Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 36. Jo #2
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Capítulo 36. Jo #2

Estoy secándome las manos con una toalla cuando Acker vuelve.

Me aparto para dejarle sitio y que él también se lave, y reparo en el desastre que he dejado aquí.

Aunque la gente de este pueblo se haya marchado hace tiempo, me incomoda la idea de dejarlo peor de lo que lo he encontrado.

Me entretengo cerrando los tinteros y devolviendo el pergamino sin usar a su lugar en las estanterías.

Oigo cómo el agua deja de manar un instante antes de sentir la presencia de Acker a mi espalda.

Apoya una mano en el borde del mostrador, a mi lado, y me encierra en ese espacio. Se inclina sobre mi hombro y examina los trozos de pergamino que descarté por errores aquí y allá.

—No me has dicho qué le escribiste a tu madre.

Llevaba tiempo preguntándome cuándo sacaría el tema.

—¿A que te gustaría saberlo?

—Con suerte pondría algo así como...: «Por favor, no mates a mi vínculo. Ha sido un caballero impecable».

Percibo el tono burlón en su respuesta y no puedo evitar sonreír.

—¿Quieres que mienta? ¿A mi propia madre?

Se inclina hacia mi cuello e inspira profundamente.

—A veces mentir tiene sus ventajas.

Cierro los ojos un instante antes de lograr recomponerme. Me giro sobre mí misma; mi cuerpo roza el suyo al quedar frente a él. Apoyo las manos en la mesa a mi espalda y sostengo su mirada oscura.

—Es decir, quieres que mienta cuando te beneficie a ti.

—Cuando resulte creíble —responde, en voz baja.

—Creo que los dos sabemos que puedo ser muy convincente.

Irónicamente, una mentira.

Sonríe, pero no le llega a los ojos.

—Entonces convénceme —dice.

Lo he deseado durante tanto tiempo que mi memoria había olvidado lo embriagador que es en persona. Su olor, el calor de su cuerpo, el peso de su mirada. Es vergonzoso lo mucho que me afecta. No debería desearlo así.

Sus ojos bajan a mis labios.

—Dime que no quieres que te bese —dice.

—No quiero que me beses.

No parece desanimado en absoluto.

—Dime que no quieres que te toque.

Las palabras no deberían hacerme desear justo lo contrario. Intento responder, pero acabo tragándome la voz, el sonido es audible entre nuestras respiraciones entremezcladas.

Se inclina más y me agarra por la cintura.

—Convénceme, Jovie —exige.

—No quiero que me toques.

Me sorprende incluso que las palabras salgan de mi boca, aunque no sean más que un susurro patético.

—Dime que no quieres que deslice la mano entre tus piernas y te haga correrte con los dedos.

—Yo..., yo no...

No hay ninguna posibilidad de que consiga obligarme a decirlo.

El rubor me arde en la cara. Su agarre en mi cintura se tensa antes de soltarse por completo y el aliento que se me escapa mezcla decepción y alivio a partes iguales.

Esa sensación se mantiene hasta que me levanta el bajo de la camisa, rozándome el vientre con el dorso de los dedos.

La voz me tiembla cuando digo:

—No quiero que hagas que me corra.

Una sonrisa auténtica le cruza los labios.

—Bien —me anima.

Sus dedos se deslizan bajo la cinturilla y tira de la tela para atraerme hacia él; su boca roza la mía mientras habla.

—Pero puedes hacerlo mejor. Dímelo otra vez y, esta, siéntelo de verdad.

Entonces mete la mano dentro de mis pantalones, y sí, quiero que haga que me corra.

Pero sé que la única manera de asegurarme de que ocurra es seguir mintiendo y los dos sabemos perfectamente que no se me da bien.

Nunca se me ha dado bien. Simplemente es más fácil conseguir lo que se quiere cuando nadie busca la verdad.

Odio que haya una parte de mí que quiera seguir con este juego solo para que no se detenga. He ansiado su contacto, su consuelo, durante tanto tiempo, que estoy desesperada por llegar hasta el final. Pero también sé que me odiaría a mí misma si ocurre de esta manera.

Levanto la vista y me encuentro con su mirada entornada.

—Quiero que me hagas correrme —digo, endureciendo la voz.

Su expresión cambia por completo; los ojos se oscurecen, se vuelven más sensuales, la sonrisa se le borra mientras la mirada se le enciende.

—Ahí está —ronronea.

