Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 35. Jo
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Capítulo 35. Jo

Jo

Sentado al borde del tejado de la taberna, de espaldas al precipicio, Messer me observa mientras paseo de un lado a otro tratando de ordenar mis pensamientos.

—Tenemos que hablar con Kai —dice.

—Yo necesito hablar con mi madre —corrijo.

—No puedo volar a dos sitios a la vez. Vas a tener que elegir uno por encima del otro.

Vuelvo la cabeza hacia el oeste, poniendo mi espalda al viento helado.

—Estará enferma de preocupación.

Messer asiente.

—Lo sé. Y sé cuánto te está afectando, pero aunque esté preparando al ejército para invadir Kenta, a Drake le llevará una semana navegar hasta la desembocadura del río Yanka, y otra cerrar el acceso y establecer un campamento en tierra.

Aunque esperaba mantener a mi gente alejada de la guerra, sabía que eso nunca iba a estar garantizado.

Ellos también lo saben. La gente de Maile no es ingenua.

Impedir que los guerreros de Strou cruzaran el golfo era solo un preludio.

Pero, a estas alturas, Kai ya debería de haber destrozado la fuerza militar de Kenta y tomado la ciudad.

«Elegir bando es lo mismo que elegir conflicto».

—¿De verdad estás considerando esto? —digo, con la voz plana.

Se me queda mirando boquiabierto.

—¿Tú no?

—¿Quieres decir gobernar en alianza con Acker y su esposa? ¿Por qué demonios iba a aceptar eso? ¡No puedo confiar en ninguno de los dos!

—No son peores que Chryse y, si conseguimos que Kai acepte el acuerdo, prácticamente sería un camino libre hasta el final de la guerra.

Cierro los ojos, temiendo su reacción ante lo que voy a revelar.

—Hay algo que no te he contado.

—Por el amor de la Madre —murmura—. ¿Qué es?

—Chryse es mi tío.

Su rostro se contrae de confusión.

—¿Qué?

—Es complicado, pero el hermano de Chryse, el anterior rey de Roison, Osiris, era mi verdadero padre.

—Suspiro y me siento a su lado, en el borde del tejado—.

Mi madre mató a Osiris cuando él admitió haberme raptado de niña.

Esa es la razón por la que me cedió a mí la corona: porque Chryse se negó a negociar una alianza con ella.

La comprensión se refleja en su rostro.

—Pero sí lo haría contigo, su sobrina.

Asiento.

Su expresión se torna grave lentamente.

—No traicionaría a su propia sangre —dice, encajando las piezas.

—No es que tenga una conexión especial con Chryse.

Nunca nos hemos visto. Ni siquiera sé si sigue considerando vigente la alianza después de que Sam fuera a informarle de la presencia de Acker en Maile, pero, Messer...

—Me observa mientras me esfuerzo por juntar las palabras—...

la última vez que traicioné a alguien, la culpa me carcomió.

—Niego con la cabeza—. Esta no es una decisión que pueda tomar a la ligera.

Messer me observa durante un largo momento antes de ponerse de pie.

Es su turno de pasearse, con los brazos en jarras, mientras mira el tejado de la taberna y su cabello dorado ondea al viento.

Solo está callado cuando sus emociones se desbordan.

Una vez me dijo que era porque no le gusta decir cosas de las que no pueda retractarse.

Yo había bromeado sobre todas las demás cosas que no tenía problema en decir, pero él se limitó a negar con la cabeza y dijo: «Cuando es importante, quiero ser cuidadoso».

—Déjame hablar con Kai y ver qué piensa antes de que te veas obligada a tomar una decisión.

Dudo un momento antes de expresar aquello que más temo.

—Si le contamos el plan a Kai y él se lo dice a su padre...

Messer asiente comprendiendo.

—Es un riesgo, pero creo que vale la pena.

No puedo creer que esté siquiera considerando esto, especialmente cuando no confío en ninguno de ellos: ni en Kai, ni en Irina, ni en Acker. Pero supongo que tampoco tengo mucha fe en Chryse.

Estoy agradecida de tener al menos a Messer. Me sentiría perdida sin su consejo.

—Debería irme antes del anochecer —dice.

—Vas a perder un ala si vuelas a esta temperatura, Messer. Al menos espera hasta la mañana.

