Capítulo 18. Jo #2
—Una vez vi algo a través del vínculo —admito, en voz baja—. Acker... Irina... —Ni siquiera estoy segura de estar explicándome bien. Me resulta difícil encontrar las palabras y decirlas.
—Pero las piedras... —murmura él.
Ya le he hablado a Messer del vínculo, cómo el lazo me arrastra en presencia de Acker sin mi permiso cuando no llevo las piedras mangi.
No siempre las he necesitado. En la época en la que acababa de aceptar el vínculo, era como si este se contentara con dejarnos estar juntos.
Pero en cuanto nos separamos demasiado tiempo, me sorprendió siendo menos comprensivo.
—Tuve que quitármelas durante la batalla. —Paso un dedo por las piedras que quedan a la vista en mi cuello y sigo por toda la extensión del grillete escondido bajo mi ropa—. Pero esa no fue la primera vez —le digo mientras alzo la mirada para encontrarme con la suya.
No necesito entrar en detalles para que entienda a qué me refiero y el horror se le instale en el rostro.
El recuerdo de los ojos de Acker cruzándose con los míos.
Irina a horcajadas sobre él, de espaldas a mí, besándole el cuello, con su vestido de un blanco virginal.
Él me había dirigido una sonrisa burlona cuando aparecí en su dormitorio.
Lo terrible de esa sonrisa es que era una imagen demasiado ajena.
La expresión de un hombre que, comprendí, era imposible que me hubiera amado.
Su mirada se mantuvo en la mía mientras abría su boca invitando a Irina y me dejaba ver cómo la lengua de ella se deslizaba para saborearlo.
El deleite en sus ojos fue cruel cuando le pasó una mano por la curva de la espalda, bajo el dobladillo del vestido, hasta lo que aguardaba debajo.
Observé la escena, no solo porque no podía apartar la mirada, sino porque, mientras tanto, en mi habitación de Maile, Beau buscaba desesperadamente más piedras.
Fue la primera vez que comprendí que una sola ristra de mangi no era suficiente para soportar el tirón del lazo si Acker no llevaba ninguna para bloquear su extremo del vínculo.
Me vi obligada a presenciar cómo el hombre al que amaba permitía que su nueva esposa se moviera con sensualidad sobre su regazo.
Era su noche de bodas.
—A veces me pongo malo —dice Messer, sacándome de mis sombríos pensamientos— al pensar en Aurora y Kai. —Ríe sin humor—. Mi puto mejor amigo de la infancia.
Aurora estaba prometida con Messer, pero cuando este se reunió con Kai tras su regreso a tierra, descubrió que ambos se habían casado. Por orden de sus padres, no lo dudo, pero Messer se ha negado a hablar de eso desde entonces.
—No sé qué haría si tuviera que verlo —dice—. Dioses..., lo siento, B.
—No tenía ni idea de que te importara tanto Aurora.
Niega con la cabeza mientras se mete las manos en los bolsillos.
—Nadie lo sabía. Ni siquiera Kai. Mi padre habría usado a Aurora contra mí, si lo hubiera sabido. Sabía que la única manera de asegurarme de que nuestro matrimonio concertado siguiera adelante consistía en fingir que para mí era lo peor del mundo.
Y funcionó.
Pero luego Messer me siguió cuando me fui de Alaha...
—Messer.
—Por eso nunca lo he mencionado —dice mientras me detiene al final del callejón—. No quiero que te sientas más culpable de lo que ya te sientes. No te lo digo para que te sientas mal, sino para que sepas que lo entiendo. —En la tenue luz, sus ojos parecen vacíos—. Aunque desearía no hacerlo.
Me acerco, lo abrazo y entierro mi rostro en su pecho para que no vea la compasión en mis ojos, pues sé que no le gustaría nada.
—Por si sirve de algo..., yo también lo siento —susurro.
Él me aprieta una vez y luego me suelta.
—Ayuda estar con alguien más —dice mientras mira al cielo—. Al menos durante un rato.
Frunzo el ceño y lo empujo ligeramente.
