Capítulo 22. Acker
Acker
Me desprecia con la mirada, sin volver la vista atrás.
Completamente impasible, avanza hacia el arquero, con paso decidido, mientras los soldados siguen inclinándose a su paso, uno tras otro.
La adoran.
Ya no queda nada de la chica que me llevé de Alaha.
A simple vista, todo en su aspecto es igual que cuando la he contemplado durmiendo, pero despierta tiene algo más: los rasgos más afilados, el cuerpo esculpido a la perfección.
Siempre me ha parecido hermosa, pero ahora es otra cosa.
Algo que no acabo de identificar. ¿Seductora, quizá?
¿Divina? La palabra se me desliza por la lengua como un líquido, tan jodidamente cerca y aun así no lo suficiente.
Se aparta la trenza por encima del hombro con un gesto imperioso y trago saliva ante la humedad que se me acumula en la boca.
No puedo evitar seguir observándola cuando se detiene frente al arquero que está ante nosotros.
Hablan en voz tan baja que no logro entender nada, con las cabezas inclinadas mientras susurran, pero el arquero mira a Wells y luego señala hacia el golfo, hacia donde nuestra nave ha sido abordada por soldados de Maile.
Jovie sigue su mirada y después se vuelve para continuar la conversación.
Sea lo que sea lo que él le dice, la hace sonreír y él le devuelve la sonrisa.
Hasta ahora él había mostrado tanta personalidad como un pez muerto, pero de repente actúa como si estuviera hecho de sol y felicidad. Vete a la mierda...
Apartado a un lado, justo más allá del hombro del arquero, alcanzo a ver a Messer.
Había olvidado a su mascota.
Sonríe con suficiencia. Lleva todo este tiempo observándome.
Yo había estado demasiado absorto en mi vínculo como para darme cuenta. Sus ojos se deslizan hacia Irina, a mi lado, y luego vuelven a mí. A Irina. A mí otra vez.
Alza una ceja.
—Eso es... toda una elección —dice con sorna.
Una elección estúpida, quiere decir.
Y sí, ya lo sé.
La cabeza de Jovie se vuelve bruscamente hacia él y ladra:
—¿Qué te he dicho?
Su encogimiento de hombros no muestra ni el menor arrepentimiento.
Tras un suspiro, Jovie vuelve a centrarse en nosotros, como si acabara de recordar por qué está aquí. Mira brevemente a Irina, luego recorre con la vista a Wells y a Olivia, y a mí me evita por completo.
Nunca le he contado del todo a Jovie lo que soy capaz de percibir a través del vínculo.
Siempre se le ha dado bien ocultar sus emociones, pero eso no me impedía sentirlas.
Como ahora, mientras camina hacia Olivia: no se ve ni rastro de la inquietud que disimula tan bien.
La sensación de su agitación interior no es fuerte, con las piedras mangi amortiguando la conexión de nuestro vínculo, pero aun así me llega un eco de la opresión en su pecho.
Hay un matiz de afecto en su voz cuando dice:
—Liv.
Sus ojos se fijan en el vientre redondeado que Olivia se acaricia, sin prestar atención a cómo Wells se inclina de forma protectora hacia su propio vínculo.
—Temía que no vinieras, después de semanas sin tener noticias tuyas.
—Lo siento —dice Olivia—. No me dieron tiempo a enviar un mensaje antes de salir.
Jovie asiente, comprensiva.
—¿Cómo ha sido el viaje? —pregunta—. ¿Y el bebé?
Olivia se pasa una mano por el vientre.
—Él ha estado muy activo durante la travesía.
—¿Él?
—Bueno, Wells cree que es una niña, pero yo no estoy convencida.
Jovie alza la vista hacia la imponente figura de Wells, con una pizca de sonrisa en los labios, antes de volver a mirar a Olivia.
—Los hombres creen que lo saben todo.
Olivia se ríe.
—Escucha —continúa Jovie—. Estoy segura de que necesitas descansar, así que vayamos al grano: ¿por qué intentas colarte en Maile después de haber rechazado todas mis invitaciones?
Olivia mira a Wells y él asiente, animándola a responder.
—He venido a pedir refugio para mi marido y para mi hijo. Nada más.
Hay un instante de silencio mientras se sostienen la mirada y entonces caigo en la evidencia de lo mucho que se conocen ya. Olivia no va a hablar en mi contra, pero tampoco va a mentirle a su amiga.
Un rápido vistazo a los soldados que están a mi alrededor me dice que se hallan en un equilibrio expectante.
Todas las miradas están puestas en su princesa, en su líder, esperando sus instrucciones.
A Jovie el liderazgo le sienta bien. Hay en ella una seguridad que antes no tenía.
Una autoridad en la forma en que mantiene la cabeza erguida, en su postura firme pero relajada.
Está... magnífica.
La sugerencia de Wells de que debería hacer las paces con mi vínculo me viene a la mente mientras la observo.
Cree que debería arrodillarme ante la mujer que me traicionó y suplicarle como un perro que me ayude.
«Sedúcela si hace falta», es lo que había dicho.
No estoy por encima de eso. Es, básicamente, lo que ella me hizo a mí: dejar que me enamorara cada vez más mientras tenía toda la intención de apuñalarme por la espalda.
Si creyera que iba a funcionar, que seducirla salvaría a mi gente, disfrutaría con creces arrodillándome junto a su cama.
