Capítulo 13. Acker
Acker
Hago girar la hoja entre los dedos, sentado enfrente de mi padre, mientras espero a que revele por qué ha convocado esta reunión. Estamos en un punto muerto, sumidos en un silencio absoluto.
«Quédate. Por favor».
No consigo dejar de pensar en la súplica rota de Jovie, en la desesperación reflejada en su rostro.
Debería ser lo último que me preocupara, sobre todo después de verla esquivar la muerte por los pelos contra los strou, tanto en la batalla como cuando el rezagado consiguió colarse en su tienda.
Pero la forma en que se derrumbó contra mí fue, a la vez, agonía y éxtasis.
Fue la primera vez, desde nuestra separación, en la que el latido constante del vínculo no fue algo malo.
Estoy completamente agotado después de haber pasado la noche en vela asegurándome de que ella no acabara con una espada clavada.
Incluso el cuerpo me duele, como si hubiera estado allí físicamente en lugar de manifestarme a través del vínculo.
Aun así, me costó toda mi concentración sacar al guerrero strou de la tienda de Jovie.
No quería que despertara con un cadáver a su lado, así que, cuando me aseguré de que dormía profundamente y de que su temperatura corporal había subido lo suficiente, saqué fuerzas, no sé de dónde, para deshacerme del desgraciado.
La preocupación ha echado raíces firmes en mi interior ante su evidente desprecio por su propia seguridad.
Me digo que es por el juramento, pero una avergonzada parte de mí no puede negar lo bien que me sentí al volver a tenerla entre mis brazos, hasta el punto de que tardé más de lo que me gustaría admitir en separarme de ella.
Intento convencerme de que eso se debe únicamente a lo mucho que hacía que no me acostaba con nadie y que no tiene nada que ver con que fuera Jovie...
, pero solo puedo mentirme hasta cierto punto antes de caer en la pura fabulación.
Fueron sus lágrimas lo que terminaron de romperme.
—¿Te apetece una copa? —pregunta por fin mi padre.
—No, gracias.
Despide a Stassia, la doncella, con un gesto y me dedica toda su atención.
—Sé que estás disgustado conmigo —dice y su voz grave resuena en la estancia vacía.
Hace bastante tiempo que estoy esperando esta conversación. A mi padre le gusta controlar las charlas difíciles, desarmar a su interlocutor fingiendo que la situación no es tan grave como parece.
Yo, por mi parte, llevo veinticuatro años lidiando con este hombre y conozco bien sus tácticas.
—Sí —respondo con calma mientras le sostengo la mirada.
Asiente y una leve sonrisa le tira de la comisura de su boca.
—Navegar por la política en mitad de un conflicto no es fácil para ningún hombre que actúe en solitario. Aun así, has manejado la presión de forma admirable. Estoy orgulloso de ti.
«Estoy orgulloso de ti».
Jamás había oído esas palabras de labios de mi padre.
He cambiado de opinión. Sí que quiero una copa.
Dejo la daga sobre el brazo del sillón y me acerco al carrito de licores. Stassia se adelanta para servirme, pero la detengo con la mano, me sirvo una generosa cantidad de whisky y le doy un trago.
—He puesto mucho peso sobre tus hombros con mis ausencias —continúa mi padre, con voz cargada—. Probablemente más del que debía.
Me vuelvo hacia él.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
Me observa un largo rato, pensativo, antes de que su mirada caiga en mi collar de piedras.
—Los dos sabemos que las piedras mangi no son infalibles, hijo.
—Me has confiado el timón durante el último año entero, ¿y ahora de repente soy una carga? —me burlo mientras niego con la cabeza—. Tú ni siquiera llevas las piedras para protegerte de tu propio vínculo.
—Greta no es el enemigo, ¿verdad?
—¿Me estás diciendo que no crees que Greta supiera de los planes de su hija para ayudar a Jovinnia a derrocarte? —pregunto, incrédulo—. Es una maldita adivina.
—Es imposible que Greta lo supiera. No hay secretos entre nosotros.
—Y, sin embargo, ella lleva el collar mangi, a diferencia de ti —replico.
No se inmuta ante la acusación cuando se levanta y se acerca a mí.
—Me han informado de que te cuelas en el dormitorio que antes ocupaba la princesa de Maile.
Me obligo a no reaccionar. Si muestro la más mínima culpabilidad, se aferrará a ella.
—Fuiste tú quien insistió en que compartiera mis aposentos con Irina. Es la única habitación de todo el palacio donde sé que no me molestarán.
—¿Así que me estás diciendo que no has visitado a Jovie a través del vínculo?
Hay algo en la forma en la que me observa que me eriza la piel, una advertencia clara de que no le mienta.
—Bueno, yo no he dicho eso —respondo reticente.
Hay un momento tenso en el que examina mi expresión impenitente, antes de rendirse y esbozar una sonrisa cómplice.
—Entiendo lo tentador que puede ser un vínculo, hijo, pero la diferencia entre el mío y el tuyo —dice, arqueando una ceja— es que el tuyo ha demostrado ser una amenaza.
