Capítulo 17. Jo #2
Desde que traicioné a Acker y dejé Kenta, me he arrepentido cada día de no haber matado al rey. Por mi cobardía, el continente se ha visto lanzado al caos.
—Tal vez sea mejor que Acker nunca sepa quién es realmente su padre —digo mientras admiro el golfo a lo lejos, con la luz de la luna brillando sobre el agua cristalina. Los barcos en el horizonte me recuerdan la vida que dejé atrás en Alaha—. A veces, la ignorancia es mejor que enfrentar la culpa.
Ella no discrepa.
Considerando todo el tiempo que ha pasado y todo lo que ha ocurrido, quizá deba aceptar que Acker pueda ver a su padre tal como es y, aun así, estar de acuerdo con él.
Que quizá la traición de Beau y la mía lo haya alejado tanto que ya no le importe, y corromper el corazón puro de Acker podría ser mi peor crimen.
La taberna está escondida en un callejón no muy lejos del muelle. Los clientes esperan en la entrada, fumando antes de entrar, y veo a Fredrich apoyado en un farol cercano mientras espera.
—¿Lo has invitado? —pregunta Beau.
—Sí.
Su mirada va del soldado a mí y de nuevo a él.
—¿Confías en él?
Cuando dejamos Kenta, le prometí a Beau que nunca usaría su don como herramienta, pero hay algo en su expresión que me hace dudar.
—¿Hay alguna razón para no hacerlo? —pregunto.
Tal vez ve algo que yo no puedo...
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. No tiene aura.
«¿Qué?».
—¿Cómo es posible?
—Debe de ser otro nivel de protección que le ofrece su don de escudo, pero no creo que sea algo preocupante. Tu madre no pondría a nadie a cargo de tu guardia sin estar segura de él.
Se endereza al vernos llegar y es extraño verlo fuera de un campamento tras meses en la frontera. Sin palabras, se ofrece a coger la canasta de las manos de Beau, pero ella la retira de su alcance.
—Buen intento, pero como novato, no tenéis prioridad.
Levanta las manos en señal de rendición fingida.
—Está bien, me parece justo.
Sonríe y me sorprende un poco el gesto, aunque no es desagradable. De hecho, debería hacerlo más a menudo, y se lo digo.
—Tomaré nota —responde, con una ligera curva en la comisura de los labios.
La taberna parece un agujero sucio desde fuera, pero al cruzar la entrada, el espacio se abre hacia una zona más cálida y acogedora.
Un violinista toca solo en el escenario y las mesas llenas de clientes ocupan un lado de la sala, mientras que el otro queda para la pista de baile.
Los camareros se mueven entre los comensales con grandes jarras de cerveza y platos de comida.
Por primera vez en lo que parecen siglos, mi estómago ruge al percibir el aroma.
Beau lidera, Fredrich me sigue y no puedo evitar preguntarme si son conscientes de que me protegen de la vista del público.
No funciona, por supuesto. Basta que un soldado borracho me reconozca para que todos se enteren de mi presencia. Los saludos se escuchan por toda la sala y me sorprende momentáneamente la ovación.
Fredrich me insta a seguir mientras un coro comienza a entonar una canción que reconozco de inmediato; es de mi infancia en Alaha, sobre una sirena que hechiza a toda una flota.
Hago un gesto para que la multitud se calme lo suficiente y le indico al camarero que la próxima ronda va a mi cuenta.
Los vítores se vuelven ensordecedores y, cuando otro joven nos guía a la sala del fondo del bar, entramos en cuanto se abre la puerta.
Messer se levanta de la mesa redonda para saludarnos y me abraza antes de nada.
—Supuse que eras tú la que causaba todo el alboroto.
Como si fuera a propósito, la celebración resuena de nuevo tras la puerta de madera. Tal vez no fue buena idea pagarles otra ronda...
—Y Beau, qué sorpresa —continúa—. Tan deliciosa como siempre.
Por el brillo de sus ojos y el gesto travieso de su sonrisa, sé que ya está algo borracho mientras se inclina para besarla en la mejilla.
—Guarda tus esfuerzos para otra, palomo —responde Beau.
Messer, sin inmutarse, deja su vaso y coge la canasta de sus manos.
—Pero si me has traído regalos —dice y examina el contenido antes de sonreírle—. ¿Son pasteles de toffee ?
—De mi madre —digo y le obligo a coger también la botella de champán—. Te dice «hola».
—Qué bien me conoce —afirma con una sonrisa lasciva, y sé que voy a odiar lo que salga de su boca a continuación—. Tendré que pasarme algún día para devolverle el favor.
Niego con la cabeza ante su broma.
—Te odio.
Su risa se detiene al ver a Fredrich.
—¿Te has traído contigo a tu acosador?
—Messer —le advierto.
—¿Qué? —pregunta, con cara de inocencia—. Solo me sorprende verlo dentro. Normalmente acecha desde un tejado cercano.
Fredrich no se ofende; más bien encuentra divertido el comentario.
—Es la mejor perspectiva —responde, neutro.
—Que todo el mundo se siente.
La orden viene de Drake, el hombre más joven en dirigir la marina de Maile, pero también un gran arquero y estratega militar. Nos ha servido bien desde que el General Samasu decidió renunciar, o más bien, la insistencia de mi madre le obligó a ello, para acompañarme a la frontera.
—Me alegro de verte —le digo.
Inclina la cabeza en una medio reverencia y frunzo el ceño al sentarme junto a él.
Ya le he repetido lo suficiente que odio las reverencias, especialmente en situaciones informales.
Mi madre insiste en que es un signo de respeto que debo tolerar con gracia, pero Drake no va de uniforme y lo considero mi amigo antes que mi vasallo.
Y porque es mi amigo, imita a Messer y le encanta provocarme.
Messer gira el corcho de la botella de champán.
—¿A quién más estamos esperando?
—Al general —responde Drake. Y, como si lo invocara, Sam aparece junto a él, provocando que el joven capitán dé un respingo.
—Dios santo —grita—. Deberíamos ponerte un cascabel.
El corcho finalmente salta y todos se agachan para evitar que les golpee.
—Y digo yo, ¿cómo es que eres precisamente tú el que siempre llega tarde? —pregunta justo antes de beber directamente de la botella.
—He estado ocupado —responde Sam—. Hay mucho que organizar. Soldados que dispersar. Un campamento que reubicar. —Se sienta junto a Drake, con el cansancio marcado en el rostro, mientras observa a Messer beber otra vez—. A diferencia de algunos de nosotros.
—Oye, yo hago mi parte —protesta Messer, señalándose.
Drake frunce el ceño.
—Lo único que haces es comer hasta que pareces un pavo relleno.
—No has mencionado que luego vomito hebillas y cordones. Muy útiles, debo decir.
Beau mueve los dedos para que Messer le pase el champán. Cuando me asomo por el costado de Fredrich para mirarla, ella dice:
—No puedes esperar que esté sobria entre tantos hombres insoportables.