Capítulo 36. Jo
Jo
Messer siempre dice que las palomas no son más que ratas voladoras con el cerebro del tamaño de un guisante, y que son más tontas que una piedra.
Me juró que, aquella vez que se obligó a transformarse en paloma, cuando volvió a su forma normal, era menos inteligente que antes.
Pero me da igual lo que diga; siempre he tenido debilidad por las aves.
Desde el interior de la estructura de madera nos llega un susurro de alas y plumas agitándose, señal de que aún quedan pájaros vivos pese a haber sido abandonados sin cuidados.
Varias ventanas cuadradas recorren en espiral el exterior del edificio cilíndrico y dejan ver a las aves dentro de sus jaulas.
Atravesamos un arco de hierro y entramos en la pequeña sala de trabajo.
Un mostrador divide el espacio, con una escalera cerrada escondida detrás.
Las paredes están cubiertas de estanterías repletas de pergaminos enrollados y diminutos tubos metálicos para mensajes.
Plumas y tinteros abarrotan el mostrador, y una carta medio escrita está caída en el suelo, abandonada.
En la esquina del fondo hay un barreño, manchado por dentro con salpicaduras de tinta negra.
Rodeo el mostrador y me acerco a la escalera, con Acker pisándome los talones.
A intervalos regulares cuelgan carteles que indican el territorio para el que ha sido entrenada cada sección de aves.
Las que ocupan los primeros veinte escalones están destinadas exclusivamente a Kenta.
En la parte frontal de cada jaula hay placas grabadas con el nombre de la ciudad a la que lleva mensajes su ocupante.
No es hasta el escalón cuarenta, casi arriba del todo, cuando el cartel colgante anuncia «Maile».
Solo hay unas pocas jaulas y todas están vacías.
—Un pueblo de este tamaño apenas se cartearía con territorios extranjeros, si es que lo hacía —dice Acker, con un tono casi de disculpa.
Valoro mis opciones.
—Los padres de Wells viven en una de las ciudades portuarias al norte de la capital, ¿no? Podría enviarles una carta con la esperanza de que se la hagan llegar a mi madre.
Cuando lo miro, veo su preocupación en la tensión de su boca.
—Tardaría semanas en llegar a Maile, si es que los padres de Wells pueden reenviarla —dice.
«Demasiado tiempo», es lo que realmente quiere decir.
—Es la única oportunidad que tengo —respondo.
Cuando empezamos a bajar, un suave aleteo nos detiene en seco. Nos acercamos a la jaula y miramos dentro. Encogido al fondo, escondido en las sombras, hay un pajarillo diminuto. Leo la placa: «Maile. Capital».
Acker abre la jaula y coge la paloma. Es tan pequeña que casi le cabe en la palma de la mano. Le extiende cada una de las alas, luego la gira y le examina las patas; el ave arrulla mientras la manosea. La anilla de la pata lleva el emblema del pueblo en el que estamos.
—Es pequeña, pero está sana. Voy a buscarle comida y agua, para que no se detenga a mitad del vuelo a cazar —dice.
La devuelve a la jaula y me mira, y juraría que hay un atisbo de sonrisa en sus ojos.
—Ve a escribir la carta.
La mayoría de los materiales son fáciles de encontrar; está claro que el pergamino y la tinta no debieron de parecer lo suficientemente importantes como para llevárselos durante el saqueo.
Busco en las estanterías una botella nueva de tinta y una pluma limpia.
Aplano un trozo de pergamino sobre el mostrador con un pisapapeles y desenrosco el tapón de la tinta nueva.
Mojo la pluma, raspo el exceso de líquido negro del plumín y empiezo a escribir con cuidado.
Soy breve y directa, y soplo el pergamino para asegurarme de que esté seco antes de enrollarlo.
En ese mismo momento aparece Acker desde la escalera.
—¿Lista?
Meto el pergamino en uno de los tubos cilíndricos y corto un trozo de cordel del rollo que había detrás del mostrador.
Llamo a mi daga y giro en la mano la empuñadura fracturada de la hoja de piedra ígnea, sujetándola por el lomo para no dañarla más.
Apoyo la punta afilada contra el tubo y grabo una letra irregular en el lateral: «J».
Una marca para que quien la reciba en Maile sepa que el mensaje es mío y va dirigido a mi madre.
Volvemos a lo alto de la escalera, donde Acker saca de nuevo a la paloma y la coloca boca arriba para que yo pueda atarle el mensaje a la pata que no lleva la anilla del emblema.
Alargo el brazo a través de la jaula hasta el pestillo del otro lado y abro la puerta que da al cielo.
Una vez asegurada de nuevo dentro de la jaula, tarda tanto en acercarse al hueco, avanzando torpemente con las plumas erizadas, que empiezo a temer que sea demasiado joven para servir.
Pero una buena ráfaga de viento la anima a alzar el vuelo y, de pronto, ya no está.
Suelto una respiración contenida, aliviada.
Aunque existe la posibilidad de que el pajarillo no llegue a Maile, al menos puedo decir que lo he intentado. Acker me mira con una expresión suave que casi había olvidado que era capaz de mostrar, y me desconcierta.
