Capítulo 12. Jo
Jo
Alzo la espada por encima de la cabeza antes de descargarla sobre el cuello del guerrero que tengo delante.
Cuando se desploma, ya estoy moviéndome hacia el siguiente objetivo.
La espada que empuño apenas brilla; la luz de mi magia se agota.
También yo estoy agotada cuando la paso a la otra mano y la levanto justo a tiempo para bloquear la hoja curva de un sable que viene directo hacia mí.
El brazo casi se me dobla por el esfuerzo de impedir que el guerrero me hunda el arma en la cabeza.
Un sonido salvaje se me escapa entre los dientes apretados cuando me zafo girando bajo su empuje, mientras invoco mi daga negra en la mano libre y, a continuación, se la clavo en el costado, entre las costillas, directa al corazón.
Alguien me agarra por detrás de las correas de cuero y reacciono girando la espada para apuñalar a ciegas.
Pero cuando el atacante me obliga a dar la vuelta, descubro que no es un enemigo.
Es Fredrich. Nos separamos durante la huida del sistema de cuevas.
Fue pura suerte que lográramos escapar, que el plan no se desmoronara por completo.
Es entonces cuando caigo en la cuenta de que el combate empieza a apagarse.
Quedan pocos strou; a la mayoría los dejamos que se retiraran una vez supimos que teníamos ventaja en la lucha.
Aun así, hay demasiados de los nuestros tendidos entre los caídos.
El valle se ha convertido en un lodazal, el suelo está blando y resbaladizo por la sangre.
A lo lejos, el cielo empieza a aclararse hacia un gris pálido; el amanecer asoma justo más allá del horizonte.
Intento pensar en algo que decir, pero la mente se me queda en blanco.
No soy capaz de formar ni una sola palabra, mucho menos de enlazar varias.
A juzgar por su aspecto, Fredrich está casi tan exhausto como yo.
De algún modo, eso me hace sentir un poco mejor mientras me esfuerzo por levantar los pies del suelo en cada paso.
—Es suficiente —afirma.
Al bajar la vista, me doy cuenta de que tiene el puño cerrado con fuerza sobre la tela de mi manga.
No encuentro energía para quitármelo de encima.
En lugar de eso, dejo que me arrastre hacia el campamento provisional del batallón, al otro lado del valle.
Mis pasos son tan lentos como los de los demás soldados que avanzan en la misma dirección, en completo contraste con los que están mejor descansados y regresan al combate menguante.
Nos dan palmadas en la espalda y nos lanzan palabras de ánimo al pasar.
El general Samasu aparece en nuestro camino justo cuando alcanzamos el perímetro de las tiendas reunidas.
—Jovinnia —dice mientras me sujeta por los hombros, con los ojos muy abiertos, y me examina.
El miedo en su mirada logra sacarme de mi aturdimiento.
—Estoy bien —respondo, con la voz ronca.
No me cree. Me palpa los hombros y baja por los brazos hasta llegar a las manos, donde sigo aferrando las armas con fuerza. Me las quita con cuidado, una a una, y se las entrega a Fredrich.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, aunque la dureza de su mirada se dirige a Fredrich.
Él baja los ojos y me sorprende ver que el arrepentimiento le ensombrece la expresión.
—Ha sido culpa mía. Debería haber sido más cuidadoso al intentar abatir a los hombres que custodiaban la cueva.
—Eso no es justo —intervengo en su defensa—. Nos vieron antes de que pudiéramos sofocar los fuegos. Después de eso, ya no hubo forma de salir sin que se dieran cuenta de nuestra presencia.
Por cada guerrero que abatíamos, aparecían diez más para ocupar su lugar.
Logramos escapar de la horda internándonos a la carrera en uno de los serpenteantes túneles del sistema de cuevas.
A partir de ahí, aquello se convirtió en una especie de cámara de tortura: huir de los guerreros que nos perseguían mientras sus pasos y gritos rebotaban por las paredes desde todas las direcciones, creer que por fin estábamos a salvo...
y dar de bruces con otra caverna llena de más enemigos a la espera.
Tardamos horas en encontrar una salida donde la ladera se abría hacia un terreno en pendiente lo bastante seguro como para avanzar en la oscuridad.
Los guerreros seguían saliendo de las cuevas como hormigas.
Pero una vez en el valle, nuestro batallón cerró filas a su alrededor, desde todos los flancos, impidiéndoles la retirada al refugio de su guarida cavernosa.
Es evidente que Sam no ha terminado de expresar su enfado por cómo se han desarrollado las cosas, pero debe de ver lo precario que es el hilo del que pendemos, porque aprieta los labios y se traga la frustración.
