Capítulo 8. Jo
Jo
Me molesta, aunque no me sorprende, encontrar al general esperando fuera de mi puesto cuando regreso de cenar.
Han pasado días desde nuestro último enfrentamiento con los strou y lleva puesto su uniforme más limpio, lo que me indica que ha visitado a mi madre.
Le lanzo una mirada que deja claro lo poco que me importa lo que vaya a decir, antes de entrar por la abertura de mi barracón. Él me sigue sin ser invitado.
Enciendo un fósforo y prendo la lámpara de aceite sobre el escritorio.
—Venga, dilo de una vez —lo insto.
Ajusta la mano que apoya en la empuñadura de su espada al cinto.
—Mañana regresas a casa.
Esperaba la orden, pero sus palabras suenan vacías en este espacio reducido.
«Casa».
No recuerdo haber sentido que tuviera un lugar así desde que dejé Alaha. No son pensamientos que exprese mientras me siento en el escritorio.
Enderezo un marcador sobre el mapa.
—No lo haré —digo, mirándole de frente—. Y sabes muy bien que no tienes derecho a darme órdenes.
Suspira.
—Jo...
—A menos que tengas noticias de verdad, puedes marcharte.
Por la expresión severa en el rostro de Sam, sé que eso no es lo que debía decir si realmente quería que me obedeciera.
—Has cumplido con tu deber —constata, sin dejar margen a la discusión—. Los hombres te respetan. La gente de Maile te honra. ¿Qué más quieres?
«Absolución».
El pensamiento me viene antes de poder detenerlo y me apresuro a empujarlo al fondo de mi mente. Me quito una bota y luego la otra antes de mirar al general. La preocupación le brilla en el rostro y yo contengo la ira que he llevado estos últimos días a flor de piel.
Me recuesto en la silla. Me lleva un momento elegir las palabras correctas. Y cuando lo hago, detesto la vacilación en mi voz.
—¿Sabes?, nunca creí a Kai cuando hablaba de la posibilidad de que yo fuera esta... princesa perdida —digo, tragando con dificultad el nudo en la garganta—. Y ahora tengo todo un ejército detrás de mí solo por un título.
Sam se inclina hacia la luz de la lámpara.
—Te siguen porque eres digna de ser seguida.
Me pregunto si sabe que miente.
Hay toda una facción de este batallón que me guarda rencor. Soy la razón por la que han muerto sus hermanos, padres e hijos. Todo porque no maté a Edmond. Muy pocos habían llegado siquiera a acercarse antes y yo desaproveché la oportunidad.
Sam percibe mi estado de ánimo y cambia de táctica.
—Tu madre quiere verte. —Suena a que es su último intento y sabe que es el bueno—. Está preocupada.
—Me pregunto por qué —respondo con sequedad.
Al menos tiene la audacia de parecer avergonzado.
—No le he dicho nada que ella no supusiera ya. Sabe cómo es la guerra.
Mi partida hacia la frontera, tan pronto tras el regreso a Maile, solo sirvió para hurgar en todas las heridas sin cicatrizar que quedaban de mi desaparición de niña. Odié hacerlo así, pero no tenía otra opción. Ella también lo sabía, por doloroso que le resultara admitirlo.
—No estaría mal ver qué tal está Drake y comprobar el estado del ejército —cedo.
Intenta, sin éxito, disimular su entusiasmo.
—Podría tener un carro listo a primera hora de la mañana...
—No —lo interrumpo—. Me iré en quince días.
Debe de percibir la firmeza de mi decisión.
—Avisaré a Evelyn.
Murmuro algo sobre conejos rabiosos y desaparece por completo. Allí un segundo, fuera al siguiente, como si nunca hubiera estado.
La magia nunca deja de sorprenderme.
Apoyo el mentón en la palma mientras mis ojos caen sobre el mapa.
La parte de la frontera que estamos custodiando se encuentra entre el monte Zallis y la ladera rocosa de Strou.
Recorro con las yemas de los dedos las llanuras bajas que se han convertido en nuestro campo de batalla habitual, antes de subir hacia las colinas de Strou.
Hoy ha sido uno de los raros descansos en su ataque y, pese a haber pasado el día vigilando, no hemos detectado movimiento.
Sus numerosos campamentos se esconden entre las muchas cavernas de la ladera, protegidos de los elementos, pero con una vista perfecta de nuestra posición. Es imposible emboscarlos: estamos vendidos, esperando día y noche a que nos ataquen. Es desesperante.
Mi dedo se detiene en una de las cavernas más grandes, situada en lo alto del flanco este de un afloramiento rocoso.
Hemos visto a los soldados de Strou llevar allí sus presas.
Cazan en el terreno boscoso y cuelgan los animales en la entrada de la cueva para eviscerarlos y despellejarlos, dejando la sangre a modo de brillante señal roja.
Sin duda un gesto arrogante, conscientes de que no podemos subir sin que ellos tengan ventaja.
Mis ojos se fijan en el estrecho saliente a la izquierda de la entrada de la cueva, en lo que me parece ser la centésima vez, y...
Espera.
Se me ocurre una idea que no sé cómo no había tenido antes.