—No me mires así —digo, con una voz cortante que resuena entre las jaulas y altera a las aves restantes.
Hace un esfuerzo bastante pobre por contener la sonrisa.
—¿Así, cómo?
—Estás casado, Acker —le espeto mientras paso por su lado y empiezo a bajar la escalera.
—No es que estar prometido a otra persona nos hubiera detenido antes —dice con tono provocador, siguiéndome.
No tengo una buena réplica, pero me detengo, me giro hacia él y le lanzo la siguiente pregunta como un desafío.
—¿Por qué Irina iba a aceptar derrocar a sus propios padres?
—Quiere salvarles la vida.
—¿Los matarías? —pregunto, intrigada—. ¿A los padres de tu esposa?
—Si no se arrodillan, sí.
La forma en que lo dice, con tanta despreocupación, no parece correcta.
—¿Y eso en qué te hace mejor que el resto de hombres terribles que ya están en el poder?
Una sonrisa de labios cerrados se dibuja en su rostro mientras baja otro escalón y acorta la distancia entre nosotros.
Alarga la mano, con movimientos lentos y deliberados, y me roza la ceja con un dedo que desliza hasta el hueco de mi sien.
Su mirada sigue el recorrido de su mano antes de volver a encontrar la mía.
—Porque no quiero que se inclinen ante mí —dice, en voz baja—. Quiero que se inclinen ante ti.
Sus palabras me sacuden de tal manera que tengo que apoyar una mano en la pared de la escalera para no perder el equilibrio.
—¿Qué...? ¿Por qué dices algo así? Yo no... —Niego con la cabeza—, no quiero que nadie se incline ante mí.
—Pero ya lo hacen. Tu gente te quiere —responde, con un orgullo que le hace brillar los ojos—. Has logrado poner a mi propio pueblo de tu parte, arrebatándoselo a mi padre, pese a que apenas podían soportar tu presencia cuando llegaste por primera vez a la capital.
Tardo un momento, pero entonces entiendo de qué me habla. Lo entiendo a él.
—Sabes que, si ganas esta guerra, el apoyo del pueblo será crucial para conservar el trono después. Quieres usarme para reforzar la opinión pública a tu favor.
Igual que quiso hacerlo la primera vez que me llevó a Kenta.
—No —dice con brusquedad mientras frunce el ceño y las cejas ensombrecen sus ojos oscuros—.
Quiero gobernar con la esposa que siempre he deseado.
Con la esposa por la que debería haber luchado.
El favor del pueblo contigo es algo esperable, porque es jodidamente imposible no quererte.
Yo lo sé mejor que nadie. Lo he intentado con todas mis fuerzas.
Aparto la cabeza de su contacto persistente.
—No te creo.
Inclina la cabeza y alza una ceja.
—Con razón. Acabo de secuestrarte.
Luego pasa por mi lado, encabezando el descenso por la escalera.
Atónita, giro sobre mí misma para verlo bajar mientras intento que mi mente asuma todo lo que acaba de decir.
Me apresuro para no perderlo de vista en la curva de la escalera, pero justo cuando llego a su altura se detiene en seco y tengo que agitar los brazos para no estamparme contra él.
Alarga la mano, descorre el pestillo de una jaula ocupada y se inclina para abrir la trampilla exterior.
El ave no pierde ni un segundo: salta del posadero y se aleja volando.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, todavía descolocada.
—Si los dejamos aquí, morirán —responde, moviéndose hacia la siguiente jaula—. Es mejor soltarlos.
Tiene razón. Llegarán a su destino sin mensaje, pero al menos...
Lo detengo apoyando una mano en su hombro antes de que abra la siguiente jaula.
—Espera —le digo—. Se me ha ocurrido algo.
Cuando se lo explico, no tarda en asentir, y empleamos la poca luz del día que queda en llevar a cabo el plan.
Yo escribo los mensajes y los meto en los pequeños tubos; él los ata a cada ave antes de liberarla.
Envía primero a las que tienen los trayectos más largos y, cuando llegamos a la última, ya ha caído la noche.
Reviso el pergamino del último mensaje para asegurarme de que la tinta ya no brille. «Salve al capitán Wren, nuevo rey de Kenta».
Edmond sabrá que los mensajes no proceden de Wren, pero el daño ya estará hecho.
La gente se confundirá. Algunos huirán. Las historias sobre la depravación de Wren están muy extendidas y profundamente arraigadas en la memoria colectiva de Kenta.
Si Edmond defiende su alianza con Wren, parecerá débil y muchos creerán que ha sido manipulado por el capitán.
Y si lo abandona, perderá el ejército de Wren.
—De verdad que eres la reina del engaño —dice Acker, con una sonrisa torcida, mientras coge el tubo del mensaje de mis manos.
De todo lo que me ha dicho hoy, esto es lo único que sé que es en serio.
Mientras sube los escalones para enviar la última nota, me acerco al barreño para lavarme las manos. El jabón está hecho expresamente para eliminar la tinta, pero aun así tengo que frotar bastante para que el negro se atenúe. Lo de debajo de las uñas no tiene remedio.