Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 9. Jo
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Capítulo 9. Jo

Jo

Fredrich es el primero en verlo y su maldición en voz baja capta mi atención. Sigo la dirección de su mirada hasta distinguir la figura a lo lejos.

Sam nos da la espalda mientras examina la ladera de los strou y gruño, irritada. Apenas hemos alcanzado el otro lado del valle, frente a su posición, y la luz de la luna llena se refleja en su melena dorada como un maldito faro para cualquier patrulla strou que ronde por el terreno elevado.

—Silba para avisarle —susurra Fredrich—. Va a dela­tarnos.

Lo hago y la cabeza de Sam se gira bruscamente en nuestra dirección un instante antes de desaparecer...

para reaparecer de inmediato justo delante de nosotros.

El discurso que había preparado para esta posibilidad en concreto muere en mi boca al verle la cara.

Una ira como no le había visto antes. O, al menos, nunca dirigida a mí.

Va vestido de paisano; lo han despertado los soldados encargados de vigilarme por la noche.

Se supone que yo no sé nada de esas guardias rotatorias, como de tantas otras medidas pensadas para satisfacer el afán protector de mi madre sin hacerme sentir vigilada.

Nunca funcionan, pero eso ahora da igual.

—Vuelve ahora mismo —ordena.

Su voz es neutra, en total contradicción con la furia que le marca el rostro.

Tardo un segundo en encontrar las palabras.

—No recibo órdenes tuyas.

—Conoces el acuerdo, Jovinnia. Le juraste a Evelyn que no te pondrías en peligro innecesario al venir a la frontera.

—Y no lo estoy haciendo —respondo, frustrada al notar que la voz se me eleva más de lo que quería, casi un quejido. Me aclaro la garganta antes de seguir—. Estoy con Fredrich, que es más que capaz de protegerme. Lo sabes.

Su tono se vuelve más grave, cargado de emociones contenidas.

—Soy el comandante de este batallón. El primero bajo tu mando. Tendrías que haber venido a mí con este plan.

—Habrías intentado mandar a otro en mi lugar...

—¡Como debería hacerse! —espeta y señala a Fredrich—. Llévala de vuelta al campamento.

Casi enseño los dientes ante la idea de que Fredrich me obligue a regresar.

—No —digo mientras me aseguro de que vea la determinación en mis ojos—. Cuanto más tiempo te quedes aquí, más nos expones a todos.

Su expresión se quiebra y deja al descubierto lo que hay debajo: miedo.

—¿Qué se supone que debo decirle a tu madre?

—Que estoy haciendo lo que ella haría en mi lugar.

La verdad no lo tranquiliza en absoluto, pero nos estamos quedando sin tiempo y lo sabe.

—Ya hemos dado órdenes a tu segundo —continúo—. El batallón avanzará hacia el valle mañana por la noche. Hasta entonces deben descansar. Tendrán que estar listos.

Un músculo le salta en la mandíbula mientras me fulmina con la mirada.

—Esperaré la señal de humo. Entonces iré.

La preocupación pugna con el orgullo que intenta ocultar y sé que es el mejor compromiso que voy a conseguir. Mira a Fredrich.

—Haz tu trabajo —dice con firmeza.

Y desaparece otra vez.

Pasan aún varias horas antes de que el sol asome por el horizonte y nos veamos obligados a cubrirnos.

No podemos hacer mucho más que tumbarnos entre un macizo de hierba alta y confiar en que los guerreros strou no den con nosotros.

Patrullan, sí, pero de forma aparentemente aleatoria.

Al principio pensé que esa imprevisibilidad era una táctica disuasoria; ahora creo que se debe más bien a una arrogancia perezosa.

Se creen intocables, protegidos por las colinas.

Fredrich desenvaina una de sus muchas espadas y se la coloca sobre el pecho, al alcance de la mano.

—Intenta dormir. Nos espera una noche larga.

Una capa de nubes ha cubierto parcialmente el sol, pero la sombra no me ayuda a conciliar el sueño. Cruzo los brazos sobre el pecho para conservar el calor, pero no consigo evitar el temblor involuntario que me recorre el cuerpo. El invierno ya está aquí.

—Conmigo estás a salvo —dice Fredrich, con la voz áspera de no usarla.

Abro los ojos y vuelvo la cabeza hacia él.

—¿Qué?

No me mira al responder.

—Se te ve inquieta —dice—. Si estás preocupada, deja de estarlo. Yo me encargo.

Con los ojos cerrados y un brazo doblado bajo la cabeza, parece la viva imagen de la calma, tumbado a apenas medio metro de distancia.

Casi como si estuviéramos de vacaciones, en lugar de escondidos en territorio enemigo.

La hierba es lo bastante alta para ocultarnos y, con las patrullas erráticas de los strou, que nos vean no es lo que me preocupa.

