Light Wielder (Fuego y metal 2) Capítulo 6. Acker
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Capítulo 6. Acker

Acker

El dormitorio de invitados está tal como lo dejé la última vez que estuve aquí.

Me desabrocho el cinturón de dagas del pecho y lo dejo sobre el respaldo del sillón de lectura.

He ordenado a los sirvientes que no entren en esta habitación, pero siempre soy meticuloso con el estado en el que la dejo.

Una fina capa de polvo cubre todas las superficies, incluido el escritorio donde, después de todo este tiempo, sigue el cuaderno de bocetos de Jovie.

Lo abro con cuidado, procurando alterarlo lo menos posible.

La imagen de un caballo ganador me devuelve la mirada.

Un semental con banda y corona, digno de una reina.

Está bien hecho. Incluso es bonito. Un chiste privado que antes me parecía adorable.

Ahora, cada vez que lo miro, solo siento amargura.

Pero lo que he venido a buscar es la bata que cuelga del canto de la puerta del armario.

Me atrae como a un perro en celo; la saliva se me acumula en la boca ante la anticipación del desliz.

Cada vez que cedo me prometo que será la última, pero ya va siendo hora de dejar de mentirme mientras alzo la tela del lugar donde reposa.

Paso el pulgar por su suavidad antes de llevarme su cuello a la nariz.

Aspiro hondo. El aroma es tenue. Tan tenue que a menudo me pregunto si me estoy imaginando las flores silvestres y la sal llenándome los pulmones.

La desesperación es una droga letal.

Esta necesidad constante de verla no remite.

Si no la contengo, se vuelve tan fuerte que casi me incapacita, devorando cada instante de vigilia, cada pensamiento, cada segundo de cada maldito día..., hasta que cedo.

Antes culpaba al vínculo, pero hace mucho que he dejado de mentirme.

Vuelvo a colgar la bata en la puerta y me siento en el borde de la cama mientras me odio por lo que estoy a punto de hacer. Tardé mucho en entender que lo mejor es saciar el anhelo: ceder en vez de luchar. Es la única manera de obtener un respiro de este deseo constante.

Me quito el cordón de piedras del cuello y lo dejo colgando entre mis dedos antes de depositarlo en la mesilla.

Como si se estirara tras un largo sueño, mi magia se calienta en ese punto del pecho.

El metal me canta desde todas las direcciones y mi don se apresura a buscar cada fragmento.

Desde el cobre de la bañera de la otra estancia hasta las motas incrustadas en las grietas de las paredes.

Me permito saborear la libertad un instante, pero dura poco, pues la anticipación me recorre las venas.

Es imposible forzar mi presencia junto a Jovie mientras está despierta, sobre todo con la cadena de piedras que ha confeccionado para que se le ajuste al cuerpo y que sofoca el vínculo desde su lado.

Pero últimamente duerme cada vez menos. Siguen llegando mensajes sobre su implicación en los combates de la frontera de Strou y el descanso es vital cuando necesitas estar siempre lista para la batalla. Debe de estar agotada.

No sé si es el juramento o la mera irritación lo que me provoca ese pellizco en el pecho.

Me tumbo boca arriba, con las manos entrelazadas tras la cabeza, y dejo caer los párpados mientras me concentro.

Descubrí por accidente la capacidad de superar las piedras mangi cuando estudiaba un texto sobre un alquimista que creía que ingerir piedras mangi podía anular un juramento de sangre.

Estaba equivocado, claro. Pero tras semanas mezclando pequeñas cantidades de polvo de piedra mangi finamente molido en el té de cada mañana, he desarrollado una especie de tolerancia a la capacidad de las piedras para sofocar mi magia y, en consecuencia, el vínculo.

Por pesadas que me resulten las piedras a mí, que tengo una tolerancia bastante alta, solo puedo imaginar lo mucho que deben de pesar las que lleva Jovie, teniendo en cuenta que nunca se las quita.

Por lo general me consume toda la energía tender el puente, y voy con el tiempo justo.

Desde mi discusión con Irina hace unas semanas, ha estado más presente.

Sus visitas a Wesley han disminuido y eso significa que compartimos cama la mayoría de las noches.

Para evitar otra pelea, tuve que esperar a que se durmiera antes de poder marcharme a tantear el lazo y comprobar si Jovie estaba despierta.

Jovie.

Me cuesta conciliar a la chica que traje conmigo desde Alaha con la mujer lo bastante fuerte como para abatir guerreros strou.

No sé por qué, teniendo en cuenta lo fácilmente que destruyó el Bosque Oscuro, o lo cómoda que se mostró permitiendo que la sangre de todo el consejo de mi padre se derramara por los suelos del palacio.

Pero el recuerdo de sus mejillas sonrojadas y su ingenuidad sigue persiguiéndome lo suficiente como para hacerme dudar de que pueda ser tan eficaz en el campo de batalla como dicen los informes, por coherentes que sean.

El lazo se extiende hasta donde alcanza mi mente y más allá, hacia un lugar extraño donde no existe nada más. Nada salvo un único hilo tejido entre nosotros. Avanzo a ciegas por el vínculo. No hay sonido, ni olor, ni sensación de arriba o abajo. Solo vacío.