—Una noche puede ser suficiente para que se corra la voz de que Acker te ha secuestrado —dice—. Entonces tendremos un problema mayor. Necesito hablar con Kai yo mismo y mostrar la historia a nuestro favor; decirle que dejaste Maile por tu propia voluntad.

Y no puedo evitar sentir que Acker planificó todo este esquema con ese problema en mente, sabiendo que me vería obligada a decidir con prisas.

—Odio darle a Acker la satisfacción de estar de acuerdo con algo que él sugiera —admito.

Messer sonríe y, en realidad, me alivia un poco verlo.

—No dejes que tu orgullo anule tu sentido común.

—¿Desde cuándo te has vuelto uno de sus partidarios?

Frunce el ceño.

—B, siempre he creído que él es el indicado para ti.

Mi rostro se queda rígido ante sus palabras, incrédula.

—¿Qué?

—Desde que dejamos Kenta has sido una sombra de ti misma, y tengo la sensación de que a él le ha pasado lo mismo.

Estoy demasiado sorprendida para formular una respuesta.

—Nadie llega tan lejos como él a menos que sea un tonto enamorado —dice—. Y Acker es el hombre más tonto que he visto.

—Messer...

—Lo de secuestrarte fue un poco excesivo —añade, interrumpiéndome—. Pero tengo que admitir..., realmente creo que ese hombre te ama.

Niego con la cabeza.

—Aunque así fuera, seguiría sin ser suficiente. Se casó con Irina...

Me agarra por los hombros y me gira para que tenga que mirarle a la cara.

—Nunca la ha tocado.

Mi asombro da paso al escepticismo.

—Lo vi con mis propios ojos, Messer.

Niega con la cabeza.

—No sé qué crees que has visto. Te digo lo que yo veo: ese hombre no ha puesto un solo dedo sobre la delicada princesa de hielo.

—Que seas un autoproclamado experto en escapadas sexuales no significa que puedas decir si dos personas han dormido juntas solo con mirarlas.

—Sí que puedo, cuando es tan obvio como el color del cielo. Podría haber un océano entero entre ellos. Ni siquiera le gusta respirar el mismo aire que ella, te lo prometo.

La convicción con la que lo dice me hace dudar de mí misma. O tal vez simplemente estoy desesperada por creer que es cierto. Ninguna de las dos opciones me gusta.

Me suelta.

—Ah, y se mantuvo apartado de ella todo el tiempo en el barco hasta aquí. Luego, anoche, durmió en el suelo de la habitación de Fredrich. Eso fue después de que discutierais lo bastante fuerte como para despertar a los muertos, claro, pero eso es lo de menos —dice con aire conspiratorio.

Entorno los ojos hacia él. Lo acusaría de espiarme, pero en realidad es su trabajo, especialmente teniendo en cuenta que estoy cautiva.

Bajamos por la salida de emergencia hasta mi ventana abierta y luego regresamos a la cocina de la taberna, donde Fredrich ha abierto otra botella de vino y se ha acomodado sobre la encimera.

Acker se endereza de su apoyo en el fregadero e Irina levanta la vista mientras se inspecciona las uñas en la mesa.

—Kai tendría que estar en el trono de los alaha —les digo —. Le daríamos el territorio de Roison como compensación por agravios pasados.

Las cejas de Fredrich se arquean.

—No formaba parte del acuerdo.

—Lo tomáis o lo dejáis.

Su mirada se dirige a Acker, que se limita a observarme mientras el recuerdo de la promesa que hizo de acabar con la vida de Kai pende entre nosotros.

—Ha enviado a varios hombres para matarme.

Mis ojos buscan a Messer, que me devuelve la mirada con un gesto igual de desconcertado.

—¿Y estás seguro de que fue él quien los envió? —pregunta Messer.

—Cuando un hombre se enfrenta a la muerte, normalmente intenta negociar por su vida, y más de uno de los mercenarios mencionó a Kai —dice y el giro de la daga en su mano se ralentiza mientras considera la pregunta—.

Pero eso no significa que los ataques no puedan haber venido de más cerca.

Mi padre tiene el poder de la influencia.

Y Wren. Cualquiera podría ser responsable.

—Solo hay una manera de saberlo —dice Messer—. Me iré esta noche y volaré directamente hacia Kai.

