Capítulo 27. Jo #2
Aunque él necesita salir de Maile por múltiples razones, el vínculo ya protesta.
Han pasado cuatro años desde que dejé Kenta y los tres días que ha estado en Maile han sido como beber agua por primera vez después de haber sido privada de ella por completo.
Como si estar separada de él equivaliera a estar en esas tierras misteriosas de las que se habla, donde solo hay desierto y arena y ni una gota de agua a la vista.
Mi magia odia estar privada de la presencia de mi vínculo.
Al salir a la terraza, me apoyo en la barandilla mientras observo las velas blancas a lo lejos.
Desde aquí, el muelle es apenas una línea curva que se adentra en el golfo.
No puedo diferenciar qué barco es el de Acker entre el resto de los amarrados al muelle.
Sin embargo, mis ojos se detienen en uno en particular.
El lazo de debajo de mi pecho quiere guiarme directamente hacia él.
Estoy jugando con el collar entre mis dedos cuando siento su presencia detrás de mí.
No me muevo mientras da un paso deliberadamente fuerte para señalar su acercamiento y sus manos aparecen a cada lado de la barandilla, aprisionándome entre sus brazos.
Llamo a mi daga, la sujeto en una mano y el collar, en la otra.
Este último no servirá de mucho si él ya no está atado por el juramento, pero su peso familiar me tranquiliza.
Su pecho presiona mi espalda y la calidez se extiende por cada centímetro de mi cuerpo.
—Siempre he ansiado tu aroma —dice, con la nariz rozando el costado de mi cuello mientras inhala profundamente—. El hierro en la sangre que corre por tus venas mezclado con el olor de las flores silvestres.
Mi corazón se acelera y sé que puede sentirlo.
—Pensaba que era solo porque deseaba verla derramarse...
Me recompongo y me giro en el círculo de sus brazos para encontrar su mirada. Oscura, cautelosa y tan increíblemente hermosa que parece injusto.
—¿Has venido hasta aquí solo para matarme?
—¿Matarte? —Una sonrisa confundida se le dibuja en la boca y me enamoro de ella—. ¿Por qué iba a matarte?
—Sé lo del juramento —digo, odiando lo entrecortada que suena mi voz—. Que está ligado a la declaración de una verdad.
Su sonrisa crece, mostrando los dientes al hablar.
—Me pareció ingenioso.
Aprieto mi daga, pero él no se inmuta y coloca más peso sobre la longitud de mi cuerpo.
Me recoge los cabellos sueltos detrás de la oreja y tiene acceso completo a la parte expuesta y vulnerable de mi cuello donde fluye mi fuente de vida.
Se inclina y me sorprendo cuando sus labios aterrizan en el borde de mi mandíbula.
Contengo la respiración mientras sus labios se deslizan hacia mi boca.
Intento volver la cabeza, pero me detiene con sus dedos en mi barbilla, manteniéndome quieta.
Inclina la cabeza para mirarme a los ojos, buscando.
—Negociaste para salvarme la vida.
La negación se queda en la punta de mi lengua, pero hay un atisbo de suavidad en su mirada que me detiene.
Su mirada desciende a mi boca abierta de nuevo, permanece allí un momento antes de bajar más. Intento controlar mi respiración, pero viene en grandes bocanadas. Me suelta la barbilla y sus dedos se deslizan por mi mandíbula hasta mi garganta expuesta. Se me eriza la piel por la leve caricia.
Se lame los labios mientras sus ojos suben para encontrarse con los míos nuevamente.
—Nunca harías eso por alguien a quien no amas.
Trago saliva para aclararme la garganta.
—Al contrario, lo haría por casi cualquiera.
Ríe, grave y delicioso.
—Sigues siendo hermosa incluso cuando mientes.
No confirmo ni niego su acusación mientras sus labios regresan a mi pulso, con la lengua fuera para probarme, y aprieto los dientes para no revelar cuánto me afecta. Puedo sentir su sonrisa mientras besa la longitud de mi cuello con la boca abierta hasta llegar a la oreja.
Su voz me recorre la columna al decir:
—Siempre vendría a por ti.
Mi corazón se detiene, el collar de piedras se me cae de la mano mientras me inclino hacia él. A la defensiva o no, no lo sé, pero me quedo sin rumbo cuando desaparece. No es la partida repentina de Acker lo que me hace saltar, sino el hombre de pie en la puerta abierta de mi habitación.
—Fredrich —susurro y mis hombros se relajan aliviados—. ¿Qué haces aquí? ¿Todo bien?
No responde de inmediato y hay algo en sus ojos que me pone nerviosa otra vez.
Doy un paso cauteloso hacia atrás.
Luego parpadea, como despertando de un trance, y una pequeña sonrisa se le dibuja en la boca.
—Por supuesto. ¿Estás bien?
Su confusión es suficiente para hacerme dudar de mi cordura. Acker realmente ha jugado con mi mente.
—Sí —digo, con un suspiro de alivio.
Miro sobre la barandilla, a mi último collar de piedras mangi que yace en el patio, abajo. Un conejo lo está mordisqueando. Cuando le ordeno que pare, decide recogerlo y corretear con él. Por cien mil conejos rabiosos. Tendré que arriesgarme para recuperarlo.
La voz de Fredrich proviene justo de detrás de mí.
—Quiero que sepas que creo que eres la mejor líder a la que he tenido el honor de servir. Hablando estrictamente como soldado de la corona.
La declaración me eriza el cabello y, al girarme, está a la distancia de un brazo. Mi incomodidad regresa con fuerza mientras retrocedo un paso y mi espalda golpea la barandilla.
—Aunque los beneficios de servirte en la intimidad fueron definitivamente mejores —agrega, con un brillo juguetón en los ojos.
Estoy más que confundida al ver a mi amigo desabrocharse el botón superior de la camisa y sacar un pañuelo.
Da un último paso hacia mí, quedando frente a frente.
No hay hostilidad ni deseo en sus ojos; si acaso, parece...
¿arrepentido? Entonces mis ojos se fijan en la parte expuesta de su pecho, la piel moteada y la única letra tallada en ella.
Mi sangre se hiela. La cicatriz en forma de V destaca contra su piel pálida.
Abro la boca para llamar a Beau, pero él coloca el pañuelo sobre mi boca y mi nariz, presionándome contra la barandilla con su cuerpo, y su otra mano sujeta la parte posterior de mi cabeza para mantenerme quieta.
El aroma a hongos amargos que usamos para aliviar la muerte de los heridos después de la batalla me llena los pulmones.
El cielo sobre mí se oscurece.