Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 24. Acker #2
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Capítulo 24. Acker #2

A pesar del frío, los árboles que bordean la zona circular de asientos están verdes y frondosos.

Las flores se abren en brillantes tonos púrpura.

Y, a pesar de lo hermosas que son, lo que llama mi atención es el revoloteo dorado entre las ramas: el sol brilla sobre las alas de las mariposas, como pequeñas fisuras centelleantes, un diminuto destello de luz reflejada aquí y allá antes de desaparecer, oculto por el aleteo.

«Guau».

—Lo sé —dice Beau—. Es precioso.

No sé si he hablado en voz alta sin darme cuenta o si lo ha visto en mi aura. Ha sido así desde que éramos niños; siempre ha podido sentir mis pensamientos sin que yo tenga que decir nada.

Al acercarnos, el sonido de unas risas dirige mi atención hacia la zona de asientos, donde unos niños se congregan en los escalones de piedra.

En el escenario hay una pizarra junto a un escritorio. Me doy cuenta de que es el escritorio de un maestro.

Me cuesta asimilarlo todo: el teatro al aire libre lleno de niños de entre nueve y doce años, las mariposas sobrevolando y el dulce aroma perfumado del néctar de las flores.

Me detengo bajo la sombra de los árboles para contemplarlo todo, cuando veo que mi hermana baja los escalones de piedra hacia el escenario, mientras las voces de los niños se apagan al pasar.

—¡Buenos días! —Su voz es melodiosa y una sonrisa le ilumina el rostro.

La clase responde cantando:

—¡Buenos días!

Me siento rápidamente en la fila más alta al darme cuenta de que mi hermana es la maestra. Mi hermana, que probablemente ha quitado tantas vidas como yo, coge un trozo de tiza y juega con él entre los dedos mientras observa a los estudiantes.

—¿Quién ha hecho la tarea de lectura? —pregunta y todas las manos se levantan—. Bien. Entonces todos deberíais poder responder a una pregunta si os lo pido.

Abre un texto sobre su escritorio y pasa el dedo por la página antes de hacer la primera pregunta.

Sus ojos recorren la fila de estudiantes hasta elegir a uno, al que llama por su nombre.

Alec responde rápido y sonríe cuando Beau le devuelve una sonrisa satisfecha.

Continúa con su interrogatorio, porque eso es lo que es, mientras camina frente a los niños, comprobando si alguien ha descuidado su tarea.

La he visto en acción lo suficiente como para saber cuándo está evaluando a alguien, y la mayoría de los niños está atento, a la espera de oír su nombre.

Un chico, Mason, se encoge en su asiento cuando su mirada se clava en él y lo compadezco mientras tartamudea su respuesta.

Está equivocado, por supuesto, y la expresión de decepción de Beau es castigo suficiente por su falta de esfuerzo.

Me paso la mañana observándola mientras imparte la clase.

El sonido de la ciudad que rodea el anfiteatro se mezcla con el del viento en los árboles y el zumbido de las abejas.

A medida que el sol asciende, la sombra de los árboles cubre el teatro.

Es idílico y me entristece pensar en la gente de Kenta.

Hay una paz aquí que no he sentido en años en la capital.

Beau siempre ha dicho que los niños tienen las mejores auras. Nunca había pensado mucho en eso, pero verla interactuar con ellos me recuerda demasiado a cómo nos trataba su madre cuando éramos pequeños. Por muy intimidante que resultara, también era alegre y abierta.

En Kenta, Beau existía.

Aquí, está floreciendo.

Jovie le ha dado mucho más en unos pocos años de lo que nuestro padre le ha dado en toda su vida.

Al finalizar sus clases, deja a los niños libres de deberes para ese día y ellos se apresuran a salir, corriendo hacia los padres y las madres que los esperan alrededor del teatro.

Espero a que Beau limpie la pizarra y ordene los materiales de su escritorio antes de que venga a reunirse conmigo en la parte superior de los escalones. Caminamos juntos por un camino diferente de regreso a la cabaña.

Maile es una ciudad como ninguna que haya imaginado, parece sacada de un cuento de hadas. La magia es tan común como respirar. La gente ejerce sus dones abiertamente, libre de usarlos como quiera. Casi puedo sentir esa magia en mis pulmones, en la brisa mientras me roza la piel. Es embriagador.

—¿Siempre es así? —pregunto.

La sonrisa de Beau es sincera al responder.

—Siempre —dice—. Tu aura se ha calmado desde esta mañana —añade, observándome de reojo—. Aunque todavía estás enfadado conmigo.