No hay burlas ni una lenta preparación antes de que me agarre mi parte más íntima. Se me nubla la vista y el aliento se me queda atrapado en la garganta cuando sus dedos encuentran mi centro mientras el talón de su mano presiona con firmeza contra mi punto más sensible.

Emite un leve sonido contra mis labios.

—¿Así? —pregunta, arrastrando la boca por mi mejilla hasta la sien.

Asiento con ansia.

—Sí.

Aprieta y casi se me doblan las rodillas; cierro los ojos con un gemido.

Me rodea la cintura con el otro brazo para mantenerme en pie mientras me empuja con su cuerpo contra el mostrador.

Introduce un solo dedo y odio que su boca no esté sobre la mía para ahogar el jadeo que se me escapa, la inspiración brusca que rompe el silencio de la pequeña estancia.

Sus labios me rozan el borde de la oreja y su voz me recorre la espalda como un escalofrío.

—No luches contra ello.

Como si necesitara su permiso, dejo la mente en blanco.

Su respiración agitada refleja la mía, como si fuera él quien estuviera a punto de desmoronarse y no yo.

No afloja; me muerde suavemente la piel sensible, bajo la oreja, y luego pasa la lengua para aliviar el escozor.

Suelto el mostrador y me aferro a su antebrazo, buscando apoyo, con las caderas persiguiendo el placer con cada movimiento de sus dedos. Estoy tan tan cerca...

—Dímelo, Jovie —jadea y su brazo se tensa mientras me empuja al clímax—. ¿Me quieres?

Sus palabras son como un cubo de agua helada. Abro los ojos de golpe, la gravedad de la situación me golpea de lleno al mismo tiempo que el cuerpo me traiciona. Aprieto los dientes, cierro los ojos y me niego a emitir un solo sonido, sofocando cualquier signo de placer físico.

Y entonces, en cuanto la ola remite, abro los ojos y me lo encuentro mirándome con una jodida sonrisa satisfecha.

Lo empujo lejos de mí.

Tiene el descaro de llevarse los dedos húmedos a los labios para probarlos. No puedo responsabilizarme de lo que hago a continuación, porque actúo impulsada por una furia ciega.

Le doy un puñetazo en la cara.

Ni siquiera soy consciente de haberlo hecho hasta que se toca el labio partido, observando la sangre en sus dedos, y tengo que sacudir el latido doloroso de la mano.

Su expresión se cierra mientras se lame la herida, pero no me da la satisfacción que quiero de verdad.

—¿Qué ha sido esto, Acker? —pregunto, furiosa—. ¿Un castigo por lo de Fredrich?

Su respuesta es inmediata.

—No.

Luego pone los ojos en blanco.

—Aunque, si lo fuera, diría que ha sido un castigo más que indulgente.

Increíble.

Derrotada, las lágrimas amenazan con salir y me doy la vuelta antes de que pueda verlas. Me ajusto la cinturilla de las bragas y solo cuando consigo controlar mis emociones me atrevo a mirarlo de nuevo.

—Lo siento —digo, intentando en vano que la voz no se me quiebre—. ¿Es eso lo que necesitas oír? ¿Que me arrepiento de lo que hice y que, si tuviera la oportunidad de elegir diferente, quizá lo habría hecho?

Una expresión de dolor le cruza el rostro. O quizá sea enfado o sorpresa. No lo sé y ya no confío en mi criterio cuando se trata de él. Es demasiado, en todos los sentidos, y está claro que no soy capaz de resistirlo de ninguna forma.

Prosigo, con más firmeza:

—Pero lo hecho, hecho está, Acker. No puedo cambiar lo que pasó con Fredrich, igual que no puedo cambiar el hecho de que te traicioné en su momento. Si estás buscando maneras de que el juramento te permita vengarte, vas a tener que ser más creativo.

Echa la cabeza hacia atrás, desconcertado, antes de avanzar de nuevo hacia mí.

—Déjame aclararte algo, Jovie —dice, acorralándome otra vez contra el mostrador—. Con juramento o sin él, y haya pasado lo que haya pasado o lo que esté por pasar, nada va a negar jamás la verdad fundamental: que eres mía y siempre lo has sido.

Niego con la cabeza, atónita.

—No puedes reclamarme —protesto.

La combinación de sinceridad en su expresión e indiferencia en su tono resulta desconcertante.

—Aunque la propia naturaleza no me hubiera dado ya permiso cuando te convirtió en mi vínculo, no cambiaría nada.

Da un paso más; yo no retrocedo cuando se detiene a una distancia en la que podría tocarme. Sus ojos oscuros van de los míos a mis labios.

—No hay otro final para nosotros.