Capítulo 18. Jo
Jo
—¿Así que Wren ha decidido unirse a Edmond a cambio de aprender cómo robar la magia de otro?
Messer engulle un pastel de toffee mientras las migas le caen por todas partes.
—Más o menos.
Aunque hemos revisado la información que Kai le envió a Messer, todavía me cuesta creerlo.
La capacidad de transferir la magia de otra persona es...
inconcebible. Pero mientras más lo pienso, más me parece la única posibilidad.
Edmond tenía el poder de influencia; lo usó sobre mí para que me arrodillara ante él cuando nos conocimos, aunque su verdadero don era elemental.
La única explicación de que adquiriera más magia es que fuera capaz de cogérsela a otra persona.
—Edmond nunca revelaría sus métodos a nadie y menos a Wren —dice Beau.
Messer finalmente traga.
—Kai piensa lo mismo —afirma—. Sospecho que por eso sigue avanzando hacia la capital de Kenta desde el frente en vez de unirse a su padre en la corte.
Kai. Una pieza del rompecabezas frustrante, que nunca encaja con los planes de los demás. Más impredecible incluso que nuestros adversarios. Hace lo que quiere, cuando quiere.
Sam levanta la mano.
—¿Seguro que estamos preocupándonos por el líder de Alaha correcto?
Messer y yo intercambiamos miradas. La comunicación de Kai conmigo es mínima. Seca y directa. La mayoría de sus actualizaciones pasan por Messer y no revelan mucho de su estado de ánimo. Probablemente aún esté enfadado conmigo.
Se suponía que yo debía derrocar a Edmond y ocupar el trono, y mantenerlo hasta que Kai pudiera usurpárselo a su propio padre, Wren, y llegar con el resto de los alaha. La solución perfecta, si todo salía según lo planeado. Pero mi decisión de no matar al rey de Kenta lo arruinó todo.
Cuando, años atrás, Kai había enviado noticias de su llegada a Roison, Messer voló a informarle de mi misión fallida. Se puso furioso. No solo por mi fracaso, sino por haberle perdonado la vida también a Acker. Y que Messer desafiara sus órdenes siguiéndome a Maile fue la guinda del pastel.
Kai sintió que yo había elegido a Acker y que Messer, a su vez, me había elegido a mí. Lo cual es cierto, pero no lo hicimos para desairarlo. No estoy segura de que Kai alguna vez lo vea de otra manera.
Messer se sacude las migas de los dedos antes de hablar.
—Nadie desea más que Kai que esta guerra termine con la cabeza de Wren en una pica. Hará lo que crea necesario para asegurarlo.
Drake interviene:
—Y cuando Kai le usurpe el trono a su padre, ¿qué planes tiene? ¿Seguirá teniendo hordas de troles a su disposición?
—Concentrémonos en un problema —añade Fredrich.
Beau se masajea las sienes.
—Empiezo a tener dolor de cabeza.
Contengo el «te lo dije» que amenaza con escapar de mi boca, pero ella lo ve en mi expresión de todos modos.
—A estas alturas no hacemos más que darle vueltas a lo mismo. Esta noche no vamos a resolver nada.
Drake se recuesta en su asiento.
—Los strou han disminuido sus intentos de cruzar el golfo por ahora. O están reuniendo sus barcos o han tomado su pérdida en la frontera como una señal para reagruparse.
Asiento.
—El objetivo sigue siendo el mismo —les recuerdo a todos—. Proteger Maile. Mantener nuestro acuerdo con Roison para detener a los strou. Cuando Kenta fracase...
—Si fracasa —interrumpe Beau.
Sus repetidas advertencias sobre no subestimar a su padre no me han pasado desapercibidas, pero continúo como si no hubiera hablado.
—Chryse promete mantener el acuerdo entre nuestros territorios cuando tenga el trono de Edmond.
Sam asiente.
—La situación con los strou está controlada por ahora. Solo nos queda esperar a ver qué tiene Edmond bajo la manga.
Asiento en señal de reconocimiento. Solo hemos hablado una vez desde que dejé el frente, y aún entonces, de forma escueta. Él me devuelve el asentimiento antes de desaparecer en un parpadeo y todos interpretan su partida como una señal para retirarse.
—Voy a dar un paseo hasta el Catuxa, si alguien quiere acompañarme —ofrece Drake.
—Cuenta conmigo —dice Messer y se vuelve hacia mí—. ¿B?
Pongo los ojos en blanco.
—Prefiero arrancarme los ojos.
Aunque el Catuxa es mucho mejor que el burdel que conocí en las afueras de Kenta, donde Hallis había reservado por equivocación nuestras habitaciones, no me resulta divertido ver a las mujeres y los hombres de allí caer rendidos ante Drake y Messer.
—Yo igual —concuerda Beau.
—Puedo acompañaros a casa —ofrece Fredrich.
Como si fuera la primera vez que se percata de su presencia, los ojos de Messer se entrecierran.
—¿Desde cuándo pides permiso antes de seguirla?
Estoy lista para reprenderlo, pero Fredrich habla primero.
—¿Desde cuándo te importa?
Messer se queda de piedra. Su fachada despreocupada se quiebra y la seriedad le tensa la boca.
—¿Estás tratando de cortejarla?
Pensaba que había superado mi tendencia a sonrojarme, pero la sangre me inunda las mejillas ante la insinuación.
Son las últimas palabras que esperaría escuchar de Messer.
Y eso dice mucho, porque normalmente me espero cualquier cosa de él.
