Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 28. Acker
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Capítulo 28. Acker

Acker

El sonido de algo pesado golpeando el muelle me hace girar sobre mí mismo y veo a Wells frente a mí, con su bolsa a los pies.

Le lanzo una mirada impasible.

—¿Qué diablos haces aquí?

Él levanta la barbilla con una determinación desafiante.

—Bueno, si estás decidido a matar a tu padre, no quiero que tengas que vivir con la culpa de ser tú quien lo haga.

Ha sabido que algo andaba mal en cuanto salí de la habitación de la cabaña después de que Jovie me llevara con ella esta mañana.

Le conté la horrible verdad sobre mi madre, sobre cómo mi padre ha logrado recuperar la magia y cuál es el precio.

Me costó un mundo que la voz no me temblara mientras le decía lo que vi.

Mi madre, marchita hasta el punto de estar irreconocible.

Recuerdo los días previos a la muerte de mi madre. Nadie me dijo explícitamente que había caído enferma con la misma enfermedad que se extendía por el territorio, pero pude atar cabos por mí mismo.

Después, cuando mi padre me llamó a su sala para darme la noticia, me pareció algo irreal. Estaba entumecido. Recuerdo que no creí que pudiera estar muerta, porque... ¿no estaría yo abrumado por la tristeza si lo estuviera?

Pero la tristeza nunca llegó. Las lágrimas nunca cayeron.

Aparte del leve pinchazo en el pecho, todo lo que recuerdo sentir fue pérdida.

Confusión, mientras mi padre me servía una copa de vino.

Mi primera vez. Me habló como a un igual, algo que nunca había experimentado antes con él, y me desconcertó.

Su cambio de comportamiento no fue suficiente para saciar mi anhelo de atención, pero también me sentí extrañamente aliviado.

Como si finalmente hubiera logrado lo que siempre había querido: hacer sentir orgulloso a mi padre.

Ahora me doy cuenta de que ninguno de mis sentimientos fue una reacción natural al enterarme de la muerte de mi madre, independientemente de lo mínima que había sido su participación en mi crianza.

Nunca pensé que mi madre no me quisiera, pero los momentos en los que recibía su afecto eran pocos y distantes.

Una vez que Greta llegó a nuestras vidas, mi madre se convirtió en una sombra de lo que había sido.

Si fue por los actos de mi padre o por los suyos propios, tal vez nunca lo sepa.

Ser testigo del remordimiento de mi madre confunde la imagen que había tenido de ella durante la mayor parte de mi vida y no sé bien cómo manejarlo.

Cojo una bocanada de aire para salir de mis pensamientos y trato de enfrentar las emociones que me invaden mientras busco la mirada de mi amigo.

—Olivia —digo, dejando que el nombre de su esposa flote entre nosotros como una pregunta no dicha.

—Sabe que estoy aquí.

—¿Y está de acuerdo con esto?

Niega con la cabeza en un movimiento rápido.

—Para nada. Está asustada y últimamente no ha tenido mucha confianza en ti.

Pero tampoco quiere que nuestro hijo crezca sin nuestras familias.

—Se encoge de hombros y alza las cejas—.

Si tenemos la oportunidad, nos gustaría regresar a nuestras vidas en Kenta.

Quiero intentar ayudar a que eso suceda.

Wells y Olivia llevan tiempo insinuando que debería ser yo quien ocupe el trono de Kenta.

Han sido críticos con el liderazgo y las leyes de mi padre desde que éramos jóvenes.

No puedo evitar sentirme indigno de su amistad, lo que provoca que el peso de las revelaciones de mi madre sea, de alguna manera, más pesado y más ligero al mismo tiempo.

—No estoy seguro de que vaya a hacerlo mejor como rey.

Observo a la tripulación cargando nuestro barco con provisiones, la cantidad exacta para el tiempo necesario de navegación a casa: ni más ni menos, bajo la supervisión de los soldados de Maile que se congregan en el muelle, y luego las banderas ondeando en los mástiles de los barcos de Maile amarrados cerca, mostrando el número de los hombres que han matado: hombres de Kenta.

—Ya he devastado el territorio de Kenta —le digo.

—Tu padre no te dejó otra opción. —Me pone la mano sobre el hombro para atraer mi mirada—. Has sido su marioneta.

Wells había querido huir de Kenta, estaba dispuesto a enfrentarse a mí con la espada para garantizar la seguridad de Olivia. Y ahora me ofrece algo más valioso que cualquier fortuna real: ser él quien acabe con la vida de mi padre para que no tenga que hacerlo yo mismo.

—Solo puedo aceptar lo que me ofreces si no te cuesta la vida.

Él sonríe, dejando entrever su arrogancia.

—No me costará la vida.

—Wells, tienes un bebé en camino.

—Y estará esperándome para conocerme cuando regrese.

Le lanzo una mirada escéptica y él se pone serio, las líneas de tensión le marcan la boca justo antes de abrazarme.

