Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 25. Jo
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Capítulo 25. Jo

Jo

Había esperado estar equivocada, que no hubiera estado espiándome sin mi conocimiento.

Pero aquí está. Apareciendo al pie de mi cama bien pasada la medianoche.

Con el cuello de la camisa desabrochado, el pelo despeinado y los pies descalzos.

Es casi la misma imagen que he estado recordando de nuestro tiempo juntos en el barco.

Sin inhibiciones ni influencia del mundo exterior.

Su expresión es templada, pero su voz sostiene el peso de cada emoción que recorre mi propio cuerpo.

—Jovie.

Han pasado años desde que escuché ese apodo fuera de mis sueños y se me eriza la piel.

Nadie me llama así. Nunca.

Pero con él jamás ha sido solo un nombre. Parecía algo más. Como una reclamación.

Ni siquiera parpadeo, me niego a mostrar que el calor que amenaza con florecer en mi rostro se debe a algo distinto de la ira que he estado guardándome todo el día.

La luz de la lámpara de aceite cercana a mi cama titila.

Dejo junto a ella el hilo extra de piedras mangi antes de levantar la taza de té y dar un sorbo con un desinterés forzado.

Está a la temperatura perfecta. Me tomo un momento para saborear las especias mientras trago.

Es muy distinto del sabor amargo del tónico para dormir al que me he acostumbrado.

Vuelvo a dejar la taza antes de prestarle toda mi atención.

—¿Cuánto tiempo llevas vigilándome?

Él inclina la cabeza pensativo, con la mirada grave mientras sostiene mi mirada.

—Creo que ya tienes una ligera idea.

El juramento me protege del daño físico, pero parece que la tortura emocional está permitida.

Todos los sueños de los que deseaba escapar desesperadamente, aquellos de los que me despierto con el corazón latiéndome en la garganta.

A veces por miedo, otras por placer, y todos demasiado reales. E igualmente dolorosos.

No hay forma de saber qué sueños fueron causados por su presencia y cuáles por el funcionamiento de mi propia mente, pero comenzaron poco después de haber llegado a Maile.

Uno en particular, sin embargo, destaca entre los demás.

El más reciente de la época que estuve en la frontera.

Cuando pensé que me había despertado con un guerrero strou, solo para convencerme de lo contrario en mi estado somnoliento con la aparición de Acker.

Y, con la asunción impactante de que... le supliqué que se quedara.

La humillación me quema, me abrasa las mejillas.

Esperaba ira, pero no estas lágrimas que me pican en las comisuras de los ojos.

Desvío la mirada de él mientras me alejo de la cama, tratando de ocultar la emoción en mi rostro mientras me ajusto el cinturón de la bata, deseando que la humedad acumulada se seque al enfrentar las puertas que conducen a la terraza.

Durante todo este tiempo, he aceptado sus acciones dolorosas como si fueran un pago justo por las mías.

Casarse con Irina, deleitarse con mi miseria en su noche de bodas, ordenar a los strou atacar nuestra frontera...

Transgresiones que creí que finalmente igualarían las mías y con las que podríamos considerarnos en paz.

Pero esto parece la gota que colma el vaso.

El remordimiento que he llevado a cuestas por mis acciones en Kenta se disuelve hasta desaparecer y lo único que queda es un resentimiento feroz.

Se acabó el anhelar a alguien que solo me desprecia.

Me giro y lo encuentro apoyado al pie de mi cama, con las manos en los bolsillos mientras me observa.

—Ordenaré que Drake os acompañe a ti y a Irina de vuelta a vuestro barco por la mañana, pero ya no eres bienvenido aquí.

—Me paso un dedo por el grillete que llevo al cuello y me doy cuenta de que necesitará más revisiones.

Algo más fuerte para resistir la capacidad de Acker de superar de alguna manera el obstáculo y conectarse a través del vínculo—.

Ni invitado ni de ninguna otra forma —aclaro.

Su mirada vacila donde juego con el hilo de mangi que desaparece bajo el corte de mi bata antes de volver a mis ojos.

—Te has convertido en reina, así que tu palabra es ley, ¿no?

Arqueo una ceja.

—Hasta donde yo sé, sí.

Emite un sonido ronco con la garganta y es como si la vibración me atravesara.

Se incorpora de su apoyo al pie de la cama y se acerca, con pasos medidos y precisos.

Mantengo mi posición, negándome a darle la satisfacción de obligarme a retroceder, con la cabeza inclinada para mantener contacto visual directo.

—Entonces, ¿por qué me has dejado entrar a tu ciudad?

—pregunta, con una voz baja en la quietud de la noche—.

Podrías haberme matado en el muelle o enviarme de vuelta a mi barco.

Sabías que nunca pediría refugio para mí.

A menos que pensaras que vine aquí por ti.

—Su mirada baja a mi boca antes de volver a mis ojos—.

¿Es eso? ¿Esperabas que finalmente viniera por ti?

—Pensé... —Trago saliva para suavizar la aspereza de mi voz, dejando que mis ojos transmitan mi desagrado—. Debes de estar realmente desesperado.

No se inmuta por mi cambio de actitud. Si acaso, parece más motivado a demostrarme que estoy equivocada.