El soldado de esta mañana ha sido reemplazado por otro y mantengo la mirada sobre él mientras escala los tejados de la calle de al lado. No saco las manos de los bolsillos, dejando claro que no soy una amenaza, ni para mi hermana ni para nadie.

—Dime —pregunto, volviendo mi atención a la calle inclinada—. ¿Cuándo decidiste derrocar a nuestro padre? ¿Fue una decisión impulsiva influenciada por Jovie, o algo que habías planeado desde que éramos niños?

Beau nunca se ha amedrentado por mi actitud.

—Percibí el engaño en el aura de Jo en cuanto la vi —dice sonriendo, y me quita un pétalo de flor de mi camisa—. Igual que lo percibo en la tuya.

—Eso es nuevo para mí.

—Siempre has tenido un poco de engaño escondido —afirma, moviendo los dedos en el aire—. Ya sea que planees hacer algo o no.

—¿No lo tiene todo el mundo?

—Siempre he querido derrocar a nuestro padre —dice sin rastro de remordimiento—. Pero hasta que conocí a Jo no pensé que fuera realmente posible.

—¿Y yo qué era? ¿Un daño colateral?

—Sí. —Mira hacia otro lado, a la nada y a todo a la vez—. No fue una decisión fácil. Jo quería hacerte la oferta antes, pero yo la advertí de que no lo hiciera.

Mi corazón parece detenerse al absorber sus palabras.

—¿Por qué?

—Tú amas con todas tus fuerzas. Siempre lo has hecho. —Se encoge de hombros—. Pero hay una cosa que valoras más que el amor... y es la lealtad.

Exhalo con fuerza por la nariz mientras sacudo la cabeza.

—No tienes ni idea de lo equivocada que estás.

—Lo sé —responde y esboza una pequeña sonrisa sin humor—. Ahora puedo verlo.

Algo en su rostro me provoca un escalofrío de inquietud que me recorre la nuca.

—¿Ah, sí?

—Creo que nuestro padre ha estado sembrando falsedades en tu mente durante mucho tiempo.

Probablemente desde antes de que te marcharas para unirte al ejército.

Pero tu aura es muy distinta a la que tenías cuando me fui de casa —dice, con la falda bamboleándose mientras camina—.

La lealtad sigue ahí, pero está dividida.

Contemplo unas mariposas que flotan con la brisa.

—No había vuelto a casa más que un puñado de veces desde que me uní al ejército, así que cuando regresé, mi perspectiva de nuestro padre seguía siendo la de un niño. Solo era demasiado terco para verlo tal como era..., como es.

—Jo me dijo que había algo de lo que te negaste a hablar en el muelle. Algo relativo a la razón por la que Wren ha cambiado de bando.

Exhalo una risa sin humor.

—¿No está dispuesta a tener esta conversación conmigo ella misma?

Beau me mira como lo ha hecho durante la mayor parte de nuestras vidas, con reproche, arqueando la ceja con conocimiento de causa. No necesita decir lo obvio: que Jovie no quiere hablar conmigo en absoluto.

—Nuestro padre ha encontrado la manera de recuperar su magia.

Por la forma en que su expresión no cambia, es evidente que ya sospechaba lo que iba a salir de mi boca.

—¿Cómo es que ya lo sabes? —pregunto.

Me lanza una mirada que lo dice todo sin necesidad de palabras; no es tan tonta como para revelar sus fuentes.

Suspirando, asiento al entenderlo.

—Mira, me parece que eres sincero cuando dices que quieres quitarle el trono a nuestro padre, así que, por favor, considera que lo que estoy a punto de decirte es por tu propio bien.

—Su boca se estrecha mientras me examina antes de desviar la mirada, como si no soportara verme mientras me habla—.

Estás perdiendo el tiempo aquí. Jo nunca te ayudará.

Hay algo en la franqueza de su declaración que me hace comprender que está diciendo la verdad. Sea cual sea la razón de Jovie, es innegociable, lo que me lleva a pensar que mantiene una alianza con Roison.

Para qué, no lo sé. ¿Qué podría haberle ofrecido Chryse para que ni siquiera considere escucharme? Más allá de que mi matrimonio sea un punto obvio de conflicto.

—¿Sigue dibujando? —pregunto, con solemnidad.

Si Beau se sorprende por el brusco cambio de tema de mi pregunta, no lo muestra.

—No —responde suavemente.

Y esa es la peor noticia que Beau me ha dado hoy.