Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 26. Jo
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Capítulo 26. Jo

Jo

El reloj de mi escritorio marca el paso de la noche hasta que el cielo empieza a aclararse y el sol naciente proyecta una neblina grisácea sobre el horizonte. Golpeo el extremo de mi lápiz de carbón contra el pergamino del escritorio.

Mi mente lleva dando vueltas toda la noche; dormir ha sido un empeño inútil.

Después de que Acker se marchara, Fredrich me dedicó una sonrisa lobuna y, tras comentar, burlón, que esperaba que mi vínculo se lo hubiera pasado tan bien como él, se fue antes de que la situación se volviera incómoda.

Todavía no puedo creer que Acker fuera capaz de soportar las tres capas de mangi que llevaba puestas.

En las raras ocasiones en que me he quitado las piedras del cuerpo, era como si el extremo lejano del lazo quedara a la deriva.

Como una línea de pesca que se rompe en mitad del océano.

Nunca he intentado seguirlo, dando por hecho que cualquier tentativa sería en vano, sabiendo lo asfixiante que puede resultar el mangi.

Pero Acker ha encontrado la forma. Se ha entrenado a sí mismo para resistir el poder de las piedras.

Sería impresionante si no fuera aterrador.

Mi mente es un caos mientras intento desenredar los recuerdos.

Hubo demasiadas noches en las que desperté de un sueño que parecía demasiado real.

O mañanas en las que descubría que algo no estaba donde lo había dejado la noche anterior.

Cartas cambiadas de sitio en mi escritorio, textos abiertos por una página distinta, la manta colocada sobre mí sin que tuviera recuerdo alguno de haberme cubierto.

Trucos mentales destinados a atormentarme, a averiguar mis planes.

Pero la expresión aterrorizada de su rostro cuando me vio con Fredrich ha contaminado mis pensamientos, llenándome de dudas.

Ese instante en el que comprendió que no había nada que pudiera hacer para detener a Fredrich.

Aun así, no me arrepiento de mi decisión.

No con la forma en que la mirada de Acker se encendió y decidió dar en lugar de arrebatar, como si fueran su sabor y su voz y su tacto los que me empujaban hasta la cima, eclipsándolo todo.

Vuelvo a mirar el reloj que avanza sin descanso.

Se supone que tengo que reunirme pronto con Messer para el entrenamiento, pero solo quedan un par de horas antes de que Drake deba escoltar a Acker y a Irina hasta el barco que los espera.

He pasado toda la noche debatiéndome sobre si Acker merece conocer toda la depravación de los actos de su padre o si simplemente usará ese conocimiento para hacerme más daño.

Supongo que lo averiguaré.

Para cuando termino de vestirme y me dirijo a las caballerizas, el sol ya ha salido por completo.

El mozo de cuadra no está preparado para verme a estas horas, pero se apresura a ensillar un caballo castrado y dejarlo listo para mí.

Le deslizo un par de monedas como disculpa por interrumpir sus tareas matutinas.

El caballo responde bien cuando lo llevo a un galope pleno una vez fuera de la ciudad.

El viento es gélido; el sol todavía no ha tenido ocasión de disipar el frío de la madrugada.

Me dirijo hacia el este, en dirección a las tierras de cultivo, donde el río fluye desde el monte Zallis y se curva hacia el interior, antes de volver a descender hacia el golfo.

Las familias de agricultores prosperan cerca del agua dulce.

Las casitas salpican el paisaje, pero hay una en particular que me interesa.

En cuanto la diviso a lo lejos, detengo al caballo, así le dejo un momento de descanso y que beba de un tramo poco profundo del río.

Relleno mi odre y aprovecho para lavarme la fina capa de sudor que me enfría la piel.

Me seco la frente con el dorso de uno de los guantes de montar antes de quitármelos y guardarlos en el bolsillo.

Cuando me llevo la mano hacia las capas de piedras alrededor del cuello...

dudo. Elegí no quitármelas durante todo el camino por si cambiaba de opinión, pero ahora ha llegado el momento de la verdad.

Decido que no debo permitir que la duda dicte mis decisiones.

Me quito el collar y luego el grillete, y tengo que levantarme la camisa para sacarlo del lugar donde me rodea el abdomen.

Mi magia responde de inmediato, cobrando vida bajo el esternón y calentándome desde dentro.

Un leve resplandor emana de mis manos mientras preparo mi mente para dividirse, para que el vínculo me lleve hasta Acker por voluntad propia.

Pero cuando pasa un largo momento y no ocurre nada, busco el lazo.

A diferencia de cómo lo había sentido durante años, flojo y sin anclaje, ahora está claramente sujeto al otro lado.

Mantengo una mano en las riendas del caballo mientras lo sigo.

Su voz me alcanza antes de que lo vea, su mal humor es evidente en la forma en la que corta las palabras.

—... te dije que lo haría, ¿no?

Cuando abro los ojos, estoy de pie en el dormitorio de la cabaña. La mirada tensa de Acker se clava en mí al instante.

Me tranquiliza comprobar que al menos están vestidos.