—¿Sabes dónde está? —pregunta Fredrich.

—No, pero estoy seguro de que él sí —dice Messer, señalando a Acker con la cabeza.

Acker se dirige a la mesa de despiece y empuja a un lado la poca comida que queda.

Con la daga con la que ha estado jugueteando, empieza a tallar sobre la mesa y no tarda en dibujar un mapa rudimentario que ocupa toda la superficie.

Marca las fronteras y luego clava la daga en el lugar donde se encuentra el palacio de Kenta, casi en el centro de la masa de tierra que conforma el territorio.

—Estamos al oeste de la capital, por aquí —dice, colocando un trozo de queso en nuestra ubicación—. Antes de que yo dejara Kenta, aquí estaban las líneas del frente. Eso fue hace unas semanas.

Esparce carne seca cerca de la frontera de Roison, pero dentro del territorio de Kenta. Luego apila quesos unos sobre otros, al norte del campo de batalla principal.

—¿Qué es eso? —pregunta Irina.

No la mira al responder.

—Troles.

—Buen diagrama, pero ya estamos al tanto de todo esto —dice Messer—. ¿Dónde está Kai?

Acker no se inmuta ante la actitud de Messer y señala un área no muy lejos de la ubicación de los troles.

—Los gigantes han estado caprichosos. Hemos recibido noticias de que pasa gran parte del tiempo intentando mantenerlos bajo control.

—Eso es un vuelo de unas dos jornadas. Menos, si el viento sopla a mi favor —dice.

—Una última cosa —digo, llamando la atención de Acker—. Hay un palomar en el extremo este de la ciudad. Voy a ver si han quedado aves allí. Si es así, quizá haya alguna que pueda llevar una carta a mi madre.

Mantengo la mirada de Acker, dejándole claro que no le estoy pidiendo permiso, solo informándole de mi decisión.

—Vale —acepta, sin discutir—. Iré contigo.

Fredrich se termina el vino con un gesto elegante y deja la botella sobre la encimera con un golpe seco.

—Mañana me dirigiré hacia el este a buscar algo de comida para los animales. Los caballos no sobrevivirán a este clima sin alimento adecuado.

Todos nos mostramos de acuerdo mientras vamos saliendo de la cocina.

Messer y yo nos reunimos en mi habitación provisional.

Ya estamos demasiado acostumbrados a separarnos para hacer un gran drama, a pesar de saber que algo terrible podría sucederle al otro mientras estamos separados.

Promete transformarse en leopardo si el clima empeora en su camino hacia Kai y yo prometo mantenerme alerta.

La culpa y la preocupación que normalmente le cuesta ocultar durante nuestras despedidas no están presentes y eso me hace pensar que confía en que estoy a salvo con Acker.

Lo cual es cómico, porque el hombre literalmente me tuvo encadenada a una cama anoche.

Mantengo ese hecho presente mientras bajo la escalera unas horas más tarde.

Acker está allí, esperando, con los pies apoyados en una mesa y una daga en la mano.

Pero eso ya lo sabía, el vínculo me guiaba directamente hacia él.

Sus ojos me siguen mientras avanzo hacia la entrada abierta de la taberna.

El chirrido de la silla y el sonido de sus pies contra el suelo suenan detrás de mí antes de que sus pasos me sigan hasta la calle.

—¿Dónde está tu perrito faldero? —pregunta.

El aleteo que oigo me instan a alzar la vista hacia el pájaro que salta desde el tejado de la taberna.

Sus alas negras se extienden, alcanzando ahora la longitud de un pequeño barco de pesca.

Es realmente impresionante. Plumas negras como la noche bajo un cielo encapotado, aunque sé cómo cambian a tonos perlados y azules bajo el sol.

El graznido de Messer se ha transformado en un bramido completo que conseguiría que los hombres más endurecidos en batalla se cagasen de miedo. Según Drake, es algo común.

Cuando el eyun desaparece detrás de los edificios y el batir de sus alas se atenúa hasta un leve golpe a lo lejos, miro a Acker.

—¿Decías?

Ni siquiera él puede negar la grandeza de Messer, un atisbo de sonrisa le curva una comisura de la boca.

—Después de ti —dice, inclinando la cabeza en dirección al palomar.