Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 29. Acker
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Capítulo 29. Acker

Acker

Para cuando llegamos al puerto de Kenta, estoy ansioso por poner los pies en tierra. Pensé que estar atrapado en un barco con la ira de Olivia era malo, pero no se compara con el infierno del viaje de regreso.

Mis días han transcurrido escuchando el sonido de cadenas entrechocar a través de las delgadas paredes de la cabina de Jovie. Está furiosa. Con el tipo de furia que se siente en los huesos. Conozco bien esa sensación, la he experimentado mucho tiempo, después de su traición.

Pero por la noche, cuando el agotamiento la vence y está demasiado cansada para avivar las llamas de su ira, el deseo de ir hacia ella se vuelve abrumador.

Y está tan cerca. Demasiado cerca, la verdad.

Se ha convertido en un verdadero testimonio de mi autocontrol, cuando lo único que quiero es escucharla decirme las palabras.

Que me amaba entonces, incluso cuando me traicionó, y que tal vez aún me ame después de todo este tiempo.

Intento aferrarme a los recordatorios de por qué estoy enfadado con ella, pero todos parecen débiles en comparación con lo que enfrentamos.

Los planes que mi padre ha tramado y la oscuridad de esta guerra en el horizonte.

Pero Jovie podía verlo. Lo vivió en Alaha y siempre supo que el cambio se acercaba.

Mientras yo lidiaba con mi frágil contención, Irina ha estado taciturna y solo sale de su habitación para las comidas.

Fredrich y yo apenas hemos hablado, principalmente debido a mis propias y persistentes frustraciones respecto a él.

Y Wells ha estado callado. En la práctica puedo sentir el enjuiciamiento que emana de él cada vez que me ve.

Está nevando sobre el puerto y los copos se derriten en cuanto tocan el suelo.

Tuvimos que navegar río arriba. Más lejos de lo que me hubiera gustado, pero los puertos grandes cercanos a la desembocadura del río Yanka estaban abarrotados de soldados del palacio.

Este puerto, por ejemplo, es pequeño y normalmente solo está vigilado por unos pocos hombres, pero hay un puñado de soldados en el muelle con un carro de la cárcel lleno de prisioneros aguardando a que los suban a un barco, con las ropas sucias y el pelo apelmazado por el tiempo que han pasado en la prisión de la ciudad.

Sus cuellos están adornados con collares.

Herederos que serán transportados al palacio.

Ante mi padre.

No estamos lo suficiente cerca del palacio como para preocuparme por que me reconozcan, pero me subo la capucha y mantengo la cabeza baja mientras camino por las calles, solo para asegurarme.

Nadie parece perturbado por la visible presencia de los soldados.

La gente deambula de un comercio a otro, congregándose en las aceras para charlar, como si todo fuera normal.

El mercado de agricultores que busco está escondido en un callejón amplio entre dos edificios, no muy lejos del muelle.

Estos son mercaderes que viajan de un lugar a otro por todo el territorio para vender e intercambiar sus bienes, los mismos que harían el viaje a la costa sur para el mercado anual con Alaha.

Si hay rumores que escuchar, vendrán de sus bocas.

Busco a una vendedora en particular y encuentro su puesto al final de la fila.

Al principio no me ve. Está de espaldas mientras yo me acerco a su mesa para mirar los pasteles que tiene expuestos.

—Esperaba encontrarte aquí —digo, llamando su atención.

Cuando se da la vuelta, su ceja perforada se arquea con sorpresa.

—El catalizador de metales de Kenta —dice, con una sonrisa amplia—. ¿A qué debo el honor? Han pasado..., ¿qué? ¿Cinco años? ¿Seis?

—El mercado final —respondo, recordando la última vez que nos vimos.

Miro la multitud a nuestro alrededor, ella lo entiende y me hace un gesto para que vayamos detrás de su mostrador, donde hay un poco más de privacidad. Coloca un letrero sobre la mesa antes de tirar de una cuerda que baja una tela sobre la parte frontal del puesto.

Una vez solos en las sombras, su sonrisa se vuelve coqueta.