Me estoy planteando cómo cortarle las alas la próxima vez que intente posarse en mi terraza, cuando noto que Fredrich aún no ha hablado.
El miedo se me hunde en el estómago como una piedra mientras me giro hacia él.
Está sonriendo, pero con una mueca de lástima.
—Por muy honrado que me sintiera cortejándote, no tengo interés en competir con un vínculo.
«Ni que yo estuviera interesada».
Pero logro contener la réplica. No es culpa de Fredrich que Messer sea un idiota entrometido.
Entonces el idiota de mi amigo provoca una incómoda situación, al darle una palmada en el hombro a Fredrich, sacudiéndolo de forma juguetona.
—Nadie dijo que tenía que terminar en matrimonio, ¿no?
—¡Messer! —Lo golpeo en el brazo con el dorso de la mano.
—¡Es broma! —Sonríe mientras apura su bebida y se encoge de hombros—. En su mayoría.
—Pues —interrumpe Drake, desviando nuestra atención hacia él—, a mí no me importa que estés vinculada.
Ni siquiera hay tiempo para reaccionar a la frase antes de que Fredrich intervenga.
—De ninguna manera —responde con firmeza.
Todos guardan silencio ante la declaración de Fredrich. Messer se queda sin palabras y la vergüenza ajena en el rostro de Beau sería cómica si el mío no estuviera ardiendo de mortificación. Siento el calor irradiando mientras cierro los ojos y suplico a los dioses que termine mi desgracia.
—Fredrich, por favor, espera afuera —susurro. Siento que cumple mi orden, la puerta se abre y luego se cierra suavemente detrás de él.
Cuando abro los ojos, Messer tiene la decencia de, al menos, parecer arrepentido.
—B...
Lo callo con una mirada punzante, sin ánimo de escuchar el apodo por el que lleva llamándome desde la adolescencia.
—Te juro que te mato si dices otra palabra. Déjalo ya.
Por primera vez en su vida, Messer se mantiene callado.
Siento, más que veo, la mirada asesina que Beau le lanza mientras salimos. La taberna está casi vacía; un puñado de jugadores de cartas permanece en una esquina, lo suficientemente tranquilo como para dejarnos pasar solo con un asentimiento y levantar sus jarras de cerveza.
Fredrich ha regresado a su puesto junto al farol.
—¿Quieres que espere? —pregunta Beau.
Niego con la cabeza.
—Ve yendo. No tardaré mucho.
Ella duda. Aunque Maile esté a salvo, nunca es demasiada precaución si se trata de mí, dada mi posición.
—Pediré que Messer o Drake vengan conmigo.
—Está bien. —Me aprieta la mano suavemente antes de alejarse. Su mirada se fija en Fredrich cuando pasa por su lado.
Suspirando, lo miro.
—Lo siento...
—No te disculpes —interrumpe él, llevándose la mano al pecho—. Lo siento si me he sobrepasado.
Asiento.
—Nunca volverás a hablar por mí, ¿entendido?
Duda un momento, luchando con algo que no dice, antes de asentir finalmente.
—Entendido.
—Bien. Ahora vete para que pueda leerle a Messer sus últimas oraciones.
Fredrich se ríe y el sonido rebota entre las paredes del callejón. Es la primera vez que lo veo expresar felicidad genuina tan abiertamente y no puedo evitar sonreír.
—Que la Madre tenga misericordia de su alma —dice.
Lo veo alejarse hacia el puerto. Vive en una modesta residencia encima de una sastrería. Tras darme cuenta de que no me sacaba la vista de encima, un día lo seguí hasta casa y hablé con el sastre para obtener información sobre su inquilino.
«Muy reservado. Ordenado. Paga a tiempo».
Al darme la vuelta, no me sorprende ver a Messer parado frente a la taberna. Intenta, sin éxito, parecer casual. Claramente, estaba escuchando. Este es uno de esos momentos en el que algo de entrenamiento le habría venido bien.
—¿Dónde está Drake? —pregunto con brusquedad.
—Le dije que se salvara.
Qué inteligente, la verdad.
—¿Y qué hay de ti? ¿No tienes miedo?
Sonríe y los ojos se le arrugan en las esquinas.
—Estoy aterrorizado.
Pongo los ojos en blanco, paso por su lado y él me sigue hasta llegar a mi altura. El Monte Zallis se alza frente a nosotros, vertiginoso en su magnitud. Me gusta lo pequeña que me hace sentir, como si el peso en mis hombros fuera menor en comparación.
—Lo siento —murmura Messer.
Lo miro de reojo y suspiro.
—Te perdono.
Tengo demasiadas preocupaciones como para ser picajosa por una broma. Además, es realmente imposible para cualquiera seguir enfadada con Messer, y eso me incluye. Es como seguir enfadada con un cachorro que se hizo pipí en el suelo.
—Es solo que... si te gustara Fredrich...
—No me gusta.
—Pero si fuera así —presiona él—, no habría razón para que no hicieras algo al respecto.
—No siento nada por Fredrich. —Al ver que sigue convencido, niego con la cabeza—. No lo entenderías.
—Inténtalo.
—No... ves las cosas como las veo yo.
—Inténtalo.
—Messer, tú nunca has... —Me detengo, sin querer herirlo. «Estado enamorado, sentido la unión con tu vínculo o sufrido por un desamor».
—B —dice, agarrándome del codo, no de manera brusca, pero lo suficientemente firme para llamar mi atención—. Inténtalo.
Las calles están casi vacías. Nos adentramos en un callejón para tener privacidad.