—Venga —dice con más suavidad, mientras me pone una mano en el hombro—. Vamos a que te aseen.
Mis ojos se cruzan con los de Fredrich y espero que capte mi disculpa silenciosa mientras nos alejamos.
Permaneció a mi lado todo lo que pudo, hasta que la presión de los hombres nos arrastró en direcciones opuestas en el valle.
Sus gritos amortiguados llamándome eran desesperados.
Y, en ese momento, fueron lo único en lo que me concentré mientras luchaba.
Sam me conduce al interior de una tienda donde me esperan dos mujeres, ambas sanadoras, a las que les encarga que me ayuden a asearme.
—No —protesto, alzando una mano para detenerlas cuando se acercan—. Hay muchos otros que necesitan atención con más urgencia. Ocupaos de los heridos. Yo puedo apañármelas sola.
—Jo, tú también tienes heridas...
—He dicho que no.
Me cuesta casi toda la energía que me queda escupir las palabras, pero el tono no admite réplica.
—Mis heridas son superficiales y se curarán solas. Hay muchos sin dones que necesitan ayuda con más urgencia que yo.
Una vez más, se ve obligado a tragarse lo que iba a decir.
—Está bien —cede y despide a las mujeres con un gesto—. Pero los dos soldados de fuera se quedan. No quiero oír ni una palabra al respecto.
Interpreta mi silencio como una concesión, luego aparta la mirada de forma deliberada antes de darse la vuelta y marcharse.
Esta tienda es un refugio temporal, así que carece de muchas de las comodidades que tengo en el campamento principal.
Hay un catre a la derecha, un taburete con un cuenco de agua limpia encima y una lámpara colgada del vértice de la lona.
A través del material endeble me llegan los sonidos lejanos de los soldados despejando el campo de batalla.
Bajo la mirada hacia mi ropa sucia. La sangre, el barro y el sudor me pegan la tela a la piel húmeda.
Me desato las correas de cuero a ambos lados del abdomen y cuando me quito la prenda superior por la cabeza, me doy cuenta de que estoy temblando y empiezo, por fin, a notar hasta qué punto el frío me ha drenado las fuerzas.
Pero tengo que sacarme también el resto del equipo, así que me quito las botas y los pantalones y dejo todo en un montón junto a la entrada.
Salvo por la ropa interior, la piel queda expuesta al aire helado y siento unos erráticos espasmos musculares mientras retiro el trapo del borde del cuenco y lo sumerjo en el agua.
Está más fría que el aire nocturno y el cuerpo se me rebela solo de pensar en apoyar la tela húmeda sobre la piel.
Tengo que sentarme en el borde del catre para no desplomarme.
Obligo a mis manos a obedecer mientras empiezo por los pies y voy subiendo despacio.
Cuando paso de las rodillas, el agua ya es de un marrón turbio, pero continúo hasta haberme frotado cada centímetro del cuerpo con toda la meticulosidad que puedo.
Una oleada de agotamiento provoca que el mundo se incline de repente y, tras un largo parpadeo, me doy cuenta de que es porque he caído de lado sobre la cama.
No tengo fuerzas ni para echarme la manta encima pese a que sigo tiritando; dejo que el abismo del sueño me arrastre sin resistencia.
Es mi tipo de descanso favorito: aquel en el que no hay sueños y la mente no puede convertir los mejores recuerdos en las peores pesadillas.
El descanso que siento como pura dicha.
No dura tanto como me gustaría. Un sueño me tira de nuevo a una cadena de recuerdos.
Es de los que sé que me están llevando a un tiempo en el que intento no pensar.
Como cuando Acker me había dado raíz de saigón para ayudarme durante el Despertar.
Cuando la hierba y los árboles parecían tan vívidos al llegar a tierra.
Luego él, sentado en la silla junto a mi cama en la cabaña de Fia.
Cuando me miraba con una ternura que, vista en la distancia, resulta casi dolorosa.
Y entonces... algo me despierta.
Abro los ojos poco a poco, no a la luz turbia del amanecer que esperaba, sino en plena noche.
Está oscuro; el parpadeo de la lámpara de aceite se ha apagado por completo, pero un hilo de luz de luna se cuela por la abertura de la entrada de la tienda.
Los insectos nocturnos cantan al unísono, creando un zumbido constante. Hay algo inquietante en ese silencio.
Recorro las sombras con la mirada, buscando movimiento.
Entonces lo veo: un cambio en la oscuridad, a apenas unos pasos. La silueta de un guerrero strou avanzando hacia mí.
«Ups».
No es exactamente un pensamiento coherente.