Me coge por sorpresa. Wells no abraza. Nunca.

La única persona con quien lo he visto ser afectuoso es Olivia.

Doy una respiración profunda y prolongo el abrazo todo lo que puedo hasta que me veo obligado a dejarlo ir.

—Adorable —se burla el arquero mientras se acerca, haciendo un gesto para que subamos a bordo desde el final de la pasarela—. Vamos.

Cogemos nuestras bolsas y subimos al barco.

Me vuelvo hacia Irina, que ya espera en cubierta.

Está sombría y sé que no hay nada que pueda decir o hacer para mejorar su estado de ánimo.

No le he dicho nada sobre la oferta de Jovie de permitirnos cruzar el golfo hacia Strou.

No serviría de nada. Debo ordenar que el barco regrese en dirección a Kenta y si ella llegara a descubrir la razón por la que no la llevé a casa, la destrozaría.

Los barcos de Maile nos escoltan fuera del rompeolas mientras la tripulación de nuestro barco nos observa con nerviosismo, tan preocupada como aliviada al ver nuestro regreso.

—Al menos esta vez nadie me obligará a trabajar hasta morir —murmura Irina—. Me quedo con la cabina del primer oficial. —No espera a que nadie dispute su afirmación y baja por la escalera.

No perdemos tiempo en izar las velas y movernos mientras el viento está a nuestro favor y, al anochecer, hemos puesto suficiente distancia entre nosotros y la costa de Maile como para que el muelle y la ciudad más allá ya no sean visibles.

En cuanto estoy seguro de que nos hallamos fuera de su campo de visión, doy la orden de soltar el ancla.

Le pregunto al timonel sobre nuestra posición respecto a la costa más cercana. Estamos orientados hacia Kenta, a no más de una milla de distancia. Ordeno a la tripulación que vigile de cerca el agua mientras esperamos.

Estoy ansioso.

El sol se acerca rápidamente al horizonte y será difícil avistar algo en el agua después del anochecer.

El vínculo ha estado amortiguado la mayor parte del día, pero no puedo saber si es por Jovie o por el sedante que Fredrich planeó usar para someterla.

No hay manera de saber si tuvo éxito, ya que la última vez que hablé con él fue ayer por la noche, pero la falta de tensión del cordón me está cabreando.

Uno de los marineros grita un aviso y sigo su dedo, que apunta a estribor. La lancha se balancea peligrosamente en el oleaje y la tripulación se apresura a lanzar cuerdas para izarla a salvo.

Es entonces cuando Wells elige el peor momento posible para aparecer proveniente del interior. No es que pretendiera ocultarle mis planes, pero habría sido mucho más fácil explicárselos después, en lugar de que esté aquí para presenciarlo en primera persona.

Hago girar la daga en mi palma, pues necesito algo para aliviar la anticipación inquieta de su llegada.

El sonido de las cadenas mangi al chocar mientras ella lucha contra sus ataduras me oprime el pecho.

Estoy de espaldas a ellos mientras los suben a bordo.

Me coloco entre Wells y lo que sucede, pero escucho a Fredrich gruñir durante el alboroto.

Mantengo mi vista en el rostro de Wells mientras empieza a comprender exactamente lo que está pasando y su expresión se contrae de ira.

—Has secuestrado a la maldita reina de Maile.

—No —lo corrijo—. He secuestrado a mi vínculo.

Sus gritos están amortiguados, supongo que deben de haberla amordazado. Los ojos de Wells los siguen ávidamente por encima de mi hombro y me giro, justo cuando Fredrich, finalmente, sube a Jovie de la lancha a la cubierta.

Se escucha un fuerte golpe, seguido de un maldición de Fredrich que me arranca una sonrisa. Luego, una sensación punzante y aguda recorre el vínculo y detengo la daga que giraba en mi mano.

—Cuidado —gruño, con la cabeza vuelta lo suficiente para ver a mi amigo por el rabillo del ojo.

Él se agacha y carga sobre su hombro a la reina, que no deja de retorcerse.

—No le estoy haciendo daño —me asegura—. Cualquier dolor que sienta, se lo ha infligido ella misma.

De alguna manera, logra mantener bien sujeto su cuerpo mientras marcha hacia la cabina principal.

Me arriesgo a echar un vistazo directo en el último momento antes de que desaparezcan detrás de la puerta de la cabina.

El cabello de Jovie es una melena salvaje alrededor de su cabeza mientras se retuerce, con las manos entrelazadas en posición de oración con la cuerda, para impedir que llame a su daga, y los pies firmemente juntos para evitar que dé patadas.

Una vez amenacé con atarla como a un animal, cuando ella creyó que podría irme de Alaha sin ella, y una parte perturbada de mí se siente molesta por el hecho de que sea Fredrich quien realmente lo haya hecho.

