Capítulo 34. Jo
Jo
El agua está helada, pero la ducha es justo lo que necesitaba. Me quedo bajo el grifo más tiempo del necesario, dejando que el agua me caiga sobre el rostro y me empape el pelo. Es como un ritual de purificación después de lo de anoche.
Podría haber salido corriendo en cuanto Acker abandonó la taberna. Probablemente debería haberlo hecho, al menos eso es lo que sigo diciéndome a mí misma.
Pero su beso...
Fue absorbente. Ya no éramos él o yo, sino nosotros, entregados al deseo. Durante unos segundos, fue pura necesidad. Solo para que, de repente, me golpeara la avalancha de sus emociones.
Nunca había sabido hasta qué punto el vínculo le permitía percibirme, pero está claro que mis emociones siempre han estado más a su alcance que mis pensamientos. Él quería darme lo mismo a cambio.
El dolor, el amor, la desesperación...
Todo ello fue demasiado.
Abrumador, incluso ahora al recordarlo. Y aunque me resulta catártico darme cuenta de que estaba equivocada al pensar que Acker no me amaba, no resta mi enfado.
Ha estado en mi contra durante tanto tiempo que no puedo evitar preguntarme qué motivos ocultos existen que yo no consigo ver. Qué es lo que no ha compartido.
Las marcas en mis manos y muñecas son un recordatorio físico de sus transgresiones.
Casarse con Irina, espiarme, enviar a los strou a mis tierras para matar a mi gente.
Acciones que ha demostrado ser plenamente capaz de hacer y, aun así, seguir amándome.
Mostrarme sus cartas parece una distracción demasiado conveniente.
Me escurro el pelo y me lo trenzo antes de ponerme de nuevo la túnica.
Lavo el resto de la ropa bajo el chorro de agua lo mejor que puedo y luego la cuelgo sobre la puerta para que se seque.
Compruebo que no haya nadie en el pasillo antes de apresurarme a volver a mi habitación.
Allí me sorprende encontrar ropa limpia doblada al pie de la cama.
Tiritando, con la piel erizada por el frío, me apresuro a vestirme.
Me alegra cómo me quedan los pantalones de montar y la camisa de lino.
Me meto la daga en la cintura del pantalón antes de bajar, siguiendo las voces hasta la cocina.
Reconozco primero la de Wells.
—¿Podemos confiar en ella?
La de Fredrich viene después.
—De ninguna manera.
—Entonces, ¿qué...?
Acker calla a Irina antes de que pueda terminar y todos se giran hacia mí cuando cruzo la puerta.
La cocina es larga y estrecha, sin ventanas.
Las velas se alinean en los estantes sobre la encimera, donde todavía siguen los cuencos y utensilios que usaban los cocineros desaparecidos, y hay ollas sobre la estufa de leña al fondo.
Los cuatro están sentados alrededor de la mesa de despiece en el centro de la sala y mis ojos se fijan inmediatamente en la comida que comparten.
Mi estómago vacío se contrae, no recuerdo la última vez que ingerí una comida decente.
Fredrich es el primero en hablar.
—Buenas tardes —dice.
«¿Tardes?».
—¿Qué hora es? —pregunto.
—Un pelín pasada la una —responde, juntando el pulgar y el índice para enfatizar sus palabras.
Ya había amanecido cuando por fin mi mente se apagó, pero no suelo dormir más que unas pocas horas. Mis ojos se encuentran con los de Acker y el vínculo vibra por nuestra cercanía. Me preocupa que el beso que compartimos haya influido de alguna manera.
Lentamente, la mirada oscura de Acker me recorre el cuerpo. Presumo que evalúa mi nueva ropa. No hay nada escandaloso en las prendas sencillas, pero eso no impide que un rubor intente subirme por las mejillas.
«Ponle fin a mi tormento».
El hombre desesperado de anoche es solo un recuerdo lejano. Este es el Acker que conozco, seguro de sí mismo y atrevido, capaz de mirar con intensidad sin importarle los otros dos hombres que están en la habitación. Ni su esposa, para el caso. De algún modo, eso aligera la presión en mi pecho.
Sé cómo manejar a este Acker.
Los ojos de Irina se mueven de su marido a mí con insistencia.
Acker salió de la taberna poco después de intentar...
¿reclutarme? O tal vez realmente intentaba acabar con su propia vida.
Quién sabe. Cualquiera que fuera su objetivo, fracasó y, hasta bien entrada la noche, no volvería a su cama.
Intento sentir culpa por besar al marido de otra mujer, pero no me surge.
De todas mis transgresiones, me temo que esta ni siquiera se acerca a las peores.
Mis ojos se fijan en el corte bajo la articulación de su mandíbula. Ya no sangra, pero tampoco está sanando como debería.
—Ven a comer —dice, inclinando el mentón.
La abundancia de carnes secas y quesos sobre la mesa me atrae. Fredrich mueve su taburete para hacerme sitio y le doy las gracias mientras cojo un trozo de queso.
Una sonrisa de sorpresa se dibuja en el rostro de Wells.
—Le quitas a la chica sus ataduras y de repente se vuelve educada.