Pero quizá Messer tenga razón. Dado que no he logrado conseguir información sobre cómo romper un vínculo, tengo que considerar la posibilidad de que quizá nunca me deshaga de la atadura.
Quizá tenga que aceptar el hecho de que las piedras que llevo al cuello y por el cuerpo son permanentes.
Incluso si alguna vez llego a intimar con otro.
No puedo imaginar nada peor que Acker observándome mientras estoy con otra persona.
—Tampoco es que tenga pretendientes haciendo cola en mi puerta —bromeo.
Messer me atrae hacia él, con un brazo alrededor de mi cuello y me menea mientras caminamos hacia el palacio.
—No lo sé, B. Drake parecía bastante interesado en la taberna.
Incluso si Drake fuera sincero, lo cual no creo ni por un segundo, no querría complicar más las cosas involucrándome con el comandante de todo el ejército naval de Maile.
El resto del camino a casa transcurre en silencio y Messer me deja en la puerta principal del palacio con una sonrisa traviesa.
Sacudo la cabeza, sabiendo que está ansioso por encontrarse con Drake en el Catuxa.
Le digo que si después de esta noche se despierta con algo extraño en sus partes íntimas, ya se puede buscar un sanador él solito, me da igual cuánto esté sufriendo.
Él me guiña un ojo mientras retrocede en dirección al burdel.
—Aprecio que me cuides, B.
Iona me informa de que mi madre ha dejado galletas de miel en la cocina y paso para coger un par antes de subir a mi habitación.
La puerta de Beau está cerrada; probablemente ya esté acostada.
Lo esperaba, dado su nivel de frustración y el consumo de alcohol en la taberna.
Insistió en venir, aunque le dije que no era necesario.
Cuando mañana salga de su habitación con resaca, mi simpatía será mínima.
A veces me pregunto si le cuesta apagar ese sentido del deber que tiene hacia las personas que ama, o si se trata de culpabilidad por traicionar a su hermano.
Aunque nuestro intento de rebelión no salió como queríamos, lo volvería a hacer si significara finalmente liberarla del yugo de su padre, para que ya no esté obligada a hacer cosas que desprecia.
Poner a gente en jaulas. Colocar collares a los que tienen magia.
Enciendo una lámpara y me preparo un baño, agrego una selección de aceites calmantes mientras se llena.
Una de las cosas más difíciles de estar en la frontera era no tener esto, pienso mientras me hundo en el agua.
Me quedo a remojo hasta que la piel se me arruga, luego me envuelvo en una bata y me siento en mi escritorio para decidir qué texto voy a abordar a continuación.
Estoy mordisqueando un trozo de galleta cuando alguien llama a la puerta.
Miro el reloj que tengo cerca; son casi las tres de la mañana. Aunque Messer ocasionalmente usa el palacio como lugar para dormir, por estar más cerca del Catuxa que de su apartamento junto al golfo, normalmente no lo veo a estas horas.
Al abrir la puerta, me quedo completamente sorprendida al ver a Drake en el descansillo. Me apresuro a cubrirme completamente, cerrando más el cuello de la bata.
—Drake —tartamudeo—. Hola. ¿Está todo bien?
—Todo está perfecto —responde, con el rostro inexpresivo.
Respiro aliviada antes de preguntar:
—¿Cómo has subido hasta aquí?
Iona nunca lo dejaría entrar sin dar primero su aprobación.
—Messer me dijo que me habías solicitado —explica, moviéndose ligeramente—. Para... atenderte.
Un escalofrío de incomodidad me recorre.
—¿Atenderme?
No aparta la mirada mientras inclina el mentón en un asentimiento.
—Messer me dijo que me habías solicitado... específicamente —dice, con un ligero calor en los ojos.
Gimo al darme cuenta de lo que eso significa.
Y, por segunda vez hoy, me sonrojo.
—Voy a matarlo.
Los ojos de Drake se entrecierran.
—Yo..., ¿no ha sido así?
—¡No! —suelto medio gritando, completamente mortificada—. Y puedes decirle a Messer que estoy emitiendo una orden de arresto, así que más le vale huir de la ciudad antes del amanecer si quiere conservar la cabeza.
Luego, le cierro la puerta en la cara.