Capítulo 24. Acker
Acker
La figura del tejado de enfrente está sentada con la espalda apoyada en la chimenea y una pierna balanceándose con desgana sobre el borde donde cuelga, mientras afila la espada que descansa sobre su regazo.
Largos y constantes golpes de la piedra contra el metal.
Lleva ahí desde que nos dejaron ayer en la cabaña.
—¿No es un poco temprano para beber?
Dejo caer la cortina sobre la ventana y me giro para encontrarme a Irina en el umbral del dormitorio.
Está algo despeinada, pero sorprendentemente animada teniendo en cuenta lo que pasó ayer.
Tuvo suerte de que el dormitorio estuviera tan cerca de la puerta principal, porque tardó menos de un minuto en quedarse dormida tras dejarse caer de bruces sobre la cama.
Examino el vaso de licor que llevo horas sosteniendo desde que me desperté y me encojo de hombros.
—¿Qué otra cosa puedes hacer cuando estás prisionero?
Como si por fin cayera en la cuenta de dónde estamos, recorre con la mirada las estancias de la cabaña.
Está limpia, pero hay pequeños objetos que parecen personales, como de alguien que haya vivido aquí antes.
En el baño ha quedado una botella de colonia masculina a medio usar, junto a un peine para la barba.
Y las ollas y sartenes de la cocina están muy gastadas.
Unas botas usadas reposan junto a la puerta.
Si tuviera que adivinar, diría que esta era la vivienda personal de un soldado. De alguien que ya no volverá.
Las paredes son de un blanco suave, los muebles están hechos de maderas de distintos tonos y hay alfombras cubriendo los suelos.
No parece una prisión, es cierto, pero los soldados que patrullan el perímetro con regularidad han dejado muy claro que no somos simples invitados.
Al menos, yo no lo soy. Wells y Olivia, en cambio, al parecer son huéspedes de honor.
—Es un poco decepcionante, ¿no? —dice Irina, volviendo a mirarme mientras se sienta en uno de los sillones frente a la chimenea.
Tiene ese tono que a veces adopta y que siempre consigue sacarme de quicio. Pretende sonar ligero y conversacional cuando, en realidad, resulta increíblemente condescendiente.
Dudo entre ignorarla o no, pero el alcohol me empuja a sentarme en la silla de enfrente. Quizá.
—¿El qué?
—Que tu vínculo te haga lo mismo que tú le hiciste a ella.
—Creo que estás confundiendo las acciones de mi padre con las mías —digo, haciendo girar el líquido en el vaso—. Aunque sí que conseguí convencerlo de que no le pusiera el collar que quería obligarla a llevar.
Me doy cuenta del error un segundo demasiado tarde.
La mirada de Irina cae sobre mi cuello...
, sobre las piedras ausentes. Ahora que me ve sin ellas, no hay forma de ocultar mi evidente implicación.
Sí visité a Jovie anoche, pero no es tan escandaloso como ella probablemente cree.
Pensé que darle un amante a Irina aliviaría el dolor de vivir sin mi afecto, pero no estoy seguro de que haya sido así. Nunca.
Las emociones de Irina se reflejan en su rostro como páginas pasadas a toda velocidad, contándomelo todo sin pronunciar una sola palabra. Yo soy la causa de su desamor constante.
Olivia entra arrastrando los pies en la estancia.
—¿Ya estás bebiendo?
Jodidamente exasperantes, estas mujeres. Me termino el contenido del vaso y lo alzo para que lo vean vacío.
—No.
Poniendo los ojos en blanco, Olivia se deja caer en el sofá, con la cabeza ladeada sobre el reposabrazos mientras me mira.
—Te he oído pasearte por aquí durante horas. ¿Has llegado a dormir algo?
Me sorprende su preocupación, después de haberme acostumbrado tanto a su hostilidad últimamente, pero no voy a rechazar la gracia cuando se me ofrece.
—Sí —le digo—. Aunque no parece que tú lo hayas hecho.
Gime mientras se frota el vientre abultado.
—Creo que el viaje en barco lo inquietó. Como tú, no ha dejado de moverse.
Tras nuestra llegada a la cabaña, las parteras se presentaron en menos de una hora.
Las cuatro mujeres desaparecieron en el segundo dormitorio con Wells y Olivia y fueron saliendo una a una.
Al final eligieron a una mujer mayor, vestida con capas de lino práctico; sus años de experiencia y su actitud positiva se reflejaban en las arrugas causadas por la risa que le enmarcaban los ojos y la boca.
Parece que llegar a Maile ha calmado a Olivia de algún modo.
A pesar de estar claramente agotada, se acaricia el vientre con suavidad y su rostro muestra una sonrisa serena.
Sé que es porque cree que su hijo no nacido estará mejor protegido aquí.
Y aunque me alegra que Jovie haya ofrecido refugio a mis amigos, no consigo quitarme de encima la sensación de que es una falsa seguridad, ahora que sé que mi padre puede robar magia a los Herederos.
Ese tipo de poder parece ineludible, por muy lejos que uno huya.
