Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 20. Acker
31%

Capítulo 20. Acker

Acker

—¿Crees que el mensaje para Jovie habrá llegado? —pregunta Wells.

Es difícil saberlo con la tormenta invernal que ha cubierto de nieve la cima del monte Zallis a lo lejos, pero mantengo la vista fija en un barco de Maile mientras navegamos junto a él.

Una bandera púrpura con el emblema de una mariposa dorada ondea sobre otra blanca, inscrita con líneas negras.

Las marcas son inconfundibles y me resulta fácil deducir su significado.

Las similitudes con las cicatrices que los guerreros de Strou suelen llevar se hacen evidentes al instante.

—Si me hubieran avisado con más de una hora de antelación antes de salir de Kenta, podría haber enviado un ave con el tiempo suficiente —masculla Olivia.

Wells intenta apaciguar su enfado.

—Liv, sabes por qué. No podíamos arriesgarnos a que interceptaran el mensaje.

—Según Acker —replica ella, lanzándome lo que ya debe de ser la centésima mirada fulminante del día.

—¿Os podéis callar? —Nos giramos hacia Irina.

Está de pie, con los ojos cerrados, la espalda apoyada contra el mástil principal y los pies descalzos sobre un parche de tierra, en una caja poco profunda que trajimos, expresamente, para potenciar su capacidad de usar la magia sobre el agua—. Intento concentrarme.

Ni ella ni yo estamos seguros de cuáles son exactamente sus límites, teniendo en cuenta que nunca ha usado su magia a una escala semejante.

Como princesa de Strou, nunca le ha faltado de nada y no ha tenido necesidad de emplear su don más que de forma superficial.

Pero el barco de Maile es el primero con el que nos cruzamos desde que nos acercamos a sus aguas y no parece hacer ningún movimiento en nuestra dirección.

No sé qué estarán viendo desde su perspectiva, pero sea lo que sea lo que Irina ha ideado apenas consigue arrancarles un vistazo en nuestra dirección.

Olivia la fulmina con la mirada, exasperada.

—Tenía que ser la única ilusionista que teníamos a mano.

Aprieto los dientes mientras intercambio una mirada con Wells antes de alejarme.

Doy órdenes a la tripulación para que prepare el bote auxiliar.

Estaremos en el rompeolas de Maile antes del anochecer y no quiero perder tiempo botando la embarcación pequeña.

Les indico que retiren y guarden cualquier arma personal bajo cubierta, por si nos interceptan, ya que de ninguna manera quiero parecer hostil.

Pero los nervios me están ganando la partida y la voz me sale cortante al dar las órdenes.

Llevo días resistiéndome al familiar impulso de verla.

Desde que salí del palacio hace dos semanas, la necesidad no ha hecho más que intensificarse.

Cada centímetro de mí, cada aliento, cada latido está lleno de expectación.

Me queda menos de un día para poder mirarla a los ojos.

Paso el tiempo observando la costa y, joder, ni siquiera estaba así de ansioso por ver tierra después de pasar semanas varado en el mar.

Siento las manos vacías sin un cuchillo mientras recorro la cubierta de un lado a otro.

Pasamos sin incidentes junto a otros catorce barcos de Maile antes de que el muelle entre en nuestro campo de visión.

He oído historias sobre el embarcadero de piedra, pero ninguna le hace justicia.

Unos enormes arcos de mampostería se extienden sobre el agua en ambas direcciones, curvándose desde tierra como un escudo.

Evelyn construyó el muelle para separar lo que considera sus aguas de las de todos los demás.

Las únicas formas de llegar a Maile desde Kenta son o bien atravesar con dificultad la cordillera que se desprende del monte Zallis a lo largo de nuestra frontera compartida, o bien navegar directamente hacia sus aguas a través de este muelle defensivo.

Fondeamos a cierta distancia del rompeolas.

Un contingente del ejército de Maile aguarda dentro de la barrera protectora de rocas frente al muelle, listo para defender la ciudad de un ataque marítimo directo.

Todos llevan las mismas banderas: el emblema de la mariposa con el recuento de muertos ondeando debajo.

Wells se reúne conmigo en la proa.

—Esto va a ser complicado —dice.

Es más fácil lanzar una ilusión creíble desde lejos, por eso estamos a salvo, de momento, gracias a que el don de Irina aún oculta nuestro barco. De cerca, sin embargo, las cosas se vuelven mucho más difíciles.

—Tendremos que continuar el resto del trayecto en bote —le digo.

—¿Y qué pasa con este barco?

Miro a Irina. Lleva horas sin moverse. El sudor le cae del cabello y le recorre las sienes.

Nunca había llevado su habilidad tan lejos y probablemente se desmayará en cuanto la liberen de su tarea.

Con suerte, podrá aguantar lo suficiente como para seguir ocultando el bote una vez que esté en el agua.

Vuelvo a centrarme en Wells.

—¿Sabes si hay algún elemental de agua o de aire a bordo?

Inclina la cabeza, pensativo.

