Capítulo 10. Jo
Jo
Cada vez que creo haberme acostumbrado a la temperatura, una fina lluvia nos cala y logra que el viento muerda con más fuerza.
Los dientes me castañetean de forma involuntaria mientras mantengo la espalda pegada a la pared de roca, en un intento de proteger el pedernal, el aceite y los hierbajos que recolectamos para arrojar al fuego y crear humo blanco con el que obligar a los guerreros a salir de su campamento.
Desde el valle vemos las hogueras de los strou, así que sabemos que las mantienen encendidas durante toda la noche.
Hacemos equilibrio para permanecer sobre una franja de acantilado que apenas tiene el ancho de unos cuantos palmos.
El cielo está cubierto; no hay luz de luna ni de estrellas que nos guíe.
Me veo obligada a confiar en mis otros sentidos mientras escucho la respiración constante de Fredrich a mi lado y siento la tierra y la grava bajo las palmas y la piedra irregular a mi espalda, apoyada contra el frío punzante que se filtra a través del cuero.
La subida fue demasiado ardua como para cargar con el peso extra de una coraza u otra armadura, además de nuestras armas.
Un temblor violento me sacude el cuerpo.
—No falta mucho —susurra Fredrich.
Son las primeras palabras que se pronuncian entre nosotros desde que empezamos a escalar el tramo más rocoso y empinado de la ladera antes del anochecer.
No logran calmar mi temblor, pero encuentro consuelo en esas tres palabras, sabiendo que, al menos, pronto estaremos libres de este saliente.
Es una sensación extraña, teniendo en cuenta que mi final podría estar justo al doblar la curva del acantilado.
En lugar de miedo, siento expectación mientras me concentro en los fuertes latidos de mi corazón y cada pulso me resuena en los oídos como el tictac de un reloj que cuenta los segundos antes del caos.
Siento el lento cambio en la postura de Fredrich.
Oigo el roce del metal cuando desenvaina la espada que lleva al costado.
Sigo su ejemplo y preparo mi propia arma, luego giro las muñecas para aflojar las articulaciones tras haber permanecido inmóvil durante horas.
El cuello y los hombros me duelen cuando empiezo a estirarlos.
Hemos gastado mucha energía escalando y manteniéndonos alerta mientras esperábamos el momento de la noche en que la mayoría de los guerreros strou estaría menos atenta, y el desgaste se nota.
Estar bajos de fuerzas es una de nuestras mayores desventajas...
, aparte de que nos superarán en número de forma exagerada, una vez dentro de las cavernas, claro.
Su mano se cierra alrededor de mi muñeca y me quedo inmóvil.
—Mantente cerca —ordena Fredrich.
—Ya...
—Si nos vemos superados, salimos corriendo.
Asiento.
—Entendido.
Una ráfaga de viento aúlla sobre nosotros y provoca que las rocas se desprendan ladera abajo.
Me agacho y me cubro la cabeza con el antebrazo, pero los escombros se dispersan a nuestro alrededor sin alcanzarnos.
He visto el escudo de Fredrich en combate, tanto hombres como armas rebotaban contra la barrera invisible e irrompible que siempre lo rodea, pero vivirlo desde dentro es diferente.
Siento cómo cambia la presión cuando las rocas impactan mientras la magia vibra a nuestro alrededor.
Lo dicho, la magia nunca deja de asombrarme.
Saca una segunda espada de la vaina que lleva cruzada a la espalda. Yo llamo a mi daga; el arma se materializa en mi mano al instante y la sujeto con el pulgar sobre el pomo, la hoja plana contra el antebrazo.
—¿Lista?
Asiento de nuevo.
—Empecemos —dice Fredrich.
Cuanto antes lo hagamos, antes terminaremos.
Nos arrastramos por el precipicio resbaladizo hacia la entrada de la caverna.
Una vez superemos el recodo, seremos visibles para cualquier guerrero apostado en este saliente.
Confiamos en que los pocos que estén despiertos de guardia sean fáciles de esquivar o de abatir antes de que podamos apagar sus fuegos.
Ruego a los dioses que el resto de los guerreros esté dormido.
Cuando salimos al otro lado del recodo, el viento brutal se detiene por completo.
El saliente se ensancha y la pared rocosa se curva hacia atrás formando un refugio natural.
La caverna es más grande de lo que esperaba.
El cambio repentino en la presión del aire me crea un pitido en los oídos.
Un resplandor anaranjado procedente de una hoguera al borde del acantilado arde, al otro extremo de la entrada de la cueva, tal y como sospechábamos.
Un puñado de figuras se agrupa a su alrededor.
Me lleva un momento adaptarme, que algo logre atravesar la atmósfera amortiguada. Pero pronto, cuando mi vista se ajusta y las formas empiezan a emerger de la oscuridad, un nuevo sonido colectivo se hace audible.
Ronquidos.
Extiendo la espada hacia un lado para indicar a Fredrich que se detenga.
