Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 21. Jo
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Capítulo 21. Jo

Jo

Me tiemblan los brazos. Cada choque de mi hoja contra la de Messer hace que un latigazo de dolor me recorra la mano. El sonido de ambos metales chocando resuena en mis oídos con tanta fuerza que ni siquiera oigo sus protestas.

—... B, tranquila, tranquila, tranquila. ¡Joder!

Si cree que voy a aflojar ahora que lo tengo donde quiero, está muy equivocado. Los talones de sus botas rozan la línea de tiza trazada en el suelo. Estoy a tres golpes buenos de empujarlo fuera del círculo.

Giro, golpe. Esquivo, golpe. Un tajo de revés y...

, no me jodas. Se lo espera y, en vez de que yo lo saque a empujones como pretendía, él gira en el momento justo y mi hoja solo corta el aire.

He apretado demasiado, demasiado rápido y la inercia me hace perder el equilibrio.

Me tambaleo hacia delante... y salgo del círculo.

En medio de jadeos, me alejo hasta el borde de la arena para descargar mi frustración, con el corazón retumbándome en los oídos mientras tiro del grillete que llevo al cuello.

Me ha estado molestando. Quizá me he acostumbrado demasiado a usar el collar más pequeño, porque llevo todo el día luchando contra la sensación asfixiante que me provoca el grillete.

Intento centrarme en el paisaje que me rodea.

Hay soldados entrenando en distintos puntos del suelo del templo.

Construido en lo alto de la ciudad, el templo se reconvirtió en arena de entrenamiento, tallada en la piedra extraída de las profundidades del monte Zallis.

Está abierto por todos los lados y las columnas arqueadas ofrecen una vista espectacular de las praderas en pendiente que se extienden más allá de la ciudad, hasta las tierras de cultivo.

No se me escapa la ironía de haber dejado atrás la arena de entrenamiento de Alaha, de espacio reducido y uso dual, solo para acabar entrenando junto a animales de granja.

Los caballos pastan en los prados; los mozos preparan la comida de la tarde mientras entran y salen de los establos situados en el borde de la ciudad.

Un guardia está apostado en la abertura del murete bajo de piedra y charla con uno de los granjeros que entra con un carro cargado de mercancías.

Messer aparece y me tiende un odre de agua.

—¿Te encuentras mejor?

Lo acepto, pero no respondo mientras me bebo de un trago lo que queda. Mi mirada se detiene en Fredrich, que está levantando peso: dos sacos de pienso para caballos le cuelgan de los hombros mientras avanza a zancadas por el suelo de la arena.

Messer agita una mano delante de mi cara para recuperar mi atención.

—¿Cuánto tiempo piensas castigarme, eh? —Baja la vista a su camisa destrozada, con cortes que le salpican el torso y otro en la parte exterior del muslo.

Cuando sigo ignorándolo y doy otro sorbo, me arranca el odre de la boca—.

Ya está bien de castigo de silencio. Te estás comportando como una cría.

Me limpio la boca con el dorso de la mano.

—¿Preferirías que te prohibiera ir al Catuxa?

Su expresión pasa del entusiasmo por haber conseguido que le hable al horror absoluto.

—No se te ocurriría.

Lo había pensado, pero no fui capaz de hacerlo. No después de lo que me confesó sobre Aurora y Kai. Si de verdad el Catuxa le ofrece un mínimo de alivio, odiaría arrebatárselo.

Vuelvo la vista hacia la ladera y me siento en el borde de la arena, dejando colgar los pies.

Como el suelo de la pista se incrusta en la colina, hay una caída considerable hasta el terreno inferior.

No lo bastante alta como para causar una herida grave si empujara a Messer, pero sí como para dejarlo aturdido, como mínimo.

Debe de intuir mis pensamientos, porque se sienta con la espalda apoyada en la columna, frente a mí. Tiene el pelo más rubio que nunca, incluso comparado con los años que pasó en Alaha. El sol se le refleja en los mechones, creando un efecto de halo alrededor de su cabeza.

Me recuesto hasta apoyarme sobre las manos y le hablo.