Ella vuelve la cabeza en mi dirección, pero desvío la mirada antes de que pueda establecer contacto visual.

La puerta se cierra detrás de ellos y, como si despertara de un trance, la tripulación vuelve a sus tareas normales.

—El juramento —dice Wells, con los ojos abiertos mientras su mirada se dirige hacia mí—. ¿Cómo lo has hecho?

Devuelvo mi daga a la correa que llevo al pecho y comienzo a remangarme la camisa.

—Está más segura conmigo —explico—. Al llevármela, la estoy protegiendo.

—Y una mierda —dice señalando la puerta cerrada de la cabina y los ruidos amortiguados que provienen de allí—. Él no estaba en Maile por casualidad.

La puerta de la cabina se abre de nuevo y Fredrich sale, con aspecto un poco desastrado. Cierra con un portazo y se pasa una mano por el pelo desordenado antes de enderezarse el cuello de la camisa y volverse para mirarme fijamente.

Ya sabe lo que viene, porque levanta una mano en señal de conciliación.

—Antes de que empieces, deberías saber que estaba salvándole la vida a un compañero. Si no hubiera sido yo, habría sido otro y, sin duda, lo habrías matado.

Wells está justamente confundido y pasa la mirada de uno a otro mientras nos vamos acercando.

Termino de remangarme la otra manga.

—Me importa una puta mierda —digo.

—Deberías darme las gracias. —La sonrisa arrogante de Fredrich aumenta mi enfado un grado más—. Podría habérmela follado.

Mi puño conecta con su mandíbula antes de que pueda dar el siguiente paso, y lo envía tambaleándose hacia atrás. Wells maldice mientras todo el trabajo se detiene a nuestro alrededor, con la tripulación nuevamente distraída.

—Cierra la puta boca —gruño.

Frotándose la zona dolorida de la mandíbula, tiene el descaro de levantar un dedo hacia mí.

—Ese ha sido el único golpe que te permito. Intenta darme otra vez y lo lamentarás.

Es doblemente irritante saber que solo está diciendo la verdad. Me ha dejado golpearlo. Si no hubiera bajado su escudo, con toda probabilidad me habría roto cada hueso de la mano y la muñeca. Sobre el agua, habría tardado una eternidad en sanar, tal vez incluso lo habría hecho de manera incorrecta.

—Podrías haberle dicho que no.

Él encoge los hombros con ligereza, como si el esfuerzo de hacerlo completamente no valiera la pena.

—¿Dónde estaría la diversión entonces?

Cojo una daga de mi arnés, el metal como extensión de mí mismo, y se la lanzo directamente a la garganta.

Golpea la pared invisible que lo rodea, pero no se rompe ni rebota cuando continúo empujándola hacia delante, con la mano extendida, mientras doy un paso amenazante hacia mi amigo.

La hoja vibra mientras se acerca a su objetivo.

Sus ojos ni siquiera se desvían hacia el arma y mantiene la mirada firme mientras me observa.

—He visto los sacrificios que ha hecho por su propia gente. La he visto pasar días sin dormir. Enfrentarse a la muerte sin una pizca de miedo.

Se escucha un crujido y mi mano tiembla mientras lucho por mantener la presión sobre la daga. El desdén en su expresión hace que mi estómago se retuerza.

—Y ojalá hubieras visto su rostro cuando le informaron de tu llegada.

Estaba tan lleno de esperanza. Fue la primera vez que vi ese nivel de emoción en ella en todos los años que llevo vigilándola desde que tú me lo pediste.

Solo para que lo destrozaras al aparecer con tu esposa, buscando a sus hombres en lugar de a ella.

El aviso en mi tono es suficiente firme mientras digo:

—Sabes mejor que nadie por qué vine exactamente y no tiene nada que ver con sus hombres.

Él resopla.

—Tal vez quieras matarme ahora mismo, Ace, pero creo que ambos sabemos que no soy yo con quien en realidad estás enfadado.

Sus palabras están claramente elegidas con la intención de cabrearme y, joder, funcionan a la perfección.

No hay manera de que me equivoque sobre con quién estoy en realidad enfadado y definitivamente es con el amigo a quien confié la seguridad de mi vínculo.

No es que Fredrich pueda llegar a entenderlo.

En el pasado, las pocas veces que logramos arrastrarlo a una taberna a tomar una copa o dos, rechazaba a cualquiera que se le acercara.

Nunca habló de ningún romance, ni siquiera insinuó algún interés amoroso.

Quiero decir, todos pensábamos que el hombre era jodidamente célibe, por Dios.

Fredrich le da una palmada en el hombro a Wells.

—Es bueno verte, amigo mío —dice, lanzándome una última mirada antes de dirigirse abajo a buscar una litera.

La mirada de Wells se desliza hacia mí y hay una expresión en su rostro que no puedo identificar.

—Eres un completo desastre —dice y luego me deja solo en la cubierta con mis pensamientos.