Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 11. Acker
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Capítulo 11. Acker

Acker

No puedo creer lo que estoy viendo.

Bueno, lo poco que alcanzo a distinguir en la oscuridad. Solo consigo ver a Jovie con claridad en los instantes en los que blande la hoja incandescente que empuña; cada tajo iluminado dibuja destellos fugaces sobre la expresión severa de su rostro, los dientes al descubierto, los ojos letales.

Me sorprendería que no la superaran en número por cientos.

¿En qué demonios estaba pensando, atacando a los strou en sus propias cuevas ella sola?

Ah, perdón.

Sola no.

El puto desgraciado que la acompaña, obviamente, ha ayudado a llevar a cabo este plan chapucero para... ni siquiera sé para qué. ¿Conseguir que los maten? No parece haber un desenlace posible en el que ambos no acaben muertos.

Un guerrero choca conmigo, pierde el equilibrio y palpa a ciegas en la oscuridad buscando la causa del tropiezo.

Como no encuentra nada, pues es incapaz de ver mi forma proyectada a través del vínculo, lanza un tajo a ciegas en mi dirección.

Irritado, le arranco la espada de la mano y lo sujeto por la parte frontal de la armadura para mantenerlo firme mientras le abro el cuello de un corte.

Los otros hombres a mi alrededor oyen morir a su compañero y escuchan el gorgoteo húmedo mientras se ahoga en su propia sangre, pero como la única fuente de luz procede del centro del combate, a casi quince metros de distancia, no logran identificar la causa.

Solo saben que hay otra amenaza en algún lugar y eso desvía su atención de Jovie, provocando que muchos de los guerreros se dispersen para intentar encontrarla.

Y, por supuesto, Irina decide llamarme justo ahora, hay que joderse.

Su voz preocupada tira de mi conciencia de vuelta a mi cuerpo, de regreso a mi dormitorio, donde estoy de pie junto al escritorio.

Tiene el pelo revuelto por el sueño, la bata se le resbala por un hombro y su mano está extendida como si estuviera a punto de tocarme.

Sus ojos aturdidos me recorren, desde el pecho agitado hasta el cuello desnudo, antes de bajar hasta donde las piedras mangi yacen esparcidas sobre el escritorio, tras haberme arrancado el collar con prisas.

—¿Todo va bien? —pregunta.

No tengo tiempo para esto.

Con el corazón desbocado, recojo la camisa que había tirado al suelo y me la paso por la cabeza.

Una punzada brutal me prende fuego en el pecho y dejo escapar el siguiente aliento en un jadeo ahogado.

El juramento me recuerda la promesa que hice.

Irina vuelve a llamarme y me suplica que le diga qué ocurre, pero la ignoro mientras salgo del dormitorio.

No voy lejos; elijo escabullirme por el pasadizo oculto más cercano antes de permitir que el lazo me arrastre de nuevo hasta Jovie.

Esta vez aparezco más cerca del combate.

Los cuerpos de los guerreros chocan contra mí desde todos lados, pero ninguno repara en la fuerza invisible contra la que se estrellan.

No pueden hacerlo, con la amenaza de la espada ardiente de Jovie tan cerca y su acompañante abatiendo a cualquiera que ella deje atrás, que no son muchos.

Jovie es un espectáculo imposible de ignorar.

Pequeña, pero absolutamente precisa en cada movimiento.

No se contiene; no hay duda ni vacilación en su mirada mientras maneja el arma resplandeciente.

Los gritos de los guerreros no le afectan mientras el hierro incandescente chisporrotea al atravesar carne y hueso, con un calor suficiente como para chamuscar piel y pelo incluso a distancia.

Pero aunque verla es impresionante, también produce que se me revuelva el estómago.

He combatido junto a soldados y contra ellos, y mostraban exactamente esa misma expresión que ahora tiene Jovie; ninguno de ellos sigue con vida. Luchaban sin miedo, esa pieza vital que se necesita para sobrevivir en batallas como esta. No veo ni una pizca de miedo en la intensidad de su mirada.

Es decir, hasta que percibe mi presencia y vuelve la cabeza bruscamente en mi dirección.

No puede verme, perdido como estoy entre la masa de guerreros y la oscuridad más allá del alcance de su espada.

Pero lo sabe. Tiene que saberlo, teniendo en cuenta la insistencia del vínculo en aprovechar cualquier oportunidad para reunirnos, el lazo se ha convertido en una carga incluso ahora que nuestras vidas están en juego.

Me obligo a volver a mi cuerpo, a abandonar su presencia.

Distraerla es lo último que necesito. No solo por su seguridad y por el juramento de sangre que hice, sino también por mi propia cordura.

Dejo que mi espalda choque contra el muro de piedra dentro del pasadizo oculto mientras aspiro profundas bocanadas del aire viciado.

La rabia se ha disipado, sustituida por una sensación abrumadora de impotencia.

El martilleo de la sangre en mis venas me ahoga los pensamientos mientras me concentro en el lazo, sabiendo que me lo hará saber si ella me necesita.

¿Qué coño me pasa?

Siempre he pensado que su muerte me traería la felicidad, sabiendo que tendría que llegar por azar o a manos de alguien que no fuera yo.

Y, sin embargo, aquí estoy, temblando de preocupación por lo que acabo de presenciar.

Me digo que es por miedo al castigo del juramento.

No hay forma de saber si la Madre me consideraría responsable en caso de que Jovie muriera a manos de hombres a los que yo he puesto en su camino.

Pero, aunque de algún modo lograra esquivar el control del juramento, no estoy seguro de que sobreviviera a su muerte.

O peor aún, de que quisiera hacerlo.

Otro dolor punzante me empuja de nuevo a través del lazo.

No es mío, sino de Jovie; veo que una brecha le cruza la mejilla cuando gira la espada contra su atacante.

El dolor que él le ha causado dura poco; la herida ya se está cerrando mientras continúa abriéndose paso entre la multitud de guerreros.

Si esta vez nota mi presencia, no lo demuestra.

Durante horas sigo yendo y viniendo a través del lazo.

Pasa tanto tiempo que dejo de saber en qué momento del día estoy, mi única pista es que abandoné mis aposentos bien pasada la medianoche.

El cansancio hace que acabe desplomándome en el suelo, pero no dejo que me venza.

Y entonces me doy cuenta... de que, incluso después de todo lo que ha hecho...

Nunca la abandonaré.

No puedo.