Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 31. Jo
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Capítulo 31. Jo

Jo

Acker se sube la capucha sobre la cabeza, impidiendo que le vea el rostro, mientras, con Fredrich e Irina flanqueándome, lo seguimos a él y a Wells por las calles de la ciudad portuaria, manteniendo cierta distancia.

Mis piernas están rígidas después de haberlas tenido encadenadas durante tanto tiempo.

Los ojos de dos soldados que pasan se fijan en mí y Fredrich acelera el paso; el brazo de Irina roza el mío mientras nos apresuramos para no quedarnos atrás.

Una vez que abandonamos el barco, nos dividimos en dos grupos.

Los cinco juntos llamamos demasiado la atención y he recibido instrucciones estrictas de parecer lo más discreta posible.

Difícil, teniendo en cuenta que aún llevo las manos encadenadas y atadas bajo la capa que me cubre.

Hace que mi paso resulte extrañamente torpe.

Mi mirada salta en todas las direcciones.

Los edificios tienen dos o tres plantas y se alzan imponentes a ambos lados.

El pueblo es pequeño, pero está abarrotado de peatones.

Cada callejón está lleno de vendedores que ofrecen distintos alimentos y mercancías.

Deben de ser los mismos vendedores que acudían al mercado anual o...

lo eran cuando todavía se celebraba en los acantilados de la costa sur de Kenta.

—Sea lo que sea que estés tramando —murmura Fredrich—, olvídalo.

Contengo una mueca. Como si quisiera cambiar un tipo de cautiverio por otro.

No; si voy a escapar, lo haré cuando no haya un adversario aún peor cerca.

Por difícil que sea admitirlo, incluso ante mí misma, la advertencia de Acker no es algo que deba tomarse a la ligera.

Las últimas manos en las que querría caer son las de Edmond.

Es como si Fredrich hubiera vuelto a ser aquel soldado al que solía despreciar.

Demasiado serio y frustrantemente maleducado.

Me enfurece aún más no haberme dado cuenta de cómo era realmente la primera vez que lo vi, escondido en un callejón, cuando empecé a explorar Maile por mi cuenta.

Lo volví a ver al día siguiente y al otro.

Nunca se me acercó ni mostró hostilidad, así que asumí que mi madre lo había enviado para vigilarme, después de las muchas discusiones que habíamos tenido por mi insistencia en deambular sola.

Más tarde, cuando le pregunté por un soldado que me seguía, admitió que había ordenado a Sam que sus hombres me vigilaran, lo que hizo que mi conclusión fuera fácil... , aunque estúpida.

—¿Cómo conseguiste infiltrarte en las fuerzas de mi madre sin levantar sospechas? —pregunto, manteniendo la voz baja.

—Fue un proceso —dice y casi puedo oír el peso de esas palabras en su voz—.

Empezó en la taberna; encontré a algunos marineros de rango bajo con suficiente cerveza encima como para sacarles información.

Aprendí la estructura militar, dónde estaban posicionados los hombres por todo el territorio y quién comandaba cada batallón.

Cuando descubrí que, a veces, destinaban a la ciudad a los soldados de las granjas vecinas, fue fácil colarme en las filas como un soldado reacio con un uniforme robado, después de soltar un par de nombres bien escogidos.

Vaya, qué vergüenza.

—Seguro que es bastante humillante saber que hizo falta tan poco —dice, con los ojos arrugándosele en las comisuras por una diversión petulante cuando lo miro—.

Si te sirve de consuelo, fue antes incluso de que Acker supiera que estabas viva.

Tardé años en conseguirlo y aún más en ganarme el favor del general.

Mi sonrisa destila sarcasmo.

—Ya veremos hasta dónde te lleva eso cuando él te coja —digo.

Inclina la cabeza, pensativo, pero la planicie de su expresión revela que he tocado una fibra sensible.

—Ya veremos, sí.

La nieve aún no se ha acumulado en el suelo, pero a medida que el sol se pone, la temperatura también baja. La cuadra ocupa el último edificio de la calle y, cuando llegamos, encontramos a Wells cargando los caballos con provisiones. Trabaja con rapidez, atando los fardos para asegurarlos.

—Con eso debería bastar —declara un mozo de cuadra, entregándole las riendas del último caballo a Acker.

Hago un recuento rápido del número total de caballos y deduzco que vamos a compartir montura.

El arreglo se hace sin discusión. Un simple gesto del mentón de Acker es toda la indicación que Irina necesita para montar el caballo que él sujeta.

Fredrich ni siquiera espera mi consentimiento, me agarra por la cintura y me alza sobre otro caballo.

Es difícil maniobrar con las manos atadas, pero consigo sentarme bien a horcajadas y meter los pies en los estribos, usando el arzón como apoyo.

Fredrich se sube detrás de mí y agradezco la barrera que crea la silla entre los dos.

Nadie dice una palabra cuando tomamos la calle que conduce fuera del pueblo.

