Capítulo 33. Acker
Acker
Me despierto sobresaltado y me tenso al instante cuando siento la punta afilada de una hoja en la garganta.
Jovie se cierne sobre mí, con una expresión asesina a la luz de la lámpara de aceite parpadeante que dejé sobre la mesa frente a mí, en la taberna, por lo demás, a oscuras.
Es la primera vez que la miro directamente desde que estuvimos juntos en su balcón en Maile.
Es hermosa, sin lugar a dudas, pero hay una pizca de cálculo frío detrás de sus ojos que no vi en el pasado.
Astuta, retorcida y taimada como un zorro.
Su cabello castaño rojizo, como una melena salvaje alrededor del rostro, nunca había parecido tan apropiado.
Intento levantar una mano para desarmarla, pero enseguida me doy cuenta de que no puedo porque tengo las manos atadas.
Otro tirón de las muñecas revela el mordisco de la cuerda en la piel, los brazos atados a la espalda, sujetos a las patas traseras de la silla de madera en la que estoy sentado.
Aunque sabía que no debía subestimarla, me impresiona igualmente su sigilo, tanto al liberarse como al no haberme despertado.
—¿Qué se siente? —pregunta, tirándome del pelo para exponer aún más mi cuello a su hoja—, ¿al descubrir que te han dejado expuesto y vulnerable mientras dormías?
Está furiosa. Puedo sentir su ira ardiendo a través del vínculo. Palpita al ritmo de su corazón. Constante e implacable, y es exactamente lo que he estado esperando. Después de su pesadilla de hace unas noches, yo... Joder.
Fredrich cree que no me importan los sentimientos de Jovie, pero nada podría estar más lejos de la verdad.
Cuando tuve que sofocar por primera vez el vínculo con los collares mangi, fue como si volviera a perderla.
El corte de mi conexión con sus emociones fue como si hubiera perdido mi propio corazón junto con el suyo.
El pulso de su ira empieza a acelerarse.
La sensación me da ganas de sonreír, pero reprimo el impulso, tragando saliva mientras mi garganta roza la punta afilada de la hoja en su mano.
—Si tu intención es matarme, al menos ten la misericordia de hacerlo rápido.
No le hace ninguna gracia.
—¿Crees que no lo haré?
Definitivamente creo que lo alargaría solo para fastidiarme.
—Es una sensación agradable, ¿verdad? —susurro—. Tenerme a tu merced.
La hoja me perfora la piel, cortando justo donde se articula la mandíbula en la parte superior del cuello, y la visión de mi sangre la distrae lo suficiente como para que pueda agarrarle la muñeca encadenada.
Ella jadea.
—¿Creíste que una simple cuerda sería suficiente para retenerme? —pregunto, poniéndome en pie.
Da un paso atrás para compensar la diferencia de tamaño, pero no retira la daga de mi garganta.
Alzo la cuerda cortada, con la daga en la misma mano en la que la invoqué mientras aún estaba atado, antes de dejar caer ambas cosas a mis pies y que la hoja metálica resuene contra el suelo de la taberna.
La sujeto de la muñeca cuando intenta retroceder. El movimiento provoca que la hoja se hunda aún más y suelto un siseo de dolor entre los dientes.
Siento el calor resbalándome por el cuello.
Sus ojos se abren de par en par.
—Acker.
Dice mi nombre con lo que supongo que pretende ser un tono de advertencia, pero el ligero temblor de sus manos la delata.
—Mátame o no lo hagas —le digo—. Pero métete esto en la cabeza: si no acabas con mi vida aquí y ahora, entonces debes saber que nunca voy a dejarte ir.
Su ira estalla a través del vínculo.
—¿Me estás diciendo que mis únicas opciones son estar contigo o matarte?
—No. Estoy diciendo que no hay forma de escapar del vínculo, y si quieres tener alguna posibilidad de librarte de mí, más te vale matarme. Mi muerte tiene pocas consecuencias.
—Esto es una locura.
Intenta retirar la mano, pero me niego a soltarla.
—¿No estás cansada de luchar contra ello? —pregunto.
