Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 23. Jo
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Capítulo 23. Jo

Jo

«Creo que lo odio».

Mi madre lanza la bola de masa sobre su mesa de trabajo en el centro de la cocina del personal. Está horneando pan para aliviar el estrés.

—Necesitas comer —insiste mientras empieza a amasar.

Beau observa a mi madre y luego a mí, pero se guarda lo que está pensando. Probablemente haga bien, considerando que siento que quiero arrancarme la piel. O arrancársela a alguien. Eso parece más apetecible.

«Se ha traído a su mujer».

—¿A quién estamos esperando? —pregunta Messer, sentado al final de la mesa de la cocina, con los pies apoyados en el borde y la silla inclinada sobre sus patas traseras.

—A Sam —respondo.

—Por supuesto —murmura Drake.

Mi madre me observa mientras amasa furiosamente.

—¿Podrías, por favor, comer algo?

Respiro hondo para contenerme.

—No tengo hambre.

Ella se atreve a buscar confirmación en Beau, quien niega con la cabeza con cautela.

—No tiene hambre.

—¡Acabo de decirlo! —Doy un manotazo sobre la mesa.

Todos intercambian miradas de aprensión y un silencio incómodo se cierne sobre la habitación. Cierro los ojos con fuerza y, con la punta de los dedos, me masajeo la presión que se me acumula en las sienes.

El sonido de la silla de Messer golpeando el suelo me hace abrir los ojos. Lo observo salir por la puerta abierta de la cocina rumbo a la despensa. Ha pasado menos de un minuto cuando regresa con una manzana y la coloca frente a mí.

Le lanzo una mirada exasperada, pero me llevo la manzana a la boca de todos modos.

El mordisco es fuerte y ruidoso. Cada crujido sucesivo enfatiza el silencio que se expande.

No es tan terrible como pensaba poner comida en mi estómago.

Supongo que no me daba cuenta de lo hambrienta que estaba después de haberme saltado la cena.

El reloj en la pared indica que nos acercamos a la medianoche.

Sam aparece de repente al otro lado de la mesa, justo frente a la última silla vacía. Su uniforme está limpio, lo que indica que no ha habido más enfrentamientos con los strou desde la última vez que lo vi.

—Ponedme al tanto —dice mientras arrastra la silla y se sienta.

Nadie responde; todas las miradas se cruzan, a la espera de ver quién será el primero en lanzarse con el tema en cuestión.

Pongo los ojos en blanco y giro la manzana en la palma de la mano.

—Ha llegado el catalizador de metales.

Los ojos de Sam se abren ligeramente; ladea la cabeza ante la revelación antes de asumir la noticia.

—Déjame adivinar —dice—. Quiere reconciliarse.

Mi madre escupe el nombre de Sam reprendiéndole, al mismo tiempo que Beau hace algo bajo la mesa que le provoca un estremecimiento y un ladrido de dolor.

—¿Un poco de sensibilidad, por favor? —susurra Evelyn con los dientes apretados.

Me siento tonta por haber fantaseado con un tipo de reencuentro diferente con Acker. Él no vino por mí. Vino por mis hombres.

«Creo que lo odio».

Messer se mece en su silla en cuanto se sienta de nuevo.

—Lo creas o no, vino buscando una alianza.

Los ojos de Sam se fijan en los míos y me apresuro a tranquilizarlo.

—Obviamente, he rechazado su oferta.

—Traer a su esposa no ayudó en nada —murmura Drake, rascándose la barbilla.

No hay ni un gramo de tacto en esta sala.

—A pesar de eso, nos informó de que Wren ha decidido cambiar de bando en la guerra —digo, inspeccionando mi manzana y debatiéndome sobre si quiero dar otro mordisco—. Y dejó entrever que sabía de los abusos de su padre.

Esto llama la atención de Beau.

—¿Y le crees?