De pronto, mi magia se agita. Hacía tiempo que no le daba rienda suelta a mi don, pero sentir metales acercándose provoca que la sangre me zumbe y miro hacia la puerta principal un instante antes de que llamen.
Irina se pone en pie de un salto, en guardia al instante, y le indico que se calme con un gesto. Olivia se incorpora, algo tambaleante.
Wells aparece en el umbral del dormitorio, abrochándose los últimos botones de la camisa.
—¿Quién es?
Solo hay una forma de averiguarlo.
No me sorprende del todo encontrar a mi hermana al abrir la puerta de la cabaña.
Lo que sí resulta impactante es lo... adulta que parece.
Lleva un toque de maquillaje que le realza los marcados rasgos; los labios pintados de un rosa suave, las pestañas rizadas.
Un vestido color lavanda le cae desde los hombros, con una mariposa dorada prendida en el escote.
Me mira del mismo modo en el que yo la miro a ella, como si intentara reconciliar el recuerdo del hermano junto al que creció con la versión que tiene delante ahora. Extraño, pero familiar. Familiar, pero extraño.
Su escrutinio va más allá de lo físico; sus ojos se mueven por el aire que me rodea, viendo colores y formas que siempre me han estado vedados. No me muevo, ni siquiera parpadeo, consciente de que este momento es crucial si quiero que confíe en mí.
Pero solo puedo soportar su juicio silencioso durante cierto tiempo.
—Bueno —digo, ladeando la cabeza—. ¿Cuál es el veredicto final?
Sus ojos oscuros, casi idénticos a los míos, se clavan en mi rostro.
—Vamos a dar un paseo.
Son las primeras palabras que me dirige desde su traición. Supongo que un simple saludo habría sido demasiado forzado.
—Claro.
Beau da un paso atrás y saluda con la mano a Olivia y a Wells al girarse.
—Hola a los dos —dice, luego se detiene y dirige la mirada hacia mi esposa—. Y a ti, Irina.
Aunque su tono es seco, no resulta cruel, e Irina responde con una sonrisa breve y tirante.
Mantengo un ojo en el hombre del tejado mientras salgo al exterior.
La cabaña en la que nos han alojado está situada en una curva del camino cerca del golfo; el agua queda a poca distancia a pie y el muelle se ve desde aquí.
Aparte de los tejados de las cabañas que se alinean cuesta arriba en la calle, no tengo ni idea de dónde estamos con respecto al palacio.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
Beau se limita a mirarme desde el escalón. Sus ojos son letales mientras me recorren la piel. Como si me estuviera destripando y cortando hasta llegar a mi núcleo, como si intentara desmontarme desde dentro, y no hay nada, absolutamente nada, que pueda hacer al respecto.
Por fin, se apiada de mí y desvía la mirada hacia donde el camino desciende en dirección a la costa.
—Por aquí.
Me pongo a su lado. Ambos guardamos silencio y aprovecho para observar la ciudad una vez más.
Cuando nos llevaron colina arriba, ayer, ya anochecía, y las lámparas que jalonaban el camino eran un espectáculo digno de contemplar.
El calor que irradiaban se semejaba a una manta que estuviera extendida sobre la ciudad; su resplandor volvía aún más etéreas las cabañas de piedra blanca y tengo ganas de ver la ciudad a plena luz del día.
—¿Va a todos lados contigo? —pregunto, inclinando la cabeza hacia la figura que salta a otro tejado cercano mientras nos sigue.
—Va a donde la reina le dice que vaya.
Si Jovie cree que soy capaz de hacerle daño a mi hermana, es otra piedra más en mi contra. Beau es más que capaz de defenderse.
Y aunque no lo fuera, nunca he sentido la misma ira hacia ella que hacia Jovie.
Su traición parecía nacer de la desesperación.
Beau sufrió a manos de nuestro padre. Encerró a su madre, la obligó a competir por un lugar en la corte siguiendo sus órdenes, nos enfrentó constantemente entre nosotros, tal como hacía con sus esposas.
La traición de Jovie me pareció simplemente cruel. Como un castigo por algo que ni siquiera sabía que había hecho.
La gente empieza a salir a las calles conforme comienza el día. Todos saludan a Beau, familiarizados con su presencia, al parecer. Un carruaje tirado por caballos se dirige hacia nosotros y nos hacemos a un lado para dejarlo pasar, nos llega el dulce aroma que lo sigue.
—Reparto de pan —explica Beau—. Evelyn hace pan para regalárselo a la gente de la capital.
—¿Reparto... para todos? —pregunto.
Sonríe como si fuera un niño preguntando si algún día se caerá el cielo.
—Sí. Cada familia recibe un paquete al menos una vez al año. Evelyn dice que la mantiene ocupada. Lo disfruta.
El camino se curva alrededor de una cabaña con persianas rosas y, al doblar la esquina, parece que hubiéramos entrado en una parte completamente distinta de la ciudad.
El camino se divide a izquierda y derecha ante un teatro hundido en el suelo, con escalones que llevan al escenario en la parte inferior.