Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 32. Jo
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Capítulo 32. Jo

Jo

Guiamos los caballos directamente a través de la entrada sin vigilancia del pequeño pueblo.

Los caminos de tierra están vacíos y los comercios que bordean la calle principal están desiertos, con las puertas abiertas de par en par.

No está el familiar olor a comida saliendo de la taberna local ni hay sonidos de vida en ninguna parte, salvo por una cabra errante que mastica un trozo de pergamino que el viento ha arrastrado por el lugar.

Fredrich es el primero en romper el silencio.

—¿La vendedora del puerto dijo si habían dejado a alguien?

—Solo dijo que unos soldados de la capital habían asolado un pueblo cercano —responde Acker.

—¿Qué estaban buscando? —pregunta Irina.

—No qué —dice Fredrich—. A quién.

Herederos, me doy cuenta con un estremecimiento repentino de terror.

—Pero ¿por qué llevarse a todo el pueblo? —insiste Irina.

Beau me contó que dentro de Kenta había comunidades contrarias al reinado de Edmond.

Sin que la corona lo supiera, estos pueblos protegían a los Herederos acusados de crímenes falsos y habían desarrollado una forma de encontrar a otros que necesitaban esconderse.

Ella los había descubierto durante sus viajes con el ejército, viendo a través de las auras de los aldeanos y también de las ilusiones que muchos poseían gracias a la magia.

Fue el inicio de su camino para desentrañar todo lo que le habían hecho creer mientras vivía bajo el control de su padre y para formarse una idea de lo que él estaba tramando.

Nos detenemos frente a la taberna.

Acker desmonta de su caballo antes de ayudar a Irina a bajar.

—Arriba debería de haber habitaciones —dice—. Wells, revisa el pueblo. Mira si puedes encontrar algo de comida para los caballos.

Fredrich me baja del caballo y me planta en el suelo, y los sigo a los tres hacia el interior de la taberna desierta.

El lugar evoca una imagen desoladora de lo que pudo haber ocurrido aquí.

Las sillas y las mesas están volcadas. Las moscas zumban alrededor de la comida y la bebida que quedaron sin tocar.

Acker desaparece por una puerta abierta detrás de la barra, probablemente para revisar la parte trasera del local.

Rodeo la barra y siento alivio al encontrar varias botellas de vino de cristal debajo del mostrador; dadas las circunstancias, una copa de vino suena bastante bien ahora mismo, pero mis manos atadas me impiden servirme yo misma.

Viendo mi problema, Fredrich coge una botella del estante y la descorcha.

Arquea una ceja, preguntando sin palabras si está bien que haga los honores.

Echo la cabeza hacia atrás y él apoya el borde de la botella en mi boca, inclinándola con cuidado hasta asegurarse de que no voy a dejar que la mitad del vino se me derrame por la barbilla.

El primer trago es pequeño, pero mis sorbos enseguida se convierten en un trago largo y me aparto para tragar.

Fredrich no pierde el tiempo y bebe también.

—Perdonad —dice Irina, llamando nuestra atención.

Fredrich sonríe.

—Mis disculpas.

Recoge un vaso volcado de donde lo habían dejado secándose junto al fregadero y lo desliza sobre la barra, frente a ella. Luego coge otra botella y la descorcha; el cristal tintinea contra el vaso mientras le sirve una generosa copa.

—Invita la casa —bromea.

Acker vuelve a atravesar la puerta. Se baja la capucha y por fin tengo una vista despejada de su rostro, y es como si al fin pudiera respirar después de haber estado conteniendo el aliento desde que me desperté esta mañana.

Me he sentido descentrada todo el día, con la pesadilla acechando mis pensamientos despiertos.

Cada vez me resulta más difícil diferenciar dónde terminan mis recuerdos oníricos y dónde empieza mi propia mente a jugarme malas pasadas.

Pero ver la expresión tranquila y firme en el rostro de Acker, en lugar del miedo absoluto, me reconforta de algún modo.

Acepta la botella de la mano extendida de Fredrich y echa la cabeza hacia atrás para beber. No puedo evitar observar cómo su garganta se mueve mientras engulle el vino.

La voz de Wells nos llama desde la puerta principal.

—Las cuadras están vacías. Voy a meter los caballos dentro. Por si acaso alguien viene.

Acker asiente en señal de aprobación y se limpia el exceso de líquido de la boca con la mano.

—Probablemente se llevaron los caballos y el forraje para usarlos en el frente.

—¿Tan bajos están los suministros? —pregunta Fredrich.

Los labios de Acker se afinan.

—La cosa no va bien.

Sigue evitando mirarme mientras explica los problemas de abastecimiento con los que Kenta ha estado lidiando en los últimos años y meses.

Mira las puertas abiertas de la taberna, la barra sucia y cualquier cosa que no sea yo, antes de decir que va a ver si encuentra algo de comida en la cocina.

