Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 30. Jo
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Capítulo 30. Jo

Jo

Me han secuestrado. Otra vez.

Me duele todo el cuerpo por llevar tanto tiempo en esta posición antinatural.

Los grilletes mantienen mis muñecas unidas, al igual que en los tobillos.

Pero son las manos lo que más me duele: una cuerda fina tejida alrededor de cada dedo y cruzada sobre las palmas las ata en posición de oración.

Ha resultado algo útil para pedirles a los dioses que fulminen a Acker con un rayo gigantesco desde que estoy en esta cama.

La cama a la que estoy encadenada, por si acaso consiguiera deshacer todas mis ataduras, lo cual, sinceramente, requeriría una intervención divina.

Llaman a la puerta, sigue una pausa silenciosa y pongo los ojos en blanco ante la idea de que alguien intente parecer educado dadas las circunstancias. Estoy encadenada a una cama, por los dioses. No hay nada hospitalario en todo esto.

Vuelven a llamar.

Joder.

—¡Adelante! —grito, de mala gana.

Cuando veo que la figura que se desliza por la puerta es la de Acker, me incorporo. Es imposible confundir su altura y su porte incluso en la penumbra de la cabina. Cabello oscuro, hombros fuertes, cada centímetro de él es puro músculo.

Ninguno de los dos habla mientras él cierra la puerta.

Se apoya contra ella y deja caer la cabeza contra la madera.

Unos finísimos rayos de luz se filtran por las rendijas entre las tablas de la cubierta del barco, la única iluminación en un espacio, por lo demás, lúgubre.

Apenas sirve para verlo y las sombras ocultan la expresión de su rostro.

El veneno se me acumula en la punta de la lengua, listo para escupirlo, pero algo me detiene.

Es extraño, después de no haber tenido nada mejor que hacer durante días que fantasear con todo lo que le diría en el momento en que por fin lo tuviera delante.

Ahora está aquí, de pie frente a mí, y no consigo reunir la energía para decir absolutamente nada.

—Tenemos que atravesar el pueblo para llegar a las caballerizas y necesito que te comportes como una prisionera de verdad.

Durante un breve instante estoy confundida. Luego, divertida, se me escapa una risita, seguida de una carcajada abierta. El sonido rebota contra las paredes de la cabina. No puedo detenerlo; las lágrimas me resbalan por los ojos mientras el estómago se me contrae y lucho por recuperar el control.

Tras muchas respiraciones profundas y temblorosas, por fin consigo balbucear unas palabras.

—¿Prisionera de verdad? ¿Comparada..., comparada con qué? —Levanto las muñecas y todo el humor desaparece de mi voz, mi tono se vuelve acerado en un abrir y cerrar de ojos—. ¿Con esto?

Avanza a grandes zancadas, un rayo de luz le cruza el rostro, durante una fracción de segundo, mientras se acerca.

—Has estado demasiado tiempo en Maile. ¿Has olvidado la manera en la que a mi padre le gusta tratar a los traidores?

«No. Por desgracia, no».

He visto suficiente muerte en el campo de batalla como para saber que las jaulas colgadas de los muros del palacio de Kenta eran peores.

Al menos, morir en combate suele ser rápido.

El recuerdo de pasar corriendo junto al padre demacrado que lloraba por su familia en una de esas jaulas todavía me persigue.

—Y nunca llegaste a ver las mazmorras —dice Acker, que sabe exactamente en qué estoy pensando. Está al pie de la cama, lo bastante cerca como para distinguir la ligera inclinación de su cabeza y la dirección baja de su mirada.

—Bueno, supongo que voy a descubrirlo, ¿no?

—No vamos al palacio.

—Entonces, ¿adónde me llevas?

—A un lugar seguro.

Su respuesta me hace apretar los dientes.

—En Maile estaba a salvo —le espeto.

—No lo estabas. Tuve a un hombre siguiéndote durante años y nunca has sospechado nada.

Me burlo al recordar la traición de Fredrich.

—Entonces quizá debería decir: en Maile estaba a salvo de todos menos de ti.

