Capítulo 22. Acker #2
Dudo y puedo ver cómo su escudo se levanta de nuevo.
—Me sentiría más cómodo compartiendo lo que sé en privado.
El arquero se acerca y le toca el brazo para llamar su atención, y ella se gira a hablar con él. Messer se inclina para escuchar y sus ojos oscilan entre los dos. Susurran demasiado bajo como para que pueda oírlos.
Cuando Jovie vuelve a mirarme, su expresión se ha cerrado de nuevo.
—Levántate.
Me pongo en pie mientras ella se acerca con paso seguro.
Sus ojos me miran, calculadores, completamente faltos de la inocencia que tenía la chica de la que me enamoré.
La tensión le frunce las cejas y sigo las líneas de su nariz recta hasta su boca apretada.
Tan severa bajo la luz del día. Pero sé el aspecto que tiene Jovie cuando cree que nadie la observa, por la noche, cuando todo su hielo se derrite.
—Lo siento —dice, aunque su tono no suena para nada a disculpa—. No puedo ayudarte.
—¿Estás preparada para cuando Chryse o Wren vengan a por ti? Porque vendrán. Están tan sedientos de poder como mi padre.
No se altera.
—Si la situación se presenta, lidiaré con ella.
Doy un paso en su dirección, pero el crujido de un arco tensándose hasta su límite me detiene de inmediato. En un suspiro, el arquero tiene lista una flecha apuntando directamente a mi cara.
—Yo que tú no lo haría —me advierte ella.
Alzo una ceja.
—Tal vez tu reina tenga una opinión diferente a la tuya.
Una risa baja sale del arquero. Por el intercambio de sonrisas entre él y la mascota de Jovie, sé que no me va a gustar lo que diga a continuación.
—¿No lo sabías? —pregunta Jovie, con un tono condescendiente. El arquero sigue contemplando el lado de su rostro con reverencia mientras continúa—. Yo soy la reina.
Mi boca se abre de sorpresa. Comparto una mirada con Wells y él parece tan desconcertado como yo.
Olivia rompe el silencio primero.
—¿Eres la reina?
Jovie asiente.
—¿Y ese es tu atuendo real? —pregunta Irina.
Messer interviene, con un brillo burlón en los ojos.
—Le están ajustando la corona.
Me lleva un momento encontrar la voz y, cuando lo hago, sale áspera como la grava.
—¿Desde cuándo?
No hay ni un ápice de duda o titubeo en su expresión o postura y refleja la falta de emoción que irradia a través del vínculo.
—Mi madre me cedió el título hace un año.
—¿Por qué? —desafía Irina.
La mirada de Jovie recorre a mi esposa como un tigre mirando a un mosquito antes de ignorarlo.
Sus siguientes palabras se dirigen a Olivia.
—Tendrás una selección de sanadoras lista, una vez que te hayas instalado, para que puedas elegir una partera. Podrán controlar cómo está el bebé.
—Hablas como si ya supieras nuestra decisión —dice Wells.
Por primera vez desde que la vi, Jovie le ofrece una sonrisa honesta.
—Serías un tonto si hicieras otra cosa que quedarte.
Wells no puede ocultar su sorpresa.
—¿Vas a dejarnos entrar en tu ciudad sin un juramento previo?
—¿Me estás diciendo que tienes malas intenciones hacia mí o hacia mi pueblo?
—Eh..., no —dice, parpadeando con gesto de búho—. No las tengo.
Ni siquiera me mira mientras guarda silencio. Todos esperan el juicio final de su reina. Quizá Wells no tenga motivos ocultos, pero sigue siendo un riesgo potencial para Jovie si la seguridad de Olivia estuviera en juego.
—Necesitamos otro iluminador —dice—. Los elementales de fuego no son comunes aquí, pero también hay un par de herreros si prefieres seguir forjando.
Luego su mirada me encuentra y sus palabras se vuelven afiladas como cuchillos.
—Tendré tu barco amarrado y abastecido pasado mañana a mediodía. Te daré un par de noches para descansar antes de que vuelvas a tu lucha. Contra Roison, Alaha o tu padre. No me importa.
Su mirada abarca también a Irina, indicando que la directriz es para ambos.
Irina está descontenta y me lo hace notar.
Sus uñas se clavan en mi antebrazo. Aprieto los dientes, la sujeto por la muñeca y le llevo la mano de vuelta a su lado.
Mi presión no es suficiente para dejar marca, pero sí para advertirle que mantenga las manos quietas.
Jovie no pasa por alto la silenciosa batalla de voluntades entre nosotros, pero desvía la mirada hacia Wells y Olivia.
—Ponedlos en una de las cabañas vacías de la hilera de los marineros —ordena a su lacayo, el arquero, quien da una indicación a un grupo de soldados.
Decidida a irse de la misma manera que llegó, sin mirar atrás, Jovie pasa junto a mí y el aroma de flores silvestres me envuelve otra vez.
No estoy dispuesto a dejar que se vaya sin más.
Suelto a Irina y salgo de la fila para hablarle a mi vínculo, que ya se retira dándome la espalda.
—¿Y mi hermana?
Jovie se detiene y me mira, como si me evaluara.
—Beau no estaba segura de que tuvieras interés en verla.
Me sorprende su respuesta. Supuse que la posición de mi hermana aquí sería un recurso, una herramienta para Jovie.
Nunca se me ocurrió que ella pudiera tener reservas a la hora de enfrentarse a mí.
El juramento que hice solo protegía a Jovie de mi ira y no incluía a Beau.
Podría haber enviado centinelas tras ella, ponerle precio a su cabeza.
Después de todo, conspiró a mis espaldas y me encadenó a una silla.
Pero por más enfadado que esté con ella por su traición, sigue siendo mi hermana pequeña.
—Por favor, dile que me gustaría verla.
Tal vez esperaba validación o apoyo de Jovie de algún tipo, pero me decepciona profundamente cuando no responde. Simplemente se da la vuelta y se marcha, con Messer siguiéndola de cerca. Un cachorro tras su dueño.
Suena una voz muy cerca de mi espalda. Demasiado cerca.
—Sal de la fila otra vez y te mataré más rápido de lo que puedes parpadear. ¿Entiendes? —desafía el arquero.
Lo entiendo perfectamente, pero el sonido de cascos sobre los adoquines capta toda mi atención.
Al final del muelle, la figura de Jovie a caballo se recorta sobre la calle de la ciudad, fuerte y confiada mientras gana velocidad, con su cabello azotado por el viento.
Un eyun negro revolotea sobre su cabeza, siguiendo sus movimientos.
Su envergadura es diez veces mayor que la última vez que lo vi.
El vínculo en mi pecho duele cuanto más se aleja.
La voz de Wells logra romper mi concentración.
—Me debes siete peniques, querida.
—¡Le ha obligado a arrodillarse! —protesta Olivia.
—La apuesta era si Jovie le haría daño —dice Wells, cruzando los brazos y asintiendo, satisfecho—. Y no se lo ha hecho. Por lo tanto, me debes siete peniques.
—Pero sí que le ha hecho daño. —Todos miramos a Irina y su voz suena hueca cuando continúa—. En el orgullo.
Olivia está casi eufórica al mirar a su esposo.
—Págame —ordena.
Wells abre la boca para seguir discutiendo, pero el arquero, el lacayo de Jovie, zanja el asunto diciendo:
—Págale a la mujer lo que se le debe y ya está.
No puedo evitar sonreír.
¿Quién necesita orgullo de todos modos?