Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 15. Jo #2
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Capítulo 15. Jo #2

La puerta chirría mientras entro en mi dormitorio.

Logra que la tienda donde he estado durmiendo en la frontera parezca una broma de mal gusto.

Unas alfombras de piel cubren el suelo de piedra y varios velos de lino traslúcido caen desde el dosel de mi cama, envolviendo el lecho, que está junto a la pared del fondo, frente a la bañera con patas situada en el otro extremo.

En el centro de la habitación está mi escritorio, orientado hacia las puertas de la terraza para poder mirar la ciudad cuando están abiertas.

Ahí coloco la lámpara, en el borde de la superficie, tan desordenada y caótica como la dejé.

Los libros y pergaminos se amontonan sin orden.

Es el mismo dormitorio que, por lo visto, usaba de niña, aunque todavía no tengo recuerdos de él antes de mi regreso a Maile hace cuatro años.

Cuando escapé de Kenta, esperaba que estar en mi casa de la infancia despertara recuerdos olvidados, pero solo me encontré con la decepción de no sentir familiaridad al cruzar la puerta.

La misma sensación que tengo ahora. No siento esto como un hogar y lo mismo me ha pasado con cualquier otro lugar hasta ahora.

Pero aquella cabaña en Alaha sigue llamándome.

Observo los jabones y las toallas junto a la bañera y deduzco que el general Samasu debe de haber advertido a mi madre de mi regreso inminente. Me quito todo menos el collar de piedras mangi y dejo la ropa en el suelo, pues también pide a gritos que la tiren.

Arrodillada en la bañera vacía, me deshago el nudo de la base de la trenza y empiezo a desenredarme los mechones enmarañados.

Hice lo posible por cuidarla durante mi tiempo en la frontera, recogiéndola y enjuagándola después de cada batalla, pero no ha servido de mucho.

Me llega justo debajo del pecho. Abro el grifo y espero a que el agua se caliente antes de sumergir la cabeza.

El agua sale marrón cuando me paso los dedos por el pelo y tarda mucho en volverse clara.

Luego me restriego la piel con un paño y abundante jabón y me enjuago antes de llenar la bañera por completo.

Vierto generosamente aceites y jabón antes de acomodarme para, por fin, dejar que mi cuerpo se relaje.

No dura mucho.

Un golpe en la puerta me sobresalta.

—Adelante —digo, con la voz quebrada por el escaso uso y el agotamiento. Giro la cabeza y veo a Karla asomando la suya por la rendija.

Debe considerar que estoy visible, porque se apresura a entrar con una bandeja.

—He traído té —dice. La anciana mantiene la mirada apartada mientras coloca la taza y el platito en la mesilla de noche y deja con cuidado la tetera humeante—. Es para ayudarte a dormir —explica.

Hay un momento incómodo en el que su mirada se encuentra con la mía.

Como criada de mi madre de mayor duración, Karla es la única persona en quien ella confiaría para traerme algo a la habitación.

Y con razón. No se detiene innecesariamente ni chismorrea con el resto del personal.

Este es su deber y lo cumple con la gravedad apropiada.

Por eso me sorprende la preocupación en sus ojos.

Mientras se revuelve la tela de la falda, aparta la mirada de nuevo antes de recoger mi ropa sucia del suelo y salir.

—Gracias —le digo, pero solo recibo el sonido de la puerta cerrándose.

Apoyo la cabeza contra el borde de la bañera y me hundo más en el agua. Exhalo despacio, concentrándome en la siguiente respiración, y en la siguiente, hasta que volver a respirar parece natural. Quería evitar todo esto. La preocupación de mi madre a veces me pesa más que el título.

Jugueteo con unas burbujas que se adhieren entre sí y la línea negra de suciedad bajo las uñas me llama la atención.

Asqueroso.

Llamo a mi arma; la daga negra me aparece en la mano al instante.

La giro entre los dedos, sobre los nudillos, por debajo, otra vez sobre ellos y de vuelta a la palma.

La hoja está desafilada y el mango se mueve al manipularla.