La ligera nevada cesa, pero el frío es implacable y me estremezco cuando el viento me azota las mejillas.

Me preocuparía más no haberme bañado en la última semana si no fuera porque le deseo lo peor al hombre que tengo a la espalda, aunque mi venganza sea tan patética como obligarlo a soportar el hedor de mi cuerpo sin lavar.

Tierra adentro, Kenta es en su mayor parte llana.

No hay nada mínimamente interesante que me distraiga de la situación en la que me encuentro.

Ni un pájaro en el cielo ni una criatura correteando a lo lejos, solo el viento interminable deslizándose sobre las llanuras cubiertas de hierba y, bamboleándose sobre el caballo que tengo delante, la espalda del hombre que me insta a cometer un acto violento cada vez que lo miro.

Odio haber permitido que me colocaran en esta situación.

Haber sido incapaz de ver a Acker como realmente es, justo la persona sobre la que Beau me advirtió.

Dijo que con su hermano no se podía razonar, pero yo estaba convencida de que se equivocaba, de que yo sabía más.

Resulta ridículo, teniendo en cuenta que ella podía ver su aura y yo solo veía al hombre del que me había enamorado.

Peor aún, odio que todavía no me haya mirado.

Lo siento como un castigo. Y detesto lo relajada que está Irina apoyada contra el pecho de Acker.

Cómo se me revuelve el estómago de repulsión.

Cuatro años después de presenciar su noche de bodas, todavía me duele verlos juntos, sobre todo después de haberla visto en su cama hace apenas unas semanas.

Es evidente que su matrimonio no ha estado exento de beneficios.

Pero su admisión de que el juramento sigue aferrado a él me carcome.

Ya no es un pequeño brote de esperanza que espero que se haga realidad, sino otra razón más para que mi ira me pudra por dentro.

Incluso si me ama, ¿es este el tipo de amor que quiero?

Hemos sido rencorosos, mezquinos y vengativos, alimentados por nuestro propio dolor.

Quiero decir, él ha elegido emparejarse con Irina, su esposa, por los dioses, y yo estoy aquí planteándome si el hombre me ama o no. Todo mientras me mantiene cautiva.

Esto es demasiado retorcido.

La temperatura sigue descendiendo a medida que la luz del sol se disipa.

Acker decide que montemos el campamento para la noche, y él y Wells empiezan a levantar una tienda.

Yo permanezco de pie, observándolos, inútil con mis grilletes.

Acker usa su don para clavar las estacas en el suelo helado.

Wells trabaja detrás de él, atando la lona a las estacas, y reconozco los nudos marineros al instante.

Ahora que lo pienso, son los mismos nudos que usó para asegurar las alforjas a los caballos.

Cuando se da cuenta de que lo observo con atención, me guiña un ojo.

Aspiro con fuerza justo cuando Fredrich me conduce al interior de la tienda.

Es modesta, pensada más que nada para protegernos de las inclemencias del tiempo. Pero al entrar, me enfrento a la realidad de que voy a dormir en un espacio reducido con mi vínculo, su esposa y el hombre que me hizo llegar al orgasmo. Y Wells. Sí, Wells.

No me importa lo que diga Beau; he tenido que lidiar con las consecuencias de suficientes malas decisiones en mi vida como para aceptar esta situación ahora mismo.

Elijo el lugar más alejado de la tienda y me tumbo en el jergón que Fredrich extiende. El material fino apenas me protege del suelo duro y helado que hay debajo, y sé que esta noche va a ser muy muy larga.

—Yo haré la primera guardia —dice Acker en voz baja.

—Nada va a atravesar mi escudo —responde Fredrich—. Intentemos descansar.

Me giro de lado y encajo las manos atadas bajo la mejilla, usándolas como almohada.

Los oigo moverse, luego susurrar demasiado bajo como para distinguir las palabras.

Aun así, tengo la sensación de que es una discusión ligeramente acalorada antes de que, por fin, siento que alguien se acerca y se acomoda a mi lado.

Aprieto los dientes, pero no sirve de nada para detener el castañeteo.

—Wells —dice Acker—. ¿Puedes encender una llama unos minutos para quitar el frío?

Escucho su respuesta conteniendo el aliento.

—¿Queremos arriesgarnos a que alguien la vea? —pregunta.

Hay un segundo de silencio antes de que Acker responda:

—No. Supongo que tienes razón.

Y suelto el aire con un suspiro audible.

A pesar del frío, no pasa mucho tiempo antes de que la respiración de todos se vuelva uniforme.

Hago lo posible por relajarme y dejar que el viento me arrulle hasta algo parecido al sueño.

Pero después de lo que parece una eternidad, me muevo hacia el otro lado intentando acomodarme y descubro que es Fredrich quien yace a mi lado.

Está completamente oscuro, pero su postura lo delata: boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho.

Tiene esa capacidad absurda de cerrar los ojos y, en la siguiente respiración, haberse quedado dormido.

Creo que lo detesto un poco más solo por eso.