Capítulo 14. Acker #2
La biblioteca ya no cumple esa función. Nadie se atreve a entrar en sus muros. Desde la traición de Beau, la gente ha evitado a su madre, creyendo que debía saberlo de antemano y que, por tanto, debía ser igual de traidora. Aunque mi padre se niega a creerlo.
No llamo, abro una de las grandes puertas lo suficiente para deslizarme dentro y luego la cierro detrás de mí. La luz de la lámpara baña la planta baja, proporcionando suficiente claridad, así que coloco mi propia lámpara sobre el escritorio circular en el centro de la sala.
—Greta —llamo y mi voz viaja por las paredes curvas llenas de libros y rebota en el techo cubierto de sombras—. ¡Greta!
Desde abajo llega el sonido de un cerrojo deslizándose. En el suelo, bajo el centro abierto del escritorio, se revela una Greta demacrada. A pesar de su cabello encrespado y las gafas desequilibradas, aún me dedica una sonrisa.
—Acker —dice mientras sale del hueco en el suelo—. Te estaba esperando.
Cómo no.
Veo por un instante la pequeña biblioteca secreta bajo el suelo antes de que cierre de nuevo la trampilla. Cada vez que creo haber tocado fondo en el pozo lleno de recuerdos de la estancia de Jovie aquí, me equivoco y debo respirar despacio para superar el pinchazo en el pecho.
—Entonces sabes por qué estoy aquí —le digo.
Ella se sacude el polvo de las palmas en los pantalones.
—Tu padre dejó de pedirme mis predicciones sobre el futuro hace casi una década. —Se deja caer en la silla del escritorio y se aparta el cabello de la cara mientras se apoya con los antebrazos—. Nunca le gustaron mis respuestas.
Mi padre nunca ha ocultado lo poco que valora la visión de Greta. «Creamos nuestro futuro, no lo padecemos», solía decir, para desestimar el don de su vínculo.
—No te lo estoy pidiendo. —Mi tono la hace vacilar.
—Tu padre se enterará —dice, con advertencia clara en la voz.
—Lo sé.
Admito que me da vergüenza haber tardado tanto en reunir el valor para venir a verla y creo que es porque me he pasado la mayor parte de mi vida aferrado con desesperación a la idea de que mi padre tenía razón.
Que podemos forjar nuestros propios caminos.
Pero desde la traición de Jovie, me siento completamente un mero espectador de mi vida.
—¿Qué te hace pensar que puedes manejar la realidad de lo que está por venir?
—No puedo —le respondo con honestidad.
Debe percibir el delgado hilo del que cuelgo porque se endereza un poco. Se quita las gafas y las coloca sobre el escritorio mientras se pone de pie.
—¿Me ayudarías con mi collar?
Levanto la sección del escritorio que permite el acceso al centro y me coloco dentro del círculo a su lado mientras ella se vuelve, dándome la espalda.
Las piedras mangi que Greta lleva al cuello son la única razón por la que mi padre no la incluyó con Beau y Jovie en su traición.
Al igual que su hija, Greta puede abrumarse con su don y siempre ha usado el collar por su propia cordura.
Pero aunque nunca fue concebido como una cadena, se ha convertido en eso por la insistencia de mi padre de que nunca revele sus visiones.
Greta agarra el collar con ambas manos mientras yo uso mi magia para girar el mecanismo de cierre, liberándola y, como si se deshiciera de un peso, estira su columna.
Es una sensación que conozco demasiado bien.
Sigue de espaldas cuando se queda inmóvil, absolutamente quieta.
Cuando éramos niños, Beau nos contaba historias en las que se despertaba y veía a su madre al pie de la cama, con los ojos cegados pero consciente, recitando sus visiones en voz alta.
Hallis, Wells y yo asumimos que exageraba, pero nos asustó lo suficiente como para no atrevernos nunca a contrariarla.
Todos fuimos muy diligentes en devolver los libros de la biblioteca a tiempo.
Pero al acercarme lentamente para mirarla, puedo decir honestamente que Beau nunca exageró. Ni siquiera un poco. Si acaso, no enfatizó lo suficiente la horrenda realidad. Con los ojos vidriosos y un brillo blanquecino, la expresión de Greta es inquietante, el rostro flojo y desprovisto de emoción.
Y nada podía prepararme para la voz monótona e inquebrantable cuando habla:
—Los cuerpos yacen esparcidos. Mas cambiarán su lealtad —dice con frialdad, como si recitara líneas—. Uno prevalecerá.
Un escalofrío me recorre la piel y retrocedo como si la premonición fuera a cumplirse en cualquier momento.
Parpadea y la vida regresa a su rostro y a su cuerpo, sus rasgos se animan de nuevo, pero aún pronuncia una última y terrible declaración:
—El rey de Kenta prevalecerá.
Mi respiración se detiene.
—¿Sabes cuándo ocurrirá todo esto? —pregunto.
Asiente levemente.
—Probablemente este invierno, a juzgar por la nieve en el suelo.
Me quedo sin palabras.
Le tiemblan las manos al coger las gafas. Me acerco a ella.
—¿Estás bien?
Hace un gesto para restar importancia a mi preocupación.
—Solo un poco desentrenada —dice—. Tus piedras mangi..., si no tienes cuidado, un día estarás igual de desentrenado que yo.
—No, si encuentro una manera de romper el juramento de sangre.
Ella esboza una sonrisa, pero sin humor.
—He buscado en todos los textos, muchacho. No existe tal cosa. Nada salvo matarte junto con tu vínculo.
Su seguridad obvia me irrita.
—Has tenido muchas oportunidades para matar a mi padre, ¿por qué no lo has hecho?
—Como tú, no dejé de amarlo hasta que fue demasiado tarde.
He obtenido lo que vine a buscar, así que no sé por qué la siguiente pregunta se me escapa de los labios.
—¿Es por eso por lo que no te has ido con Beau? —«Cuando ella y Jovie me traicionaron...».
Su sonrisa desaparece por completo para dar paso a un semblante inquebrantable de desesperación.
—Si hubiera tenido siquiera una oportunidad de evitar a tu padre, de huir de él y llegar a un lugar donde nunca pudiera encontrarme, la habría aprovechado al instante.
—Suspira, como si la verdad la agotara—.
Pero todos tenemos un papel que desempeñar y el mío es tan inevitable como el de tu vínculo.
Habla como si el destino de Jovie estuviera escrito en piedra y no me gusta.
Siempre he pensado que mi padre mantenía a Greta encerrada en la biblioteca por mera posesividad. La conoció después de haberse casado con mi madre y no podía soportar separarse de ninguna de las dos. Desde entonces he aprendido que nadie puede negar el vínculo, sea rey o no.
Sin embargo, Greta tiene razón. Daría igual a dónde se fuera. Mientras mi padre siga vivo, ella nunca podrá escapar de él, pues siempre serán atraídos el uno hacia el otro por el vínculo.
Quizá pueda comprender a mi padre más de lo que me gustaría admitir.