Pronto necesitaré repararla. Por el momento, sin embargo, me sirve para sacarme la suciedad de debajo de las uñas.

Mi mente se aclara mientras realizo la tarea y el cuerpo se relaja.

Pensar que alguna vez me horrorizó la idea de comer con un cuchillo que se había usado para matar...

y aquí estoy, rascándome las uñas con él.

Cada rasguño y chasquido de la hoja es como una catarsis.

Como eliminar los últimos restos de las semanas en el campamento, la noche que pasamos escalando la ladera rocosa, clavando manos y dedos en cualquier cosa donde pudiera aferrarme, a veces en lugares resbaladizos de barro y arcilla y...

«Siento la tierra fría bajo las rodillas, pero la sangre que me cubre la piel está caliente. No dura mucho; el aire helado me envuelve y el hombre que se encuentra debajo de mí está pálido, sus ojos vacíos miran al cielo nocturno. No llegó a vernos venir.

»Me tiemblan las manos.

»Están saturadas de rojo y trato de limpiármelas en los pantalones.

Es inútil. Cuanto más las limpio, más se extiende.

Me gotea de los dedos como el agua gotea de un grifo e inunda el suelo bajo mis rodillas.

El pánico me domina mientras intento levantarme, solo para que el suelo se deslice, fundiéndose en una marea creciente, y de repente estoy ahogándome en un mar de sangre.

Abro la boca para gritar, pero el líquido me asfixia.

Me sumerjo».

Salgo a la superficie, inhalando aire antes de romper a toser.

No es una marea roja, sino agua jabonosa que se desborda de la bañera y salpica el duro suelo. Me agarro al borde, con el corazón latiéndome desbocado, mientras intento recuperar el control.

Estoy en casa.

Estoy a salvo.

La magia me burbujea bajo el esternón. Una agitación violenta que me enciende la piel. No es la primera vez que sucede, aunque sigue siendo infrecuente, dado el yugo de piedras mangi que normalmente llevo; el collar que tengo ahora no es lo suficiente fuerte para contener la magia.

Apoyo la palma sobre el lugar de donde emana y le aseguro que estoy bien. Debo de haberme quedado dormida. Solo ha sido una pesadilla.

Entonces siento algo.

A él.

La conexión que se entrelaza con mi magia.

Una no existe sin la otra y, cuanto más tarda en calmarse mi magia, más probable es que la otra parte del vínculo responda.

Un roce fantasmagórico, como el aliento en la nuca, provoca que la piel se me erice.

Giro hacia la puerta para ver qué hay detrás y no encuentro nada.

El eco de una risa familiar me inunda de miedo.

Salto de la bañera, salpicando aún más agua mientras corro hacia la mesilla de noche.

Abro el cajón de golpe, cojo un puñado de piedras y collares mangi que tengo guardados y los coloco sobre el lugar donde reside mi magia.

Es nauseabundo, asfixiante, pero trago bilis hasta que la sensación se calma y el resplandor de mi piel ya no se filtra por los párpados cerrados.

Cuando encuentro el valor para abrirlos, me recibe un silencio humillantemente fuerte.

No hay nadie.

Pero me coloco una capa extra de piedras alrededor del cuello y luego otra más. Solo para asegurarme.

Miro la taza de porcelana que dejó Karla y vierto el té de la tetera con las manos temblorosas, salpicando algo en el platito en mi apresuramiento. Es negro y opaco; acerco la taza a la nariz antes de retroceder ante su aroma amargo. Huele peor que el hidromiel clandestino que bebí en Alaha.

Las palabras de Fredrich flotan en mi mente. «Bebe el té».

Me siento en la cama, sin importarme que aún esté mojada, y me tomo el horrible líquido en dos tragos, luego me llevo el dorso de la mano a la boca para evitar que vuelva a subir.

Cualquier cosa es mejor que sentir que estoy perdiendo la cordura poco a poco y ser consciente de ello al mismo tiempo, porque no hay otra explicación para la sensación en la base de mi nuca.

Como si alguien me estuviera observando.

Entonces el mundo se oscurece a mi alrededor...

No recuerdo nada más después de eso.