Capítulo 10. Jo #2
Su siguiente movimiento es predecible. Un revés hacia mi cuello.
Levanto la espada para bloquearlo, pero antes de que su hoja toque la mía, choca contra una barrera invisible.
La furia del guerrero se transforma en auténtico pavor al darse cuenta de ello.
No puedo evitar que una sonrisa se me dibuje en la cara y me viene a la memoria la sonrisa de Fredrich. Ahora la entiendo.
El guerrero está asustado, pues entiende que lleva las de perder. Empieza a retroceder, arrastrando los pies.
El escudo solo me protege del daño, pero no impide que él se defienda.
Continúo con el ataque. Golpe frontal, estocada al retirarme.
Una y otra vez. Hago una finta hacia mi izquierda, su derecha, giro el cuerpo en el último segundo y consigo desarmarlo.
Su espada se desliza por el suelo de la caverna.
En un último intento desesperado, se me lanza al cuello con las manos extendidas, pero lo único que consigue es que los dedos se le rompan al chocar con el escudo de Fredrich.
Grita cuando le clavo el puñal en el vientre.
Le sostengo la mirada mientras giro la hoja y sus alaridos se transforman en protestas ahogadas mientras trata de agarrarme la muñeca con los dedos retorcidos.
Cedo, soltando el arma, y la sangre le brota de la herida.
Pero ya es tarde para él. Se le ponen los ojos en blanco y el cuerpo se inclina hacia un lado antes de perder el conocimiento y caer con un fuerte crujido sobre el fuego.
La oscuridad desciende sobre la caverna, como si se apagara una vela. El alboroto se extingue junto con la luz.
Tras un instante de silencio, las voces de los guerreros strou vuelven a elevarse.
—... os vamos a matar, joder... Basura maile... Otro más...
Una vibración resuena en el aire y tardo un momento en darme cuenta de que es la fuerza del escudo que mantiene alejados a los guerreros que avanzan. Algo me roza un lado del cuello y me sobresalto.
—Soy yo —dice Fredrich, con la voz sorprendentemente clara en medio del caos.
Suelto un suspiro de alivio al aferrarme a su manga, temerosa de perderle.
Mientras me acerca hacia él, siento su agarre firme pero suave.
—No tendrás miedo a la oscuridad, ¿verdad, portadora de luz?
Al oír cómo menciona mi don, me detengo. Casi había olvidado esa parte de mí que llevo años reprimiendo desde que dejé Kenta. Ese lugar dentro de mí donde la magia y el vínculo habitan como uno solo.
Toco las piedras mangi que llevo al cuello. Nunca me las quito. En una situación en la que necesito cambiarlas por mi grillete, las superpongo antes de sacarme el collar.
El ruido se vuelve casi insoportable. Ensordecedor. Violento.
Fredrich toma la decisión por mí.
—Enséñales cómo quemaste el Bosque Oscuro.
Inhalo profundamente y me desabrocho el collar, deslizándolo lentamente de su apoyo sobre mis clavículas.
Me recuerdo a mí misma que Acker nunca ha intentado acceder al vínculo a través del lazo.
Ni una sola vez desde que dejé Kenta. Y si él mismo no estuviera usando piedras mangi, probablemente ya habría sido forzada a presentarme ante él.
Dejo que el collar de piedras me resbale entre los dedos y caiga al suelo.
Los hombres rugen con rabia al otro lado de la barrera invisible y me concentro en los latidos de mi corazón para acallarlos. Presiono la palma contra el punto bajo del esternón, mientras me concentro para invocar mi magia.
No sucede nada.
Tarda tanto que me pregunto si he asfixiado mi magia hasta matarla.
Y entonces la siento.
Como si despertara de un letargo invernal, mi don se despereza. Lento, al principio, pero aun así lo noto. Quema como un trago de buen whisky y se va calentado a medida que se extiende por las venas.
Suelto un jadeo cuando una capa de luz comienza a brillar sobre la piel desnuda de mis manos. Había olvidado lo que se siente. Es doloroso, pero sublime. Embriagador. Poderoso.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, todo deja de existir.
El aire se aquieta. El silencio cae con tanta fuerza que me zumban los oídos.
Y estoy mirando un libro abierto sobre un escritorio de madera, iluminado por un único candelabro.
Lucho por entender qué está pasando cuando las veo.
Las manos masculinas que he observado durante horas.
Manos capaces de cosas maravillosas y aterradoras, con una cicatriz plateada entre el pulgar y el índice.
La mano derecha se desliza bajo la hoja fina como la seda y pasa la página de forma indolente.
Presa del pánico, intento cerrar los ojos con fuerza y, como en mis pesadillas, la escena persiste, lo quiera yo o no.
La mano se mueve hacia algo que está fuera de mi campo de visión.
Luego regresa con una uva entre dos dedos.
La cicatriz brilla bajo la luz temblorosa cuando hace rodar la fruta entre los dedos mientras lee.
Más bien hojea, ya que apenas puedo distinguir las palabras en la página antes de que pase a la siguiente.
Oh, dioses.
La uva se acerca y desaparece. El dulzor del azúcar me cubre la lengua, el crujido de la piel me resuena en los oídos mientras él mastica.
Esto no es como las otras veces después de aceptar el vínculo, cuando mi mente podía estar en dos lugares a la vez.
No. El vínculo no quiere soltarme. Las palabras de Beau me resuenan en la cabeza.
«La magia no acepta que la nieguen».
Necesito las piedras.
La voz de Fredrich suena hueca cuando grita.
—¡Jo!
La mirada de Acker se alza.
Un dolor me atraviesa la cara y lo último que veo es la habitación de Acker y la figura de una mujer dormida en su cama.
Luego estoy mirando la expresión encendida de Fredrich mientras me sacude para intentar sacarme de mi aturdimiento. Por el dolor punzante en el lado derecho de la cara, deduzco que me ha golpeado.
—Gracias a los putos dioses —dice cuando se da cuenta de que he vuelto en mí.
Al volver la vista hacia los guerreros que nos rodean, me doy cuenta de que toda la caverna está iluminada. Por mí. Soy la fuente de la luz.
Dejo caer mi bolsa a los pies y hago girar la espada en la mano.
De algún modo, aquí tengo menos miedo que en el lugar donde acabo de estar.
Al menos aquí soy dueña de mi propio destino.
Apoyo el pomo de la espada contra el punto donde reside mi magia y el resplandor de mi piel fluye hacia la filigrana de hierro de la empuñadura, desciende por el mango como un río de luz pura y se derrama sobre la hoja, emitiendo un brillo feroz en la noche.
Una antorcha para iluminar la salida.
Y mi arma más poderosa.