Irina no percibe el cambio en su actitud.

—Si subo a ese barco, no volveré nunca a casa, Acker, y lo sabes.

Sus ojos no se apartan de mí, como si fuéramos los únicos en la habitación.

—Déjame hablar con Jovie. Creo que después de lo de anoche me debe un favor.

Qué arrogante por su parte asumir eso...

—¿Quiere volver a Strou? —le pregunto a Acker.

—Sí —responde con un leve asentimiento.

Al darse cuenta, los ojos de Irina se abren de par en par mientras su mirada recorre la habitación, pero, por supuesto, es incapaz de detectar mi presencia.

—Por favor —suplica, con los nudillos blancos al apretar con fuerza la barandilla al pie de la cama.

Valoro la posibilidad de que oculten intenciones que desconozco, pero no se me ocurre ningún motivo por el que el regreso de Irina a casa pudiera beneficiarlos a ninguno de los dos.

—Tengo algo que enseñarte —le digo a Acker.

Él mira a Irina.

—Déjanos un momento.

No le agrada nuestra falta de implicación en su situación, pero al menos sabe que no debe insistir.

Acker cierra la puerta tras ella. Una nueva tensión se instala en el espacio entre nosotros.

Cuando se marchó anoche, lo hizo con una expresión mezcla de ira y deseo, y parece que todavía lucha consigo mismo, sin tener claro cuál de las dos emociones prevalece.

—Hay alguien a quien necesito que veas —digo, antes de que pueda decidirse.

—No será el verdugo, ¿verdad?

Me sorprende su ligereza y niego con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.

—No, pero podrías presenciar el final de mi propia vida, dependiendo del humor en el que esté ella.

—¿Ella? —pregunta, acercándose.

—Tendrá más sentido si lo ves en lugar de intentar explicarlo.

Él observa el morral abierto sobre la cama.

—Se supone que debo subir a un barco dentro de una hora. Por orden tuya —me recuerda.

—Sí, pero no puedo dejar que regreses sin saberlo todo. Deberíamos tener tiempo de sobra si me sigues a través del vínculo.

Por primera vez desde que aparecí ante él, sus defensas bajan un ápice y asiente en señal de aceptación.

Se sienta en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, los pies cruzados por los tobillos y las manos entrelazadas sobre el estómago.

Verlo así, tendido en una cama, despierta algo primitivo en mí y tardo una fracción de segundo de más en apartar la mirada.

Él sonríe de lado.

—Después de ti —indica.

De vuelta en el campo, me concentro de nuevo en las riendas que sostengo y en el viento en el cabello. Acker aparece unos instantes después, parpadeando bajo el sol. Observa el entorno y la cabaña a lo lejos, antes de clavar en mí sus ojos oscuros.

—Ahí es adonde vamos —digo mientras señalo con la cabeza en dirección a la cabaña.

Guío al caballo por las riendas y el animal avanza con suavidad a nuestro lado mientras cruzamos el campo de hierba alta.

Esperaba que las cosas fueran incómodas entre nosotros después de lo de anoche, pero caemos en un silencio confortable.

Incluso durante aquellos primeros días en los que se ocultaba en mi cabaña en Alaha, después de sacarlo del calabozo, siempre ha sido fácil compartir la presencia del otro.

Sin embargo, eso no consigue que mirarlo sea fácil. Es más doloroso que nunca.

Mi curiosidad se impone.

—¿Por qué Irina quiere volver a Strou?

—Su vida en la capital no ha sido fácil —responde mientras camina con las manos en los bolsillos—. Siente nostalgia.

Interesante.

—¿Y la convenciste de huir del palacio contigo?

—Prometí que haría todo lo posible por llevarla a casa a cambio de su ayuda protegiéndonos de tu ejército mientras cruzábamos el golfo.

Estoy perpleja ante su respuesta. Lo examino buscando cualquier señal de deshonestidad, pero no encuentro ninguna en su expresión aparentemente abierta. Luego recuerdo la súplica de Irina cuando se dio cuenta de que yo estaba presente en la habitación con ellos, y parecía emoción pura.

—No puedo ayudarla a que cruce la frontera de Strou —le digo—. Pero si quieres navegar por el golfo hasta sus costas, no te detendré. Pediré a mi ejército que se haga a un lado para dejarte pasar.

Inclina la cabeza para mirarme y, por un momento, me siento fuera de lugar.

—Eso es muy amable por tu parte —reconoce, como si le sorprendiera que yo fuera capaz de alguna amabilidad.

Una vez que llegamos a la cabaña, hablo como si le susurrara al caballo mientras lo ato a un poste anclado frente al corto sendero que lleva a la puerta principal.

—No puedo dejar que se note que estás aquí, así que no hagas nada estúpido.

Reviso las ventanas de la cabaña antes de arriesgarme a mirar por última vez a Acker.

—No importa lo que descubras, ¿de acuerdo?

Debe de percibir mi nerviosismo porque toma mi advertencia en serio y sus ojos buscan en mi rostro una explicación.

—De acuerdo.