Capítulo 15. Jo
Jo
La capital de Maile se asienta a los pies del monte Zallis.
La sal del golfo se mezcla con la corriente helada que desciende desde la cima de la montaña y crea una sensación revitalizante en el aire que devuelve algo de energía a mis huesos cansados.
Los caballos casi arrastran las pezuñas, sus cabezas se balancean a cada paso, pero no los forzamos.
De todos modos, es mejor pasar en silencio por la ciudad en plena noche.
Fredrich no protestó cuando sugerí volver a casa durante las primeras horas, pese a la falta de sueño acumulada durante las últimas semanas.
Esto es justo lo que necesitaba: poder regresar sin el peso de mi título sobre la cabeza.
Sin miradas que sigan cada uno de mis movimientos y sin que la vergüenza por mis decisiones me pise los talones.
Las farolas que salpican las calles empedradas permanecen encendidas toda la noche.
A lo largo de los caminos serpenteantes se alinean las casitas, con escalones que conducen a puertas pintadas de colores vivos.
Las contraventanas están cerradas, pero al amanecer se abrirán y las calles se llenarán de gente.
El olor a océano y a hielo quedará oculto por el del café, el pan caliente y el té especiado, y por el de los caballos que transportan mercancías y carruajes.
Es mi momento favorito del día: desayunar en mi terraza y ver cómo la ciudad despierta mientras el sol se alza sobre el golfo, a lo lejos.
Aunque he encontrado algo admirable en la resistencia de Alaha, en su capacidad de sobrevivir en un lugar casi inhabitable en medio del mar, y he comprendido el atractivo de la grandeza de Kenta, la verdadera belleza de Maile reside en sus gentes.
Todo el mundo cumple su papel, no porque sea necesario para sobrevivir, sino porque entienden que, si Maile prospera, su gente también lo hace.
Me cubro un bostezo con el pliegue del brazo.
Al alzar la vista, me invade a partes iguales el alivio de ver la puerta amarilla del patio del palacio y una sensación de temor.
Aun así, un baño caliente y la ropa limpia me llaman, y la distancia que queda por recorrer se me antoja casi insalvable mientras seguimos avanzando con paso cansino.
Encajada entre las casas vecinas, la puerta solitaria parece discreta.
Los muros de piedra encalada que enmarcan el patio coinciden con los del palacio que se alza detrás.
El tercer piso, el más alto, apenas se distingue por encima de los árboles que rodean el perímetro de la propiedad.
Mi madre decía que quería vivir cerca del pueblo, pero aun así aprecia su intimidad.
Desmonto, desato la bolsa de la silla y me vuelvo hacia Fredrich para entregarle las riendas de mi caballo. Levanto la vista y me encuentro con su mirada.
La necesidad de reconocer el viaje que hemos hecho juntos casi me ahoga, pero nada de lo que pudiera decir estaría a la altura. Cualquier palabra sería insuficiente.
Él asiente.
—Bebe el té —dice.
«¿El té?».
Sin dar más explicaciones, le chasquea la lengua a su caballo y continúa hacia los establos, cerca de la arena de entrenamiento, en el extremo de la ciudad.
Me cuelgo el morral al hombro, me acerco al pequeño jardín de macetas cercano a la puerta amarilla y hundo los dedos en la tierra.
Estamos a principios de invierno, así que no sé si encontraré algo útil, pero respiro aliviada cuando mis dedos se topan con una raíz dura.
Arranco la zanahoria. Es pequeña, pero suficiente para apaciguar a los animales guardianes de mi madre.
Me sacudo las manos y agarro el tirador de hierro para abrir la puerta. El patio es precioso, incluso de noche. Las lámparas parpadean sobre los muros cubiertos de enredaderas y celosías e iluminan el sendero que serpentea entre los jardines hasta la puerta principal.
A los pocos pasos comienzan los gruñidos.
Se llaman entre ellos cuando entra en juego su instinto territorial.
La luz de la luna se refleja en sus ojos mientras se acercan.
Seis..., no, siete. Dispersos entre el paisajismo decorativo, me enseñan los dientes.
Chasqueo la lengua de forma conciliadora, pero no sirve de nada.
Lo que de verdad quieren es la comida que llevo en la mano... o la carne blanda de mis tobillos.
El primer conejo que salta a distancia de ataque muestra por completo los colmillos y sé por experiencia propia que su gruñido de advertencia no es solo teatro.
Rompo un trozo de zanahoria y lo lanzo a sus patas.
El pequeño animal mueve la nariz, relaja el hocico y se inclina para inspeccionar el bocado.
Luego lo mastica y el chasquido seco de la raíz entre sus dientes, ya menos amenazadores, indica al resto que no soy un intruso.
El coro de gruñidos cesa mientras se acercan dando saltitos, poniéndose sobre las patas traseras para llamar mi atención.
Sigo partiendo más trozos de zanahoria y los esparzo por el suelo mientras avanzo.
