Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 26. Jo #2
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Capítulo 26. Jo #2

Sus pasos suenan detrás de mí mientras subimos por el sendero de piedra.

Aunque ninguna de las plantas y arbustos que bordean el camino está en plena floración en esta época del año, no se puede negar el cuidado y amor con el que se han cuidado.

El jardín se curva alrededor de los escalones, a lo largo de la parte delantera de la cabaña, antes de desaparecer alrededor de la pequeña casa.

Respiro hondo y llamo a la puerta mientras los nervios me aceleran el corazón.

Cuando finalmente se abre, la apariencia de Grenadine es exactamente como la recuerdo de nuestro tiempo en Alaha, cuando vivía en la cabaña al lado de la mía en la Fila de los Olvidados.

El cabello gris, los rasgos marchitos y la postura encorvada.

Su expresión es tan despectiva como siempre, con una sonrisa que deja ver sus dientes amarillentos.

—Brynn —saluda—. ¿O ahora respondes por Jovinnia?

Levanto una ceja.

—Me valen los dos. Aunque, «vuestra alteza real» suena muy bien, ¿no crees?

Su sonrisa se ensancha.

—¿Y a qué debo el placer de tu presencia, vuestra alteza real? —arrastra las palabras.

—Estoy segura de que a estas alturas la noticia de la llegada de tu hijo a la capital se habrá difundido hasta aquí.

Solo yo puedo escuchar la inhalación de aire de Acker detrás de mí.

Mantengo mi rostro impasible mientras inspecciono a Grenadine, perdón, a Cadence, en busca de alguna reacción, pero no hallo nada.

Siento la presencia de Acker a mi espalda cada vez más cercana.

Siento el calor de su cuerpo entre mis omóplatos, la insinuación de su aliento sobre mi cuello. Así de cerca está de mí.

—Ya sabes cuál es mi postura sobre el asunto —dice con dureza.

Asiento, porque sí que lo sé. Pero...

—Creo que deberías reconsiderarla.

Ella lo piensa un largo momento, durante el cual su mirada pasa por encima de mi hombro, antes de ceder y hacerse a un lado mientras abre más la puerta para permitirme entrar.

—Justo estaba preparando té.

Mi corazón late con fuerza mientras cruzo el umbral. Tengo cuidado de cerrar la puerta lo suficientemente despacio para darle tiempo a Acker de seguirme. Sostengo la respiración al sentir sus dedos presionando el centro de mi columna, señal de que me acompaña en todo el camino.

La cabaña de Cadence es pintoresca pero llena de lujo.

Los muebles están hechos con la mejor artesanía, los textiles tejidos con las mejores sedas y de las paredes cuelgan cuadros tallados en oro.

Después de que ella y un puñado de otros fugitivos de Alaha llegaron a Maile cogiendo uno de los barcos, mi madre le dio una considerable cantidad de riqueza para vivir.

«Podría ser tu futura suegra algún día», se justificó mi madre.

La anciana se dirige a la pequeña cocina y saca una segunda taza y otro plato del armario.

—¿Azúcar? —pregunta de espaldas a mí.

—Sí, por favor.

—¿Siempre lo has sabido? —pregunta Acker, en voz baja, aunque Cadence no puede escucharlo.

Aprovecho para echarle un vistazo furtivo. No es más que un breve parpadeo, un gesto sin palabras negando con la cabeza antes de desviar la mirada, pero por la falta de color de su rostro, puedo ver que está conmocionado.

—¿Uno o dos terrones?

—Dos, gracias.

—Siéntate —indica, llevando un servicio en cada mano.

Me siento en una de las dos sillas de la pequeña mesa y acepto el té que me ofrece. Señala el plato de tostadas con mermelada sin tocar, ya servido. Niego con la cabeza y ella resopla molesta por mi rechazo a su hospitalidad.

Se ajusta la bata en una posición más cómoda alrededor de los tobillos mientras se sienta, con los ojos llenos de diversión al verme olfatear con cautela el líquido humeante antes de soplar sobre él.

—No está envenenado —me asegura—, pero podemos cambiarlo si quieres.

