Capítulo 17. Jo
Jo
—¿A dónde vais vosotras dos?
Beau y yo nos quedamos paralizadas y nos volvemos para ver a mi madre en la puerta que conduce a la cocina.
Con una bata de noche y el cabello cayéndole en ondas sobre los hombros, una podría pensar que acaba de salir de la cama, si no fuera por la harina que le mancha los dedos.
Su momento favorito para hornear es al final del día, a veces bien entrada la noche, pero parece que esta vez ha decidido terminar temprano.
—A la taberna —respondo—. Hemos quedado con Drake.
—Ah —dice ella—. ¿Cómo le va al nuevo comandante?
—Sam está impresionado —digo.
Drake solía ser segundo al mando del general Samasu, pero mi madre convenció a Sam de cederle las riendas a su sucesor para que él pudiera seguirme hasta la frontera. Aunque joven, Drake ha demostrado ser un líder hábil.
—Bien —comenta mi madre—. ¿Hay algo interesante que tratar?
Beau se encoge de hombros con naturalidad.
—Lo de siempre.
Hay una larga pausa en la que las tres intercambiamos miradas y ya sé lo que viene antes de que mi madre pregunte:
—¿Estás segura de que estás lista?
—Sí —asiento—. Ya se está corriendo la voz sobre mi regreso.
—Solo ha pasado una semana —me tranquiliza mientras se acerca—. Tienes derecho a un tiempo para adaptarte.
Soy firme en mi respuesta.
—La gente necesita verme.
El conflicto es evidente en su expresión. El orgullo de una reina que aprueba mi decisión, habiendo tenido que poner su título por encima de su propio bienestar muchas veces, lucha por prevalecer sobre la preocupación de una madre por su hija recién llegada de la batalla.
Mi confianza en el té para dormir no ha ayudado a aliviar su inquietud.
Aun así, una pequeña sonrisa le curva los labios.
—Al menos déjame empaquetar algunos de mis pasteles de toffee . A Messer le encantan.
Esta vez mi sonrisa es genuina mientras la vemos correr hacia la despensa.
Adora a Messer, siempre dice que es como un cachorro al que no hay que entrenar, lo cual es mayoritariamente cierto. Aun así, no le vendría mal un poco más de disciplina.
Regresa con una canasta y una botella de champán.
—Para celebrar tu victoria en la frontera —explica, mientras me entrega a mí la botella y la canasta a Beau—. La gente estará emocionada de ver a su campeona.
Luego me pellizca el costado y doy un gritito mientras me froto la zona dolorida.
—Deja de escaparte. Ya estás demasiado grande para esas tonterías.
Los ojos de Beau se deslizan hacia mí e irradian su característica arrogancia. Cuando llamé a su puerta y le dije que programara la reunión, me aconsejó informar a mi madre sobre mis planes de salir a la ciudad. No lo hice, obviamente, pero solo porque sabía que se preocuparía.
Confieso esto mientras abrazo a mi madre.
—Y no te quedes esperando —le digo, finalmente.
Ella se separa y me sostiene la cara con las manos mientras me mira.
—Al igual que tú, yo también soy adulta y haré lo que me plazca. —Sonríe y me aparta suavemente—. Ve a divertirte. Saluda a todos de mi parte.
Y por «todos» se refiere a Messer.
Al salir, cojo un puñado de guisantes dulces del cuenco que está junto a la puerta.
Los conejos aúllan en cuanto pisamos el patio, y esparcimos los guisantes cual confeti, lo que los calma con relativa facilidad y nos permite avanzar por los caminos serpenteantes hasta la puerta del frontal del patio.
Esperamos a que pase un carruaje antes de cruzar al otro lado de la calle. Me ajusto el abrigo de lana para protegerme del frío y sé que cualquier esfuerzo por pasar desapercibida es inútil. Nadie en Maile usa abrigos tan temprano en invierno, salvo los recién llegados.
Esta noche está particularmente concurrida. La gente sale a disfrutar del clima antes de la primera nevada. Y aunque estaba acostumbrada a vivir en una comunidad bulliciosa en Alaha, esto es muy diferente.
Aquí, la magia lo intensifica todo.
Una familia sale de un restaurante cercano a la calle: padre, madre y tres niños.
No hay nada especial en ellos, a excepción de la más pequeña, que no debe de tener más de seis años.
Salta junto a su hermana y, al mirar a ambos lados antes de cruzar, sus ojos reflejan la luz de las linternas y brillan con un blanco fantasmagórico antes de volver a un color normal.
Un indicio temprano de que posee el don de la clarividencia, igual que Greta.
Un vendedor de pasteles en la esquina entrega los postres a los clientes sobre una corriente de aire invisible.
Al otro lado, uno de los encendedores de lámparas de la ciudad está sobre una escalera rellenando un farol apagado antes de reavivarlo con un chasquido de dedos.
Más adelante, una lugareña atiende sus rosales en el umbral de su casa y los pétalos se abren en cuanto sus dedos los tocan ligeramente.
Aquí no se usa mucho el término «Heredero», si es que se llega a usar.
Simplemente hay personas con magia y otras sin ella.