—Si lo hay, dudo que alguien lo admita.

Supongo que no, teniendo en cuenta el historial de mi padre de poner collares a los Herederos, así que asiento, aceptando su respuesta como cierta.

—Tenemos que virar y, en cuanto botemos el bote, la tripulación abrirá velas y huirá a toda velocidad.

La tripulación guarda silencio mientras viramos, orientando la nave en sentido contrario, de vuelta hacia Kenta.

Wells ayuda a Olivia a subir al bote, le besa la mejilla cuando se acomoda y pasa las manos con reverencia sobre la curva de su vientre.

Le susurra algo al oído y, sea lo que sea, hace que su sonrisa brille, dulce como la miel, y que sus ojos se suavicen por primera vez desde que estamos juntos en el barco.

Por extraño que me resulte que mis amigos de la infancia estén a punto de convertirse en padres, es imposible negar que les va como anillo al dedo.

Uno de los marineros prueba la cuerda del bote pequeño y luego me da la señal con una inclinación de cabeza.

—Listo, señor.

Cuando me giro para decirle a Irina que es su turno, la encuentro tambaleándose, a segundos de perder la batalla por mantenerse en pie.

Le rodeo la cintura con un brazo y la ayudo a subir al bote; cae pesadamente en el banco junto a Olivia.

Uno de los tripulantes me entrega un par de odres de agua y se los paso a Wells.

—No perdáis tiempo —ordeno al comandante que está cerca—. Navegad tan rápido como podáis. Ahora mismo estamos lo suficientemente lejos como para que, cuando os vean, ya no tengan tiempo de alcanzaros.

Él acata la orden, nos desea buena suerte y nos despide con la mano mientras descienden el bote.

En cuanto tocamos el agua, Wells y yo soltamos las cuerdas y usamos los remos para separarnos del navío.

Irina parece a punto de devolver lo poco que tenga en el estómago y le insto a mantener el espejismo sobre el barco todo lo que pueda.

Compasiva, Olivia toma uno de los odres y la ayuda a beber unos sorbos, pero no sirve de nada.

Las habilidades de Irina no pueden sostenerse con la distancia creciente respecto a su objetivo, especialmente estando en mar abierto.

Encogida sobre sí misma, su respiración sale a trompicones.

—Lo siento —dice—. Ya no puedo más.

Hundo el extremo del remo en el agua al ritmo de Wells, tiro del mango hacia el pecho con fuerza y empujo de nuevo.

—¿Nos tienes?

Ella asiente.

—Sí, sí. Estamos ocultos.

Este bote es casi del mismo tamaño que aquel en el que Jovie y yo navegamos desde Alaha.

Vamos apretados, con las rodillas chocando entre sí, pero a Irina no tarda en volverle el color a la cara; la tensión de su magia disminuye ahora que solo tiene que crear la ilusión sobre un objetivo más pequeño.

—Creo que han avistado el barco —dice Olivia, concentrada en los navíos de Maile que aún están entre nosotros y la costa.

Le echo un vistazo por encima del hombro y veo que el barco más cercano leva anclas mientras su tripulación se prepara para zarpar.

Wells y yo aceleramos el ritmo. Irina ya está al límite, así que tenemos que confiar en que el barco de Kenta que va en retirada sea lo bastante tentador como para mantener la atención del ejército.

El agua se aquieta una vez sobrepasada la línea de rocas que forma el rompeolas, aunque la estela del buque de guerra que se desliza junto a nosotros rumbo a mar abierto nos hace volver a bambolearnos.

Es lo más cerca que hemos estado de uno de sus barcos, pero, aunque Irina parece nerviosa, está completamente concentrada en mantener la ilusión protectora.

El primer barco es solo el comienzo. Uno tras otro izan velas y se dirigen hacia aguas abiertas. Los gritos de los hombres resuenan sobre el agua y logramos entender que, en efecto, han detectado nuestro barco en retirada a lo lejos.

El muelle está flanqueado por soldados. Se sitúan aproximadamente cada cinco metros e inspeccionan el agua que está bajo sus pies.

Con la espalda hacia allí, Wells y yo estamos indefensos y dependemos, por completo, de que Olivia vigile si alguno de ellos dirige su atención hacia nosotros mientras remamos.

Por la gracia de los dioses y el duro trabajo de Irina, conseguimos pasar por debajo del muelle sin ser descubiertos.

Es la primera vez que tenemos una buena vista de la capital.

La ciudad asciende hacia la base del monte Zallis.

Las casas se apiñan unas junto a otras y las calles trazan un patrón sinuoso por la ladera.

Se ven árboles dispersos aquí y allá. Resulta intimidante verla desde abajo.

La playa es rocosa y está vigilada del mismo modo que el muelle, con soldados salpicando la línea de costa.

Hay barcos amarrados a lo largo del muelle, más cerca de la orilla.

Wells suelta una maldición.

—O están muy preparados o muy paranoicos —reflexiona Olivia.

—Ambas cosas —digo.