Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 31. Jo #2
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Capítulo 31. Jo #2

El sueño lleva días esquivándome. Al menos, eso me ha parecido.

No estoy segura del intervalo exacto que llevo sin dormir.

El tiempo, desde mi secuestro, se ha difuminado, pero pese al agotamiento y al estrés, mis ataduras eran tan absurdamente incómodas en el barco que me hicieron imposible relajarme lo suficiente para descansar de verdad.

Además, estoy segura de que me he vuelto demasiado dependiente de la ayuda del té de hierbas que Karla dejaba cada noche junto a mi cama.

Susurro el nombre de Fredrich, temiendo que ya esté demasiado hundido en el sueño para despertarlo, pero su gruñido de respuesta me indica que lo he pillado justo a tiempo.

—¿Cómo supiste lo del té?

Aspira hondo, como si estuviera reuniendo fuerzas para responder.

—Es una antigua costumbre de Maile darles ese té a los soldados cuando regresan de la guerra.

Lo oigo, más que veo, inclinar la cabeza hacia mí.

—¿Tienes frío?

—No.

Suelta un bufido.

—Es tu naturaleza mentir, ¿no?

No tiene sentido quejarme de algo que no puedo cambiar. A menos que...

—¿Puedes protegernos del frío con tu escudo? —pregunto con un atisbo de esperanza.

Puedo oír la sonrisa en su voz.

—Por desgracia, tengo dificultades para usar el escudo contra elementos naturales. El clima no supone una amenaza inminente por sí mismo.

Genial.

Hago lo posible por aceptar la larga noche que me espera y mi miserable existencia, y cierro los ojos.

Solo para abrirlos de golpe cuando Fredrich me rodea la cintura con un brazo y me arrastra hacia él.

Estoy tan desconcertada que me quedo rígida.

Pero entonces se gira sobre el otro costado, dándome la espalda y, aunque quiero rechazar su ofrecimiento, solo estaría haciéndome daño por pura terquedad.

Me deslizo hacia su calor y me recuerdo, una vez más, que todo esto es temporal.

Todo sufrimiento termina, de una forma u otra.

El viento arrecia y, aunque se cuela a través de las rendijas de la tela de la tienda, agradezco el ruido.

Lo ahoga todo, incluso mis pensamientos.

Al cabo de un rato, el frío deja de sentirse como un castigo.

Casi resulta revitalizante. Como lanzarse al océano a comienzos de la primavera, cuando el mordisco del agua ofrece un alivio frente al sol abrasador.

«Ven aquí».

Me seco el agua de los ojos y me giro hacia la voz de Kai. Está junto al único árbol que se alza en los márgenes del bosquecillo, al que nos gustaba trepar cuando éramos niños. Reconozco el recuerdo; es de menos de un año antes de que visitáramos el mercado.

Una sonrisa se extiende por su rostro antes de desaparecer bajo el agua.

Nado hasta el árbol y me sumerjo para encontrar la abertura del tronco, que quedó hueco tras el impacto de un rayo.

Cuando resurjo dentro, Kai me está esperando, con las manos apoyadas a ambos lados del pequeño espacio.

Estamos lo bastante cerca como para que pueda sentir su calor a pesar del agua fría.

«¿Te lo imaginas? —dice, con la voz resonando por el hueco del árbol—. Un año más y nos largamos de aquí».

«No», le respondo con sinceridad, pero deseo desesperadamente que sea verdad.

Extiende la mano y desliza la yema de un dedo por mi clavícula.

«Lo conseguiremos —dice mientras con los ojos sigue el rastro de su caricia—. Solo prométeme una cosa: que, aunque el príncipe esté allí esperándote, encontrarás la forma de llevarme contigo».

Soy muy escéptica con esa idea de la «princesa perdida» que asegura que soy.

No me parece que ese título pueda pertenecerme.

«Olvidada», en cambio, sí que encaja bastante mejor, pero no me molesto en discutirlo.

Independientemente de mi posible título, o de su ausencia, tiene que haber una manera de llegar a tierra firme una vez estemos en el mercado.