Su expresión se queda inmóvil.
—No te corresponde a ti decidir eso.
Me inclino un poco más y disfruto de cómo sus ojos titubean sobre la hoja que tiene en mi garganta.
—No es muy diferente de obligarme a elegir entre tú y mi padre.
Se vuelve inquietantemente calmada frente a mi rabia.
—Suéltame.
Me tomo un momento, considerando la posibilidad de que realmente pueda matarme, antes de soltarla por fin, deshaciendo las esposas de mangi de sus muñecas con un toque de mi magia, y dejando que también caigan al suelo con un fuerte golpe metálico.
Sus manos empiezan a brillar de inmediato, su don se revela mientras le tiemblan.
Sus ojos van de la hoja en su mano a la sangre que gotea sobre el borde de la chimenea. Luego, muy despacio, da un paso cauteloso hacia atrás mientras baja la daga a su costado.
—Veo que estamos en un punto muerto, así que ¿por qué no negociamos mi liberación?
Contengo un bufido de risa.
—Aunque estuviera dispuesto a negociar, te aconsejaría que no lo hicieras.
—¿Y eso por qué? —pregunta, alzando una ceja desafiante.
—Tu trato con Chryse —explico, limpiándome los regueros de sangre del cuello y el pecho con la palma de la mano—.
Es un acuerdo terrible. —Su resplandor se intensifica y ha pasado tanto tiempo desde la última vez que vi la belleza de su don que no puedo evitar admirarlo—.
No tenía ningún incentivo para cumplir su parte del trato después de que tú ya hubieras cargado con la parte más pesada del acuerdo.
Su mirada se detiene en mí, titubea.
—Lo pensé —dice—. Pero Chryse sabía que habría consecuencias terribles si no lo hacía.
—Entonces, ¿cuál era tu plan si me mataba? ¿Empezar una nueva guerra cuando esta terminara?
—No —responde como si yo fuera el mayor idiota que ha existido jamás—. Iba a matarlo a él. —Se limpia la daga en la pernera del pantalón—. Obviamente.
—Obviamente —repito, con sarcasmo.
—De nada, por cierto —añade con un tono seco y burlón.
No puedo creerlo.
Doy un paso adelante y bajo la cabeza para que nuestros ojos queden a la misma altura, lo que hace que ella vuelva a preparar la daga de forma defensiva.
—Estás loca si crees que voy a darte las gracias por algo —gruño.
Hay un destello de vulnerabilidad en su mirada antes de desaparecer con un parpadeo. Un atisbo de sus verdaderas emociones debajo de todo.
—Estabas en el bando perdedor de una guerra...
—Que tú has empezado —la corrijo.
—Que tú has permitido —me grita, perdiendo cualquier atisbo de calma—. Si hubieras tomado el trono de tu padre y firmado un nuevo tratado de paz con los alaha, como te propuse, nada de esto habría pasado.
Siento el movimiento del metal en la sangre de Fredrich cuando se despierta arriba.
—¿Qué esperabas que hiciera? —le grito también—. Me tenías inmovilizado en una maldita silla y con un cuchillo en el cuello de mi padre.
Esto, sobre todo, parece quitarle el aire de los pulmones.
—Aun así, fue elección tuya.
El tono solemne y frío que usa me duele más de lo que debería.
Como el pinchazo agudo de un cuchillo metafórico que llevaba mucho tiempo enterrado en mi pecho y que ahora alguien arranca de golpe.
Doy un paso atrás, necesito distancia.
—¿Cómo te atreves a cargarme con todo esto?
Ella niega con la cabeza.
—Oh, me he culpado a mí misma más que suficiente.
Con los ojos llenos de arrepentimiento, levanta la vista hacia mí justo cuando los pasos de Fredrich suenan en la escalera y continúa. Su cabeza aparece por el hueco de la barandilla antes de entrar por completo en la sala principal de la taberna.
—¿Todo bien aquí abajo? —pregunta.
Me cuesta apartar la mirada de Jovie después de esa revelación, pero al final la dirijo hacia Fredrich. Tiene las cejas alzadas, mezclando preocupación y exasperación.