—Puedo sentirte, ¿sabes? —Se humedece los labios y sus ojos perezosos me recorren el cuerpo, como si pudiera ver a través del material de mi bata. Es una mirada descarada y lasciva, diseñada para desequilibrarme—. Sé cuándo mientes.

—Oh, ¿ahora resulta que lo sabes?

—Cuando se trata de tu deseo, Jovie... —Sonríe, tan oscuro y perverso que me pone nerviosa—. No hay forma de negar la verdad.

Maldita sea.

Por dentro estoy temblando. Estar tan cerca de él es casi eufórico. Sus ojos pesan como mil soles mientras se mantienen fijos en los míos. El vínculo nos empuja lentamente a acercarnos. Podría tocarlo si quisiera, rozarle con los dedos la mandíbula, la boca. Besarlo si quisiera.

Pero no quiero...

Su sonrisa crece, lo que me saca de mis pensamientos ardientes.

Cierro la pequeña distancia entre nosotros, apenas un dedo de separación.

—O —digo— sientes lo que quiero que sientas.

—¿En serio? —Extiende una mano; el movimiento es lento mientras me acomoda un mechón detrás de la oreja—.

Como todas esas veces que absorbías mi lengua con tu boca —ronronea—.

O cuando te aferrabas a mí mientras te penetraba.

—No hay chispa de burla en sus ojos, solo su necesidad reflejada en mí mientras sus labios planean sobre los míos—.

O esas veces que te corrías sobre mi polla...

—¿Crees que te follé porque quería? —Niego con la cabeza, forzando una pequeña sonrisa en mis labios—. Necesitaba aceptar el vínculo, o arriesgarme negándolo. No te deseo. Nunca te he deseado.

Se queda inmóvil, los ojos oscuros están fijos mientras me observa.

—¿Y qué tal te ha funcionado eso? —pregunta, con los ojos en las piedras de mi cuello.

Esbozo una mueca. Sobre todo porque odio que tenga razón. Pensaba que aceptar el vínculo significaría que tendría control sobre mi mente y mi cuerpo, pero aún debo luchar contra el tirón de ese lazo a cada momento de cada día. Y, por lo visto, también mientras duermo.

Aparentemente satisfecho de ver que su golpe ha acertado, su expresión cambia y, en un parpadeo, vuelve a parecer totalmente indiferente. Sus hombros se destensan mientras da un paso atrás.

—Lo que hayas negociado a cambio de ayudar al bando de Roison en esta guerra, lo pagaré diez veces.

Me sorprende el cambio repentino de conversación, pero consigo poner una expresión apacible.

—No puedes permitirte lo que quiero.

—Ponme a prueba —dice.

El desafío en su voz toca algo dentro de mí. Algo peligroso y complaciente y, viendo cómo lucha por no sonreír, probablemente era su intención.

Un golpe en mi puerta corta la tensión.

La expresión de Acker se cierra.

—¿Esperabas a alguien?

Una sensación de inquietud se me instala en el estómago mientras me muevo lentamente a su alrededor hacia la puerta.

Acker escupe mi nombre mientras avanzo, pero lo ignoro.

Recojo el collar extra que dejé sobre la mesa de noche y deslizo las piedras sobre el grillete.

La voz de Acker queda ahogada por su peso y, cuando me giro, él ha desaparecido.

Dejo escapar un suspiro, pero no encuentro ningún alivio.

El golpe vuelve a sonar. Añado otra capa de mangi antes de acercarme a abrir la puerta de mi habitación, pero me sorprende ver quién está al otro lado.

—He mandado llamar a Drake —digo, confundida.

Fredrich asiente, con el rostro solemne.

—Lo sé.

Me asomo para revisar el pasillo, asegurándome de que esté vacío y que la puerta de Beau esté cerrada, antes de hacerle señas para que entre.

—¿Está todo bien? ¿Drake? ¿El ejército? —pregunto.

—Sí, todo está bien —dice Fredrich y sus ojos recorren la habitación una vez, eficiente como siempre, antes de volver a mí—. Solo que no podía dejar que un hombre caminara ciegamente hacia su muerte.

«¿Muerte?».

—¿Crees que he llamado a Drake a mis habitaciones para matarlo? —pregunto, atónita.

—Lo que buscabas en él firmaría inequívocamente su sentencia de muerte.

De pronto lo comprendo y las mejillas se me encienden mientras sostengo la mirada de Fredrich.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Los marineros hablan, Jovinnia.

Me cruzo de brazos y automáticamente me pongo a la defensiva.

—No es que mi vínculo fuera a enterarse de que me iba a llevar a otro a la cama, si eso es lo que te preocupa.

La boca de Fredrich se contrae y su expresión transmite exactamente lo tonta que cree que estoy siendo.

La frustración me lleva a maldecir mientras me alejo de él, volviendo hacia mi cama.

Las lágrimas regresan con fuerza. Solo quiero que estas...

, estas... emociones abrumadoras terminen.

Sigo esperando llegar al fondo del pozo, que mi dolor, ira y frustración se agoten, pero mi conversación con Acker ha solidificado la verdad: no terminará hasta que yo logre que termine.

Estoy harta de odiarme por algo que no puedo cambiar, por un hombre que no me ama.