Fredrich encuentra una botella de licor que le agrada y se la lleva consigo, siguiendo a su amigo hacia la parte trasera de la taberna.

Cuando nos quedamos solas, me encuentro con la mirada de Irina al otro lado de la barra. No puedo saber si su fachada pasiva es real o fingida, pero tomo nota mental de no darle la espalda. A veces una amenaza puede parecer débil cuando en realidad es todo lo contrario.

Lo sé bien.

Mi mirada se desliza hacia la puerta abierta de la taberna detrás de ella, esperando que la figura de Wells regrese. El silencio parece expandirse hasta que la presión me provoca un zumbido en los oídos, pero me doy cuenta de que solo es Irina pasando el dedo por el borde de su copa.

—Tenemos mucho en común, ¿lo sabías? —dice.

Me sorprende su afirmación. Siento curiosidad, pero no la suficiente como para pedirle que continúe, así que no respondo. No quiero pensar en Irina bajo ningún concepto. He tenido más que suficiente de ella para toda una vida.

Una esposa de reemplazo para Acker, desposada para mantener contento a su padre. Un cuerpo cálido, supongo.

Ella no se desanima por mi silencio.

—Fue mi primer amor. Y también mi primer desengaño.

Si espera que sienta lástima por ella, está muy equivocada.

Aunque no anda desencaminada al pensar que es algo que compartimos.

Simplemente no quiero darle ninguna validación.

Y no tengo energía para alimentar lo que sea que esté intentando provocar en mí.

Debe de darse cuenta, porque abandona su taburete y sale del cuarto con paso decidido.

Escucho sus pasos alejándose mientras sube la escalera al piso de arriba.

Y entonces, estoy verdaderamente sola.

La puerta abierta de la taberna ofrece una vista tentadora de la calle vacía que se extiende más allá.

Dos ventanas a cada lado dejan ver parcialmente los edificios de la otra acera de la calle y me deslizo fuera de la barra y hacia la puerta.

Al mirar en dirección a la cocina, escucho con atención los movimientos de Fredrich y Acker en la habitación contigua.

—Necesitamos sus habilidades —dice Fredrich.

Lo que Acker responde queda amortiguado, pero capto el final.

—... son seguras.

Camino con pasos ligeros hacia la entrada de la taberna.

El viento me muerde las mejillas cuando me detengo en el umbral.

El corazón se me acelera ante la libertad que está a solo unos centímetros de mis dedos.

Pero entonces me miro las manos y me doy cuenta de que soy bastante inoperante con grilletes.

Recorro con la mirada la calle desierta, los tejados de los edificios al otro lado y el cielo sobre mí. Parece que va a nevar.

—¿Qué estás buscando?

Un chillido sorprendido se me escapa por la cercanía de la voz a mi espalda.

Giro sobre mí misma y me encuentro con Fredrich peligrosamente cerca.

Tiene la mirada alzada, como si intentara ver algo que yo no puedo a través de la puerta.

Cuando vuelve a mirarme, sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Puede que mi escudo no funcione contra el frío, pero casi todo lo demás es fácil de bloquear. Cuando Irina nos cubrió con una ilusión en el puerto, es probable que tu amigo, el pájaro, nos perdiera de vista bastante rápido.

No dice su nombre, pero ambos sabemos a quién se refiere.

Se estira para cerrar la puerta de la taberna.

—Venga —dice, con un gesto de la barbilla—. Vamos a dejarte instalada.

Acker no está cerca cuando Fredrich me escolta escaleras arriba.

Avanzamos por el pasillo hasta el último dormitorio, cuya puerta ya está abierta.

El suelo cruje cuando entro. La habitación me recuerda al burdel en el que nos alojamos durante el viaje a Kenta, pero, por suerte, la cama parece limpia y sin usar.

Fredrich se vuelve hacia mí.

—Muéstrame las manos —dice.

Las levanto, tal como me indica, y lo observo cuando introduce una pequeña llave en la cerradura de las esposas.

No me libera las manos por completo, los dedos siguen unidos con la cuerda, pero un gemido bajo se escapa de mi boca cuando las muñecas quedan expuestas al aire fresco por primera vez desde que salimos de Maile.

Empiezo a darle las gracias, pero antes de que pueda formar la primera sílaba, me arrastra hacia la cama por el brazo.

Intento zafarme, pero me inmoviliza y me empuja contra el colchón con poco más que un empujón seco.

Enhebra las esposas alrededor de una barra del cabecero metálico y me indica con un movimiento de sus dedos que vuelva a darle las manos.

—Puedes irte a la mierda si crees que voy a dejar que me encadenes a esta cama.

Él solo me mira con paciencia y la mano extendida..., esperando.

Sopeso la idea de luchar, pero la simple verdad es que perdería con total seguridad sin asestar ni un solo golpe, y solo serviría para humillarme aún más.