Oigo cómo le rechinan los dientes cuando la mandíbula se le tensa, pero aun así mantiene el rostro oculto en las sombras.

Me inclino hacia delante todo lo que me permiten los grilletes.

—¿Por qué no me miras?

Traga saliva; el sonido es audible en el espacio reducido.

—No puedes, ¿verdad?

—No.

Esa única palabra me atraviesa, helándome la sangre durante un latido antes de arder con fuerza en mis venas.

—¿Por qué no? —pregunto, con la voz más plana de lo que pretendía—.

¿Te da vergüenza? Me has hecho exactamente lo mismo que me hicieron de pequeña.

¿O es que sigues enfadado conmigo después de todo este tiempo, a pesar de haber comprendido, por fin, que decía la verdad sobre tu padre desde el principio?

Tan horrorizado como estabas hace cuatro años cuando te traicioné, no es que tú fueras tan jodidamente inocente...

—Basta —espeta, con la mano aferrada al marco de la cama—. Ya es bastante difícil oír cómo te aprietan las ataduras, como para tener que verlas. —Se aparta de la cama, dándome la espalda—. Y no tengo ninguna intención de poner a prueba los límites del juramento.

Aspiro el aire con brusquedad.

Un núcleo vergonzoso de esperanza amenaza con echar raíces dentro de mí. Pero sin confianza, no tiene nada que lo alimente. Podría estar mintiendo. Distrayéndome del hecho de que, ahora mismo, soy su prisionera.

—De todos modos no es al juramento a lo que deberías tenerle miedo —digo—. Porque mi madre va a matarte.

—Tu madre no mataría al vínculo de su hija.

Habla como si fuera una verdad indiscutible y me burlo de su arrogancia.

—Mató a su propio vínculo por ocultarme en Alaha. Desde luego no tendrá ningún reparo en matar al mío.

Su cabeza se alza bruscamente en mi dirección, pero consigue mantener la mirada apartada de mi cuerpo atado.

—¿De qué estás hablando?

—Mi padre empezó a temer la persecución implacable de Edmond sobre otros dones y, cuando yo mostré los primeros signos de despertar, me llevó a vivir con los alaha, sabiendo que Edmond jamás abandonaría tierra firme para buscarme.

No fue hasta años después cuando mi madre descubrió que él era el responsable...

, y entonces él se negó a revelarle mi paradero.

—Pero Osiris confesó haberte secuestrado durante el cónclave anual, afirmó que tu muerte había sido un accidente y ella lo mató en el acto. Hubo testigos. A menos que... —Vuelve la cabeza hacia un lado, sin mirarme nunca del todo—. Osiris sea tu padre.

—Sí.

—¿Y Leo, el guardia de tu madre? ¿El hombre con el que se casó y al que coronó rey?

—Esa es una historia para otro día. Pero si crees que ser mi vínculo te otorga algún tipo de protección, no podrías estar más equivocado. Lo más probable es que ya haya todo un ejército dirigiéndose hacia ti.

Tras un momento, asiente.

—Bien —dice—. Vamos a necesitar a los hombres.

Al principio me sorprende su actitud despreocupada. Luego lo entiendo.

—Planeas usar el poder de influencia de Wren sobre mis hombres —digo, con una voz que me suena hueca incluso a mí.

La respuesta de Acker es inmediata, cortante.

—Conoces mi postura respecto a la lealtad forzada y aun así me crees capaz de controlar a un ejército robándoles el libre albedrío.

—No sé si alguna vez he llegado a saber realmente de qué eres capaz.

Sonríe. El gesto de sus labios es visible de perfil, pero no hay humor alguno en él.

—¿No te gusta el sabor de tu propia medicina?

Mis palabras salen afiladas.

—Vete a la mierda.

Su carcajada de respuesta al salir de la cabina me provoca un acceso de ira y no tengo nada mejor que hacer, en el silencio, que pensar en todas las formas en que podría arrancarle la lengua.

Odio no es una palabra lo bastante fuerte para describir lo que siento por él. Ni siquiera roza la superficie del océano de repulsión en el que estoy nadando.

Cada respiración y cada latido alimentan el fuego que arde dentro de mí.