Capítulo 38. Jo
Jo
El olor a agua salada me provoca una nostalgia tan profunda que me duele el corazón.
Mantengo la vista en el horizonte, buscando un atisbo del mar o de la cabaña, lo que aparezca primero.
La vista de la costa solo está bloqueada por suaves colinas ondulantes.
Acker dijo que llegaríamos a nuestro destino a mediodía y, a pesar de que la temperatura es dolorosamente fría, al menos tenemos cielos despejados, aunque el calor del sol apenas me toque la piel.
Supongo que debería estar agradecida por que no esté nevando. Por eso y por el hecho de que se me haya concedido el privilegio de tener mi propio caballo para este trayecto, lo cual casi compensa tener que seguir detrás del caballo compartido por Acker y su esposa.
He intentado no pensar en las palabras de Irina desde el día que llegamos a la taberna, pero no dejan de rondar por mi mente.
Su insistencia en que, en cierto modo, somos iguales, como si lo que yo tengo con Acker estuviera al mismo nivel que el galanteo que hubo entre ellos y que la dejó con el corazón roto.
Lo que tuve con Acker, mejor dicho.
Me avergüenza lo infantiles y mezquinos que se han vuelto mis pensamientos.
No es que tenga que demostrarle nada a ella, pero mentiría si dijera que no he pensado en agarrar a Acker por la parte frontal de su camisa para plantarle un beso y corroborar que ella y yo no estamos en el mismo barco.
Que podría tenerlo si quisiera..., pero estoy bastante segura de que no quiero.
No cuando él solo quiere usarme como herramienta para llevar a cabo sus ambiciones.
Si me pareciera bien que me usaran, nunca habría dejado a Kai.
No sé si él me influyó, pero creo con firmeza que pensó que yo jugaría un papel fundamental para sacarlo de Alaha.
Creo que esa es la única razón por la que ha revelado parte de la información que su padre compartió con él, especialmente respecto a la verdad de mi identidad.
Escuchó a su padre hablar de un príncipe que había estado buscándome en el mercado el año antes de que yo fuera de visita con mi clase de cadetes.
Mientras le seguía la corriente a Kai con eso de que yo era la princesa perdida de Maile, también estaba desesperada por pisar tierra, así que accedí a su absurdo plan de ir juntos al mercado.
Ninguno de los dos, sin embargo, consideró la posibilidad de que el príncipe, Acker, me acusara de robo y amenazara con cortarme la mano cuando me vio.
Justo cuando estoy segura de haber alcanzado los límites de mi cordura, diviso un destello a lo lejos.
A medida que nos acercamos, puedo distinguir el sol reflejándose en el techo de cobre de la cabaña, aunque cabaña es un término demasiado suave para describir la vasta propiedad en lo alto de la colina.
Las paredes de piedra son blancas, aclaradas por el agua salada y el sol a lo largo de décadas o siglos.
Unas ventanas de cristal arqueadas se extienden desde la base hasta el tercer piso.
Los jardines que rodean la estructura poseen una variedad de plantas coloridas que estoy segura de que no son nativas, así que supongo que las debe de cuidar un elemental de tierra.
No pasa mucho tiempo antes de que logre distinguir el sonido de las olas rompiendo contra la orilla, justo al otro lado de la colina.
Aprieto las piernas contra mi caballo para instarlo a galopar hacia la cima.
El viento me golpea la cara y las orejas y me enreda el pelo, pero estoy demasiado ansiosa como para que me importe.
Cuando los cascos del caballo tocan la piedra en lugar del césped, tiro de las riendas para detenerlo frente a la entrada de la cabaña.
La puerta de hierro forjado está abierta.
Los senderos del jardín son de piedra caliza, la misma que la de los acantilados del mercado.
Un lacayo sale apresuradamente por la puerta principal y baja los escalones de piedra, seguido por los sirvientes.
Saluda a Acker con una reverencia.
—Mis disculpas, su alteza. No os esperábamos.
Pero no es la grandiosa propiedad con toques de metal y vidrio lo que capta mi atención, sino el estruendo de las olas más allá de la colina.
Me bajo del caballo justo cuando Fredrich y Acker detienen sus monturas a mi lado. Pero no los espero; el corazón me late con fuerza mientras sigo el camino desgastado por el uso más allá de la cabaña.
—Déjala ir —oigo decir a Irina detrás de mí.
Paso por debajo de enredaderas de rosas trepadoras y rodeo la verja de hierro y el lateral de la propiedad.
Al coronar la colina, el aire del océano me golpea en la cara y el olor a sal actúa como un bálsamo para mi alma cansada.
El agua que rompe abajo, en la playa, es azul brillante y turbulenta.