Me incorporo de golpe, apago la lámpara y arranco el mapa del escritorio, tirando de nuevo los marcadores.
Lo enrollo y lo aprieto bajo el brazo mientras corro fuera de mi puesto.
El campamento está inusualmente animado esta noche.
Rejuvenecidos tras los últimos días de tranquilidad, los hombres y mujeres se agrupan alrededor de las hogueras, bebiendo cerveza y jugando a las cartas o a los dados.
Me saludan con vítores. Algunos incluso intentan que me una a sus grupos, lo que declino cortésmente mientras me dirijo al extremo del campamento.
Los barracones se dispersan más al llegar a la periferia.
El ambiente es más comedido, menos ruidoso.
En lugar de sonrisas y saludos, recibo asentimientos corteses y miradas cautelosas.
La mayoría de estos soldados procede de pequeñas comunidades fuera de la capital.
Incluso aquí, eligen acampar apartados del bullicio.
Mi madre nunca ha sido popular en los campos y aldeas rurales.
Siguen resentidos por el desastre de la última guerra y fueron los menos receptivos a mi regreso.
Temían lo que mi aparición traería. Con razón, considerando que la guerra siguió pocos años después.
Aunque he hecho todo lo posible por mantener la lucha alejada de sus tierras, de poco ha servido para aplacar a los detractores. No puedo culparlos.
Sé qué barracón buscar por la última y única vez que pillé a Fredrich.
Algunos soldados permanecen alrededor de una hoguera y sus voces se acallan cuando me acerco.
Lucho por no esquivar sus miradas. Dejaron familia y hogar para pelear en una guerra que no les concierne.
Lo mínimo que puedo hacer es mirarlos a los ojos.
Los leves asentimientos no son más que signos de cortesía, pero yo devuelvo la misma cortesía antes de entrar en el barracón de Fredrich.
Sea lo que sea que discutieran sus dos ocupantes, la charla cesa abruptamente cuando entro.
El soldado más joven salta de su catre, dejando caer el libro que sostenía, para alcanzar la camisa tirada al final de su cama y ponérsela.
Fredrich, por suerte, ya está vestido. Por su postura y el cinturón colgando de un gancho en la viga, llego justo a tiempo para no ver más de lo necesario.
Nos quedamos un largo instante mirándonos; él a mí, yo a él, hasta que las miradas caen sobre el pergamino enrollado bajo mi brazo. El soldado nos observa a ambos, paralizado, atónito.
Por fin, Fredrich mira al otro hombre y lo despide con un gesto seco de cabeza hacia la salida del puesto.
El joven recoge las botas de debajo del catre, inclina la cabeza en un asentimiento tenso y sale a toda prisa.
Fredrich pasa por detrás de mí para asegurarse de que la entrada quede bien cerrada.
No pierdo tiempo, aparto la ropa de cama del catre de enfrente, dando por hecho que es el suyo, y me arrodillo mientras aliso el mapa sobre el colchón.
Fredrich se alza detrás de mí.
—Esto es muy impropio por tu parte...
Lo corto con una sola pregunta:
—¿Cuántos hombres crees que tienen los strou en las colinas?
Tarda un momento, pero al final sale de su inmovilidad y se acerca para mirar el mapa.
—Cinco mil —responde—. Quizá seis mil.
—¿Cuántos dirías que hay en cada cueva?
Se encoge de hombros.
—Un par de cientos. Tal vez hasta mil en las más grandes. ¿Por qué?
Señalo el saliente en el que llevo tanto rato fijándome.
—Este es su punto más débil.
Al no recibir respuesta, alzo la vista y me encuentro con su expresión cuidadosamente neutra, así que continúo:
—Uno o dos hombres podrían escalar la cara sur sin ser detectados. Ahumarlos hasta hacerlos salir.
Un leve tic, justo en la comisura del ojo, es su única reacción.
—Haría falta alguien con mucha pericia.
—Desde luego. Y tendría que ser cuando menos se lo esperen.
Extiendo la mano y bajo la llama del farol que está sobre la mesilla junto a la cama, haciendo que las sombras se acentúen dentro del barracón.
—Y de noche nadie nos vería.
—Tu madre me mataría si te ayudara en una temeridad así.
Los dos sabemos que antes tendría que contárselo.
—Lo haré contigo o sin ti —le advierto—. Y sabes que mi madre querría que me protegieras. Para eso te han enviado aquí, ¿no?
Su mirada desciende hasta la base de mi cuello.
—Tus piedras...
—Llevo el grillete por seguridad —le digo—. Tengo un collar. Es más pequeño.
No tan eficaz, pero la probabilidad de que mi vínculo se quite el suyo es... escasa.
Espero su respuesta, consciente de que podría darse la vuelta y contarle mis planes al general Samasu, lo que sin duda acabaría llegando a oídos de mi madre. Sin embargo, algo me dice que no lo hará.
—Tendré que aclimatar mi magia a su alrededor —dice mientras levanta la vista de mi garganta.
Asiento, intentando contener la emoción.
—¿Eso es un sí?
La anticipación ya me hace burbujear la sangre en las venas.
El escudero sonríe ampliamente.
—Sí.