—Se rumorea que has dejado el nido —dice.

—A los cotillas les encanta inventar historias —respondo a su vez.

Sus dedos bailan sobre el cuello de mi camisa.

—Hmm —musita—. ¿Esta visita inesperada es por placer, entonces?

La dejo disfrutar de su fantasía durante un momento mientras hablamos.

—¿Qué se rumorea en la calle sobre el motivo por el que el palacio ha enviado a tantos soldados a este lugar?

—Nos dijeron que están aquí para aliviar el problema de hacinamiento de la prisión de la ciudad, pero ha habido rumores de que solo están moviendo a Herederos, que hay otra represión contra cualquier Heredero que cometa la mínima infracción.

—¿Como qué?

—Cosas como vandalismo, ser sorprendido diciendo algo remotamente negativo sobre el rey, o solo por estar demasiado borracho o por montar escándalo en un bar.

—Continúa jugueteando con mi camisa, me desabrocha un botón y sus dedos buscan la piel expuesta de mi pecho—.

Pero he oído hablar de una ciudad cercana donde se los llevaron a todos. Incluso a los bebés.

Se me hiela la sangre.

—¿Dónde?

—Al este —dice mientras sus manos se deslizan hacia la cintura de mis pantalones—. Una ciudad donde nadie llevaba collares.

—¿Alguna vez has visto u oído hablar de una piedra llamada piedra listón?

Sus dedos se deslizan bajo mi camisa y me acarician la piel del estómago.

—Piedra listón —dice, casi ausente—. Creo recordar que mi abuela contaba historias sobre una piedra con un nombre parecido, pero yo nunca he visto una. ¿Por qué?

Habiendo obtenido lo que necesito, detengo sus atenciones con una mano suave sobre su muñeca.

—Gracias, Phoebe —digo mientras me inclino para besarla en la mejilla, donde dejo que mis labios se demoren—. Vete a casa, ¿de acuerdo?

Cuando me aparto, la coquetería en sus ojos desaparece, reemplazada por comprensión. Es tan buena para sacar información como yo. Si necesitaba confirmación de que las cosas se están torciendo en esta guerra, estoy más que feliz de dársela, sin necesidad de coqueteo.

—¿Quizá la próxima vez, entonces?

Sonrío ante la broma que denota el tono de su voz.

—Cuídate —respondo y me despido.

Hago una última parada en el palomar a las afueras del pueblo.

El anciano que está tras el mostrador me mira lo suficiente como para estar seguro de que conoce mi identidad, pero estoy agradecido de que no indague.

Escribo mi mensaje y lo sello en un cilindro de metal con cera.

Cuando va a cogerlo, niego con la cabeza y deslizo algunas monedas extra sobre el mostrador.

—Quiero ver al pájaro liberado. —No hay lugar para discusión en mi tono.

Mira las monedas antes de cogerlas. Desaparece por la puerta que hay a su espalda y regresa con una paloma en las manos.

Sin decir una palabra, me muestra la anilla identificadora que nombra la ciudad en la que estamos, en su pata izquierda, y el destino al que está entrenada para volar, en la derecha.

Ata el mensaje a su arnés y, cuando sale de detrás del mostrador, lo sigo hasta la puerta del palomar.

Abre la puerta lo justo para permanecer en el umbral, lanza la paloma al aire y ambos observamos cómo el ave se orienta antes de girar hacia el oeste.

—¿Contento? —pregunta.

Asiento, sonriendo ante su evidente molestia.

—Mucho —respondo.

Le doy una moneda más para asegurarme de que mantenga la boca cerrada sobre mi identidad, pero algo me dice que ha leído y visto suficiente en su vida como para que no le importe quién soy o por qué estoy aquí. De hecho, quizá se haya sentido insultado por que haya desconfiado de su discreción.

Regreso al barco y busco a Fredrich. No está en la cubierta, ni abajo en las cabinas, así que me aventuro en la bodega para encontrarlo.

Está vacía de provisiones. Los pocos suministros restantes de Maile se descargaron una vez que alcanzamos la desembocadura del río.