No puedo evitar sonreír ante su elección de palabras.
—Cierto.
Apoya una mano sobre mi hombro y lo aprieta del mismo modo que lo ha hecho toda mi vida.
—Tengo un plan —dice—. Pero si queremos tener alguna posibilidad de ganar esta guerra, es importante que siga siendo confidencial. ¿Me entiendes?
Asiento.
La presión que me oprimía el pecho y me impedía respirar bien se afloja ligeramente.
—Hemos perdido casi ochenta mil hombres, los troles se han unido a la causa de nuestro enemigo y nos estamos quedando sin hierro...
—Hay alguien a quien quiero presentarte —me interrumpe.
Como si lo hubiera calculado, las bisagras de la puerta chirrían a mi espalda. Retira la mano de mi hombro y, en un abrir y cerrar de ojos, su expresión se vuelve completamente neutra.
—Adelante, por favor —anima con un gesto—. Stassia, sírvele una copa a nuestro invitado.
Me termino la mía de un trago y observo el vaso vacío mientras intento contener la oleada de ardiente frustración que empieza a recorrerme las venas.
Por el brusco cambio de actitud de mi padre, ya sé que no me va a gustar quien sea que esté detrás de mí.
La voz del desconocido me resulta ajena cuando da las gracias a la doncella, y una semilla de inquietud se me instala en el estómago.
Mi padre extiende un brazo para dirigir mi atención hacia el invitado, ejerciendo de anfitrión afable.
—Ace. Hijo. Permíteme presentarte a un viejo amigo mío.
El olor me golpea primero. Ese aroma extraño que arrastra cualquiera que haya vivido en Alaha. Como si el metal de sus venas se estuviera oxidando, envenenándolos poco a poco, volviendo tóxica la sangre por haber sido privados de tierra durante demasiado tiempo.
La voz de mi padre sigue sonando, pero apenas la oigo por el pitido que me resuena en los oídos.
—... Wren y yo nos conocemos desde hace siglos.
Por fin me giro y mis ojos se clavan en el capitán de Alaha.
El hombre sobre el que mi madre me contaba historias de miedo cuando yo se lo pedía.
El hombre que masacró a incontables personas en su búsqueda personal de poder.
El que incitó a los propios hombres de mi padre contra él.
Al menos, eso dicen los registros. La historia escrita para las generaciones futuras como advertencia sobre la mente retorcida de un solo hombre.
Ahora me tiende la mano. El saludo de Alaha: estrecharse las manos al conocerse. La miro e imagino todas las formas en que podría arrancarle ese apéndice sin levantar ni un dedo. Ninguno de los dos se mueve durante un largo rato, hasta que finalmente cede, cierra la mano en un puño y la deja caer.
—Tienes que disculpar a mi hijo —interviene mi padre—. No es que poseas la mejor reputación aquí en Kenta.
Lo que mi padre omite en su declaración es la magnitud de mi desprecio por el hombre que le robó los recuerdos a mi vínculo cuando era niña y la mantuvo en condiciones deplorables.
Pese a la rabia que siento hacia Jovie, no deberían robarle a nadie sus recuerdos.
Cualquier hombre capaz de hacer algo así, y más aún a una niña, no debería tener derecho a respirar y, mucho menos, a estar en mi presencia.
Quienquiera que ayudara a Wren a llevarse a Jovie a Alaha merece el mismo destino.
Mi padre siempre ha proclamado su inocencia.
Afirma que fue obra exclusiva de Osiris, quien secuestró a la princesa de Maile y la envió a vivir con los alaha.
Esa es precisamente la razón por la que Evelyn mató al anterior líder de Roison, pero cada vez dudo más de que mi padre no tuviera ningún papel en todo el asunto; aún no sé cómo. O mejor dicho, por qué.
Stassia reaparece para entregarle una copa a Wren.
Él la acepta con el porte de un caballero y le da las gracias.
Mis ojos bajan al vaso en su mano. Nunca antes me había importado, pero la idea de que, quizá, el vaso con el que di placer a mi vínculo sea el que esté en sus manos me hace hervir de rabia.
—Estoy seguro de que tú no tienes nada que ver con eso —dice Wren, continuando con su intercambio casual, mientras lanza una mirada conspiratoria a mi padre.
Me aparto de ellos por miedo a hacer algo irreversible, como arrancarle ambas manos a Wren.
Ignorando sus bromas mutuas, me acerco al carrito de bebidas. El decantador choca contra el borde de mi vaso mientras sirvo una medida generosa y respiro con calma antes de devolverlo a su sitio junto al resto de botellas. En lugar de lanzárselo a la cabeza a Wren.
Tras un buen trago, finalmente les presto toda mi atención, mientras escondo el temblor violento de mi mano libre metiéndola en el bolsillo.
—Dejémonos de tonterías —digo, cortando su charloteo, mientras lanzo a mi padre una mirada firme—. Explícame por qué el hombre exiliado al otro lado del mar con todo su pueblo puede moverse libremente por nuestra casa.