Me encojo de hombros. «¿Quién demonios lo sabe?». Y no importa; de todas formas, no voy a unirme a su causa.

—Drake los ha alojado en una de las cabañas abandonadas. Tengo un pequeño contingente de soldados vigilándolos.

—Espera, ¿no los has enviado de vuelta? —pregunta Sam.

—Estarán en un barco de regreso a Kenta pasado mañana, pero creo que Wells y Olivia elegirán quedarse —respondo.

Su expresión se torna incrédula.

—No puedes estar hablando en serio.

—Olivia está embarazada. Ahora mismo la están atendiendo algunas parteras.

La confirmación de que los dejaré permanecer en la ciudad y les he ofrecido recursos parece molestarlo aún más.

—Eso equivale a entregar un cuchillo al enemigo e invitarlo a apuñalarnos por la espalda. Lo sabes mejor que nadie —me acusa.

—Cuidado —advierte Beau.

Sam se levanta de su asiento y apela a mi madre:

—Evelyn, no puedes permitir esto.

Mi madre coloca una porción de masa en un bol antes de cubrirlo con un paño.

—Es su decisión.

Sam se sorprende por su calma y mira al resto de los presentes en busca de apoyo, indignado. Messer sigue balanceándose en su silla con una sonrisa, pero Drake mantiene la vista baja, reacio a hablar en contra de su reina o de su antiguo comandante.

—Me reuniré con ellos —dice Beau. Aunque su nerviosismo es audible en la forma en la que traga saliva, parece firme en su decisión—. Podré evaluar sus intenciones.

Inclino la cabeza al mirarla.

—Beau...

Pero ella me detiene rápidamente.

—Necesito hablar con mi hermano de todos modos —afirma—. Por mi propio bien.

Nunca lo ha dicho en voz alta, pero sé que todavía lidia con sus propios sentimientos de culpa por haber traicionado a su hermano.

Les había asegurado a ella y a su madre, Greta, que nunca usaría a Beau como herramienta para mi propio beneficio.

Fue una condición que puse a cambio de que Beau me ayudara a derrocar al rey de Kenta.

Y lo decía de verdad. Da igual lo tentador que sea poder usar su don para ver el aura de Acker, no quiero que se sienta nunca presionada por mí.

Era yo la que quería ofrecerle a Acker la opción de usurparle el trono a su padre, pero Beau sintió que la lealtad de él hacia su padre era demasiado fuerte como para incluirlo en nuestros planes con anticipación.

Que si contaba con demasiado tiempo para pensar, podría revelarle nuestros planes a Edmond.

Luego, después de la conversación que escuché donde su padre le insistía en que se casara con Irina, dudé lo suficiente de él como para seguir el consejo de Beau.

Acordamos que lo mejor era plantearle la opción en el último momento, pero él nunca vio la oportunidad de usurparle el trono a su padre como el acto de misericordia que yo pretendía que fuera, solo como otra capa de mi traición.

En retrospectiva, con toda probabilidad fue lo mejor, a pesar del dolor que Beau sufrió al ser la encargada de inmovilizar en la silla a su hermano.

Era la única capaz de someter a Acker, aunque solo fuera por unos minutos, ya que él nunca se lo habría esperado.

Esos últimos momentos que compartió con él en su hogar fueron muy difíciles, con la culpa mordiéndola tan dolorosamente como los pinchos de su cuerda metálica que cortaban la piel de su hermano.

Después de lanzarme una mirada que me da seguridad, asiento.

—Enviaré a Fredrich contigo.

El general Samasu está asombrado y niega con la cabeza.

—¿Y el príncipe? ¿Lo tienes, al menos, restringido con piedras mangi?

Le doy un mordisco a mi manzana, ignorando su pregunta.

El leve movimiento de su cabeza se convierte en asentimiento.

—Está bien. Si no te interesa mi consejo, ¿por qué me has pedido que viniera?

—Necesito que viajes a Roison y pongas a Chryse al corriente de la situación.

