Capítulo 20. Acker #2
—Si conseguimos llegar a tierra y superar la primera línea de guardias —dice Wells—, puedo llevar a Olivia al palacio mientras vosotros dos encontráis algún sitio donde pasar desapercibidos.
Empiezo a protestar, pero me corta con una mirada que no deja margen para negociar.
—Ya te estoy dejando usar a mi esposa embarazada como garantía para que no te maten en cuanto tu propio vínculo te vea. Al menos deja que sea yo quien la lleve allí sana y salva.
Cedo con una leve inclinación de cabeza.
—Además —dice Olivia—, aquí la princesa consorte va a necesitar una siesta.
Todos miramos con preocupación el pelo revuelto de Irina y su ropa empapada de sudor. Normalmente cuida mucho su aspecto, pero ni siquiera tiene energía para replicar la observación de Olivia. Si acaso, una siesta probablemente le suene a gloria.
Volvemos a remar y dejamos atrás la sombra que el muelle nos había proporcionado de forma temporal.
Entrecierro los ojos ante el asalto repentino de la luz solar y mi vista tarda un segundo en adaptarse.
Al momento siguiente, por fin puedo contemplar el muelle desde el lado de Maile.
Un soldado se alza en el borde del puente de piedra, con el arco preparado.
—¿Puede vernos, Irina? —pregunto.
Ella niega con la cabeza, apretando los dientes.
—No lo sé.
—Solo un poco más —la anima Wells, instándola a luchar contra el agotamiento.
Pero ya es demasiado tarde.
Oigo el silbido de la flecha justo antes de que atraviese el casco del bote con un fuerte sonido de madera astillándose. El agua empieza a filtrarse de inmediato. A la flecha va atada una cuerda. Una línea, caigo en la cuenta, que están usando para atraernos hacia ellos.
Olivia se mueve para arrancar la flecha, pero Wells y yo nos adelantamos para detenerla.
—Nos hundiremos —dice él.
—Lo mejor será rendirnos —añado.
Ella alza las manos, como para demostrar que no va a hacer nada que no queramos.
—Es vuestro funeral.
Irina gime y su cuerpo parece derrumbarse al soltar la ilusión que ya no podía mantener del todo.
—Lo he intentado. Te lo prometo.
Le he pedido mucho. Demasiado, por lo que veo. No puedo culpar a nadie salvo a mí mismo.
El agua salada ya nos llega a los tobillos cuando nos arrastran de vuelta hacia el muelle.
Bajo uno de los arcos hay algo parecido a un embarcadero de carga.
Un grupo de soldados nos espera en la pequeña plataforma.
Detrás de ellos hay una escalera que conduce a la parte superior del muelle y, sobre nuestras cabezas, se apiñan más soldados con flechas encajadas en sus arcos, listas para ser tensadas y disparadas en un instante.
El mensaje está claro: no hacer nada que pueda provocarlos.
Pero el soldado que disparó la primera flecha está en lo alto de la escalera con el arco tensado y la flecha de madera apuntándome a mí... específicamente.
Está claro que sabe quién soy, de lo contrario esa flecha tendría la punta de metal.
Nuestro pequeño bote ha perdido parte de su flotabilidad y se balancea de forma brusca cuando subo al muelle.
Me giro para ayudar a Irina, pero un soldado alza su espada delante de mi pecho para detenerme.
Apretando los dientes, clavo la vista en el acero y luego alzo la mirada hacia el arquero que está en lo alto de la escalera antes de dar finalmente un paso atrás.
Irina tropieza un poco, pero consigue subir al muelle. Luego Olivia, y Wells el último.
Olivia tarda en apartarse del bote, claramente luchando por adaptarse del vaivén de la embarcación al suelo firme, en su estado, y cuando un soldado cercano intenta empujarla hacia delante con la punta de la espada, Wells le grita:
—¡Está embarazada!
Pronuncio su nombre a modo de advertencia, pero no sirve de nada.
Sabe lo importante que es no causar un altercado, pero no cede.
En su lugar, salta con rapidez fuera del bote y va directo hacia Olivia para ayudarla a recuperar el equilibrio.
En cuanto Olivia se mantiene en pie, los soldados se abalanzan para separarlos, algo que Wells no se toma nada bien.
Los pierdo de vista en medio del alboroto, pero el grito de dolor de Olivia es inconfundible.
Todo ocurre muy deprisa. Wells agarra por la nuca al que supongo que es el soldado culpable. No sé de dónde ha salido la daga que empuña mi amigo, pero en el espacio de dos latidos ya tiene la hoja apoyada en la garganta del hombre.
—¡No lo mates! —grito.
Permito que me hagan caer de rodillas, sin apartar la vista de mi amigo y su rehén.
El arquero grita desde arriba:
—Dile que suelte a nuestro hombre y nosotros no...
No pierdo el aliento en aclarar que no me estaba dirigiendo a él. Pero Wells lo sabe.
—No —repito mientras extiendo las manos en un gesto conciliador.
Siento que el momento se alarga eternamente antes de que mi amigo por fin ceda, con los dientes apretados, mientras empuja al soldado lejos de él.
Wells mantiene la mirada fija en el hombre para asegurarse de que no haya intención de represalia y, solo entonces, baja la hoja.
Me permito mirar a Olivia para comprobar que está bien.
Otro soldado le sujeta el brazo con un férreo agarre, que suelta de inmediato cuando Wells lo fulmina con una mirada asesina, temeroso de la amenaza evidente.
Agradezco el instinto de ese hombre, porque sé que poco podría hacer yo para impedir que Wells redujera a cenizas a todos los soldados del muelle si así lo deseara.