Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 14. Acker
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Capítulo 14. Acker

Acker

Es bien pasada la medianoche cuando mi padre irrumpe en mis aposentos.

Desde el momento en que pidió su vino favorito de la bodega y llamó a su catador real, supe que iba a ser una larga noche de intercambio de batallitas entre Wren y él, si no me retiraba.

Pero también sabía que estaba descontento con mi actitud poco amable hacia Wren y que con toda seguridad lo mencionaría más tarde.

Probablemente en un momento inoportuno. Otra de sus tácticas para ganar ventaja.

Cierro el libro que estaba leyendo, me levanto del escritorio y meto las manos en los bolsillos mientras espero a que su disgusto haga acto de presencia.

Examina la cama vacía con un arqueo de ceja poco impresionado y luego dirige la mirada hacia las paredes desnudas y las superficies llenas de imperfecciones mientras se apoya contra la repisa.

—Me has estado siguiendo.

La acusación me coge desprevenido, pero no lo niego.

—Contraté a un cambiante para rastrear tu aroma.

Al principio pensé que los rumores eran ciertos, que simplemente estaba siendo cauteloso respecto a sus aventuras extramatrimoniales.

Después de años y años de sermones sobre mantener las apariencias dentro de los muros del palacio, que él fuera esquivo en ese terreno no habría sido una sorpresa.

Nada era más importante que mantener el statu quo con los cortesanos.

Pero en sus recientes salidas solía visitar primero las minas, para supervisar los esfuerzos por excavar más piedra ígnea, antes de dirigirse al sur.

Y ahí es donde el cambiante lo perdía siempre.

—¿Quién te lo ha dicho? —pregunto.

—Tengo mis fuentes —responde con indiferencia—. Supongo que debería de habérmelo esperado. Después de todo, eres mi hijo.

Con un movimiento de muñeca, la chimenea estalla en llamas antes de atenuarse y crepitar con más calma. Es una demostración gratuita de la magia que ha estado ocultando, y retrocedo un paso, tambaleante.

—¿Cómo? —pregunto, intentando disimular el miedo, aunque seguramente se nota en mi asombro.

Me observa con un brillo divertido en los ojos, disfruta de mi reacción.

—No deberías dejar que el frío se te cuele así en casa —me amonesta, ignorando mi pregunta—. Quizá entonces, tu esposa prefiriese tu cama a la de su amante.

No le digo que en realidad la he enviado lejos, tras haber previsto esta confrontación.

—No me hables con condescendencia —digo en su lugar—. Dime cómo has recuperado tu don.

—Creo que es mejor que nos sentemos para esta conversación —dice.

La silla de lectura se desliza sola por el suelo hacia nosotros y doy un paso atrás, alarmado por su movimiento independiente.

Hasta que mi padre se sienta y, absolutamente horrorizado, me doy cuenta de que, de alguna manera, también ha desarrollado el don de la telequinesis.

Un don que permite mover objetos con la mente.

Solo conozco a una persona con ese don y estaba confinada en las mazmorras del palacio al final de la última guerra, cuando los alaha fueron exiliados.

Se muestra insoportablemente satisfecho mientras se reclina y cruza una pierna sobre la otra.

—He descubierto un método que permite transferir los dones de un Heredero a otra persona.

—¿Y cuál es ese método? —pregunto.

Sus ojos bajan hacia las piedras que llevo al cuello.

—Si esta información se filtrara... —dice mientras se inclina más cerca—... podría ser catastrófico.

—Estás matando gente y robándole la magia —deduzco, cauteloso.

No lo niega y no hay manera de disfrazar mis verdaderos sentimientos, el labio superior se me curva en un gesto de disgusto.

No se ofende ni un ápice por mi reacción.

—Solo a aquellos que han usado sus dones para dañar a otros.

—¿Y qué hay de nosotros? —Hago un gesto entre los dos con la mano—. ¿Deberían despojarnos de la bendición de la Madre por todos aquellos a los que hemos dañado?

—Somos reyes —habla despacio, como si el concepto fuera nuevo para mí—. Se nos conceden... privilegios.

Sacudo la cabeza.

—No para coger lo que pertenece legítimamente a otro.

—Tú y yo no usamos nuestros dones contra nuestro pueblo. —Me lanza una mirada amonestadora—. Los usamos para luchar por nuestro pueblo.

Una serie de respuestas se me pasan por la mente, pero la verdad es que no he peleado mucho. No últimamente. Salvo aquella noche en que luché para mantener a Jovie a salvo, pero eso ni siquiera fue en defensa de mis hombres.

En cambio, he estado navegando por la política de la corte y trazando estrategias de guerra mientras me mantenían en la oscuridad sobre los asuntos realmente importantes.

Para eso podría haber ido al frente sin armas, con los ojos vendados.

Así de inútil he sido: solo un sustituto conveniente en ausencia de mi padre mientras él hacía lo inconcebible.

He estado esperando esto.

El momento en que sabría que no hay nada redimible en él.