Pongo una loncha de carne sobre un trozo de queso y me la llevo a los labios, seguido de un bocado de pan. Está duro y se me seca la boca al instante, dificultándome la deglución. Fredrich me pasa un odre de agua; le doy las gracias, aunque apenas me sale un murmullo antes de beber.
—Bueno —dice Wells—. Quizá educación sea un término demasiado generoso.
Hago un gesto obsceno con la mano que no estoy usando para escoger los mejores trozos de queso.
—Ahora que estamos todos aquí —dice Acker, pasándose la mano por la mandíbula—, necesitamos hablar sobre nuestro próximo paso.
—Pensaba que todos estaban de acuerdo en que no soy de fiar —digo entre bocado y bocado.
Nadie refuta mi afirmación.
—No hay nadie en esta mesa en quien confíe —añade. Cuando todos vuelven hacia él sus miradas ofendidas, se recuesta y levanta las manos en señal de defensa—. Ni siquiera yo mismo.
Me quedo a mitad de trago, atónita por su confesión.
—Te hice creer que fui a Maile buscando una alianza y, aunque en parte es cierto, mi padre cree que fui a recuperar a mi hermana.
—Ace —dice Fredrich, con una voz entre la incredulidad y el enfado.
Acker lo ignora, continuando como si no le hubieran interrumpido.
—Mi padre posee actualmente la magia de tres dones: fuego, telequinesis e influencia. Al menos, esos son los que tuve que presenciar cuando intentaba manipularme para que persiguiera a Beau por su don.
Trago saliva.
—¿Cómo conseguiste resistirte?
—No estoy seguro de haberlo hecho —responde Acker y baja la mirada a la mesa un instante antes de volver a mirarme—.
Quería matarlo apenas unos minutos antes.
Él lo sabía y, aun así..., no lo hice. Puede que fueran las piedras mangi que llevaba, que me protegieron de parte de su influencia, pero sospecho que o bien es más débil de lo que quiere que crea, o bien tiene cuidado de no excederse y delatarse.
—Joder —dice Fredrich, exhalando con fuerza.
—¿Ahí es donde cree que estás ahora? —pregunto—. ¿Recuperando a Beau? —Su mirada se desliza hacia Irina y hago un gesto circular con el dedo sobre la mesa—. Círculo de desconfianza, ¿recuerdas?
Los ojos de Acker se oscurecen con algo que no me gusta.
—Antes de compartir más secretos míos, ¿por qué no compartimos uno de los tuyos?
Hay un silencio cargado de tensión antes de que su mirada se desplace hacia el hombre a mi lado.
La sonrisa de Wells parece forzada, demasiado temeraria para él.
—¿Cómo lo has averiguado?
—Fueron varias cosas —dice Acker, apoyando un codo sobre la mesa—. La primera fue el hecho de que a Wells le costaría dejar a su vínculo, y mucho más ahora que está embarazada. Luego está tu olor. Wells huele a hierro quemado y bergamota. Tú, Messer, hueles a perro mojado.
Fredrich hace una mueca.
—¿Qué?
Acker saca una daga de la correa del pecho y la hace girar en la mano.
—Pero lo que más te delató fue que te negaras a encender una llama para mantenernos calientes. Si hay algo que caracteriza a Wells, es que odia el frío.
—Si lo has sabido todo este tiempo, ¿por qué no dijiste nada? —le pregunto a Acker.
—Porque ha tenido muchas oportunidades de rescatarte y no lo ha hecho —dice, fijando sus ojos en los míos—. Pensé que, en el peor de los casos, podría ofrecer un nivel extra de protección.
Para mí, quiere decir.
Los ojos de Wells se encuentran con los míos. O, mejor dicho, Messer me mira, porque claramente no es Wells detrás de esos iris marrones.
—Era una apuesta arriesgada —dice, con la voz distorsionada, la entonación más parecida a la suya que a la del hombre que estaba imitando.
Se levanta, se quita las botas y estira los brazos hacia los lados, sacudiéndolos.
Se transforma ante nuestros ojos. Dos, luego tres pulgadas más alto, el cabello rizado en las puntas.
Los ojos marrones pasan a ser azules mientras sus rasgos faciales se reconfiguran en algo más familiar para mí.
El crujido de huesos y cartílagos hace que todo el proceso suene doloroso.
Al menos logra permanecer vestido, dado que la estatura de Wells no es demasiado diferente de su tamaño normal.
—Creo que voy a vomitar —gime Irina, cubriéndose la boca.
Fredrich también se levanta y es la primera vez que lo veo realmente inquieto.
—Dios mío —murmura—. ¿Desde cuándo los cambiantes pueden replicar humanos?
—Según los textos antiguos, solo los más poderosos pueden hacerlo.
Como, por ejemplo, uno capaz de mantener su forma cambiada sobre mar abierto.
—Acker usa la daga para señalar a mi amigo—.
Muy arrogante por tu parte pensar que podrías salirte con la tuya dos veces.
Por parte de ambos —dice, desviando la mirada hacia mí.
«No lo sabía la primera vez».
—¿Cómo demonios...? —Fredrich se detiene y sacude la cabeza, completamente desconcertado por este giro de los acontecimientos—. ¿Cómo supiste que planeaba llevármela?