Capítulo 25. Jo #2
Pasando por alto mi vergüenza, me desato la bata y dejo que la tela se me deslice por los hombros hasta el suelo mientras me giro para enfrentar a Fredrich.
Sus ojos bajan a mi cuerpo solo un instante, pero la mirada es lo suficiente intensa como para calentarme a través de la fina combinación que llevo puesta.
Él alcanza la espada atada a su cintura.
—¿Estás segura? —pregunta, respondiendo a mis palabras no dichas.
«Para nada».
—Sí.
Sus ojos no se apartan de los míos mientras coloca su arma sobre mi escritorio.
—¿Como un servicio? —aclara mientras se desabrocha el primer botón de la camisa.
Me tomo un momento para reunir mis pensamientos.
—Como amigo, pero nada más.
Su expresión no cambia mientras comienza a subir la manga de una camisa por su antebrazo y luego la otra.
—Vale.
La sola palabra hace que el corazón se me acelere.
—¿En la cama? —pregunto, sorprendida por la firmeza de mi voz.
Mira la silla vacía de mi escritorio y se encoge de hombros.
—Aquí está bien.
No estoy preparada para su decisión y menos cuando me agarra de las caderas y me gira, empujándome sobre el asiento acolchado. Se arrodilla frente a mí y, cuando coloca sus manos sobre mis piernas, la piel se me calienta al instante.
—Dime que pare y lo haré —dice mientras sus palmas ásperas recorren la longitud de mis muslos y empujan el borde de mi ropa interior hacia arriba.
Cuando sus dedos alcanzan la hendidura donde mis piernas se separan, lo detengo con una mano sobre la suya.
—No estás obligado a hacer esto porque sea tu reina.
Una sonrisa que me es familiar alivia algunas de mis dudas.
—Confía en mí —dice, justo antes de agarrarme por la parte trasera de las rodillas y tirar de mí hacia el borde del asiento—. Esto no es en absoluto un sacrificio para mí.
Tira de mis bragas y levanto las caderas para ayudarlo a quitármelas.
Lo rápido que se desenvuelven los acontecimientos provoca que la cabeza me dé vueltas y me aferro al recordatorio de que esto es lo que quiero.
No. Esto es lo que necesito.
Alza la vista para mirarme mientras me separa las piernas, exponiéndome ante él.
Siento el calor de su aliento contra el interior de mi muslo mientras inclina el rostro para dejar un suave beso sobre la piel.
Finalmente, su mirada se centra en la tarea que tiene delante y, aun así, lucho por disipar mis dudas.
El impulso de retroceder me atormenta, de decirle que he cambiado de opinión, pero no lo hago. No lo voy a hacer.
Ahora me doy cuenta de lo patética que he sido y lo único que no he intentado para que el dolor se termine es hacer lo que Messer dijo: seguir adelante con otra persona.
Necesito que el dolor termine.
Suspiro de forma entrecortada mientras la anticipación hace que el cuerpo me tiemble.
Funciona a mi favor, consigue que parezca ansiosa gracias a la forma en que la lengua y los dientes de Fredrich me recorren la piel.
Algo que se supone que es tentador, provocativo, pero, de alguna manera, ya estoy impaciente por terminar con todo esto.
Por que su boca esté sobre mí correctamente y pueda continuar con mi vida.
Me abre las piernas aún más y llega al vértice de los muslos donde no pierde ni un segundo en empezar a lamer mi centro con movimientos largos arriba y abajo, logrando que todos mis pensamientos se detengan.
Los preámbulos se han terminado. Su boca se mueve sobre mí en un beso devorador.
Esto es exactamente lo que necesitaba porque, de repente, no hay pensamientos, ni emociones ni deseos que me insten a escapar de mi propia piel. Simplemente no hay... nada.
Sigue subiendo y tengo que agarrarme al borde del cojín del sillón cuando succiona firmemente sobre mi ramillete de nervios. Un sonido de sorpresa escapa de mis labios entreabiertos ante la sacudida de intenso placer.
Claramente está complacido con mi reacción, pero disminuye un poco y su boca se curva en una sonrisa..., justo antes de que su lengua se introduzca en mí, y me sorprende cuánto me gusta.
Entonces sucede lo peor que podía pasar.
Acker aparece.
Me inclino hacia delante con un jadeo de sorpresa, que Fredrich interpreta como un gesto alentador, profundizando más, y lo agarro del pelo para detener sus movimientos. Pero lo único que consigo es un gemido bajo de su garganta, que vibra contra mi parte más sensible.
Por un instante, Acker se queda congelado en el sitio.
Pronuncio el nombre de Fredrich como una advertencia, pero sale más jadeante de lo que pretendo y no consiguen detenerlo.
La expresión de Acker se tambalea un momento antes de que una ola de indignación le inunde los rasgos.
Su figura parpadea mientras avanza con fuerza y las piedras de mi cuello hacen lo posible por alejarlo, pero no son suficientes frente a su ira.
Esta vez, mi advertencia es firme.
—¡Fredrich!
Pero llego demasiado tarde. Acker se abalanza contra el escudo siempre presente de Fredrich y su furia es palpable mientras deja escapar su rabia con un grito.
No hay palabras coherentes, solo un odio ardiente mientras golpea un puño contra la barrera, invisible nuevamente, con los dientes apretados.
Estoy momentáneamente atónita ante la cruda emoción que le brilla en los ojos.
Al levantar la vista de entre mis piernas, las pupilas de Fredrich se estrechan mientras inclina la cabeza hacia el impacto invisible.
Grito alarmada cuando la espada que Fredrich había dejado sobre el escritorio vuela hacia nosotros.
Fredrich no pestañea mientras la espada se rompe y el sonido del metal resuena en el aire a nuestro alrededor.
Una sonrisa arrogante se dibuja en su boca húmeda mientras vuelve sus ojos hacia mí.
—No me has dicho que parara.
Antes de que pueda comprender el significado de sus palabras, coloca mis piernas sobre el pliegue de sus codos y se lanza de nuevo.
Grito mientras mis dedos raspan el material del sillón.
Mis ojos están fijos en Acker mientras la sensación de la boca y la lengua de Fredrich logra retorcerme y, oh, dioses...
Me arqueo mientras uno de los dedos de Fredrich se desliza dentro de mí.