digo, con un tono que deja claro que doy por zanjada la conversación; quiero observar a mi vínculo en paz.

Pero no se va, así que vuelvo la cabeza para mirarlo, al ver que hay algo más que quiere decir.

Tiene los ojos fijos en Jovie y tengo que reprimir el impulso de exigirle que aparte la mirada.

No está haciendo nada escandaloso, pero es un momento tan íntimo para ella que no siento que él merezca presenciarlo.

Demonios, ni siquiera creo que yo lo merezca.

—Esa expresión —dice con voz grave—. Cuando oyó el océano... Era la misma que tenía cuando se enteró de que habías llegado a Maile.

Si pretendía herirme, lo consigue. Un dolor agudo y retorcido me atraviesa el estómago mientras asimilo sus palabras. La idea de que acudiera a mí en el muelle buscando el mismo consuelo que le da el mar, solo para encontrar decepción y angustia.

—Ace, no sabemos qué nos depara el futuro —continúa. Su mirada se clava en mí, con una dureza que no le veía desde hacía muchos años, desde que fuimos los últimos de nuestro campamento en sobrevivir al ataque sorpresa de Roison—. Y estás perdiendo el tiempo.

¿Perdiendo el tiempo en qué? Pero incluso mientras me lo pregunto, ya lo sé.

Aún no hemos vivido lo peor de esta guerra.

Tengo que volver al palacio y ocuparme de mi padre.

En lugar de eso, estoy intentando cerrar una alianza con un hombre al que desprecio solo para complacer a Jovie, cuando lo que preferiría es eliminar a Kai de toda la ecuación.

Sería una incógnita menos en una guerra que no deja de cambiar. Pero Jovie...

La quiero a mi lado.

Y si este es el compromiso que tengo que aceptar para asegurarme de que lucha conmigo y no contra mí, entonces lo haré.

Fredrich regresa a la cabaña y me deja con esa advertencia flotando sobre mi cabeza, mientras observo a Jovie reencontrarse con algo que antes detestaba. Es casi como si el agua la recibiera con los brazos abiertos tras tanto tiempo separados, como si también la hubiera echado de menos.

Entiendo bien lo que es despreciar algo, o a alguien, y reconocer después el error.

El tiempo hace cosas extrañas con la perspectiva.

Los cuatro años posteriores a la traición de Jovie han sido como una pesadilla interminable, pero el escozor de aquella traición empieza a parecer un recuerdo lejano, como si el simple hecho de volver a estar cerca de ella hubiera reducido su intensidad.

La observo durante horas y ya casi ha caído la noche cuando por fin su luz se atenúa, la magia agotada.

Sale del agua casi arrastrándose y se tumba sobre la arena, con el oleaje lamiéndole los tobillos, durante un buen rato más.

Sé que está helada y exhausta y también sé que cualquier intento de ayudarla a subir la escalera del acantilado acabaría en hostilidad.

Así que, en cambio, regreso a la vivienda para preparar uno de los dormitorios de invitados y llenar la bañera de porcelana con vistas al océano, lista para cuando vuelva.

Pasa otra hora hasta que atraviesa la puerta que da a la parte trasera de la cabaña.

Sigue el sendero de piedra caliza hasta la entrada posterior de la construcción, empapada y temblando.

Apenas se fija en los muebles mullidos y las alfombras al entrar; sale del salón y se dirige hacia las dependencias del mayordomo, donde yo estoy sentado al pie de la escalera, observándola bajo los apliques parpadeantes que recorren la pared del hueco de la escalera.

Levanto el cuenco de sopa.

—Las criadas han dejado una olla al fuego antes de irse.

Mira el cuenco, cuyo vapor se eleva de forma tentadora, pero no se mueve.

—¿Envenenada?

Sonrío pese a que su intento de broma no cuaja; el tono apagado de su voz delata lo cansada que está.

—Puedes llevarte un cuenco a tu habitación, si quieres. —Indico con la cabeza hacia la escalera—. El baño se te va a enfriar.

Alza una sola ceja y me clava la mirada, como advirtiéndome que no haga ningún movimiento en falso mientras avanza pesadamente hacia mí.