Es aquí donde encuentro a Fredrich sentado sobre un barril vacío de vino.

Nuestras conversaciones fueron mínimas durante el viaje.

Después de explicarle la alianza de mi padre con los alaha y los dones que ha adquirido, Fredrich afirmó que la mejor oportunidad que alguien tendría de matar a mi padre sería con su ayuda.

Por mucho que me duela admitirlo, estoy de acuerdo; su escudo es demasiado valioso como para no utilizarlo.

Se sienta con una rodilla doblada y la espada equilibrada sobre el regazo mientras pasa una piedra a lo largo del filo de la hoja. Hay un vaso vacío apoyado en una viga, a su lado.

—Bueno —dice, alzando la vista hacia mí—. ¿Cuál es el plan?

—Al parecer hay un pueblo cercano que los soldados de palacio han vaciado en una redada. Con suerte podremos encontrar algún alojamiento abandonado que esté en condiciones aceptables.

Hay una breve pausa antes de que continúe afilando la espada.

—Creí que querías usurparle el trono a tu padre —dice.

—No voy a llevar a mi vínculo a ningún sitio cerca del hombre que está drenando la magia de los Herederos como una sanguijuela.

La expresión de Fredrich se vuelve pensativa.

—¿Cómo vamos a sacarla del puerto sin que nos descubran?

—Irina.

—Aunque pueda lanzar una ilusión sobre todos nosotros, no servirá de nada si la reina no coopera. Bastaría con un buen grito para que atravesaran el engaño de Irina.

Su insistencia en referirse a Jovie por su título me irrita.

—Yo me encargaré de Jovie —le digo antes de darme la vuelta para irme—. Prepárate para desembarcar en treinta minutos.

No son sus palabras, sino su bufido de fastidio lo que me hace detenerme en seco.

—Os he visto a Hallis y a ti pasar por un montón de burdeles cuando éramos jóvenes, ¿sabes? —dice, cortante—. Sé que es diferente porque Jo es tu vínculo, pero yo hice que el amor de tu vida se corriera, Ace. No la he matado, joder. ¿Cuándo vas a dejarlo pasar?

Apretando los dientes, me giro para mirarlo.

—¿Cuántas copas de vino llevas encima?

—Unas cuantas —admite.

—¿Todavía no has superado tu miedo al agua?

—No es miedo al agua —protesta—. Es estar atrapado en un barco lo que me vuelve loco. No hay nada que hacer salvo... —Agita una mano en el aire—... beber.

—¿No tendrá nada que ver con que no puedas acceder por completo a tu escudo?

Mis palabras le impactan; sus ojos se deslizan hacia la correa de dagas cruzada sobre mi pecho.

—¿Eso es una amenaza?

Me encojo de hombros, sin mucho entusiasmo.

—Solo una observación.

Tras evaluarme con cuidado, vuelve a afilar la espada.

—No te tengo miedo, Ace. Con escudo o sin él.

Me digo que debería marcharme, dejar el tema por ahora, pero simplemente no puedo. Aprieto la mandíbula antes de conseguir forzar las palabras fuera de mis labios.

—Gracias. Por protegerla.

Podría aprovechar este momento para burlarse de mí, para clavar un poco más el cuchillo metafórico, pero no lo hace. Se limita a inclinar la cabeza de la forma tradicional de Kenta mientras dice:

—De nada.

La verdad es que nunca he dudado de que lo haría, y de que lo haría bien.

No tuve que pasarme las noches en vela preguntándome si ella estaría protegida, como había hecho durante tantos años de mi infancia, cuando no sabía si estaba viva o muerta.

Sabía que estaba a salvo porque Fredrich estaba con ella.

—Pero seamos sinceros —digo, entrecerrando los ojos—. Puede que fuera tu boca la que estaba sobre ella, pero era a mí a quien se estaba sometiendo.

Su sonrisa ladeada regresa, pero es de buen humor.

—Lo que necesites decirte a ti mismo, amigo.

Me doy la vuelta antes de que pueda ver mi sonrisa.

—Ni siquiera sabes silbar.

—¡Eh! Juraste guardar ese secreto.