—Sí —le digo—. Danos unos minutos.
Él mira a Jovie en busca de confirmación y ella debe de responderle con un asentimiento.
Aprieto los dientes, molesto porque mi palabra no haya sido suficiente por sí sola, pero me lo guardo mientras él dice que gritemos si necesitamos algo.
Es una oferta apenas disimulada para los dos. Para el que grite primero, supongo.
De nuevo a solas, Jovie da un paso hacia mí cuando me giro para enfrentarla.
Observo la daga que aún sostiene en la mano.
—¿Por qué estoy aquí, Acker? —pregunta.
Aparte del hecho de que siempre tuve la intención de ir a buscarla, digo:
—Greta tuvo una visión.
Por mucho que intento que mi preocupación no se note, debo de hacerlo fatal porque sus ojos se entrecierran.
—¿Qué te dijo?
—Cree que mi padre va a ganar la guerra.
La confusión le frunce las cejas.
—Greta habría avisado a Beau si hubiera creído que era necesario —argumenta.
—¿Tú crees? —la desafío—. Piensa en todas las muertes que habrá visto en esa visión. La tuya, la mía. La de su propia hija. La de tu madre, la de la mía. ¿Quién crees que tiene prioridad?
—Greta...
—Cree que el futuro es inevitable, trazado por los dioses, así que ¿por qué iba a intentar alterarlo advirtiendo a nadie, sin importar cuánto los quiera?
Es esta información la que logra que la tensión se disuelva en Jovie, sus hombros caen mientras la verdad se asienta lentamente. Su resplandor empieza a apagarse a medida que el deseo de lucha la abandona.
—Entonces no hay nada que podamos hacer —dice.
—¿Cómo puedes decir eso?
Ella mira la sangre que se seca en mi camisa antes de que sus ojos pierdan el enfoque.
—No puedes detener el destino, Acker.
La agarro por el rostro para obligarla a que me mire.
—Me niego a aceptar eso. Lucharé contra el propio destino si eso significa que puedo corregir mis errores.
—Acker...
Estrello mi boca contra la suya en un intento de hacerla callar y me sorprende al aceptar el beso de inmediato.
Su fácil sumisión arranca un gemido gutural de mi garganta.
Ella se traga el sonido con la misma avidez.
Saboreo el calor que persiste en su piel por su luz menguante mientras su resplandor baila detrás de mis párpados.
Con cada roce de mi lengua contra la suya, con cada aliento suyo que inhalo como propio, dejo que el vínculo le revele mis secretos más oscuros.
El amor que he estado ocultando. La obsesión que he luchado por mantener a raya. El sufrimiento que he soportado por su culpa.
Dejo que lo vea y lo sienta todo.
Ella jadea ante el aluvión de emociones y se separa del beso de golpe.
No dejo que se aleje demasiado y acuno la parte posterior de su cabeza con la mano para mantenerla dentro del círculo de mis brazos.
—Ayúdame a terminar con esto —insisto. Ni siquiera estoy seguro de qué le estoy pidiendo. Terminar esta guerra. Mi dolor y mi sufrimiento por ella—. Ponle fin a mi tormento.
Siento su vacilación a través del vínculo y me entran ganas de sacudirla, pero sé que sería contraproducente.
Probablemente solo provocaría otra discusión.
Así que, en su lugar, la beso otra vez. Esta vez está menos receptiva, su boca parece rígida contra mis movimientos y, cuando me separo, me descorazona ver las lágrimas que se le acumulan en los ojos.
Con las manos apoyadas en mi pecho, me empuja hasta que la suelto.
—No puedo —dice, y su voz es apenas un susurro.
No sé si se refiere al beso o a mi súplica de que luche por mí, por su propia vida, pero la forma en que aprieta el agarre sobre su daga me obliga a dar un paso atrás.
Luego otro. Hasta que ya no fuerzo a mis piernas a moverse y soy capaz de salir por la puerta de la taberna sin hacer ninguna estupidez.
Como dejar que realmente me mate.