Tener magia todavía se considera una bendición de la Madre, aunque la asociación religiosa ha disminuido con el tiempo.
Al menos, así lo explica mi madre. Es innegable que la tierra aún guarda secretos, porque incluso los que no tienen dones ven cómo el color se les escapa de los ojos al navegar por el mar.
La gente no tarda en reparar en mí y en mi voluminoso abrigo.
Intento no parecer demasiado apresurada mientras Beau y yo mantenemos el paso tranquilo hacia la taberna, a unas calles de distancia.
Saludo y agradezco los cumplidos y las felicitaciones por la batalla ganada en la frontera.
Los niños son los más audaces, vienen corriendo hacia mí para hacer reverencias y a veces se me abrazan a la cintura antes de que sus padres los aparten con disculpas.
Mi madre adora estar en el corazón de la ciudad, accesible para su gente.
Ella es el tipo de reina que aspiro a ser.
La sonrisa que me brinda es la misma que ofrece a su pueblo: sincera y abierta.
Irradia alegría y bondad y consigue que cualquiera que la vea se sienta reconocido solo por su presencia.
Una habilidad que aún no he logrado dominar.
Cuando percibe mis pensamientos inquietos, Beau me coge la mano y la aprieta.
—Estoy bien —la tranquilizo.
—Sabes que no puedes mentirme, Jo.
Contengo un suspiro.
—¿No puedes dejar que me salga con la mía de vez en cuando?
Mi pregunta le dibuja una reticente sonrisita en los labios.
—Nunca.
Beau está preciosa con su falda plisada hasta los tobillos.
Lleva el cabello trenzado con mechones dorados entrelazados y un pequeño adorno de mariposa dorada al final: símbolo de Maile y escudo de mi familia.
Muchos refugiados que huyen de la guerra también llevan la mariposa como muestra de gratitud por el refugio seguro, pero Beau la lleva simplemente porque ama Maile. Y a mi madre.
—Anoche recibí noticias de mi madre —dice.
Levanto una ceja, curiosa. Beau mantiene una comunicación regular con Greta desde que dejamos Kenta, pero rara vez me menciona algo a menos que haya noticias importantes.
—Dice que hay tensión en el palacio. Una ruptura entre el rey y mi hermano.
Desde hace tiempo ha dejado de referirse a Edmond como su padre y casi nunca menciona a su hermano salvo que sea algo importante, así que me da un vuelco el corazón.
—¿Se sabe por qué?
—Solo se puede especular. Las razones podrían ser infinitas, considerando..., bueno, todo.
Aunque no es casi nada, algo es. Un pequeño rayo de esperanza.
—Se suponía que no llevaría tanto tiempo —murmuro para mí.
Beau inclina la cabeza y me mira a través de las pestañas.
—Cuatro años no deshacen toda una vida de manipulación, Jo.
—Pensé que el rey ya habría mostrado sus verdaderos colores —digo. Que Acker se daría cuenta de la manipulación de su padre.
—Edmond no necesita magia para ser persuasivo —responde ella.
Escucho las palabras no dichas que se abstiene de añadir. Necesito tener con Acker la misma consideración que yo pediría a cambio. No es que le haya pedido ni jamás le vaya a pedir perdón por mi traición, pero eso es irrelevante.
—A la gente le lleva años aceptar quiénes son sus padres, incluso sin estar bajo una influencia mágica fuerte —comenta.
Nuestros espías nos han informado sobre la participación reacia de Acker en la dirección del consejo durante las frecuentes ausencias de su padre.
Fueron sus órdenes las que me obligaron a ir a la frontera norte para defendernos de los strou.
Mientras tanto, Edmond ha estado esperando su momento al tiempo que reconstruye su poder, y no hay nada que yo lamente más que no haber terminado con su existencia cuando tuve la oportunidad.
Mi daga estaba allí, lista para cortar su línea de vida con un solo tajo, algo que nadie había logrado antes, y...
Fallé.
Pensé que ignorar la súplica de Acker por la vida de su padre me haría tan malvada como el hombre al que intentaba matar, pero ser misericordiosa fue igual de egoísta que cualquier acción interesada del rey.
Sabía que si mataba a su padre, Acker nunca volvería a mirarme igual.
Esa mirada de adoración a la que me había acostumbrado se transformaría para siempre en odio.
Solo la idea me destrozaba. Y con una decisión precipitada, alimentada por la esperanza de que Acker pudiera perdonarme algún día, condené la vida de innumerables personas inocentes.
Algún día, me doy cuenta, que nunca llegará.
Me ha llevado demasiado tiempo admitir ante mí misma que Acker nunca me amó de verdad.
Solo me quiso por la conexión que compartimos, el vínculo que la Madre Naturaleza nos impuso.
Lo que creyó sentir entre nosotros de niños antes de que yo desapareciera.
Pero lo que realmente quería era alguien como Irina.
Una sustituta tranquila en su vida. Un trofeo. Un caballo valioso.
Y odio haber demostrado lo inútil que soy al no cumplir con la promesa que le hice a Kai. Con la rebelión. Conmigo misma, en el proceso.