Mi actitud logra que mi padre recobre la seriedad y, sin decir palabra, conduce a Wren hasta la zona de asientos.
Lo sigo con cautela y ocupo el asiento que acabo de dejar libre.
Justo enfrente del capitán de los alaha.
Me inspecciona de un modo que me recuerda a su hijo.
La arrogancia de Kai viene claramente de su padre.
—Ace —dice mi padre, mientras se cruza de piernas—. Entiendo que el concepto de una alianza con Wren te parezca inconcebible, pero hay muchos factores en juego de los que no has sido consciente.
Lo miro con una calma que no siento.
—Sé que envió al títere de su hijo para derrocarte y, al regresar a tierra, se unió a Roison en su ataque contra nuestro pueblo y tu trono.
Wren se inclina hacia delante y es la primera vez que percibo el collar alrededor de su cuello.
—Hemos sido adversarios en el pasado, sí, pero antes fuimos amigos y, esta vez, hemos llegado a un acuerdo mutuo que, creemos, nos beneficiará a ambos.
—Hum —gruño mientras trago un sorbo de licor.
Mi padre asiente en mi dirección.
—Seguro que tienes muchas preguntas.
Aprieto los dientes antes de responder:
—No, la verdad —digo mientras dejo el vaso y recojo mi daga con naturalidad—. El rey de Roison hizo un trato con Evelyn que dejó a los alaha sin territorio. Es la única razón por la que un líder egoísta como Wren forzaría a sus hombres a unirse al bando perdedor de una guerra.
La voz de mi padre se tiñe de advertencia.
—Hablas de cosas que desconoces.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—Entonces, ilústrame.
Wren observa nuestro intercambio con atención.
Intenta disimular su interés tomando un trago y yo desvío la mirada hacia la daga en mi mano.
Sé que no necesito acceder plenamente a mi don para matar al padre de Kai.
Podría matar a Wren en un solo aliento. Sería muy fácil.
Pellizco la punta de la hoja de hierro entre los dedos.
No sería ni la primera ni la última vida que se llevara esta daga.
La voz de Wren interrumpe mis pensamientos asesinos.
—Veréis, mi gente ha perdido su magia. Hemos estado demasiado tiempo lejos de la tierra.
—Vos no —replico. Cuando lo miro, sus manos están vacías y el vaso, abandonado en la mesa junto al mío—. Ni vos ni los vuestros habéis pasado necesidad.
Sus ojos se detienen un instante en el arma que sostengo, antes de responder:
—Cuando nos exiliaron, tomé la decisión de enviar tierra a Alaha para beneficio de mi hijo, si es a eso a lo que os referís.
—¿Sabe que estáis aquí? ¿Prometiendo lealtad a su enemigo? Según me consta, aún pedía mi cabeza.
Su máscara cuidadosamente cultivada se resbala y revela la animosidad que ocultaba.
Mi sonrisa solo parece empeorarlo. Tenía que saber que habría espías en sus filas.
Una casa dividida siempre tiene huecos para que se cuelen las alimañas.
He colgado a más hombres de los que puedo contar con las dos manos en los últimos cuatro años; hombres que, bajo el mando de su hijo, habían sido enviados a asesinarme.
—Kai me hará caso.
Ni en broma me lo creo.
—Los ideales de Wren coinciden con los nuestros —continúa mi padre, ignorando nuestra tensa confrontación—.
Podríamos vivir en armonía con nuestro vecino.
No como ahora, en constante estado de defensa, a merced de cada movimiento de Chryse para provocarnos desde Roison, sino con un aliado real al otro lado de la frontera.
Asiento lentamente. Los objetivos de uno se reflejan en los del otro. Ambos son gobernantes que prefieren mantener el poder sobre su gente con mano dura. Pero no creo ni por un instante que puedan coexistir. No en esta tierra, en este reino, ni mientras ambos sigan vivos.
El poder anhela dominio.
—Esto pone a vuestros ejércitos en una situación precaria —le digo a Wren.
Se muestra apesadumbrado por un momento.
—Mis hombres están demasiado establecidos en el ejército de Roison para cambiar las órdenes ahora. Si Chryse se enterara de que los alaha cambian de lealtad, sería una masacre.
—Para prevenir tal evento —añade mi padre— mantendremos la existencia de esta alianza entre los tres en secreto.
—Hasta que llegue el momento adecuado —concluyo.
Mi padre asiente.
—Exactamente.
Manipulo la daga entre los dedos.
—Seguiremos perdiendo hombres a un ritmo insostenible si esperamos demasiado.
—Un sacrificio que no se hace a la ligera —dice mi padre con falsa gravedad.
Wren se inclina hacia delante y atrae mi atención.
—Cuando las tropas de Roison se cierren sobre la capital, tendremos el factor sorpresa de nuestro lado y podremos terminar finalmente esta guerra.
La frase sale de su boca con demasiada facilidad.