Refunfuño cuando empiezan a pelearse entre ellos y emito un chasquido con los dedos para separarlos.
—Por cien mil conejos rabiosos —murmuro.
La elección de animales guardianes de mi madre es poco habitual, pero estos son feroces y sorprendentemente eficaces a la hora de abatir intrusos indeseados, sin importar su tamaño. También resultan una molestia constante para cualquiera que entre o salga del patio con permiso.
Llamo a la puerta interior y la mirilla se abre.
Iona, la portera nocturna del palacio, aparece en el pequeño hueco.
No reacciona a mi llegada. Estoy casi segura de que nunca he visto a la anciana parpadear ni, mucho menos, sonreír.
La mirilla se cierra de golpe y, un momento después, los cerrojos suenan y la puerta se abre dando paso al vestíbulo.
Iona me examina de arriba abajo y se detiene en mis pies. El suelo está pulido a la perfección y su reprimenda silenciosa por llevar las botas sucias es atronadora. Murmuro una disculpa mientras me inclino para quitármelas. Solo entonces me permite pasar.
—Por favor, no avises a mi madre —le digo—. No hace falta despertarla a estas horas, ¿de acuerdo?
Iona me observa, todavía sin parpadear, y lo único que puedo hacer es suponer que está de acuerdo.
Como siempre, hay una lámpara colgada en la entrada, encendida y disponible para cualquiera que cruce el umbral.
La saco de su soporte y la alzo para orientarme por el amplio pasillo.
La llama lame la oscuridad, pero no llega a disiparla del todo.
Aunque, en realidad, tampoco es necesario.
He recorrido estos pasillos las veces suficientes como para conocerlos al dedillo.
Son los mismos que recorría noche tras noche mientras intentaba recomponer mi corazón roto.
Donde conocí mi pasado y supe quién soy en realidad, cuando mi madre me acompañaba en el duelo, incapaz, ella también, de dormir.
La planta principal del palacio está casi vacía.
Hay un comedor, salones y dormitorios de invitados que llevan muchos muchos años sin usarse.
Salvo las cocinas, apenas se aprovecha esta zona.
Al final del pasillo se abre la entrada a una escalera de caracol y subo hasta el rellano que conduce a mis aposentos.
Un movimiento capta mi atención por el rabillo del ojo y mi madre aparece desde el lado opuesto del rellano, por donde la escalera continúa hacia el tercer piso.
Surge como una aparición, con la piel clara y el pelo rojo brillando a la luz de la lámpara mientras se acerca.
Sus ojos parecen de cristal mientras intenta, sin conseguirlo, contener la emoción.
Mi voz se quiebra en el silencio de la noche.
—Estoy bien...
Me rodea con los brazos en cuanto las palabras salen de mi boca.
La lámpara se balancea en mi mano y proyecta sombras contra las paredes.
Dejo caer las botas para abrazarla también.
Me hace daño, los músculos están resentidos por el viaje y su abrazo es firme y apretado, pero no me aparto.
Oigo y siento el temblor de su respiración mientras me estrecha.
Sé que huelo mal, pero su aroma familiar nos envuelve a ambas.
A lilas y ropa limpia; lo absorbo con ansia.
Se separa lo justo para sostenerme el rostro entre las manos y mirarme bien. Su mirada intensa parece durar una eternidad, pero le concedo todo el tiempo que le haga falta, sé que lo necesita. La certeza de que estoy viva, sana y ante ella, no perdida una vez más.
—Mi niña —susurra, con la voz temblorosa.
Me permito una sonrisa.
Ella no me la devuelve, pues la humedad sigue acumulándosele en las pestañas. La culpa amenaza con desbordarme, pero la aplasto mientras me mantengo firme. No dejaré que vea mis remordimientos. No puede sospechar que no estoy completamente segura de mis decisiones.
—Ve —dice, liberándome—. Haré que Karla te traiga un poco de té.
—No hace falta despertarla...
—Ya lo he hecho. Lo está preparando ahora. —Se agacha y recoge mis botas. Intento cogérselas, pero ella las aparta, sujetándolas entre los dedos con asco—. Y voy a tirarlas.
Se marcha tan silenciosa como había venido, cumpliendo su misión.
Aturdida, camino el resto de la distancia hasta mi habitación. Justo al lado de la mía está la de Beau y allí se encuentra, en el umbral. Todos mis planes de colarme sin que nadie lo notara han fracasado estrepitosamente.
Con los brazos cruzados, Beau me observa con desconfianza mientras me acerco.
—Tus colores están apagados.
Las palabras me duelen, pero solo porque sé que son verdad.
—Me siento apagada.
La tristeza le marca los rasgos mientras se lanza a abrazarme. Es un abrazo corto y apretado, y luego me empuja de nuevo.
—Ve a lavarte —dice, empujándome hacia mi habitación—. El olor a guerra que llevas encima me está dando náuseas.