Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 7. Acker
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Capítulo 7. Acker

Acker

—Ace. Despierta —dice Hallis, dándome unos toques en la mejilla con la palma—. Arriba.

Apenas me muevo, pero la urgencia en su mirada me saca de golpe del aturdimiento del sueño. Al incorporarme, reparo en la luz que se filtra por los ventanales de cristal del balcón y delata que aún es muy temprano.

—¿Qué ocurre?

—Roison ha invadido el valle en territorio de Tyreek. Han tomado la ciudad y están levantando campamentos a lo largo del fiordo.

—¿Y mi padre? —pregunto.

—Su alcoba está vacía. Zion ha enviado a un mensajero desde el frente. Está esperando abajo.

Coge el cordón de piedras mangi de la mesilla y me lo lanza. Lo atrapo contra el pecho.

—Vístete —me ordena.

Sale a grandes zancadas y cierro la puerta tras él con un leve gesto de magia. Me sujeto la cabeza entre las manos; la vergüenza se me pega a la piel como siempre que despierto en esta cama, y se multiplica por diez desde que Hallis ha sido testigo de lo débil que soy.

Me pongo la ropa de ayer y me cuelgo las piedras al cuello mientras me dirijo al salón privado de mi padre.

Tyreek y Hallis aguardan allí, junto con Draken y un par de consejeros más.

El soldado sentado en una butaca tapizada tiene la vista clavada en el tablero de guerra, con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear.

La mirada eterna. Ese vacío que se les queda a los soldados después de mirar a la muerte durante horas, días, a veces semanas enteras.

Un mantón enorme le cuelga de los hombros.

Sangre seca, barro y probablemente vísceras le cubren el cuerpo; el pelo se le pega a la frente.

El olor a sudor rancio, de semanas, impregna el aire a su alrededor.

El agotamiento se le nota en cada línea del cuerpo, sin duda agravado por haber cabalgado toda la noche hasta aquí.

Nadie dice nada cuando me agacho frente a él.

Cojo el vaso de licor oscuro que me tiende Hallis y se lo ofrezco al muchacho.

Como una marioneta a la que tiran de los hilos, acepta la bebida y da un sorbo mínimo, sin inmutarse por el escozor al tragar.

Por fin levanta la vista y me mira; hay el reconocimiento justo para que se enderece un poco en el asiento.

Entrelazo los dedos, cerrando el puño entre las rodillas.

—¿Cómo te llamas?

Su voz es poco más que un susurro.

—Darcy.

—Cuéntame qué ha pasado, Darcy.

Parece que le cuesta tragar saliva. Da otro sorbo pequeño antes de hablar.

—Estábamos haciendo turnos, así que yo dormía cuando se produjeron las primeras explosiones.

—¿Un brebaje de bruja? —pregunto.

Niega con la cabeza.

—Eso creímos al principio, pero entonces vimos...

El sonido de otro trago espeso resuena en la sala en silencio y le toco el vaso de la mano, animándolo a beber más.

Después de dar un sorbo más largo, continúa:

—El trol ya estaba descargando el segundo golpe con el mangual cuando nos dimos cuenta de que había derrumbado parte de la ladera bajo nuestra base.

Escuchamos a Darcy relatar los horrores de la batalla perdida contra los gigantes.

Dos de ellos devastaron la montaña para abrir paso a Roison, que arrasó la ciudad y mató a todos menos a ciento cuarenta y seis hombres de nuestro batallón.

Zion, herido pero con vida, oculto en la montaña, envió a Darcy para advertirnos.

El interrogatorio dura tres horas, pero logramos hacernos una idea aproximada de dónde había empezado Roison a montar su campamento cuando él partió, incluido el edificio donde mantienen a un puñado de prisioneros.

Ordeno que escolten al joven soldado a una habitación privada para que lo examine un sanador, mientras la noticia de la batalla se extiende.

Tras el desayuno, todo el consejo se reúne en la sala de guerra y expongo, sin rodeos, la precaria situación en la que nos encontramos.

Pero ya lo saben. Me culpan. El odio se palpa en el ambiente cuando ordeno que las tropas de primera línea se retiren.

Harán falta todos los efectivos como última barrera entre Roison y nuestras tierras de cultivo... y la ciudad.

La guerra estará a nuestras puertas antes de que acabe el invierno.

—Esto no habría ocurrido si nos hubieras escuchado cuando Tyreek te habló del problema hace meses —dice Paul.

—Eso ahora es irrelevante —responde Hallis mientras recorre el mapa con la mirada—. Reservemos fuerzas para lo más urgente. Hay que alertar a todas las provincias de la inminente invasión.

—Nadie podía haber previsto que los troles se unirían a la guerra —añade Draken—. En toda la historia conocida, durante milenios, jamás han intervenido en los asuntos humanos.

De espaldas a la sala, vierto los últimos restos de licor de una botella en un vaso.

—Las puertas de la ciudad caerán —digo—. Mientras tanto, que las granjas cercanas sieguen el trigo de invierno antes de tiempo.

—Se echará a perder —advierte Hallis—. No hay tiempo suficiente para que se seque.

Me bebo el licor de un trago y dejo el vaso vacío en el borde de la mesa del mapa.

—Necesitaremos heno para los caballos y el ganado.

Los miembros del consejo se marchan, cada uno con la tarea de transmitir las nuevas órdenes a sus territorios. Todos salvo uno. Tyreek lleva toda la mañana en silencio, pero sé que solo estaba esperando el momento.

—¿Cuál es tu plan para recuperar a mi hijo? —exige.

Los ojos de Hallis pasan del gesto hosco de Tyreek al mío.

Respiro hondo y hago un leve gesto de cabeza hacia Hallis. No hace falta decirlo en voz alta; y calma lo suficiente a Tyreek para que se marche sin protestar.

Espero a que estemos solos para darle mi última orden a Hallis.

—Volverás con vida, ¿me oyes? Entra, saca a nuestro hermano y nada más.

«No intentes hacerte el héroe».

Aunque no le gusta, asiente.

—Entendido.