La observo por encima del borde de la taza, pero sigo los movimientos de Acker por el rabillo del ojo mientras se acerca, con pasos imperceptibles, hasta colocarse detrás de nosotras, donde puede verlo todo, frente a las ventanas que dan al pequeño jardín.

—Quieres demasiado a mi madre como para hacerme daño —le recuerdo, innecesariamente.

Una de sus cejas se eleva mientras se arriesga a quemarse la lengua con un sorbo, luego se lame los labios.

—Eso es cierto.

Apoya la taza y fija la mirada en mí.

Mi madre siempre dice que el primero en hablar en un enfrentamiento es el primero en perder. Cadence no es mi oponente, así como yo no soy la suya, pero la tensión en la habitación sugiere lo contrario.

Debo actuar con cuidado.

—Acker se va dentro de una hora.

—Ajá.

Juego con mi taza, haciendo círculos ociosos alrededor del borde con un dedo mientras inhalo el vapor.

—Creo que debería conocer la magnitud de lo que su padre es capaz de hacer antes de regresar a Kenta.

—¿Pudo convencerte tan fácilmente? —pregunta, con los ojos bailando sobre la mesa—. ¿Un par de días fue suficiente para debilitar tu determinación?

—Beau cree que está siendo honesto sobre su objetivo de tomar el trono de su padre.

Cuando ella no dice nada más, me inclino hacia delante.

—¿No quieres advertirle?

En un instante, la ira brilla en sus ojos.

—Díselo tú.

—Dada nuestra historia, no se me considera una fuente fiable. Además, no lo sé todo. En realidad, no.

Ella esboza una mueca antes de volver la cabeza hacia Acker.

El corazón me deja de latir por un segundo antes de darme cuenta de que está mirando por la ventana y no a su hijo.

Le ha vuelto un poco de color al rostro, pero hay cautela en sus rasgos, algo atento y reservado, mientras sus ojos permanecen fijos en el rostro, ahora envejecido, de su madre.

—¿Cómo le digo que hui para salvarme? —Su voz es delgada, como si exprimiera las palabras de una garganta cerrada—. ¿Que lo abandoné para que un monstruo lo criara, por mi propio bien?

Mi madre me había dicho que Cadence tenía reparos a la hora de enfrentar a su hijo, que no debía presionarla sobre el tema si surgía, pero nunca esperé este nivel de emoción por su parte. Sus ojos están nublados mientras sigue mirando a través de su hijo, hacia el cielo matutino más allá de él.

—Quizá antes de nada debas explicarle por qué tuviste que huir —sugiero.

Su rostro se contrae con disgusto.

—Edmond me estuvo drenando la magia durante años.

—¿Cómo? —pregunto.

—Con una piedra listón —dice, como si fuera obvio.

Pero estoy tan confundida como disgustada por el concepto.

—¿Qué es una piedra listón? —repito, con escepticismo.

Ella pone los ojos en blanco, como si mi incredulidad fuera molesta, antes de volver a fijar la mirada en mí.

—Es una piedra que se ha perdido en la historia. La mayoría de los estudiosos la consideran un mito, pero es capaz de extraer la magia de alguien.

Casi me da miedo preguntar, pero...

—¿Cómo funciona?

Y solo recibo otra mirada fulminante.

—Actúa como un imán. Si alguien sabe dónde reside la magia dentro de una persona, su esencia puede extraerse a través de una herida.

—¿Solo Edmond tiene la piedra?

—La tenía —dice con una sonrisa engreída y una ceja levantada—. Es decir, hasta que se la robé y la arrojé a la parte más profunda del océano. Si está robando magia, debe de haber encontrado otra.

La voz de Acker es grave en el pequeño espacio.

—Las minas —dice, sabiendo que solo yo puedo escucharlo—. Por eso mi padre lleva años desapareciendo para irse a ellas.

La piedra mangi se extrae del océano y la piedra ígnea, de lo profundo de la tierra. ¿Y ahora hay una piedra listón?

Me resisto a mirar a Acker, pero puedo ver cómo se mueve por el rabillo del ojo.

—Usó esa piedra contigo.