Capítulo 34. Jo #2
—Cuando B no se presentó en la sesión matutina, supuse que estaría ocupada y volé al muelle para comprobarlo con Drake.
Hizo un comentario casual sobre que Jovie probablemente estaba demasiado cansada tras la noche anterior —cuenta Messer mientras vuelve a su taburete—.
Dijo que un asistente del palacio había ido personalmente a la taberna para recogerte, Fredrich, y de inmediato supe que algo pasaba, porque B nunca enviaría una solicitud para un encuentro a altas horas de la noche.
Pero cuando las miradas de Fredrich y Acker se clavan en mí con la misma expresión de comprensión, Messer lo nota al instante y sus ojos se abren sorprendidos ante el calor que lentamente me tiñe las mejillas.
—No voy a hablar de ello —le digo con firmeza.
—¿De verdad? —dice, con una sonrisa astuta curvándole la boca—. Eso hace que toda esta dinámica sea mucho más interesante. —Su mirada va de Fredrich a Acker—. Eso explica la escaramuza en la cubierta.
Los ojos de Acker se oscurecen.
—Ella ha dicho que no va a hablar de esto.
Cuanto más me mira Messer, más incómoda me siento. Sus ojos se mueven entre los tres durante un largo momento de evaluación antes de que casi se levante del asiento por lo que entiende.
—¿Ambos al mismo tiempo? —pregunta, volviéndose hacia mí con los ojos muy abiertos.
Me apoyo el rostro en la mano.
Él golpea la mesa y se le escapa una carcajada seca.
—¡Estoy jodidamente orgulloso de ti, B!
Le clavo el codo con la fuerza suficiente para hacerlo callar. Su sonrisa se desvanece cuando gruñe de dolor.
El gesto de Irina poniendo los ojos en blanco es casi audible.
—Como si usar tu título para conseguir favores sexuales fuera motivo de orgullo.
Los ojos de Acker relampaguean de ira cuando se gira para espetar:
—¿Y cómo clasificas entonces tu relación con Wesley? ¿Solo tú puedes tener un consorte?
Ahora es Irina quien se siente avergonzada, con el rostro rojo como la grana. No dejo que la curiosidad me domine. No necesito saber quién es Wesley ni qué implica eso para su matrimonio. No es asunto mío.
—En fin —dice Messer, rebajando la tensión mientras retoma su explicación—. Volé hasta el balcón de B, pero encontré su habitación vacía. Estuve a punto de no darle importancia. Excepto que, justo antes de despegar, vi a uno de los conejos del patio del palacio con algo extraño en la boca.
Se inclina hacia delante, apoyando las manos en la mesa; las mangas le quedan un poco más cortas de lo que le quedaban a Wells.
—Imagina mi sorpresa cuando me di cuenta de que era un cordón de piedras mangi.
Instintivamente me llevo la mano al cuello, aunque sé perfectamente que no están ahí.
—El olor tanto tuyo como de B seguía fresco en su habitación, pero fue el aroma de los hongos somníferos lo que confirmó mis sospechas —le dice a Fredrich—.
Lo seguí hasta salir por la puerta principal del palacio, antes de perder el rastro, pero supuse que, si me mantenía cerca de Acker, acabarías viniendo a mí con B a cuestas.
—Podría haber estado actuando por su cuenta —dice Acker, sin comprometerse.
Messer le lanza una mirada que viene a decir « ¿te crees que soy idiota? » y Acker se la devuelve con otra que deja claro que Messer no querría escuchar la respuesta.
—¿Y Wells? —pregunta Fredrich.
Messer se encoge de hombros mientras empieza a picar lo poco que queda de comida.
—Evelyn seguramente ya habrá atado cabos y sin duda estará furiosa. No sé qué significa eso para tu amigo, teniendo en cuenta que llegó acompañado del tipo que la secuestró, pero imagino que habrá un poquito de tortura de por medio.
La boca de Acker se tensa mientras considera la situación en la que está Wells. La situación en la que él mismo lo ha puesto.
—Beau no permitirá que le pase nada —aseguro, dirigiéndome tanto a Acker como a Fredrich—. Mi madre lo interrogará, sí, pero no de la manera que Messer quiere haceros creer.
—Podrías haberle dejado preocuparse un poco más, B —dice Messer con la boca llena—. Entonces, ¿cuál es el plan, Ace?
Acker se limita a dedicarle una mirada agria en respuesta.
—Por favor, dime que no me he sometido a tu maravillosa compañía durante días para descubrir que ni siquiera tienes un plan —insiste Messer.
Acker chasquea la lengua, ladea la cabeza y desvía la mirada hacia Irina. Entre ellos pasa algo que no alcanzo a entender y aparto los ojos, recordándome una vez más que la curiosidad será mi perdición si no la controlo.
Vuelve a mirar a Messer, y luego a mí, antes de decir:
—Quiero cortar la cabeza de la serpiente.
—Oh, hace tiempo que sabíamos que tu padre tenía que caer —responde Messer—. No te atribuyas ahora una idea que era nuestra.
Una sonrisa divertida tira de la boca de Acker, lo bastante como para hacerme inclinarme hacia delante.
—No solo la de mi padre. La de todos ellos.
—¿Quieres matar a todos los monarcas actuales? —pregunto.
Inclina la cabeza de un lado a otro.
—Más o menos.
—Eso no solucionará nada; solo permitirá que otros idiotas hambrientos de poder ocupen su lugar —dice Messer—. Mi padre lleva décadas como tercero al mando de los alaha y todo este tiempo ha estado deseando el título de Wren, y te garantizo que no queremos a ese cabrón sentado en ningún trono.
—Los sustituimos —interviene Fredrich.
Mientras miro alrededor de la mesa, las piezas del puzle empiezan a encajar. Irina, Acker y yo tenemos reclamaciones legítimas sobre un territorio. Tres de cinco ya presentes y contabilizados. Y una de nosotros con un título ya asegurado: yo.
Acker asiente, como si pudiera verme llegar a la conclusión correcta, y dice:
—Seremos nosotros quienes decidamos quién merece llevar una corona.
—¿Y si los consejos se oponen? —pregunta Messer.
Acker se encoge de hombros, como si la respuesta fuera tan sencilla como evidente.
—Entonces mueren.