—No he estado enfadada contigo.

Hace una mueca.

—Claro que no. Eso sería ridículo, porque no he hecho nada malo.

Por mucho que intento evitarlo, se me escapa una sonrisa.

Estos últimos días he estado perdida en mi propia cabeza. Estoy tan acostumbrada a que Messer entienda mis estados de ánimo mejor que nadie que no preví que confundiría mi silencio con enfado hacia él.

Messer y yo compartimos un nivel de entendimiento al que ni Kai ni Aurora han llegado jamás con ninguno de nosotros.

Junto con Beau, él sabe todo lo que yo sé: lo que se siente al estar verdaderamente solo.

Lo que es acostarse por la noche con una tristeza tan profunda que amenaza con tragarte entero, sin saber si alguna vez se pasará.

Pero no dejo de darle vueltas a algo sobre lo que hablamos la otra noche en la taberna.

—Creo que tenemos que prepararnos para la posibilidad de que Kai se vuelva contra nosotros.

Su sonrisa se va apagando, a medida que mis palabras calan en él, hasta desaparecer por completo.

—No tenemos motivos para dudar de él. Nos ha seguido dando información sólida —dice, defendiendo a nuestro amigo de la infancia—. Nos ha dicho a los dos que ya no está enfadado con nosotros.

Lo miro de reojo.

—¿Desde cuándo Kai es un ejemplo de honestidad?

Se muerde el labio inferior un instante.

—Quizá deberíamos considerar... —Se interrumpe a mitad de frase, inclinándose hacia delante, con los ojos entrecerrados ante algo a lo lejos.

Sigo la dirección de su mirada y se me dispara la alarma al ver a tres robustos caballos subiendo a toda velocidad por el sendero desde la ciudad, directos hacia nosotros. Me pongo en pie de un salto y corro a lo largo de la arena hasta la escalera que baja al final del camino.

Messer me sigue.

—Vienen del muelle —dice, fijándose en los uniformes de los jinetes.

El corazón me late en la garganta y, de forma inconsciente, tiro de las piedras mangi que llevo al cuello.

Y entonces el corazón se me para por completo, porque... no.

Es imposible.

Pero la sensación de tirón bajo el esternón dice lo contrario; el vínculo vibra con un sí rotundo.

Fredrich aparece desde el nivel inferior de la arena y se une a nosotros mientras esperamos a que los tres jinetes frenen en seco a nuestro lado. El oficial al mando desmonta y se inclina en una reverencia, que yo corto bruscamente con una pregunta afilada cuya respuesta ya conozco.

—¿Qué ocurre?

El oficial se incorpora enseguida.

—Hemos detenido a cuatro individuos que intentaban cruzar la bahía. Dos hombres y dos mujeres. Una está encinta. Están retenidos en estos momentos...

No le dejo terminar. Rodeo al oficial y agarro las riendas de su caballo.

—Que avisen a Beau —le digo a Fredrich—. Dile que su hermano ha llegado.

Por si quiere verlo.

Asiente y ya lo veo corriendo hacia la entrada de la ciudad.

Messer agarra el arzón de mi silla y se impulsa para subirse detrás de mí.

Tiro de las riendas, giro el caballo y le aprieto el lomo con las piernas para apremiarle a avanzar.

El viento nos azota de cara mientras recorremos el sendero curvo de la ladera, con los otros dos soldados siguiéndonos de cerca.

La bajada hacia la orilla rocosa tiene una inclinación uniforme y reduzco del galope al trote cuando el muelle entra en nuestro campo de visión.

El sol de la tarde se refleja con fuerza en el agua, haciendo imposible distinguir ninguna figura individual entre la multitud.

Debe de estar presente al menos la mitad del turno actual de soldados de la ciudad.

Obligo a mi corazón a calmarse mientras dirijo mi montura hacia el muelle de piedra.

El vínculo da un tirón violento y me cuesta coger aire.

Mi magia prácticamente se retuerce de anticipación a medida que me acerco.

Su presencia me atrae como el calor de una hoguera rugiente en una noche gélida de invierno.