Una daga reposa en el borde de mi escritorio.

La tentación de usarla grita en mi mente.

Quitarme las piedras y enviar la hoja directamente a la garganta de mi padre, terminar su reinado tiránico aquí mismo, ahora mismo.

Sus ojos bajan hacia el lugar donde mi mano cuelga a un lado, cerrada en un puño, y me apresuro a comprobar que mis escudos mentales estén fortificados.

No hay manera de saber cuántos dones esconde.

Me devuelve la mirada.

—Sea lo que sea que estés pensando, cualquier movimiento contra mí fracasará.

Necesito calmarme.

Señalando la otra silla tapizada, pregunto:

—¿Te importa?

Sin mover un músculo, mi padre hace que la silla se deslice por el suelo. Me siento y miro la copa de vino que he dejado en el escritorio. Mi padre lo capta rápidamente y la copa flota en el aire hasta mi mano. Tomo un largo sorbo de su contenido.

—Muy llamativo —dice y una sonrisa le reaparece len­tamente en el rostro—. Pero ¿ves? Las posibilidades son infinitas.

—Puedo aceptar que tiene sus beneficios —digo, mientras giro el tallo de la copa entre los dedos e intento mantener una expresión creíble—.

Lo que quiero es asegurarme de que los Herederos a los que les cojamos los dones hayan abusado de su magia de maneras que contradigan las intenciones de la Madre Naturaleza.

—Por supuesto. Ya he dado instrucciones a los señores de la corte para que entreguen a cualquier prisionero detenido y acusado de infracciones relacionadas con la magia.

—No fue territorio de Roison lo que has acordado darle a Wren, sino magia para su pueblo a cambio de esta alianza —digo, juntando las piezas.

Asiente.

Absorbo su respuesta.

—¿Tienes idea de cuál es el número de prisioneros? —pregunto.

Su humor cambia y su sonrisa se desvanece ante mi pregunta.

—Si queremos apaciguar a Wren, entonces no son suficientes.

Aquí es donde contar con un oráculo habría sido de gran ayuda para encontrar a los verdaderos malhechores.

Sin embargo, no he podido conseguir uno.

Al menos, no uno lo suficientemente fiable.

O, por ejemplo, si tuviéramos a alguien como Beau...

Me tenso en el asiento, cuando mi magia reacciona a la insinuación, ardiéndome por las venas como un incendio. Pero no me muevo.

—Ella nunca aceptaría —digo.

Me lanza una mirada que me retrotrae a la infancia, cuando le pedía que dejara a mi hermana entrenar en el patio junto a mí.

Como si me estuviera haciendo el favor de escucharme.

—Su don es único —dice—. Es realmente desafortunado cómo han acabado las cosas con ella. Era mi mejor baza. La tuya también, lo sé.

Termino el vino y me encojo de hombros.

—Ajá —murmuro, indiferente, mientras observo mi vaso vacío.

Hablamos sobre sus planes de enviar soldados a las aldeas vecinas para comenzar a reunir a los Herederos encarcelados.

Intervengo cuando lo considero apropiado mientras el vino en mi estómago se torna cada vez más agrio.

Pero debo de hacer un trabajo lo suficiente convincente aparentando calma e interés, porque no pasa mucho tiempo antes de que decida retirarse a dormir.

Espero un buen rato después de que se haya ido, para asegurarme de que todo está despejado antes de coger la lámpara de aceite de mi escritorio y escabullirme.

El hueco detrás de la puerta de mis aposentos alberga el busto de una princesa ya olvidada.

Siempre he encontrado reconfortante su expresión triste, como si comprendiera mi lugar como príncipe, habiendo estado una vez en la misma posición.

Detrás de ella, la pared da paso a un corredor oculto.

Los pasadizos secretos aquí recorren toda la longitud de ambas alas del palacio, pero nunca los he explorado por completo.

Una más de las numerosas razones por las que ni mi padre ni yo supimos del doble juego de Beau, pues solo después nos dimos cuenta de que había utilizado los pasajes para introducir a los soldados de Maile.

El olor acre de la orina de rata me quema las fosas nasales.

El sonido de sus patas correteando resuena por el corredor mientras me adentro en su espacio.

Una vez que llego al final del estrecho pasillo, palpo la pared hasta que una sección cede, abriéndose, y me permite salir al vestíbulo frente a las puertas cerradas de la biblioteca.

Es imposible no sentirse pequeño ante su enorme altura.

Solo puedo imaginar cómo se siente Greta dentro, al no haber podido salir de la biblioteca desde que su hija desempeñó un papel clave en la traición de Jovie.

Como concubina de mi padre durante mi infancia, Greta cuidaba de la biblioteca como guardiana de los registros del rey.

Él le dio esa responsabilidad para ocultar quién era para él, pero no tardaron en surgir rumores sobre su vínculo.

Era un entendimiento tácito no discutir las dinámicas de la corte.

Cualquiera que fuera sorprendido cotilleando era acusado de traición.

Por orden de mi madre, o eso me han contado.