Veo filas y filas de hombres durmiendo en el suelo.
Los cuento hasta donde alcanza la vista y luego vuelvo a contar para asegurarme de no estar equivocada.
Los strou rara vez enviaban más de mil hombres juntos cuando emboscaban a nuestro batallón, aunque sospechábamos que tenían cinco veces esa cantidad repartida por los sistemas de cuevas de estas colinas.
Pero estábamos equivocados. Muy equivocados.
Tras echar un vistazo rápido, calculo que solo hay unos quinientos hombres en esta caverna. Con que la mitad de las cuevas alberguen una cantidad similar, su número total sería casi el triple de lo que creíamos.
Tenemos dos opciones: dar la vuelta, descender por la ladera y dar la noche por perdida o seguir adelante con el plan original y rezar a los dioses para que tengamos éxito.
Ambas opciones son igual de poco atractivas.
Me vuelvo para mirar a Fredrich y, al ver la pregunta en sus ojos, resulta evidente que deja la decisión en mis manos.
¿Seguimos con el plan o huimos de vuelta al campamento?
He observado suficiente veces cómo lucha como para saber que es hábil, pero su verdadera fuerza reside en su don. Nunca he visto flaquear su escudo. Ni siquiera tras horas de batalla. Si elijo luchar, no es su vida la que pongo en juego: es la mía.
Y ni en sueños voy a volver al campamento solo para repetir el ciclo mañana. Esperar a que los strou nos embosquen para luego perder hombres en el contraataque. No. No voy a regresar y confesarles a mis soldados que he fracasado.
En su lugar, le hago un leve gesto afirmativo a Fredrich para indicarle que seguimos adelante.
El guerrero más cercano gruñe en sueños y ambos nos quedamos inmóviles.
No queremos empezar la pelea de espaldas al borde.
Esperamos, conteniendo la respiración, hasta que el hombre vuelve a acomodarse y, entonces, nos movemos.
Agachados, avanzamos con pasos seguros pero rápidos.
Es imposible moverse sin hacer ruido, pero mientras no suene sospechoso, nadie se despertará por el simple sonido de unas pisadas.
Aunque no tenemos una noción clara de la dirección, el sistema de cuevas alberga una red de túneles y hendiduras interconectadas.
A medida que avanzamos junto a la pared, encontramos varios de estos pasajes.
Está demasiado oscuro para ver el interior, pero cualquiera podría conducir a una cueva.
Antes, sin embargo, necesitamos crear humo, y eso empieza con la hoguera que arde más adelante.
Solo tenemos que abatir a los guerreros lo más rápido posible.
Los cinco hombres que están junto al fuego nos dan la espalda; sin saberlo, la muerte se les acerca por detrás. Cuanto más nos acercamos, más caliente se vuelve el aire. Y cuanto más rápido me late el corazón, más calma siento.
Entrar en batalla me da una especie de subidón extraño al que me he acostumbrado.
Mi mente está vacía salvo por una necesidad visceral de matar y que no me maten.
Un lugar y un momento en que los pensamientos cesan y no soy más que una chica usando el cuerpo para aquello para lo que ha sido entrenado.
Sea cual sea el final, el descanso de la muerte o el dulce placer de la victoria, estoy preparada para ambos.
Mientras muevo la espada en la mano, me atrevo a mirar a Fredrich. Él se posiciona para tomar el flanco derecho, mientras yo avanzo por la izquierda.
Nuestras miradas se cruzan y... me sonríe.
Una sonrisa pícara que nunca le había visto antes. Algo más propio de Messer.
—¡Intrusa! —El hombre que está en el extremo derecho del pequeño grupo me señala, atrayendo la atención de los demás.
El grito muere en sus labios cuando Fredrich lanza la espada en un arco corto, que le rebana el lateral del cuello. Ni siquiera ha tocado el suelo cuando Fredrich clava la otra hoja en la garganta del siguiente hombre, y esta entra por un lado y sale por el otro antes de que la arranque.
Los hombres están completamente desprevenidos ante la emboscada y corren hacia sus armas.
Aprovechando el factor sorpresa, le hago un corte al más alto en la espalda.
No es mortal, pero debe de doler como el demonio y lo obliga a arquearse con gesto de sufrimiento.
Un giro de muñeca me basta para seccionarle la arteria del cuello, y la sangre salpica el suelo.
Su grito se convierte en gorgoteos mientras se ahoga.
El sonido de cientos de guerreros strou despertando de golpe retumba en el interior de la caverna, pero mantengo la concentración en el último hombre en pie.
Me lanza un ataque hacia el abdomen y retrocedo de un salto, esperando su siguiente movimiento antes de avanzar.
Como soy más pequeña que la mayoría de mis oponentes, a menudo estoy a la defensiva hasta que veo una apertura, y he aprendido que incluso la paciencia tiene su lugar en una lucha a muerte.