«O vamos todos o no va ninguno», le recuerdo. No puedo imaginar un escenario en el que deje atrás a mi mejor amigo.

Messer grita desde arriba.

«¿Vais a subir o qué?».

Pongo los ojos en blanco. Mis dos mejores amigos.

«¡Un segundo!», le grita Kai en respuesta justo antes de besarme.

El corazón me retumba en los oídos mientras el calor se extiende por mis venas.

Persigo la sensación, rodeándole el cuello con los brazos y usando sus hombros como apoyo para mantenerme a flote.

Siempre busca reafirmación, siempre me hace prometerle que no lo dejaré atrás y no entiendo cómo puede creer que yo sería capaz de hacer algo así.

Cuando se aparta, con la sensación del beso aún ardiéndome en los labios, ya no es Kai a quien me aferro..., sino a Acker.

Tiene las cejas fruncidas por la agitación.

«Te está influyendo, Jovie».

Me aparto de él todo lo que puedo en el espacio reducido, alarmada por su aparición repentina.

«Siempre te utilizó», dice.

Me sumerjo y nado de vuelta por la abertura del árbol, hacia el océano abierto.

Pero cuando saco la cabeza para coger aire, el agua ya no es azul, sino de un rojo oscuro.

El bosquecillo ha desaparecido y estoy de pie en una corriente que me llega hasta la cintura.

Al levantar las manos, me doy cuenta de que están atadas con grilletes; la cuerda entrelazada entre ellos está cubierta de gotas de sangre que brillan como joyas.

Cuando alzo la vista de mis manos atadas, Acker está a cierta distancia.

Me deja atónita la intensidad de su mirada.

Tanto, que doy un paso atrás de manera instintiva y levanto una estela roja a mi alrededor.

Pero mientras sus ojos siguen aferrados a los míos, me doy cuenta de que lo que se refleja en ellos no es ira...

, sino miedo. Empieza a avanzar a través de la sangre para llegar hasta mí.

Cuerpos.

Están por todas partes, emergen de las profundidades del líquido viscoso, todos con indumentaria militar.

Cada insignia de cada territorio está presente en el cementerio que va apareciendo poco a poco.

Surgen burbujas justo delante de mí y un cuerpo se vuelve visible lentamente, emergiendo con un sable curvo incrustado en la columna vertebral.

Y cuando se gira boca arriba, aparece el rostro demacrado y familiar de un joven con uniforme de Maile.

Tropiezo hacia atrás, caigo, y lo último que veo es la mirada aterrorizada de Acker mientras lucha por abrirse paso entre los cuerpos, gritando algo que no consigo oír.

Grito al hundirme, pero el sonido queda ahogado por la sangre espesa.

El sabor metálico del cobre me llena la boca mientras lucho, indefensa, hundiéndome cada vez más profundo y me doy cuenta... , ya está.

Este es el final de mi sufrimiento.

Por un instante, todo queda en silencio salvo por el latido de mi corazón. Un ritmo constante dentro de mí. Hasta que unas voces amortiguadas atraviesan el líquido viscoso.

«¡Despiértala!».

—¡Despiértala! —Los gritos de Acker suenan apagados—. ¡Por todos los dioses, despiértala!

El grito atrapado en mi garganta finalmente se libera en el mismo instante en que despierto con Fredrich sacudiéndome por los hombros.

Aspiro una bocanada desesperada de aire mientras me incorporo, temblorosa.

La náusea me quema la garganta. Todos están despiertos, con el rostro hinchado de sueño, mirándome a la luz temprana de la mañana.

Lo último que necesito es añadir arcadas secas a mi humillación.

—Está bien —dice Fredrich, con las manos suspendidas sobre mis hombros—. Estás bien. Solo ha sido un sueño.

Eso es una forma suave de decirlo.

No puedo evitar que mis ojos se deslicen hacia Acker. Está sentado con las rodillas flexionadas y su pecho sube y baja con fuerza mientras se cubre el rostro con las manos.

Y, aun así, no puede soportar mirarme.