Messer, aún pegado a mi espalda, me pone una mano en el hombro.

—¿Estás bien, B?

Asiento, ignoro el frío que me cala los huesos, detengo al caballo y le entrego las riendas al soldado que nos espera. Messer desmonta primero, con una facilidad envidiable, pero lo conozco lo bastante como para notar la tensión que se le marca entre los hombros.

Lo miro fijamente a los ojos, concentrándome solo en él.

—No lo provoques.

Se lleva una mano al pecho, fingiendo sentirse ofendido.

—¿Tan mala opinión tienes de mí?

Me limito a devolverle una mirada inexpresiva; no hacen falta palabras.

Me giro hacia los soldados que esperan y me obligo a dar un paso al frente.

Los hombres se separan, con la mirada fija en mí mientras avanzo, y sus reverencias forman una onda que recorre la fila a mi paso.

No es momento de intentar disuadirlos de este formalismo y, si me detengo a hablar con ellos, no creo que vuelva a moverme porque no estoy segura de que las piernas no me fallen.

«Acker ha venido a Maile».

Así que avanzo, un paso tras otro.

Una respiración tras otra.

Nuestra última interacción me cruza la mente.

Cuando me besó con el ardor de mil soles, solo para abofetearme inmediatamente después.

Me amenazó con matarnos a los dos si no me iba e, incluso después de todo este tiempo, el dolor del recuerdo no ha remitido.

El escozor en la carne sigue siendo real.

Los soldados continúan apartándose, inclinándose uno tras otro a medida que me adentro cada vez más en el muelle.

Sus cabezas y hombros desaparecen de mi visión periférica, pero mantengo la mirada al frente, clavada en Drake, que se encuentra al final del grupo, con el arco y una flecha de madera en la mano.

Los cuatro están alineados, de espaldas a mí.

Olivia está en el extremo derecho y me mira por encima del hombro, con los labios curvados en una sonrisa pequeña y suave cuando nuestras miradas se cruzan.

A su lado está Wells, como era de esperar.

Pero es la persona que está junto a él la que me detiene el corazón.

Irina se mueve ligeramente, pero ni siquiera se molesta en girarse ante mi llegada.

Y es su presencia la que me hace darme cuenta de que...

Él no ha venido por mí.

Una ola de desolación me atraviesa y me cuesta seguir obligándome a poner un pie delante del otro.

Cada respiración parece un esfuerzo inútil, como si el oxígeno no llegara nunca a mis pulmones.

La vista se me nubla y me muerdo la lengua con fuerza suficiente para hacerme sangrar, intentando contener el ardor que me sube por la garganta, el nudo que amenaza con formarse ahí.

Cualquier resto de esperanza que albergara para nosotros se marchita y muere en ese mismo instante.

Nunca la expresé en voz alta. Apenas permití que mi mente rozara ese deseo profundamente oculto de que Acker algún día se diera cuenta de...

¿de qué, exactamente? ¿De que me quería más que a su orgullo?

¿Más que a su título? ¿Más que a la mujer que tiene a su lado?

He pasado años cargada de culpa y vergüenza por mis decisiones, odiándome por haberle roto el corazón, y es evidente que él no siente nada parecido.

Me niego a dejar que se me note cuánto me duele.

El último de la fila, pero desde luego no el menos importante, es Acker.

Está erguido, con los hombros hacia atrás y la cabeza ligeramente ladeada, atento al sonido de mis pasos al acercarme.

Un destello brilla en su aro dorado de la nariz cuando se gira, volviéndose lo justo para clavar los ojos en mí.

Ojos oscuros, exactamente como los recuerdo.

Pensé que la imaginación podría haberlos idealizado, que mis recuerdos los habrían embellecido más allá de la realidad, pero no. Son tan intensos como siempre. Atractivos. Poderosos. Embriagadores. Tan envolventes como entonces.

Quizá incluso más.

Deslizo la mirada con aparente indiferencia al pasar, lo rodeo y me coloco junto a Drake, y pienso...

Pienso que estoy en el mismo lío que me encontraba cuando él llegó a Alaha hace tantos años.