Las primeras veces que intenté seguirlo hasta el final estuve a punto de darme la vuelta por miedo a perderme en la nada. Empiezo a temer que esta vez también me esté perdiendo, porque está tardando demasiado.

Entonces palpita.

Una vibración tenue y solitaria que indica que me estoy acercando. Cada latido de su corazón resuena al compás del mío y crece en intensidad con cada respiración. Más fuerte y más rotundo, me reverbera en el cuerpo y en la mente e inunda el vacío entre nosotros.

Hasta que se detiene de golpe.

Con los pies ya sobre suelo firme, me tomo un momento para ubicarme en el interior del pequeño puesto antes de que mi mirada se pose en mi vínculo.

Está profundamente dormida, con la cabeza apoyada sobre el brazo, en el escritorio, y su pecho sube y baja al ritmo regular de su respiración.

El pelo se le derrama por los hombros en un enredo de ondas y le cae sobre el rostro y sobre la superficie de la mesa.

Los primeros botones de la camisa están desabrochados en el cuello, la tela manchada, lo bastante torcida como para dejar a la vista la cadena de piedras mangi alrededor del cuello.

La sangre y la suciedad salpican el tejido, concentradas sobre todo en los puños.

Sus piernas desnudas asoman bajo el escritorio, con los pies limpios cruzados por los tobillos junto a un cuenco de agua turbia.

Debe de haberse quedado dormida mientras se lavaba tras la batalla.

Me acerco con cuidado, observando su azarosa posición de descanso.

Parece que se lavó hasta las rodillas antes de que el agotamiento la venciera.

Me pongo en cuclillas y la postura me ofrece una vista mejor a través del cortinaje de sus cabellos cobrizos.

Examino sus rasgos y un punzante dolor me atraviesa de golpe.

Incluso después de todo este tiempo, sigue doliéndome mirarla.

«Hermosa y testaruda Jovie».

Los dioses saben que he pasado incontables noches contemplándola para acostumbrarme a su belleza, pero aún no me he vuelto inmune.

Podría quedarme mirándola para siempre y no creo que jamás dejara de ansiar el siguiente instante, el siguiente segundo, el próximo aliento en que pudiera volver a verla.

Con cuidado, levanto la mano para apartarle los delicados mechones del rostro. Las cejas fruncidas, los labios tensos por la preocupación que puebla sus sueños. Me pregunto si estará soñando conmigo o con las atrocidades que acaba de presenciar. No me avergüenza admitir cuál de los dos preferiría.

Sé que es un esfuerzo inútil, pero como he hecho siempre, me acercó más e inhalo.

El hedor de la guerra se aferra a ella y el del miedo predomina; un aroma especialmente abominable.

Le siguen matices de barro, sudor y cuero.

Pero lo que realmente deseo no lo alcanza mi nariz: ese perfume único de ella.

La combinación perfecta de flores silvestres, agua salada y el hierro que le corre por la sangre.

Nunca he podido percibir su aroma a través del vínculo.

Debió de ser así como pudo escuchar la conversación que tuve con mi padre la noche de su cena de celebración.

Se ha convertido en la parte de ella que más deseo, precisamente porque no puedo percibirla.

No entiendo por qué el vínculo me permite oler todo excepto a ella, pero es absolutamente desesperante.

El latido de su corazón es visible en el lateral de su cuello. Un pulso constante, la prueba de su vitalidad.

Se me hace la boca agua al verlo.

No sé qué me pasa, pero de repente deseo sentir ese pulso con la lengua. Apoyo una mano en el borde del escritorio y me inclino hacia delante. No hay rastro de su aroma mientras tomo una última bocanada de aire y la contengo.

Me adentro en un territorio peligroso al poner la boca sobre esa piel sensible.

El calor me florece en los labios y me envía una ola intensa de lujuria por el cuerpo.

Lucho contra el impulso de morder su carne suave.

Podría hacerlo.

Aquí mismo, ahora mismo.

Abrirme paso a través de la carne, dejar que su sangre se derrame y acabar con nuestra miseria.

Mientras mis pensamientos giran, el corazón se me contrae en una protesta y la amargura me quema la garganta, como si su maldito puño estuviera envolviéndomela, recordándome constantemente el poder que ejerce sobre mí debido al juramento.

Lo odio.

Apuesto a que sabe tan bien... Solo un pequeño roce con la lengua...

Un gemido grave se escapa de la boca de Jovie y me echo hacia atrás a la vez que salgo de mi furia sangrienta. Examino su expresión: sigue dormida, igual que antes, salvo por la ligera apertura en el borde de sus labios.

Exhalo lentamente mientras me pongo de nuevo en cuclillas.

Una avalancha de deseo mezclada con miedo me inunda los sentidos al observar su rostro.

Sus emociones siempre me han llegado amplificadas a través del vínculo.

La línea entre miedo y excitación siempre ha sido fina con Jovie.

Una emoción solía desencadenar la otra. Como cuando cabalgaba a todo galope o durante un duelo de espadas.

O cuando la besé mordiéndola con un poco de intensidad de más.

Han pasado cuatro años desde que vi el color de sus ojos, pero me niego a esperar otros cuatro antes de poder descubrir por mí mismo qué emoción prevalece cuando me mira: miedo o excitación.

Una sonrisa se me dibuja en las comisuras de los labios.

Estoy deseando descubrirlo.