Capítulo 25. Jo #3
El pecho de Acker sube y baja con la fuerza de su respiración, sus ojos se desbocan mientras observa cómo reprimo un gemido silencioso.
Fredrich introduce un segundo dedo y es demasiado.
Todo esto es demasiado. No sé cómo he llegado hasta aquí ni cómo Acker es capaz de sobreponerse al poder de las piedras mangi, pero cuando Fredrich vuelve a succionar justo donde lo necesito al mismo tiempo que curva los dedos... gimo.
—¿Es esta la venganza por mi noche de bodas?
El labio superior de Acker se curva con desdén, pero no resulta muy convincente, no con la forma en que sus ojos están clavados en la escena que se desarrolla frente a él.
—¿Un intento de hacerme daño como yo te lo hice a ti?
Niego con la cabeza de un lado a otro.
Ni siquiera debería estar aquí.
Cierro los ojos y me muerdo el labio en un esfuerzo por contener los sonidos que amenazan con escapárseme debido a la acumulación de placer, pero cada vez me resulta más difícil ignorar lo decidido que está Fredrich por llevarme al límite.
—Mírame.
La voz de Acker suena más cerca de lo que espero y abro los ojos de golpe para encontrarme con una mirada tan oscura como la noche.
Está inclinado sobre el respaldo de la silla y, a menos que mi mente nublada por el deseo me esté engañando, su expresión parece casi herida mientras me observa con más detenimiento.
La forma en la que me mira provoca que el corazón se me contraiga dolorosamente en el pecho.
No hay desprecio ni resentimiento, sino la misma mirada que tenía cuando estábamos en el barco, solo los dos: contenida y...
quizá incluso con un atisbo de admiración.
Como si no pudiera evitar apreciar la visión de mí abandonada al placer, sin importar de dónde provenga.
Su voz es áspera cuando dice:
—Dile que te haga correrte.
Abro los ojos de par en par, tanto por sus palabras como por la manera en que me rodea la garganta con la mano y me inclina la cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo.
—Díselo —gruñe, dominándome desde arriba.
Las palabras se me caen de los labios entre jadeos.
—Haz que me corra.
Fredrich emite un sonido grave mientras continúa succionando el manojo de nervios y bombeando los dedos dentro y fuera de mí. Un gemido se me escapa.
—Un lacayo obedeciendo a su reina —dice Acker arrastrando las palabras. Se humedece los labios y se inclina más cerca, tiene los ojos empañados mientras lucha contra las piedras mangi.
—Te gusta saber que lo tienes a tu disposición.
Su respiración casi se sincroniza con la mía cuando sus ojos se clavan en mi boca entreabierta.
—A tu servicio —dice, antes de pasarme su lengua por los labios entreabiertos.
Cierro los ojos al saborear su gusto.
Acker se aparta bruscamente de mi boca, apretando más la mano alrededor de mi cuello.
—Mírame —ordena de nuevo.
Obedezco y mi mirada cae en sus pupilas dilatadas, los ojos casi negros de necesidad.
Abre la boca, diciéndome sin palabras lo que quiere, y abro la mía para que derrame su lengua sobre la mía.
El recuerdo que conservaba de cómo era besarlo no le hacía justicia alguna a la realidad.
Es poder, lucha y dominación en todas las formas posibles.
Me rindo a ello, dejando que Acker me devore mientras mis caderas se mueven, persiguiendo el placer contra Fredrich.
No hay nada que pueda hacer salvo someterme al momento.
Suelto el cabello de Fredrich y rodeo con la mano la nuca de Acker, tirando de su rostro hacia abajo.
Él lo entiende y su boca desciende hasta mi cuello y mi hombro desnudos.
Me hace daño con los dientes al raspar mi piel.
Morder, probar, castigar. El juramento de sangre no le permite hacerme daño de verdad sin consecuencias graves, pero necesito que sepa que mi rendición es una elección mía y no suya, así que le clavo las uñas en la carne del cuello como advertencia.
Estoy desesperada mientras recorro a toda velocidad el último tramo del placer hasta la cima, apretando los ojos con fuerza. Hay un coro de vibraciones metálicas y tengo la vaga sensación de que cada mota de metal en mis aposentos corre peligro por la pérdida de control de Acker.
—Mírame.
Las palabras son una exigencia. El eco poderoso de una orden, rozando lo invasivo.
Y aun así, obedezco. Haría casi cualquier cosa ahora mismo si me lleva a este instante.
Con la vista borrosa, los ojos oscuros de Acker me observan mientras me deshago y el aire me abandona en un estallido de éxtasis.
Tiro de su boca hacia la mía, queriendo desaparecer dentro de él en este momento único y perfecto.
No quiero que termine nunca, pero el clímax acaba cediendo a un resplandor lento y persistente al que todavía no estoy preparada para enfrentarme.
Y justo cuando creo que estoy del todo exhausta, emocional y físicamente, Acker aparta su boca de la mía...
y no hay ni rastro de esa suave neblina de adoración en su mirada.
Me pasa el pulgar por el pómulo y sus ojos se endurecen con cada caricia.
—Así que, después de todo, todavía te ruborizas. —Satisfecho, me suelta—. Esta ha sido tu única concesión, Jovie. No dejes que otro hombre vuelva a tocarte.