Me preocupa que me oigan si me duermo y mis sueños no son...

agradables. No es raro que despierte con un grito atrapado en la garganta.

Suspira.

—Nada atravesará mi escudo.

—No estoy cuestionando tu capacidad —respondo con un bufido irritado mientras observo cómo las cañas altas se mecen a nuestro alrededor—. Simplemente tengo frío.

—No hace tanto.

«Quizá para ti», pienso, pero no lo digo.

El suelo está duro como una piedra y helado contra mi espalda.

Alguna que otra ráfaga de viento me hace temer la lluvia y cada exhalación se me escapa en pequeñas bocanadas de vapor.

No voy a dejar que un hombre que apenas me ha dirigido la palabra desde que anoche salimos del campamento me convenza de que no hace frío.

Hace un frío de muerte y como me muera en esta colina, no me hará ninguna gracia el juego de palabras.

—¿Es la culpa lo que te hace funcionar así?

Vuelvo la cabeza de golpe hacia él, sin estar segura de haber oído bien.

—¿Perdona?

—Ya sabes —dice, haciendo un gesto con la mano que tiene apoyada en el pecho, tan tranquilo como siempre—. Eso que haces de fingir que estás bien cuando es evidente que no lo estás.

Necesito varias respiraciones para formular una respuesta que no sea sarcástica.

—No sé de qué hablas, teniendo en cuenta que acabo de decirte que estoy incómoda.

—Sí. El frío. Tu archienemigo.

Me incorporo sobre un codo y le lanzo las palabras como cuchillas.

—¿Eres consciente de con quién estás hablando?

No sonríe abiertamente, pero hay un leve matiz burlón en su voz.

—Soy consciente de tu título.

—Y aun así me hablas como si estuviera por debajo de ti.

De todo lo que he dicho, esto es lo que por fin consigue que abra los ojos.

—No —responde, mirándome con calma—. Te hablo como a una igual.

Hay una sorprendente nota de amabilidad en su mirada.

—¿No es eso por lo que llevas tanto tiempo luchando? ¿Por que tus soldados te respeten a pesar de tu título, y no por él?

—Eso no significa que tenga el deber de sincerarme contigo.

—No. No significa eso —conviene y cierra de nuevo los ojos.

Vuelvo a tumbarme, agradecida de que la conversación haya terminado y podamos fingir otra vez que dormimos.

—Pero tiene que ser solitario —añade, rompiendo mi breve alivio—.

Los soldados luchan juntos. Viven juntos.

Joder, hasta cagan juntos. Lo comparten todo: la miseria y la risa.

Tú, en cambio..., tú vuelves sola a tu barracón y, supongo, te dedicas a darle vueltas a todo lo que has hecho para acabar en este infierno.

El pecho me duele por lo certero de su análisis.

No sé si soy tan fácil de leer o es que simplemente me ha estado observando más de lo que creía.

Es tarea del general Samasu vigilarme e informar a mi madre, pero no me sorprendería que tuviera más de un informante.

Quizá protegerme no sea la única misión de Fredrich.

—Es la gente a la que he arrastrado hasta aquí conmigo —susurro, con la voz apenas audible por encima del viento—. Eso es lo que más me pesa de las consecuencias de mis actos.

Cuando por fin reúno el valor para mirarlo, Fredrich ya me está observando.

—¿Crees que estamos en guerra por tu culpa?

—¿No es eso lo que dicen? —respondo—. ¿Que estamos luchando por una pelea entre amantes?

La mención del rumor que se cuchichea alrededor de las hogueras por la noche hace que niegue con la cabeza.

—No escuches las quejas de soldados hambrientos y cubiertos de barro. No se dan cuenta de que para empezar una guerra hace falta mucho más que dos personas.

—¿Y tú sí?

—Sí —contesta, con una rotundidad que no invita a discutir.

No puedo creer que acabe de confesar mis pensamientos más oscuros a un hombre que, hasta hace nada, apenas me había dedicado algo más que desdén. Su repentino arrebato comunicativo me ha pillado desprevenida y el arrepentimiento ya empieza a instalarse.

—Pero pongamos que fuera cierto —prosigue tras una breve pausa—. Que tú y tu vínculo hubierais dado comienzo a esta guerra al destrozaros el corazón el uno al otro. ¿De verdad es tan terrible?

¿No es evidente la respuesta?

—Sí.

Se encoge de hombros.

—Hay causas peores por las que morir.

—¿Por ejemplo?

—Un hombre avaricioso que quiere todo el poder para él.

Cualquier réplica que se me ocurre queda ahogada al darme cuenta de que quizá tenga algo de razón. Una razón endeble, cierto, pero al fin y al cabo la vida es cuestión de perspectivas.

Se acomoda de nuevo, con una leve sonrisa.

—Si pudiera elegir —dice—, preferiría ir a la guerra por una venganza amorosa.