Una insistente vocecilla en mi cabeza me dice que debería llamar a mi arma mientras se acerca, pero mi cerebro, aún entumecido por el sueño, solo alcanza a preguntarse cómo ha conseguido entrar en el campamento, por no hablar del hecho de haber sorteado a los soldados que custodian mi tienda.
Da otro paso y alcanzo a ver la rabia pura pintada en su rostro, el brillo sutil del largo cuchillo que empuña.
Es entonces cuando consigo invocar mi daga.
Un segundo demasiado tarde: el guerrero ya está levantando el brazo con el arma por encima de la cabeza.
Pero justo antes de que pueda descargar el golpe, una mano aparece de la nada y le agarra la muñeca, deteniéndolo en seco.
Es una mano que reconocería en cualquier parte, y mi interior se desploma de alivio.
«Es solo otro sueño».
Uno nuevo y aterrador, pero aun así encuentro cierto consuelo en saber que no es más que mi mente jugándome una mala pasada.
Es lógico, teniendo en cuenta que sentí la presencia de Acker, al menos una vez, mientras Fredrich y yo estábamos dentro de las cuevas.
Por un momento creí que había venido a salvarme.
Sigo con la mirada el brazo al que pertenece esa mano hasta el rostro de Acker, medio oculto por las sombras.
De una patada deja al guerrero sin apoyo, haciéndolo caer de rodillas.
Le retuerce el arma para arrancársela de la mano, la hace girar en la palma y se la clava directamente en la oreja, atravesándole el cerebro. Muere al instante.
Da igual cuánto intente convencerme de que lo que siento por él se ha apagado; sé que no es verdad, en absoluto. Mi mente también lo sabe, por eso ha fabricado esta estúpida pesadilla: para que no olvide nunca lo que realmente anhelo. A él.
Los ojos de Acker se alzan y se clavan en los míos mientras el cuerpo del guerrero cae lentamente hacia delante y se desploma en el suelo.
—¿Ibas a dejar que pasara? —me pregunta, furioso.
No lo sé.
«Puede».
¿Qué pasa cuando mueres dentro de un sueño? Apostaría a que es tranquilo.
Da un paso cuidadoso por encima del guerrero abatido y se inclina hasta quedar a la altura de mis ojos. Alarga la mano hacia mí y me aparta los mechones sueltos que se han escapado de mi trenza y, al hacerlo, me roza la mejilla con los nudillos.
Frunce el ceño al tocarme el cuello, luego el hombro.
—Joder, estás helada —dice.
La verdad es que..., ahora que lo menciona, tengo muchísimo frío.
Coge la manta que hay a los pies del catre y me tapa con ella. Apenas sirve para entrar en calor.
Cuando se aparta, estiro la mano para detenerlo.
—Quédate —le suplico, desesperada por aliviar el dolor que me oprime el pecho—. Por favor.
Mira el leve agarre que une mis dedos a los suyos, antes de alzar la vista hacia mí sin mover la cabeza. Hay un atisbo de hostilidad en su expresión que me asustaría si esto fuera real, pero no lo es. No es más que mi mente exhausta jugando conmigo.
Y porque es una de las pocas veces en que mi mente decide apiadarse de mí, el rostro de Acker se suaviza.
No dice nada cuando se incorpora del todo y se sube al catre junto a mí.
Su cuerpo irradia un calor que saboreo cuando me rodea con un brazo para atraerme hacia él y entrelaza sus piernas con las mías.
Desliza el antebrazo bajo mi cabeza, ofreciéndomelo como almohada, y con la otra mano busca la mía, entrelaza los dedos y me acomoda contra su cuerpo.
Siento el latido de su corazón en mi espalda, la expansión de su pecho al llenarse de aire, la caricia de su aliento en mi cuello.
Mis sueños siempre han sido especialmente vívidos, pero de todos ellos, este es el más surreal.
Supongo que, ya que estoy obligada a soportar mi deseo más profundo, también puedo disfrutarlo.
Me abandono a su abrazo y un sonido grave surge de lo más profundo de su pecho, muy parecido al tarareo que usaba cuando había logrado convencerme, por fin, de que me quedara dormida con él en la barca; siento claramente la vibración en la espalda.
Un ardor me sube por la garganta y tardo un momento en darme cuenta de que es el impulso de llorar.
Qué cosa tan extraña, llorar en un sueño, pero no puedo evitar que una lágrima se me escape y me deje un rastro caliente y húmedo por la nariz antes de caer sobre su antebrazo.
Sus brazos se estrechan a mi alrededor cuando murmura:
—Duerme, Jovie.
Entonces el sueño me lleva a nuestra barca, donde no hay guerra, ni muerte, ni frío.
Solo las estrellas sobre nosotros y el suave vaivén del océano.