Capítulo 26. Jo #3
—Necesitaba probar el método. No quería darle mi magia, pero me ofrecí voluntaria para que lo intentara conmigo, con la esperanza de que eso lo apaciguara lo suficiente para dejar a Acker en paz.
—Pone los ojos en blanco—. Como si Edmond alguna vez pudiera ser capaz de moderarse, incluso con su propio hijo.
Un nuevo miedo, sin restricciones, me pesa en el estómago. Me cuesta no mirar a Acker, que está a solo unos pasos, cuando pregunto:
—¿Cogió la magia de Acker?
Parpadeando, ella se mueve en su silla antes de dirigir la mirada a su té.
—No. Acker no había mostrado señales de despertar, pero Edmond empezó a inquietarse alrededor del décimo cumpleaños del niño. Pude ver cómo la idea echaba raíces en su mente: obligar a que la magia entrara en nuestro hijo antes de que estuviera listo. Antes de su despertar.
Niego con la cabeza, horrorizada.
—La mayoría no despierta hasta después de la pubertad.
—La mayoría. Pero otras familias poderosas del territorio han tenido niños que despiertan temprano. Pensé que si yo podía resistirme al poder de la piedra listón podría obstaculizar sus esfuerzos. Retrasarlo, de algún modo. Al menos hasta que encontrara la manera de sacarnos a ambos de allí.
—Mi madre nunca me ha explicado cómo logró hacerlo Edmond —digo, esquivando la verdad.
Ella traga y el sonido resuena en la pequeña estancia.
—Empezó a no importarle lo profundo que cortaba, desesperado por alcanzar mi magia, usando la piedra ígnea para impedir que sanara.
Por el rabillo del ojo, veo a Acker pasándose una mano temblorosa sobre la boca y solo puedo imaginar lo difícil que es para él escuchar esto.
—No sé si fue el deseo de poder o la euforia lo que lo impulsó a volverse tan obstinado, pero para cuando finalmente pudo obtener mi don, casi me desangré.
—¿Cómo lograste liberarte?
—Greta. —Una pequeña sonrisa casi imperceptible se le dibuja en la comisura de la boca—.
Le dijo a Edmond que mi muerte era inevitable, que lo había visto en sus sueños, y que me llevara con los cuerpos que ya se estaban pudriendo por una gripe que había barrido la ciudad.
Pagó a un comerciante para ponerme en un barco a Alaha.
—Donde no podías sanar.
Ella niega con la cabeza.
—Creo que Edmond, ese día, cogió cada gota de magia que tenía y eso hizo imposible que volviera a ser como era antes, ni siquiera aunque me hubiera quedado en tierra.
Mi voz sale débil.
—¿Puedo preguntar cuál era tu don?
Una ligera sonrisa apenas visible se le dibuja en los labios.
—Era elemental. Metal.
Igual que Acker.
Algo parecido a una tos ahogada sale de Acker, al darse cuenta de quién es su madre: la anciana con la que viví durante mi adolescencia. La misma mujer a la que sobornamos para que guardara silencio durante nuestra huida. No está muerta, como le hicieron creer.
—Si voy a contarle todo esto a mi hijo —dice Cadence, inclinándose hacia delante, y hay un brillo en sus ojos que no me gusta—, ¿le vas a contar la verdadera razón por la que tu madre te entregó la corona?
Hago lo posible por parecer indiferente, mientras mis dedos aprietan la taza para mantener la calma.
—No cambiará nada.
—¿No? —dice y su sonrisa se vuelve cada vez más serpenteante—. ¿No crees que a mi hijo le gustaría saber que el acuerdo que hiciste con Roison fue a cambio de salvar la vida de él?
Mi sangre se hiela en las venas. Ella lo sabe. Sabe que Acker está aquí.
Mira alrededor, como si realmente pudiera ver a su hijo.
—¿Crees que me casé con un hombre que estaba vinculado con otra sin aprender sus trucos?
Me levanto de mi asiento.
—No sabes de lo que hablas.
Ella hace lo mismo y planta las manos firmemente sobre la mesa mientras se inclina hacia mí.
—¿No?
Con una rapidez que no esperaba de ella, arranca el cuchillo del tarro abierto de mermelada y lo tiene apuntando a mi yugular en un abrir y cerrar de ojos.
Intento alcanzarle la muñeca, pero le arrancan la hoja de la mano antes de que yo llegue a tocarla.
Nuestras cabezas se vuelven hacia Acker.
Mi corazón se rompe al ver su expresión.
Pétrea y con los ojos enrojecidos por el llanto.
Desvía la mirada entre su madre y yo mientras aprieta el cuchillo con el puño.
Cadence sigue el movimiento del cuchillo en su mano, lo único que puede ver mientras sus ojos se inundan de lágrimas, como si no hubiera creído realmente que él estuviera aquí hasta ahora.
—Hijo —dice, con la voz quebrada—. Por favor, perdóname.
Él niega lentamente con la cabeza, ya sea en respuesta a su súplica o simplemente porque hay demasiadas emociones para expresarlas. Sus manos siguen temblando.
Las lágrimas de Cadence caen sin cesar y sus ojos recorren la habitación como si pudiera verlo solo con mirar en el lugar correcto.
—Tienes que entenderlo, nunca he querido que me vieras así.
Acker traga con dificultad antes de mirarme.
—Vete —ordena.
—Acker...
—Ahora.
Justamente reprendida, echo un último vistazo a Cadence antes de volverme hacia la puerta. El sonido de sus sollozos desconsolados me sigue hasta fuera.