Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 16. Acker
24%

Capítulo 16. Acker

Acker

Wells está de pie en el centro de su patio.

—No intentes detenerme.

La amenaza de violencia no se pronuncia, pero se entiende igualmente.

—No iba a hacerlo —le aseguro.

Los fuegos que ardían sin descanso en los hornos se han apagado en la última hora, como demuestra el humo que sale de sus bocas y el calor residual que aún queda en los crisoles.

Se ha aseado; por primera vez en lo que parecen años, su piel está libre de hollín.

Pero lo más revelador es la ausencia del collar alrededor de su cuello.

Llevaba tiempo planeando su huida.

—Bien —dice mientras pasa por mi lado—. Entonces, si me disculpas, tengo un barco que coger.

No hay tiempo para recrearse en el familiar escozor de la traición, así que hablo antes de que se vaya.

—Voy a Maile y quiero que Olivia y tú vengáis conmigo.

Se detiene y vuelve la cabeza lo justo para mirarme de reojo.

—¿Por qué?

—Voy a pedirle a Evelyn que me ayude a derrocar a mi padre.

Eso sí obtiene toda su atención.

Se gira bruscamente para encararme.

—¿Qué ha pasado?

—Mi padre y Wren están trabajando juntos.

Niega con la cabeza, incrédulo.

—No hay manera de que su consejo acepte algo así.

Respiro hondo, doy un paso hacia él y digo:

—Lo harían si les prometiera magia a cambio.

La conmoción lo deja sin palabras, con la mandíbula desencajada, mientras intenta entender lo que acabo de decirle.

—Yo... ¿Cómo...? ¿Qué?

—Te contaré todo lo que sé en el carruaje. Está esperando en la calle, pero tenemos que darnos prisa para recoger a Olivia si queremos llegar a nuestro barco antes de que mi padre se dé cuenta de que me he ido.

Su evidente desconfianza es como un cuchillo que se me clava hondo, pero me conoce lo suficiente como para saber que nunca abandonaría mi puesto ni a mi gente por mi propia seguridad. Y menos aún pondría en peligro a Olivia. Tras un largo y tenso momento, se relaja.

—De acuerdo —concede y sus ojos pierden parte de su dureza—. Vamos.

Harold nos mantiene la puerta abierta al salir del patio.

Ya ha pasado la medianoche y las calles están desiertas.

Subo primero al carruaje y me doy cuenta de mi error un segundo demasiado tarde.

Wells se queda paralizado al ver a mi esposa, Irina, sentada a mi lado en el reducido espacio.

Todo el avance logrado en los últimos minutos se deshace al instante y el rostro de Wells se endurece.

Irina alza una ceja desafiante en su dirección.

Golpeo la puerta con la mano para evitar que se cierre cuando él da un paso atrás.

—La necesitamos. No tendríamos ninguna posibilidad de llegar vivos a Maile en un barco de Kenta sin una ilusionista.

Su expresión es acusadora.

—¿No has avisado antes a Maile?

—¿Y arriesgarme a que mi padre se enterara? —Niego con la cabeza—. Escucha, podemos enviar un ave cuando lleguemos a casa de tu familia. —Eso parece tranquilizarlo un poco, aunque no demasiado, y empiezo a perder la paciencia—. Wells...

Con un gesto de resignación, cede y se sienta en el banco frente a nosotros. Harold cierra la puerta y quedamos envueltos en la oscuridad. Recorremos las calles de la ciudad sin hablar.

No pasa mucho tiempo antes de que el sonido de las ruedas sobre la piedra cambie al pavimento y luego se amortigüe al rodar sobre la tierra blanda, al salir de la ciudad.

Solo entonces cojo la lámpara que está a mis pies y se la paso a Wells.

Con un chasquido de sus dedos, la mecha prende y la cuelga en el gancho junto a la puerta.

—Supongo que era evidente que nos conoceríamos en algún momento —dice Wells, dirigiéndose a Irina—. Soy Wells.

—Sé quién sois —responde ella con una sonrisa educada, aunque la mirada calculadora en sus ojos no deja lugar a dudas—. Me alegra poder agradeceros por fin en persona nuestro increíble regalo de bodas.

La tensión se espesa entre ambos al mencionar el obsequio tan cargado de intención que Wells y Olivia nos hicieron.

Una daga que Wells forjó con sus propias manos; se notaba por el trabajo.

Eso habría sido un buen regalo, pero el insulto fueron las imágenes grabadas en el interior de la tapa de la caja de madera en la que llegó: mariposas pintadas en distintos tonos de púrpura, los colores de Maile.

La expresión de Irina se agrió ante toda la congregación cuando la abrió, el rostro se le puso completamente rojo.

Fue una burla evidente a nuestras nupcias, teniendo en cuenta que Wells y Olivia se negaron a asistir a la boda.

Mi padre estaba tan furioso como mi nueva esposa, pero incluso él sabía que sería una estupidez ahorcar a nuestro mejor herrero con una guerra a punto de estallar.

Wells no parece arrepentido en absoluto. Tampoco se disculpa; simplemente aparta la atención de ella por completo. El silencio vuelve a llenar el compartimento y, al cabo de un rato, Irina se acomoda lo suficiente como para quedarse dormida.

Gracias a los dioses.

Wells observa cómo se acurruca contra mí, con la cabeza apoyada en mi hombro.

—Te va a matar, ¿lo sabes?

No necesito que aclare a quién se refiere, ni discuto la posibilidad. La idea me ha rondado la cabeza muchas veces desde que decidí viajar a Maile. La ira de Jovie podría ser perfectamente mi final.

Pero supongo que estamos a punto de averiguarlo.