Hice el trato con Chryse cuando parecía que Kenta estaba perdiendo la guerra y aún no quiero arruinar la alianza por si las cosas van mal con Edmond y Wren. Lo cual es probable.

—¿No basta con enviar un pájaro? —pregunta.

Niego con la cabeza.

—No voy a arriesgarme a que lo intercepten. Y con el invierno acercándose, tu llegada es más rápida y está garantizada.

Aprieta la mandíbula.

—Si Chryse no se entera por nosotros de que el príncipe de Kenta está aquí, sacará conclusiones equivocadas. Cuanto antes le informemos de la verdad, mejor.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

Ninguno de los dos menciona las posibles repercusiones que habrá si los strou se enteran de que su propia heredera al trono podría estar conspirando contra ellos, especialmente teniendo en cuenta que su matrimonio estaba destinado a asegurar la alianza con Kenta.

O peor aún, si creen que la estamos reteniendo aquí en Maile.

Le pido a Drake que saque un mapa de la biblioteca y, cuando regresa, desplazamos algunos de los cuencos de mi madre para que pueda extender el mapa sobre la superficie.

Nos reunimos alrededor de él para repasar la última ubicación conocida del líder de Roison y sus posibles movimientos desde entonces.

Lo más probable es que Sam tenga que moverse un poco para encontrarlo.

—No debería de llevarme más de un día. Dos, como mucho —dice.

Drake debe irse pronto, para regresar al muelle y dar instrucciones de mantener el barco de Kenta anclado alejado de la línea de costa.

La tripulación será bien atendida y alimentada, pero confinada en el barco; no necesitamos que corran la voz sobre la llegada del príncipe.

Tanto si la visita de Acker es un acto de traición hacia su propio padre como si es una agresión contra mí, es imprescindible mantener la situación en secreto por ahora.

Mi madre le entrega un surtido de productos horneados a Messer antes de retirarse a dormir y él hace una broma de mal gusto sobre ella que me hace lanzar mi manzana medio comida hacia su cabeza mientras se agacha para salir de la cocina.

Sam desaparece poco después. Entonces, quedamos solo Beau y yo, que salimos de la cocina, nos dirigimos al salón principal y subimos la escalera hacia nuestras habitaciones.

Cuando llegamos por primera vez a Maile, Beau vivía en un piso cerca del de Messer, junto al golfo, pero no tardamos en darnos cuenta de que vivir en la ciudad no era viable para ella.

Podía pasar días, a veces más de una semana, sin poner un pie afuera.

Había demasiada gente. Aunque ha mejorado mucho en lo de no sentirse abrumada por las multitudes, decía que sus auras comenzaban a filtrarse por las paredes y la densidad de la población le negaba cualquier respiro.

Necesitaba un lugar más aislado para recomponerse.

Después de insistir para convencerla, Beau se mudó al palacio.

La lámpara de aceite se balancea en su mano y proyecta nuestras sombras danzando sobre las paredes con cada paso.

—¿Cómo te sientes? —pregunta, apenas en un susurro.

Suelto un suspiro de agotamiento.

—Odio que hagas esto.

—¿El qué?

—Preguntarme cómo me siento cuando ya lo sabes.

—Estoy tratando de ser cortés.

—No, quieres saber si lo que digo coincide con lo que ves en mi aura. Entonces haces tu hechicería emocional donde me guías astutamente hacia la verdad de mis propios sentimientos, porque no quieres que los reprima. Y, con franqueza, no tengo energía para eso esta noche.

Ella parpadea.

—Veo que estás frustrada.

—Beau —gruño mientras llegamos al vestíbulo que da a nuestras habitaciones.

—Está bien. —Abre su puerta con energía—. Pero por mucho que creas que odias a Acker, en realidad no lo odias.

Luego cierra la puerta, llevándose la lámpara consigo.