Su estómago ruge lo bastante alto como para que lo oiga y me muerdo el labio para ocultar la sonrisa.

La ve de todos modos y, antes de que pueda parpadear, me arrebata el cuenco de las manos con más agilidad de la que creía posible, me rodea y sube la escalera sin decir una palabra.

Le grito a su espalda:

—Segunda puerta a la derecha.

Su bufido suena vagamente a asentimiento y el portazo que da al cerrar resuena por la escalera.

Apoyado en la barandilla, busco el hierro en la sangre de Irina y de Fredrich, cada uno en su habitación.

Por la atracción más intensa del de Fredrich, diría que ya va por lo menos por la segunda botella de lo que sea que haya robado del bar de mi padre.

El tirón del de Irina, en cambio, es lento y constante; está inmóvil, dormida desde hace horas.

No habló mucho después de impedir que siguiera inmediatamente a Jovie cuando salió corriendo hacia el borde del acantilado.

Pero, en cuanto estuvimos dentro, una sonrisa apareció en su rostro por primera vez en mucho tiempo mientras se dirigía al salón del fondo de la casa, desde donde observó a Jovie nadar a través de los ventanales de suelo a techo que dan a la playa.

El pulso en la sangre de Jovie tarda un rato en ralentizarse; el agotamiento da paso a la calma mientras se queda dormida. Se ha llevado al límite, pero por suerte no tiene sueños. Su inquietud me habría mantenido despierto toda la noche junto a ella.

Ahora puedo sentirla con más profundidad que nunca.

Hace cuatro años, sus emociones no eran más que un hilo fino a través del vínculo.

Ahora son profundas y constantes como un río.

Como si en algún momento de los años que pasamos separados se hubiera roto una presa y la corriente ya no pudiera contenerse.

Pero eso, en lugar de debilitarla, parece haberla hecho más fuerte.

Los días siguientes transcurren exactamente igual.

Tras robar una de las espadas de mi padre de la repisa de la chimenea, Jovie pasa los días en la playa.

Hace ejercicios y repeticiones antes de ponerse a trabajar su magia.

La usa para calentar el agua que la rodea mientras nada; a veces lanza bolas de luz ardiente que se deslizan sobre la superficie del mar, se estrellan contra el acantilado o ascienden directamente al aire antes de estallar en una lluvia de luz.

Otras veces, las dirige hacia la espada, logrando que el hierro se ponga rojo mientras encadena movimientos.

Me gusta servirme un vaso de licor oscuro y sentarme en el salón al atardecer para contemplar el espectáculo. El acero en su mano me canta desde la playa. Casi puedo sentir el calor de su luz a través del metal, como si su magia fluyera a través de la mía. Es increíble verlo.

Se lo digo cuando entra en la casa la cuarta noche e intenta cogerme el cuenco de estofado de la mano y pasar de largo por la escalera, como ha hecho cada noche desde que llegamos. Pero esta vez no la dejo, le retiro la comida fuera de su alcance. Su mirada es una amenaza en sí misma.

Coloco el cuenco en el escalón detrás de mí y llamo a la espada que sostiene para que venga a mi mano, arrancándosela de un tirón. Está caliente al tacto. Casi demasiado; la empuñadura me quema la palma al girarla.

—La última portadora de luz dominaba los cuatro elementos principales —digo mientras me apoyo la espada sobre la rodilla—. Parece que tú ya tienes predilección por el metal.

La mirada de Jovie pasa de mí a la espada en mi regazo y luego sube por la escalera hacia las habitaciones, sopesando claramente cuánto tiempo está dispuesta a concederme. No le doy opción: clavo la espada en ángulo en el peldaño junto a mí, bloqueándole el paso en la estrecha escalera.

Su expresión es una mezcla de irritación y agotamiento cuando por fin me presta toda su atención, aunque a regañadientes.

—¿Qué quieres, Acker?

Me pongo en pie, bajo un escalón y elimino el último espacio que nos separa.

La nueva posición la obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para mantenerme la mirada.

El pelo se le pega al costado del cuello; los mechones oscuros que se le han soltado de la trenza contrastan con su piel helada.

El agua gotea por ellos y se desliza sobre su pulso en la garganta, y de pronto tengo la boca muy seca.