Muy diferente del agua del golfo frente a Maile, donde el océano se mezcla con el barro del río Yanka, creando un azul más turbio y un aroma más dulce.
Messer, que detesta estar atrapado en tierra firme, nunca ha entendido mi voluntad de vivir en el palacio, tan lejos de la costa, pero es porque nada puede compararse con el mar que nos rodeó en Alaha durante la mayor parte de nuestra vida.
Esto es exactamente lo que había estado echando en falta.
Hay una escalera tallada en el acantilado y desciendo con ansia.
Es irregular y está quebrada en algunos lugares, lo que convierte el descenso aún más peligroso, pero mi emoción es demasiado grande para que eso me frene.
Hacia el fondo, los escalones presentan marcas de erosión en una muestra de lo alto que puede llegar el agua con la marea; probablemente engulla la playa por completo con frecuencia.
Me siento en el penúltimo escalón para quitarme las botas y los calcetines, luego me remango los pantalones.
Mis dedos se hunden en la arena fría mientras avanzo hacia las olas que rompen.
El océano ha tallado y moldeado el acantilado en un semicírculo, lo que provoca que el viento silbe con fuerza contra las paredes de piedra caliza al soplar alrededor de la cala.
La ropa se me adhiere al cuerpo y mi pelo está aún más revuelto al llegar al punto donde el mar se encuentra con la arena. Estoy preparada para que el agua esté fría, pero, aun así, me sorprende y respiro profundamente a través de los dientes apretados.
Por más que el agua fría me muerda la piel desnuda, no me muevo mientras retrocede y luego vuelve con fuerza. Contemplo la inmensidad del océano frente a mí. Grande, imponente y tan parecido a la vista que solía despreciar mientras crecía. Ahora me ofrece un atisbo de hogar.
Alaha está allí.
Más allá del horizonte y más lejos de lo que muchos probablemente imaginan.
Donde los árboles majestuosos, más grandes que cualquier otros en la tierra, emergen del agua y sus copas elevadas proporcionan refugio a un pueblo abandonado.
No es la forma de vida de Alaha lo que extraño, la existencia desesperada tallada sobre el océano, sino un tiempo en el que todo parecía más simple.
Kai no dejaba de hablar de la llegada a tierra y, a pesar de ello, también los expuso a una vida de violencia e incertidumbre.
¿Y si el coste es demasiado alto? ¿No es eso lo que Wren siempre le advertía a Kai?
Siento la presencia de Acker detrás de mí. Al mirar por encima del hombro, lo veo en la cima de la colina, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si estuviera listo para luchar contra el océano si intenta tragarme.
Si el agua estuviera más cálida, probablemente se lo permitiría.
Vuelvo la mirada al océano y odio que Acker pueda sentir el torrente de emociones turbulentas que me inunda.
Es frustrante, teniendo en cuenta todo lo que he sacrificado para evitar que él interfiera en mi mente y en mi vida, la vergüenza que cargaba con el peso de las piedras alrededor del cuello como líder de Maile, para que mi gente conociera mi mayor debilidad, solo para descubrir que todo ha sido en vano.
Beau tenía razón cuando decía que a la magia no le gusta que la nieguen, pero más allá de eso, creo que Acker odia que lo nieguen aún más.
Recuerdo la noche en que Kai se coló en mi refugio, lleno de pánico, con el rostro inundado de terror mientras me hacía jurar que nunca dejaría que su padre me tocara.
Me había explicado que no había forma de protegerse de la influencia si hay contacto directo.
Sus divagaciones parecían no tener sentido, y no fue hasta el día en el mercado, cuando toqué un acantilado de piedra muy parecido al que ahora enmarca a Acker, cuando entendí por qué Kai insistía en enseñarme a proteger mi mente.
Y lo hice.
Durante tanto tiempo y tan bien que creo..., creo que incluso me oculté a mí misma la verdad sobre quién soy.
Mis pensamientos, mis sentimientos y mi magia. Todo confinado en los rincones más lejanos de mi alma, como si tuviera que sentir vergüenza de ser vulnerable en lugar de abrazar el poder que me otorga.
Cierro los ojos y busco el lugar donde reside mi magia.
El lazo con el vínculo está ahí, pero lo ignoro mientras le imploro a mi don que responda a mi llamada.
Como si se encendiera una mecha larga, el calor se extiende por el centro de mi pecho, hacia el cuello, antes de desplazarse hasta mi hombro derecho, bajarme por el brazo y llegar a mi mano abierta.
Abro los ojos y veo el destello de luz construyéndose en mi palma.
Más brillante que la luz invernal del sol, baila ante mí.
Creo que ya es hora de que mi don y yo nos conozcamos bien.