Sola en el pasillo oscuro, exhalo por fin un suspiro relajado; una respiración que no tengo que mantener firme para aparentar compostura, cuando todo dentro de mí quiere gritar.

«Él no vino por mí».

En mi habitación, no me molesto en encender la lámpara mientras me despojo de mis prendas hasta quedar en ropa interior.

La taza de té en la mesilla está helada cuando doy un sorbo.

Tomo otro, pero pequeño. Estoy demasiado nerviosa para beber toda la dosis somnífera, dadas las circunstancias.

No con el tirón de la conexión que me recorre debajo de las costillas, alterada por la cercanía de Acker.

Incluso ahora se inclina en su dirección. Insistente y frustrante, y necesito algo que adormezca el dolor.

Antes de meterme en la cama, cojo otro collar de piedras del cajón de la mesilla y me lo coloco sobre el grillete alrededor del cuello. Inhalo temblorosamente ante su peso, la presión aumenta mientras sofoca aún más mi magia. El lazo es todavía más fuerte.

Estoy helada mientras me deslizo bajo las mantas.

El té ya me tiene en un estado cercano al sueño.

Normalmente me lo bebo todo de un trago, lo que me ayuda a dormir de inmediato, pero la dosis menor prolonga mis pensamientos y recuerdos del día en largas secuencias de imágenes vívidas.

Mi único consuelo es que no recordaré nada al despertar.

Aunque sé que no está aquí por mí, no puedo evitar que las imágenes de la fantasía que vi en la mente de Acker en el muelle aparezcan rápidamente: yo con el vestido de la noche que lo traicioné, una cama desordenada, faldas levantadas hasta mis muslos mientras yo tiemblo al borde del colchón.

Pude sentir la piedra bajo sus rodillas cuando se arrodilló hoy bajo mi mandato, como si anticipara el ligero dolor.

Pude notar que lo disfrutó, aunque su rostro no lo revelara.

Lucho contra el efecto narcótico del té, tratando de controlar mis propios pensamientos, pero el sueño continúa.

Mis manos tirando de su cabello, mis piernas sobre sus hombros, los talones hundiéndose en su espalda.

La visión es una dulce tortura y siento mi corazón acelerarse mientras busco una salida.

No quiero ver la fuerza de su mano mientras sus dedos se clavan en mi muslo, o el giro de su antebrazo cuando pone su mano sobre mi estómago, o el...

Algo en las sábanas...

La perspectiva cambia a la vista de mis manos agarrando el material entre mis dedos. Luego un jirón de tela translúcida que cuelga del dosel filtra la visión y jadeo al darme cuenta de lo que está ocurriendo.

En el muelle, descarté la fantasía de Acker como un intento de provocarme. Y lo hice, como una imbécil, obligándolo a arrodillarse. Pero no había considerado nada más allá de eso. Estaba tan enfurecida por su audacia que pasé por alto lo obvio.

La cama. Las sábanas. El dosel.

Mi dormitorio.

¿Cómo iba a saber él cómo es el interior de mi dormitorio?

A menos que..., a menos que haya entrado a través de la conexión. Sin que yo lo supiera. Por ejemplo cuando estoy... dormida.

Horrorizada, intento coger la lámpara de la mesilla, pero el movimiento es lento. El té es demasiado fuerte para luchar contra él. Considero llamar a Beau, pero ¿qué podría hacer ella? ¿Vigilarme en caso de que un Acker que no puede ver se aparezca en mi mente?

Me toco las piedras que llevo alrededor del cuello y al menos me siento segura por la capa extra añadida, así sé que Acker no puede hacerme daño.

No a menos que haya descubierto cómo romper el juramento de sangre.

Pero, por si acaso, llamo a mi daga y aprieto su mango en el puño mientras finalmente permito que el sueño me reclame.

Cuando despierto a la mañana siguiente, el arma descansa sobre la mesilla.

Su hoja...

Está afilada.