Suspiro derrotada y, desviando la mirada hacia el espacio sobre su hombro, levanto los brazos hacia el cabecero.

Siento cómo las esposas se cierran alrededor de mis muñecas, anclándome a la cama, y el clic de la cerradura consolida mi cautiverio.

—No es decisión mía —dice, con cierto arrepentimiento.

Oh, sé perfectamente de quién es la decisión.

—Dile que haga su propio trabajo sucio a partir de ahora —respondo, con sarcasmo.

Veo cómo se marcha Fredrich por el rabillo del ojo, y cierra la puerta en silencio tras él; vuelvo a fantasear con lo que haré en el momento en que me libere de estas ataduras.

Entonces convierto en mi misión de la noche lograr precisamente eso.

Espero hasta que ya no se escuchan pisadas en el pasillo y la luz del exterior que entra por la ventana se disipa por completo, antes de empezar a trabajar en liberarme de las ataduras.

Sierro la cuerda visible entre mis dedos con los dientes y voy aflojando poco a poco el estrangulamiento sobre mis manos.

Tengo que parar para respirar y dejo caer los brazos durante unos instantes mientras descanso.

Hago esto durante lo que parecen horas, con la mandíbula y los hombros ardiéndome de dolor, pero la furia me impulsa a seguir.

Muevo los dientes apretados de un lado a otro. Una y otra vez, buscando aflojar con la lengua la cuerda hasta que por fin, ¡por fin!, la atadura cede.

Un estallido de alivio se me escapa de la garganta, pero enseguida cierro la boca de golpe y lo corto, por miedo a que me oigan.

Las manos me tiemblan, tanto por el esfuerzo como por la emoción, mientras las libero de la cuerda y mi ira se transforma en algo depredador a medida que la sensibilidad regresa, lentamente, a mis dedos.

Reclamo mi daga y la empuñadura familiar aparece en la palma de mi mano, reconfortante.

Un último obstáculo.

Está demasiado oscuro para ver bien las esposas alrededor de las muñecas, pero tintinean cuando estiro las manos.

Están doloridas y ligeramente entumecidas por haber estado atadas tanto tiempo, pero estoy demasiado ansiosa por recuperar el acceso a mi magia, por si acaso el vínculo me obliga a ir directa a la presencia de Acker.

Cambio la daga de posición, busco el eslabón de la cadena que me sujeta las muñecas a la cama y coloco la punta de la hoja en el centro abierto del metal.

Aprieto los dientes mientras encajo la punta en el bucle y empujo con toda la fuerza que puedo reunir pese al ángulo incómodo y a mis manos y muñecas debilitadas.

No se mueve. Ni la hoja ni la cadena. Ninguna cede.

Ajusto el agarre de la daga y lo intento de nuevo, conteniendo la respiración mientras hago todo lo posible por forzarla. Nada.

Me tomo un momento para replantearlo todo y, en lugar de empujar solo con fuerza bruta, intento girar la hoja mientras la presiono contra el bucle metálico.

Y funciona. El metal cede lo justo para que la punta de la hoja se deslice por la pequeña abertura donde los extremos del eslabón, por fin, se han separado.

Pero cuando giro la hoja un poco más, escucho un crujido terrible: la empuñadura de madera se astilla bajo la presión.

Me quedo inmóvil.

El corazón me martillea en la garganta cuando comprendo lo que he hecho.

Esta daga es lo único que tengo de mi padre.

La hicimos juntos durante uno de los veranos que pasamos en Kenta.

Aunque no lo recuerdo. No recuerdo casi nada de aquella época; salvo unos pocos fragmentos que he reconstruido a partir de mis sueños.

Y esos recuerdos están distorsionados y borrosos, así que nunca estoy segura de qué es real y qué ha inventado mi mente.

Palpo la grieta con la punta de los dedos y la tristeza que despierta solo consigue avivar aún más mi rabia. A estas alturas, el daño ya está hecho, así que lo mínimo que puedo hacer es llevar a cabo mi represalia.

Después de librarme de estas esposas, claro.

Apretando los dientes, refuerzo el agarre y giro la hoja con la fuerza suficiente para separar la cadena.

Atrapo los eslabones flojos con las manos para evitar que hagan demasiado ruido mientras los retiro del cabecero y libero por fin los brazos.

Las esposas siguen cerradas alrededor de mis muñecas, pero ahora tengo total libertad de movimiento cuando me incorporo y examino la daga.

Paso el pulgar por la fisura que recorre toda la empuñadura.

Está completamente fracturada, lo que la convierte en un arma peligrosa de usar.

Tengo tantas posibilidades de herirme a mí misma como a cualquier otro si la espiga se suelta durante un ataque.

Pero aún es lo bastante útil para encargarme de un último asunto pendiente.