Me aseguraría de que ella me suplicara a mí que la hiciera correrse con mi boca entre sus piernas, pidiendo alivio.
Casi puedo sentir sus talones clavándoseme en los omóplatos, sus manos aferradas a las sábanas mientras cede a sus impulsos más bajos. La dejaría completamente destrozada.
No se me ocurre una venganza más dulce.
Ella vuelve la cabeza hacia mí de golpe, con los ojos encendidos de ira antes de lograr ocultarla.
El incendio que me atraviesa el pecho desde su lado del vínculo me arranca una sonrisa.
No puede ocultar la conexión que nos ancla el uno al otro, lleve o no las piedras mangi.
El tirón del lazo es demasiado fuerte, demasiado exigente como para ignorarlo.
Un único hilo de magia se extiende en los pocos metros que nos separan y vibra desde el instante en que nos vimos.
Es más fuerte que nunca. Incluso entonces, nunca era capaz de distinguir cuándo se colaba en mis pensamientos y cuándo simplemente pensaba en ella por voluntad propia.
Años de entrenamiento de niño, aprendiendo a proteger mi mente, no sirven de nada contra ella, igual que las piedras mangi cuando estamos tan cerca.
Avanza hacia mí y el aroma de flores silvestres me envuelve con la brisa marina, dejándome casi sin fuerzas.
—Ponte de rodillas —ordena.
Para subrayarlo, repite la orden con una calma inquietante:
—Arrodíllate.
No tengo ningún motivo para no obedecer.
Una rodilla golpea la piedra dura, luego la otra, y alzo la cabeza para mantenerle la mirada. Podría caer un alfiler y sonar tan fuerte como una explosión en el silencio. Es una demostración de poder, para dejar claro lo firme que lleva aquí las riendas y lo poco que controlo yo en comparación.
Y joder, me cuesta horrores contener una erección.
Hay un destello de satisfacción en sus ojos antes de volverse hacia la mujer que tengo al lado.
—Y vos, Irina —dice—. ¿Por qué habéis venido aquí?
—Hemos venido... —empiezo, pero Jovie me corta.
—No estaba hablando contigo.
Ni siquiera se molesta en mirarme al reprenderme.
Es un desaire casual, destinado a ponerme en mi sitio. Aprieto los dientes, cierro los puños. En parte para mantener la boca cerrada y en parte para evitar el impulso de partirle la cara a Messer de un puñetazo. Lo veo sonriéndome otra vez desde detrás del arquero.
—Acker me dijo que veníamos a hablar con la reina —dice Irina, con una altivez que me sorprende, dado su estado de debilidad—. En cuanto al motivo, tendréis que preguntárselo a él.
—¿Vuestro esposo no os ha informado de lo que debíais decir?
El término que usa para referirse a mí no me pasa desapercibido.
Irina se balancea ligeramente en su sitio.
—Mi esposo no me da órdenes.
Arriesgándome a la ira de Jovie, me atrevo a interrumpir:
—Ella no sabe nada de mis intenciones.
Jovie inclina la cabeza para mirarme, sus ojos brillan bajo el sol.
—Entonces, ¿qué es lo que buscas?
—Una alianza. —Debo darle crédito por no sorprenderse ante mi respuesta—. Estoy seguro de que ya habrás oído que las fuerzas conjuntas de Roison y Alaha se acercan a nuestra capital. He venido a solicitar ayuda de Maile.
—¿Ayuda? O sea... ¿Ayuda de mis hombres?
Mantengo su mirada.
—Sí.
Una sonrisa empieza a dibujársele en el rostro mientras suelta una pequeña risa incrédula. Mira por encima del hombro al arquero y a Messer, su sonrisa se expande completamente y yo no puedo evitar sentir envidia de que sean ellos quienes la reciban.
Cuando me vuelve a mirar, su sonrisa ha desaparecido.
—¿Y de dónde demonios sale la idea de que voy a enviar a mis hombres a luchar en una guerra en la que no quiero involucrarme? ¿De la idiotez o de la arrogancia?
—De ninguna —le respondo. La piedra del muelle empieza a clavárseme en las rodillas, pero no me atrevo a moverme, sabiendo que hacerlo revelaría mi incomodidad—. Es una guerra en la que ya estás envuelta...
—Por tus designios —aclara—. ¿No fuiste tú quien ordenó a los strou atacar mi territorio en la frontera norte?
Esta va a ser una negociación difícil.
—Han impedido que nuestros aliados crucen el golfo. —Tal vez la seducción no sea suficiente para convencerla, pero puede que mi miseria sí. Me ofrecería a arrodillarme por toda la eternidad si eso salvara a mi gente—. Elegir un bando es lo mismo que elegir el conflicto.
—Es imposible que tu padre apruebe tu presencia aquí.
Sacudo la cabeza lenta y comedidamente. Los soldados que nos flanquean reaccionan de manera visible, su incomodidad se evidencia en la forma en la que mueven pies y hombros mientras la noticia se propaga en susurros.
—Los alaha han cambiado de bando —le digo—. Wren y mi padre han alcanzado un acuerdo.
Ella alza una ceja.
—¿Has recibido información de primera mano sobre esta alianza?
—Sí.
Esto, más que nada de lo anterior, comienza a descongelar el hielo en sus ojos.
—¿Por qué Wren iba a cambiarse al bando perdedor de esta guerra?